Patatas fritas. Trucha ahumada. Décimas de fiebre todo el día.
He vuelvo al mercado a comprar albaricoques y cerezas. Se me hace raro salir por las mañanas, es como caminar en el reverso de mi vida. Me he puesto el peto por primera vez. Mi peto siempre marcaba el final del invierno, pero esta vez no marca nada. Los vaqueros ya no me ajustan y se me resbalan por las caderas. No se me da bien enseñar los calzoncillos, porque para eso hay que ser sexy. Un hombre en el metro de Ventas me dijo una vez: "los llevas rojos con cuadraditos" y me morí de vergüenza. Hice todo el trayecto con la espalda pegada al asiento y tan rojo como mis calzoncillos de cuadraditos, mientras él gozaba mi bochorno con sonrisitas estúpidas. Eso demuestra claramente que nunca seré sexy. De hecho creo que debería llevarlos blancos de esos castos y sosos, que dejan escapar los huevos en cuanto los usas tres veces. Iría más con mi personalidad.
Creo que la herida supura otra vez. Tendré que volver al hospital para hacerme una cura. Debería agenciarme una gabardina, un sombrero y unas gafas negras para la ocasión. No me apasiona la idea de que nadie del psicogrupo "tengocancerperosoyfeliz" me vea.
Psicogrupo... suena casi a superhéroe.
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Los disparos reales no suenan como en las películas. No son un sonido silbante que termina en una explosión. En realidad hacen un plac seco, como una carpeta cayendo al suelo. Y la sangre no es roja. Es negra. Sólo se vuelve rojiza si la extiendes. Estas y otras cosas he aprendido desde el día de mi cumpleaños hasta la Pascua del Cordero. La Pascua del Cordero que este año no hemos celebrado.
Se ha ido el abuelo, se ha ido Caliban, se ha ido mi madre. Me escondo debajo de la mesa de la cocina y saco los dedos para restar los que se están yendo y contar los que se quedan. Sólo quedamos dos. Con Concetta y Tonio hacemos cuatro. Pero mañana tengo que irme a vivir con la abuela Regina porque mi abuela Agra está enferma y entonces alguien se sentará en la cocina para restarme a mí también.
Me han dicho que no puedo llevarme los dibujos, ni los juguetes de armar, ni los cuentos de las ninfas. Sólo ropa y los libros de estudiar. Sin que nadie se dé cuenta, escondo en mi maleta de cuadros al oso Rudi y lo aplasto bien para que no abulte. Debajo del oso, va el libro de Jim Botón. No puedo irme sin el oso Rudi y el libro de Jim Botón. Si no me los llevo, alguien los tirará y no los volveré a ver nunca más. Pienso que a lo mejor tampoco vuelvo a ver nunca más a la abuela Agra, pero el pensamiento hace que me duela la garganta y la punta de los dedos, así que me tapo los oídos y me concentro en los tiros de las películas que no suenan como los tiros de verdad. Como una carpeta que cae al suelo: plac-plac-plac
Ojalá la abuela Agra fuera algo pequeño que pudiera esconder en la maleta de cuadros.