martes 30 de junio de 2009
Melón. Y melón.

El gato se sube a mi barriga desnuda y la amasa con las uñas durante largos minutos. Suele hacerlo siempre como muestra de cariño, pero cuando llevo puesta la camiseta me resulta mucho más agradable, claro. Ahora tengo la piel del vientre surcada de puntitos, como el acerico de una abuela. Cuando por fín me ha liberado, llevaba el minipene fuera (el gato, no yo...). Creo que es lo más cerca que he estado del sexo en meses.
Hoy he llorado. No sé por qué. Estaba frente al portátil, ordenando archivos y me he puesto a llorar. Sin nada específico que lo haya motivado. Simplemente me ha venido la pena desde la punta de los dedos, como cuando era pequeño y he dejado que subiera hasta la primera convulsión de los hombros. No me voy a poner a buscar motivos. Hay muchos. Pero son bajones que no debería permitirme, porque para sostenerme sólo me tengo yo y nadie se autosostiene sobre lágrimas.
Doy gracias al demonio porque no hubiera nadie en casa. Ahora mismo me siento bastante idiota. No sé... ojalá las cosas fueran más felices y me llevaran solas en la recta final. Ojalá se pudiera prestar la felicidad, como si fuera una chaqueta.

No voy a escribir más hasta que baje de la sierra. Nicolás tendrá que esperar en el baúl de los recuerdos. Qué buen sitio para dejarle.
lunes 29 de junio de 2009
Pollo. Ensalada de pasta dura. Dolor de huesos.

Voy a marcharme. Pasaré unos pocos días en la sierra y meteré las piernas en agua de manantial. Callare la boca de los dolores y ordenaré los papeles, los diarios, las ideas, los deseos, los planes... A ver si en el trance hago las paces con el portátil y con los pelos de coliflor. A ver si el módem usb prepago es tan módem usb prepago como dice la publicidad del módem usb prepago. A ver si no te enfadas mucho conmigo. A ver si me quieres igual que siempre. A ver si descubres que por fín soy yo el que te dibuja un cordero.
No sé si te lo he dicho alguna vez pero... no me gusta El Principito. Ni Juan Salvador Gaviota. Ni Los Renglones Torcidos de Dios. Ni la mierda esa del oso cavernario. Ni Los Pilares de la Tierra. Ni Amelie. Ni Juno. No sé si te he dicho alguna vez que odio a Juno. Que le cogí una manía tremenda con sólo diez minutos de película. No sé si te he dicho alguna vez que nunca me gusta nada de lo que le gusta a todo el mundo y que eso me provoca el castigo del silencio.

Ya... ya sé. Mucho silencio no guardo, no...

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Me tengo que ir ya, y no sé pelear. Me han regalado una mochila para meter todas las cosas y no tener que llevar la maleta de cuadros. Desde que se golpeó contra la cabeza de Eugenio Expósito no ha vuelto a cerrar bien. Pero las cosas que tengo, son las cosas que tengo, así que hago una bola con la mochila y la meto dentro de la maleta. No me importa que al oso le falte un ojo y le cuelgue la cabeza, ni que a Jim Boton se le caigan las páginas. Mi mundo es muy pequeño y está lleno de cosas que no funcionan. No pasa nada. Yo tampoco funciono muy bien.
Teo el loco se ha ido a casa y no sé pelear. No paro de pensar en eso mientras me siento sobre la maleta y doy botes para que encajen los cierres. Me han dado 20 euros y un bocadillo de mortadela con aceitunas. La señora Lourdes lo llama "rulada". Me hace beberme un vaso de leche mientras esperamos al monitor de la camisa de cuadros. "Estás flaquito, flaquito hijo...Si es que me comes como un periquito. Ahora dile al papá que te alimente bien ¿eh?". No puedo responder con la boca llena de mortadela de aceitunas, pero muevo la cabeza y levanto el pulgar. Teo y yo siempre levantamos el pulgar, desde que se lo vimos a hacer a Clint Eastwood en una película. Nos parece que es de hombres duros y tranquilos. No importa que yo no sea duro, ni esté tranquilo. Igualmente, levanto el pulgar.
La señora Lourdes me abraza y me besa dejándome un rastro húmedo en la mejilla. Es el primer beso que me dan desde que salí de casa, así que no me lo seco. Dejo que se evapore y que se marque allí para siempre. Lo atesoro para poder recordarlo cuando las cosas dejen de ir bien.
El hombre de la camisa de cuadros me lleva a la estación del cercanías. Me compra un billete y me lo guarda en el bolsillo de la camisa. "Te apunto por detrás mi móvil. Si pasara algo, me llamas. Cualquier cosa ¿de acuerdo?" Asiento con la cabeza porque no sé qué decir. Subo al tren y me siento. Pego la cara a la ventanilla. El hombre de la camisa de cuadros me hace gestos con las manos desde el andén. "Cualquier cosa que pase, me llamas ¿ok?". El andén se mueve. El hombre avanza unos pasos. Da una pequeña carrera y hace el último gesto de un auricular sobre su oreja. "¡Me llamas, Ariel! ¿eh? ¿me has oído?". Cuando se deslizan los primeros árboles, pienso que él también sabe que algo no irá bien.
domingo 28 de junio de 2009
Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.

Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover... No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.

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El corazón me golpea en el pecho cuando entro en el despacho. Están sentados, uno frente al otro. El monitor de la camisa de cuadros está diciéndole algo en voz queda y él sólo asiente. Me lo presenta. El ambiente es extraño y no sé qué debo hacer. No sé cómo se conoce a un padre. Le tiendo la mano, que queda vacía y expectante en el aire. Él la ignora, y fija la vista al frente. Bajo la mano y me noto enrojecer. Deseo no estar allí. Deseo estar en el patio tirando canastas. En mi cama, leyendo a Anna Frank. En mi casa, bajando por el olmo.
Le observo desde mi sofá. Es el mismo de la foto, pero algo más delgado. Me toco el pelo, que es igual que el suyo aunque mucho más corto. Me toco la nariz, que también es su nariz. Miro sus ojos que son mis ojos. Paso la yema del dedo por mi barbilla, allí dónde él se ha dejado crecer la barba. Veo sus piernas largas, extendidas, cruzadas en los tobillos. Miro las mías, mucho más breves, que siguen la misma cadencia. Sus dedos, largos y cuadrados, tamborilean en el brazo de la silla. Saco la mano del bolsillo y tamborileo en el brazo del sofá. Algo nos desata. Él está ahí y llevo su pelo, sus ojos, sus dedos, su nariz, su sangre... pero algo nos desata. Algo que nos mantiene lejanos y ajenos. Ha sido magia de un momento. De apenas un instante. De nuevo las cosas serán como en los libros y nunca como en las películas. Soy Huckleberry Finn y veo pasar el cadáver de mi padre flotando por el río Missisipi dentro de los restos de su cabaña. Algo no irá bien. Lo siento en la boca del estómago.
Terminan de hablar y se levantan. El monitor me sonríe. "¿Qué te parece? te vas a ir a casa ¿estás contento?". Él y yo nos miramos, pero ya no enrojezco, ni tiendo la mano. Nos tanteamos como dos gatos con el lomo erizado. "No es muy simpático el enano ¿eh?" Sonríe. Tiene dientes blancos como la leche y algo dorado en la expresión. Antes de salir por la puerta, se para y se vuelve hacia nosotros. "Bueno, pues... quedamos así. Ponéis al crío en el tren y el resto ya es cosa mía." Me da un golpecito con el puño en el hombro. "Nos vemos, chaval." Fijo la vista en los talones gastados de sus zapatillas blancas, hasta que desaparecen por el pasillo.

Siento en la boca del estómago que algo no irá bien.
sábado 27 de junio de 2009
Nada. Me acabo de levantar.

