Un plato de macarrones. Una galleta. Desenfrenado trajín sexual.
Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis... Ojalá pase algo que te borre de pronto... un disparo de nieve... una luz cegadora...
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.
Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.
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Vivo encerrado en una habitación que tiene una cama, un lavabo y un espejo con el fondo desconchado. Tres veces al día se abre la puerta y Regina me trae la comida en una bandeja. También me saca por las noches para que le acompañe a la barcaza de la basura, pero luego me vuelve a encerrar, hasta la siguiente bandeja. Aunque parezca extraño, no prefiero las salidas con Regina a estar encerrado. Se agarra con dedos fríos a mi brazo y me regaña porque ella es una señora inválida y yo voy deprisa adrede para hacerle daño. No es verdad. Voy deprisa porque la calle huele a cosas muertas.
Para no pensar que estoy encerrado, juego a que soy un león de circo que vive en una jaula carromato y que viaja por todo el mundo. Siento el traquetreo de mi habitación-jaula rodando por los caminos, entre el coche de los payasos y el carro de los elefantes. Juego a que Regina es mi domador y me golpea con un látigo. Juego a que rujo, me enfado y le lanzo zarpazos.
Hay un ventanuco en la pared de mi habitación-jaula, pero no logro alcanzarlo. Después de mucho saltar y de intentar empujar la cama sin éxito, descubro que si me subo al somier y me inclino 45º hacia delante, logro asomar hasta la nariz. Cuando lo hago me arrepiento al instante, porque lo único que veo es la pared mohosa y sucia del canal. Pierdo el equilibrio y me caigo de boca. Tiro la bandeja y el vaso se destroza contra el mosaico. Noto que me sangra el labio. Regina entra y descubre el vaso roto. Se enfada mucho y me grita en un idioma que no entiendo. Yo le doy los buenos días en chelja porque es lo único que sé decir en idiomas que no entiendo. Ella me clava los dedos fríos y me lleva a la alfombra roja del salón. No parece una señora inválida. Me pone sobre la flor de Lys que hay en el centro y me da un golpe en la cabeza y dos bofetadas. Mi cara gira de un lado a otro de la habitación. Plis-plas. La derecha-la izquierda. La vitrina-el sofá.
Yo no rujo, ni me enfado, ni lanzo zarpazos. No soy un león. Lloro sin ruido, mirando la flor de lys que hay debajo de mis pies.