Judías verdes. Un donut. Por ahora todo en el estómago.

He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del "estoy-tranqui-estoy bien". Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.


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La abuela Agra nos hace dormir la siesta después de comer. Tenemos la tripa repleta de haloua de dátil. La abuela siempre me hace haloua cuando estoy enfadado para quitarme la tontería de la cabeza. Se lo cuenta a Concetta en la cocina mientras se remojan los dátiles: "Le hago dulces y se le pasa la pena, como a los borriquillos". Me entero de todo porque siempre me escondo debajo de la mesa de la cocina para robar los dátiles que tiran a los gatos. No me gusta que me llame borriquillo delante de Concetta. La culpa la tiene Caliban. Caliban y su pez. Caliban y sus dibujos. Caliban y su colonia. Caliban no es divertido, como mis amigos del pueblo. Pienso que a lo mejor no es mi hermano y me están engañando.
Concetta nos acuesta y cierra la puerta tras de sí. Yo siempre me escapo por la ventana. Me agarro a la rama alta del olmo y bajo hasta la caseta de los perros. Luego salto hasta el suelo. Caliban no puede trepar ni saltar, así que él sólo baja y le dice a la abuela que no tiene sueño. A él le dejan saltarse la siesta porque siempre está enfermo. A él le dejan hacer todo porque siempre está enfermo. Luego se reúne conmigo en el portón y subimos a la roca a jugar con los del pueblo. Pero se cansa enseguida y tengo que vigilar mucho para que no le hagan guerra de piedras porque no puede correr.
Hoy tengo otros planes. Estoy enfadado, el pez también era mío. Bajo por el olmo y Caliban me mira desde la ventana. "¿Vamos a jugar? bajo ya al portón; me esperas, Ari ¿eh?". Me vuelvo de hielo: "Tú no vienes. Eres un rollo. Nos haces ir despacio." Salto a la caseta del perro. "Ari, si me dejas ir, te tiro el pez a la poza del molino". Salto al suelo. Miro hacia arriba "Me da igual tu pez. No quiero tu pez." Me quito las alpargatas y enfilo el camino. En el portón me giro. Caliban sigue en la ventana. Me persigno el pecho con la maldición chelja de la abuela Agra. "Tú no eres mi hermano, que me están engañando, entérate".

Juego con Mateo y con Simer a los soldados. Caliban recoge el pez de la fuente para que yo vuelva a ser su hermano. Lo lleva a la poza del molino para soltarlo allí, pero no calcula y se cae a la poza. Los hierros de las piernas no le dejan salir. Se hunde. A dos kilómetros de allí, yo disparo con una pistola imaginaria al pecho de Simer: pum-pum-pum ¡estás muerto!