Ayer fue mi último día de trabajo y hoy mi primer día de vacaciones. Me duelen las piernas y las caderas en un dolor suave, dulce y constante. Jodidamente soportable. El traumatólogo me dice que es de origen reumático y que me irán muy bien algunos baños de mar. Tiene mucha gracia mi médico cuando se pone. No tengo dinero, ni ganas de irme a la playa. Además necesito julio para escribir y para reventar los candados de mi puerta principal. No sé. Creo que me untaré las piernas de bronceador de coco, echaré sal a la bañera y esparciré un poco de arenilla de obra por ahí, para ver si psicosomatizo mis caderas, y terminan pensando que están en bora-bora.
Sin noticias de mi ordenador. Creo que mi estado de ánimo también está un poco reumático. El primer libro de Larsson me ha enganchado por fin a la historia. Ha tardado 250 páginas. Estos suecos son jodidamente fríos. Parece que en vez de escribir estuvieran haciendo un dibujo lineal: Traza esa línea... gira ese arco...¡no! ¡no te salgas del plano, por IKEA!

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Nueve meses. Pronto terminará el curso, y mi padre ya es un punto perdido en algún lugar de mi cabeza. Dejamos los tebeos y nos atrevemos con los libros. Sabemos que suspenderá ciencias sociales, naturales, inglés... sabemos que suspenderá prácticamente todas, pero ha logrado hacer cinco puntos en matemáticas al entender las preguntas, y nuestro verdadero gigante es Lengua. Hemos dejado de tirar canastas y ahora sólo leemos. Lee despacio, marcando las sílabas y arrastrando el dedo por el ancho de la hoja. Cuando no entiende lo que está leyendo se pone nervioso y enfurece. Arranca las hojas, lanza el libro y lo desencuaderna contra la puerta, dando patadas y puñetazos a las paredes y maldiciendo a voz en grito. Entonces se hace un gran vacío a nuestro alrededor y los chicos del dormitorio se encojen hacia dentro, como caracoles, hasta que Teo el loco se calma, recoje el libro despanzurrado del suelo y me lo entrega sin mirarme a los ojos. Nunca pide disculpas por destrozarme los libros. Tampoco las necesito. Protejo a Jim Botón dentro de la maleta y pienso que el resto son soldados que forman parte de una gran batalla. Asumo las bajas como un buen capitán que sabe que lo único importante es la victoria.
Estamos sentados en el patio cuando me dice que antes de fin de curso tengo que aprender a pelear. "Por si se pasaran contigo mientras estoy fuera." Me hace levantar y se sitúa delante de mí. "Lo más importante es saber esquivar la primera hostia. Venga, te lo enseño. Haz que vas a pegarme, vamos." Lanzo el puño sin mucha convicción y él lo esquiva hacia un lado sin esfuerzo. "¿Ves? eso es lo que tienes que hacer. Venga, ahora tú, esquívame ¿ok?". Me mira por un instante con ojos ansiosos y lanza el puño. Yo me quedo quieto y el puño se estrella contra mi nariz. Siento un dolor inmenso y agudo. Todo se tiñe de rojo, y un zumbido extraño me atraviesa los oídos. Lo último que capto es mi cabeza rebotando contra el suelo y los alaridos angustiosos de su voz gritando mi nombre. Despierto entre los brazos del monitor con sabor a sangre en la boca. Una decena de cabezas se inclinan hacia mí. Veo a Teo de pie, tras ellas, con las dos manos cruzadas sobre la boca y los ojos húmedos. Todo lo sucedido me parece muy gracioso, así que río. Me río a carcajadas por encima del dolor que aguijonea el centro de mi cara y por encima de las expresiones de estupor de los demás. Teo baja los brazos. Los ojos le desaparecen un poco, con el primer brote de risa. "Serás huevón..."
Me fracturo el tabique nasal por dos sitios. Mientras transcurre la batalla final contra el gigante, el capitán causa baja y las tropas se ven obligadas a combatir solas. Estoy sorbiendo zumo por debajo de mis vendajes, cuando Teo el loco asoma la cabeza por la ventana de la enfermería y me mira con ojos chispeantes. "4,8 en lengua. Me aprueban." Yo, que no recordaba mi último momento feliz, me agarro a ese. Ya lo tengo. Me pertenece. Es mi momento. Todo mío.

