Pan tostado. Un plato de sopa. Fiebre de 7 a 10.
Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a "Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando..."
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él...
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y... ¿amores de riesgo?
Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.
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No he podido verle. Soy pequeño, no me dejan. Sólo veo sacar sus cosas de la habitación y meterlas en bolsas. Hay una extraña parsimonia en todos los que pisan mi casa ahora. Arrastran los pies, hablan bajo y se mueven muy despacio. Concetta es la única que mantiene su mismo ritmo vital. Llora ruidosamente y se suena con el delantal de las manzanitas. Yo no lloro. Me quedo sentado en el portón esperando a que vuelva. A que lo traiga alguien. A que suenen los hierros de las piernas por algún sitio. No lloro porque no lo estoy viviendo. No estoy allí. No ha pasado nada. Mañana me despertaré y estará otra vez en su cama con las cuñas de madera en los pies.
Pasan tres días pero nada cambia. Me siento entumedizo y extraño. Concetta intenta quitar sus dibujos que siguen clavados a la pared. El gusano dentro de la manzana, el árbol con las flores, el perro comiendo un hueso... Veo su firma en una de las hojas arrancadas y me cruje algo por dentro. Me lanzo a Concetta y la muerdo en el brazo. Ya no soy yo. Soy un tejón. Una comadreja. Grito, araño, muerdo, insulto, doy patadas... Tonio viene corriendo alarmado por los gritos de Concetta y me levanta en volandas. Me sujeta. Mi espalda contra su barriga redonda. Mis pies trazando círculos concéntricos en el aire. "Me quiere quitar los dibujos, me quiere quitar los dibujos, perra, zorra, puta". Concetta llora y llora y menciona diez veces a Dios.
Mi madre llega a casa. No es buena señal que mi madre vuelva a casa, pero ya no necesito más señales. He bajado al mundo. A partir de ahora, soy un devorador de golpes. Bajaré la cabeza y los asimilaré, uno a uno. Los aguantaré todos mientras haya alguien que quiera golpearme