Le decía antes a alquien que tengo al pobre Asesino Desagarracipotes un poco desubicado. Desde que hemos vuelto de París, recorre la casa con aire lastimero, pegado a mis tobillos y con la correa en la boca. Creo que la he dejado en la percha unas 385 veces desde el domingo. Pero el tío, con lo poco que alza, siempre se apaña para cogerla otra vez, buscarme y volver a pegárseme como una calcamonía de culo (tendré que investigar sobre sus posibles orígenes cirquenses en el arte de medir 30 cm. y saltar hasta una percha de 2 m de alto). Lo peor es que no llora, ni hace ruido alguno. Sólo se queda ahí. Siguiéndome con cara de póker perruno y arrastrando la correa (que como es un chucho que se acaba enseguida, muchas veces termina por pisarla con las patas de atrás y pegarse unos hostiones de impresión contra el parquet). Incluso cuando llega el momento de irse a dormir, se sube a la cama con la puñetera correa, como si nos fuéramos a fugar de madrugada aprovechando que no mira, o algo así. Alucino con la simplicidad de la mente perruna. En su regla de tres, él piensa "no me llevan porque no tienen el cacho cuerda esta donde meto el cabezón. Se lo llevo y arreglao. Hasta China que me voy". Y hala. Tan chupi que se queda la criatura.
Para que luego me vengan diciendo que es el animal más inteligente que hay. Vamos... le doy la correa a Peyote y en dos días se fabrica un ascensor de poleas para huir por la ventana y hasta me deja pistas falsas para culpar al loro.
Karloszeta lleva dos días obligándome a comer brécol y otras cosas maravisquerosas porque dice que hay que hacer dieta después de los excesos navideños. Tócate los huevos. Él tiene que hacer dieta, pero soy yo el que se queda sin surtido Cuétara . No hay justicia en este mundo traidor.
Voy a empezar a seguirle por toda la casa con una bolsa vacía de doritos en la boca, a ver si así pilla el concepto.
Experiencia paria número uno
Que sí, que hacía un frío del carajo en París. Unos 4ºC bajo cero, aprox. Y yo, demostrando que soy un hombre cosmopolita y de mundo, me había ido para allá con un puñetero chubasquerillo pedorro de esos que te cuestan 20 euros en los saldos del Decathlon (yo soy así. Nunca reparo en gastos en cuestión de chubasquerillos pedorros). Y así pasó, claro. Que llegó el bateaux a las 9 de la noche y me venció. Porque todo el mundo era coherente y se quedaba dentro de las cristaleras, con el culo bien pegado a la calefacción, pero yo no. Yo tenía que estar en cubierta para ver las chiribitas de la Torre Eiffell y todas esas cosas con las que flipan los turistas casposillos y salchicheros. Así que Karlos pensó que era dejarme que muriera de pulmonía o hacer una de sus heroicidades, y salió conmigo para envolverme en su chaqueta. "No pasa nada, yo no tengo frío, estoy bien..." Y mientras lo decía se le caía la moquilla y le salían nubecillas de humo hasta de las orejas. No sé cómo no fue ese nuestro último viaje. Sólo sé que yo quería protestar y decir que no, que ya había visto las chiribitas y que nos fuéramos dentro con los demás turistas sensatos, pero que nisiquiera me funcionaban los belfos para poder articular la frase entera. Sólo me limitaba a repetir una y otra vez un "a do vito avos entro" que con el ruido del motor y el vientencillo norteño, se perdía entre las orejas fumateras de Karloszeta. Y como me envolvía por arriba, me sujetaba por abajo, y mi columna vertebral andaba ya en formato pescanova, ni ademán de moverme pude hacer en todo el trayecto. Así que cuando pasamos La Conciergerie y empezamos la marcha de vuelta pensé "a la mierda. Si hay que morir, moriremos" (aunque en lenguaje bateaux sonó algo así como "a erda i a bir oribemos" y Karloszeta tampoco me pilló ni cacho).
Considerando que en concomitancia y por un quítame-alla-ese-matrimonioexpress, ahora tengo donde dormir gratis en París, lo primero que voy a agenciarme para el próximo viaje va a ser ropa acorde para pasear en barquito por el Sena. Algo como... no sé... un abrigo de piel de oso a lo Jeremiah Johnson, o algo así. Perfecto tanto para ver torres eifeles, como para echarse un bailecito con copita de champagne sin que se te cristalice el bazo.
Considerando que en concomitancia y por un quítame-alla-ese-matrimonioexpress, ahora tengo donde dormir gratis en París, lo primero que voy a agenciarme para el próximo viaje va a ser ropa acorde para pasear en barquito por el Sena. Algo como... no sé... un abrigo de piel de oso a lo Jeremiah Johnson, o algo así. Perfecto tanto para ver torres eifeles, como para echarse un bailecito con copita de champagne sin que se te cristalice el bazo.