jueves 25 de junio de 2009
Se me ha roto el ordenador. De una forma muy espectacular, con chispazo, humo, salto de automático, apagón general, olor a refrito... Me encuentro dos opciones: Tirar de portátil o tirar de portátil. Yo aprendí mecanografía con una underwood de hace siglo y medio que había en casa de mi padre. En cada tecla se podía aterrizar un helicóptero, y tenías que hundirlas con fuerza para que marcaran la letra al ritmo de clanca-clanc. Ya me costó luego escribir con todos los dedos en un teclado pc vulgaris, así que cuanto más, en estos teclados pc-portátiles, que parecen diseñados para pigmeos con visión nocturna. Con cada letra que escribo, tengo que borrar otras cuatro que se me han colado por la cara. Menos mal que hoy he descubierto en una esquinita la miniteclita de borrado. Eso después de año y medio usando el retroceso para suprimir, como un pringao. Su puta madre. Que manía de hacer el mundo en pequeñito y en plano. Qué poca consideración para con nosotros, los inútiles en tres dimensiones.
Y todo eso sin meterme con el windows vista y su estrellita antipirateo superguay para chicos legales y chachis que no piratean, ni roban programas como vulgares comunistas. Que no quiero decir dónde les metía yo la estrellita, previo afilado de sus cinco puntas naranjitas y verdes.

Hoy no tengo pus apestoso. No tengo nada y estoy moreno de verde luna. Si me dejas sentado en un sofá y no te fijas mucho, casi parezco un chico normal.

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Ya han pasado seis semanas pero no hay noticias de mi padre. Paralela a mi desilusión, transcurre mi resignación, y por primera vez en mucho tiempo, duermo por las noches sin perderme en pensamientos oscuros. Todas las tardes, cuando vuelvo de clase, recojo los bocadillos de la merienda y me tumbo en la litera de Teo el loco para leerle mis tebeos de Spiderman. Él siempre me espera en el patio, tirando canastas, porque no le dejan venir a clase desde que pegó a un profesor que quiso obligarle a leer en voz alta. Nadie saben que la única debilidad de Teo el loco, es que no sabe leer.
A veces me siento payaso, y pongo voces distintas a cada personaje, para hacerle reir. Me gusta cuando Teo se ríe, porque le desaparecen los ojos y hace un sonido ronco y átono, como el ronroneo de un león. Cuando cambiamos de tebeo, me cuenta que quiere aprender a leer para ser policía nacional o militar. "Cualquier cosa donde pueda dar hostias a todos los que se meten con los débiles ¿sabes? ahí quiero estar yo. Dando de hostias a todos esos, como el Ortega y como mi padre ¿sabes? que le pega a mi madre el muy hijoputa. Me la pega porque es una mujer y porque no se puede defender. Y yo le mato ¿sabes? yo le mato al hijoputa de mi padre como vuelva a tocar a mi madre. Que te juro que cuando sea policía y me den la pipa, lo primero que hago es pegarle dos tiros en los huevos para verle desangrarse como un puto cerdo ¿sabes?. Que ya veremos entonces si vuelven a quedarle ganas de pegar a alguien al hijoputa ese..."
Cuando Teo habla de su padre, se le forma una arruga profunda entre las cejas y los ojos se le apagan un poco. Cuando Teo habla de su padre, entra en un letargo de tristeza que se le separa del mundo y de todos los que estamos en él. Para sujetarle, me invento diferentes finales en los tebeos, mucho más emocionantes y terribles, donde los buenos se vuelven malos y los malos aniquilan la tierra. Entonces él reacciona, y vuelve a estar allí conmigo, de nuevo tumbado en la litera con sus enormes manos que destrozarían una cabeza como una nuez, y su ojos que desaparecen cuando se ríen. Y me mira y me dice "eh, eso no era así ayer. Te lo estás inventando, cabrón..." y vuelve a reírse con el ronroneo de león que tanto me gusta. "Te voy a enseñar a leer para que seas bombero." "No es bombero, es policía, memo." "Te voy a enseñar a leer para que seas bombero porque no llevan pipa, no tienen que matar a nadie y no van a la cárcel. Si vas a la cárcel no tengo a nadie que me defienda ¿no?". "Bueno... si tú me enseñas a leer, yo te puedo enseñar a pegar.""Pues bueno." "Pues bueno."
martes 23 de junio de 2009
Muchos días sin probar guarrerías. Estado anímico en mejora progresiva.

