Veintemil albaricoques. Indigestión en ciernes.

Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. "Corre" o "levántate ya" o quizá "que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla".
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía "Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto" yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: "Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet."
Pero en vez de eso, siempre decía: "Pues... es terrible todo..." y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían "ya... ya... pasará... estamos contigo..."

Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.

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Mi madre es ligera como un molinillo. La miro a escondidas desde los quicios de las puertas. Camina como si flotara sobre los pies y el pelo le hace aguas a la espalda como a las ninfas de los cuentos del abuelo. Nunca me mira, ni me habla, ni se da cuenta de que la sigo por toda la casa. A veces finjo que tropiezo para que oiga el ruido y se vuelva, pero nunca lo hace, porque para ella no estoy allí, ni existo en ninguna parte. Creo que para ella, sólo existe la casa y la abuela Agra. Habla bajito con ella por las noches, pero por más que pego la oreja a la puerta, no soy capaz de distinguir el qué.
Mi madre está loca y por eso siempre la tienen encerrada en algún hospital. Pero ella no es como los demás locos porque no está sucia, ni despeinada, ni lleva camisa de fuerza. Ella es suave, guapa y huele bien. Y tiene un arcón en la habitación de arriba, llena de vestidos verdes y rojos con espejitos que brillan, y telas como fantasmas, que flotan en el aire cuando las mueves. Los vestidos huelen a ella. El arcón huele a ella. Es un olor dulce como de vainilla.
La abuela Agra no sale de su cuarto desde que Caliban no está. A veces, Concetta me deja llevarle la bandeja con el té de flores a la cama. Le pregunto cuándo me hará haloua de dátiles y Concetta suspira y menciona dos veces a dios. Mi madre está sentada en el escalón de la ventana. No sonríe porque esté contenta, sonríe siempre porque está loca. Pero como yo no entiendo de locos, le sonrío también y le llevo el otro vaso del té. Nunca lo bebe. Sólo me agarra la mano y luego me la vuelve a soltar. Me gusta que me coja la mano, pero no que me la suelte, porque cuando lo hace me mira sin verme y se le vuelve a olvidar que existo en algún sitio.
Cuando salgo del cuarto de la abuela Agra, mis manos huelen a vainilla. Y yo me agarro los puños de la camiseta para esconderlas. Las aprieto bien fuerte, para que el olor no se me vaya nunca.