Quépocotiempotengoparaescribiresto...
Estoy en París. Con dos cojones (obviamente, porque hubiera quedado feo lo de dejármelos en Madrid, claro...)
Hemos venido de fin de semana para ver una exposición sobre la ciudad de Pompeya en el museo Maillol. Normalmente, en cuestión de museos, nos solemos conformar con aquellos que están a un tiro de autobús y esas cosas, pero resultó que Karloszeta tenía acumulados nosecuántos puntos en su tarjeta travel y que había que aprovecharlos, así que... pues nada. Sacó los billetes en plena cena de cumpleaños y nos dejó a los 18 invitados con cara de arenque.
Mientras estábamos en el avión, aprovechó para decirme que tenía un apartamento en París. Fue justo después de que le preguntara por octava vez a qué hotel íbamos a ir, y justo antes de que se me fuera la fontvella por mal sitio y terminara tosiendo el hígado. Así es Karloszeta. Le conoces y dos meses después te dice que tiene una Harley. Te casas con él y 77 días después te dice que tiene una casa en París. Ardo en deseos en saber qué cojones guarda para el aniversario de boda. Quizá un elefante con helipuerto o algo así.
Apunte mental de vital importancia: hablar con los hermanos de Karloszeta mucho, mucho, muchísimo más de lo que lo hago.
Me agobié cantidad pensando que lo de los bienes gananciales no había sido una buena idea. Le dije que si se moría antes que yo, firmaría una renuncia ante notario de todos los bienes que no fueran de mi propiedad antes del matrimonio (o sea, todos). Él se acomodó en el asiento y me contestó que no me preocupara, porque si volvía a oirme hablar otra vez sobre el tema de los bienes, había muchas posibilidades de que muriera antes que él.
Karloszeta es un maestro en el arte de hacer que cierres el pico y te dediques a tu fontvella.
Tengo que contar cosas de París pero el apartamento de Karloszeta no tiene wifi y en breves momentos tengo que abandonar mi portátil y la red que estoy rapiñeando, asinque... lo del bateaux, los pompeyanos, la ensalada de pepino desconocido, el polvete en los probadores del GAP y el frío del carajo que he pasado, lo tendré que relatar mañana, cuando aterrice.
Creo que lo haré justo después de mis 25 minutos de lloros y autoflagelaciones por no haber estudiado nada en todo el fin de semana.
Amo a Karloszeta. Es el ídem y señor de todos mis suspensos.
Hemos venido de fin de semana para ver una exposición sobre la ciudad de Pompeya en el museo Maillol. Normalmente, en cuestión de museos, nos solemos conformar con aquellos que están a un tiro de autobús y esas cosas, pero resultó que Karloszeta tenía acumulados nosecuántos puntos en su tarjeta travel y que había que aprovecharlos, así que... pues nada. Sacó los billetes en plena cena de cumpleaños y nos dejó a los 18 invitados con cara de arenque.
Mientras estábamos en el avión, aprovechó para decirme que tenía un apartamento en París. Fue justo después de que le preguntara por octava vez a qué hotel íbamos a ir, y justo antes de que se me fuera la fontvella por mal sitio y terminara tosiendo el hígado. Así es Karloszeta. Le conoces y dos meses después te dice que tiene una Harley. Te casas con él y 77 días después te dice que tiene una casa en París. Ardo en deseos en saber qué cojones guarda para el aniversario de boda. Quizá un elefante con helipuerto o algo así.
Apunte mental de vital importancia: hablar con los hermanos de Karloszeta mucho, mucho, muchísimo más de lo que lo hago.
Me agobié cantidad pensando que lo de los bienes gananciales no había sido una buena idea. Le dije que si se moría antes que yo, firmaría una renuncia ante notario de todos los bienes que no fueran de mi propiedad antes del matrimonio (o sea, todos). Él se acomodó en el asiento y me contestó que no me preocupara, porque si volvía a oirme hablar otra vez sobre el tema de los bienes, había muchas posibilidades de que muriera antes que él.
Karloszeta es un maestro en el arte de hacer que cierres el pico y te dediques a tu fontvella.
Tengo que contar cosas de París pero el apartamento de Karloszeta no tiene wifi y en breves momentos tengo que abandonar mi portátil y la red que estoy rapiñeando, asinque... lo del bateaux, los pompeyanos, la ensalada de pepino desconocido, el polvete en los probadores del GAP y el frío del carajo que he pasado, lo tendré que relatar mañana, cuando aterrice.
Creo que lo haré justo después de mis 25 minutos de lloros y autoflagelaciones por no haber estudiado nada en todo el fin de semana.
Amo a Karloszeta. Es el ídem y señor de todos mis suspensos.
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