He hecho 18.000 puntos al crack attack. Aposté con M. una botella de vichy a que hacía más puntos que él y le he ganado por goleada. Por goleada y con trampas, porque en realidad, he descubierto un bug que hace que el juego vaya mucho más lento y sea más fácil sumar puntos. Marqué mis tantos como Ariel The Warrior, pero he sido castigado por hortera (y por tramposo) y al haber sólo quince espacios, mi record ha quedado registrado como Ariel the warri, que queda mucho más cañí, y me quita los tintes de guerrero para dejarme en simple putón verbenero. Tiemblo de pensar el cachondeo que me espera en casa con el mote de las narices.
Hoy me he limpiado y desinfectado un pus asqueroso que olía a queso rancio. He reconocido enseguida el olor. Era el mismo que desprendía la piel de Tao los días anteriores a sacrificarle. Olor a descomposición de células caídas en la batalla contra las bacterias, dice J. Olor a carne muerta, digo yo. Por eso J. quiere ser Tarantino y yo Jack Kerouac. Tenemos diferentes versiones para una misma vida.

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El loco no mata a Manuel Ortega, pero hace que le tengan que afeitar media cabellera para darle ocho puntos en la cabeza. Con su cráneo asimétrico, ya no vuelve a reírse, ni a amenazar a nadie. Sus acólitos dejan de cortejarle, y su aura de rey humillado termina por mimetizarle entre el gris de las paredes del dormitorio. Yo abandono la diana y puedo volver a vivir sin controlar mis pasos. Nadie vuelve a meterse conmigo. Los aires de pánico ante la violencia del loco me absorben y me envuelven generando un respeto apaciguador.
Termina la quinta semana sin que haya noticias de mi padre, y el loco vuelve a nuestra habitación. Le dejo todos mis tebeos de Spiderman debajo de la almohada, pero él los ignora, como ignora todo lo que sucede a su alrededor. Vuelve tumbarse con las manos sobre la nuca y las botas militares sobre la colcha. El miedo que genera es denso y se saborea ácido en la boca del estómago. Nadie se acerca a su litera. Nadie quiere ocupar la de arriba. Nadie quiere averiguar su nombre. Pero yo regreso del bando de los suicidas, así que entro en su litera y me tumbo a su lado. Mis pies no parecen míos al lado de sus enormes botas. Siento todas las miradas del dormitorio fijas en mí. Se gira sobre un costado, dándome la espalda. Le digo que me llamo Ariel. Él permanece en silencio. Le digo que también me llamo Nepomuk y que le he dejado unos tebeos debajo de la almohada. Él no responde, ni se mueve. Murmullos nerviosos empiezan a circular entre las literas. Todos esperan que el loco se enfade de nuevo y me aplaste la cabeza contra la pared, como una nuez. Al cabo de algunos minutos, oigo su voz oscura: "No somos coleguitas. Lárgate."
Trepo a la litera de arriba. Me asomo y le veo coger los tebeos arrugados de debajo de la almohada y tirarlos al suelo. Me tumbo y releo mi libro de Moby Dick. Cuando vuelvo a asomarme, tiene los tebeos sobre las rodillas y ojea uno con atención. "Es Spiderman. ¿Te gusta? Son antiguos. Todavía no ha muerto el duende verde." "Deja de dar la brasa. Te he dicho que no somos amigos." Vuelvo a Moby Dick. Apenas he pasado dos páginas cuando siento unos golpes en el somier. "Eh, tú... ¿sabes leer bien?". Vuelvo a asomarme. "Sí." "Pues baja y dime qué pone aquí..."
lunes 22 de junio de 2009
Mh... bonito con tomate. Soy un campeón. Todo en orden y sereno.

Tengo ganas de vivir con J. Tengo ganas de verle despotricar delante de los telediarios con el asunto de la crisis. Y de cocinar haciendo equilibrismos en su minicocina de dos fuegos, sin tostadora. Y de escuchar su voz de detective privado de los años 30 riñéndome cada vez que me pille dando un golpe de estado a los donettes crunchis. Tengo ganas de cortarle los pelos de krasty, cogiéndole los mechones entre los dedos y pasando la maquinilla despacio por su nuca. Ganas de dormirme encima de su estómago, subiendo y bajando sobre su respiración de exfumador en pena. Tengo ganas de J. en Lanzarote, en Fuerteventura, en Las Vegas, en Madrid y hasta en Torrevieja si hiciera falta. Tengo ganas de J. y de un futuro mejor que el peor de los pasados.

Bueno, vale. En Torrevieja jamás.


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Intento estudiar para el examen de mañana, pero ellos han puesto la música demasiado alta, y no logro concentrarme. Las guitarras eléctricas se multiplican y timbrean en mi cerebro. El chico de ojos negros baquetea con dos lápices sobre el cabecero de la cama, mientras los demás dan patadas al compás sobre la pared. Cierro los ojos. Me duele la cabeza. Las letras del libro giran a mi alrededor y no logro enganchar ninguna. Salgo fuera. Llueve y la sala está ocupada. Pido permiso para estudiar en la cocina, pero la señora Lourdes me dice que no enrede y me manda de nuevo a mi habitación. Vuelvo a perderme entre guitarras eléctricas y gritos que rompen mi cabeza. Las botas militares del loco asoman por la litera del fondo. Olvido cerrar la mente, y un resquicio de pensamiento me lleva hasta el aparato de música que atrona en el fondo de la habitación. Sin meditar sobre lo que hago, bajo un poco el volumen. Manuel Ortega deja de baquetear y salta al suelo desde arriba. "¿Qué cojones haces, imbécil?" Respiro hondo, cuando me agarra del pelo. Me veo reflejado en sus ojos de diablo. "Vuelve a tocar mi equipo y te lo meto por el culo. ¿Lo pillas, maricón?". Me empuja contra la mesa y mis libros caen al suelo. El estuche se abre y mis lápices ruedan por la habitación. Él sigue sujetándome del pelo mientras los patea y trocea bajo sus pies con furia de venganza. Intento recogerlos, aún con sus garra cerrada en mi cabeza, cuando veo las botas militares del loco que bajan de la litera y se sitúan delante de mí. Cierro los ojos y aprieto la mandíbula esperando el nuevo golpe. Me rindo. Me rendí el primer día que llegué aquí. El primer día que salí de casa. El primer día que me pegaron sobre la flor de Lys. Me he rendido y sólo me queda esperar. Asimilar. Asumir. Aún aprieto los dientes, pero el golpe no llega. Abro los ojos justo para mirar como el loco arranca el cable del aparato de música y lo estrella una y otra vez contra la pared, con movimientos acompasados. Las guitarras enmudecen. La garra sobre mi cabeza se afloja. Se extiende un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el sonido seco de los golpes de la radio contra el cemento. En apenas unos segundos, el equipo de música desaparece y se convierte en un amasijo de metal rojo y plata que cuelga triste y desvencijado de las enormes manos del loco. Manuel Ortega suelta mi cabeza y enrojece. Pone el puño delante de la cara del loco. "Tú, hijo de puta, te voy a..." No termina la frase. El loco vuelve a voltear el cable, pero esta vez golpea de lleno en la cabeza de Manuel, que cae de espaldas con la mirada extraviada. Alguien corre a avisar a la señora Lourdes. Yo quiero moverme pero los brazos no me responden. Quedo agachado, sobre los restos de mis lápices de colores, mirando los ojos en blanco de Manuel. El loco se agacha frente a mí, y recoge los restos de mi estuche. Los recompone y me los entrega con parsimonia. Tiene ojos grises que no dicen nada. Ojos de silencio. "¿Le has matado?". Mira el cuerpo inerte de Manuel Ortega y bosteza. "Puede". Cuando llegan los monitores y se lo llevan sujeto por la espalda, el sigue mirándome durante un instante. Les sigo unos cuantos pasos por el pasillo "Gracias por ayudarme...". Alguien me corta el paso. Suelto el estuche que vuelve a caer al suelo. Mi voz se pierde en el eco del corredor cuando la puerta se cierra tras él. "¿Me has oído? ¡Gracias por ayudarme!"