Una lata de atún. Lacasitos. Una cocacola. He vomitado una vez.
Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: "No fui yo, que fue la genética."
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Es nuestro cumpleaños. El hombre que vende cioccos le ha regalado a Caliban un pez rojo que nada en una bolsa de plástico transparente. La abuela Agra me frota el pelo y le dice al hombre de los cioccos que también es mi cumpleaños porque somos mellizos. Es normal que no se haya fijado en mí. Caliban le hace dibujos para que ponga en la tienda y yo le robo caramelos mentinol. Caliban siempre lleva raya en el pelo y huele a colonia y yo llevo nudos y huelo a conejo de monte. Caliban le da los buenos días en chelja y yo gruño y me saco el pantalón del culo. Somos un espárrago verde, donde yo soy la punta morada que va a la basura y Caliban lo que alimenta y sabe bien.
Cuando salimos le digo que soltaremos al pez en la poza del molino. Caliban dice que el pez se morirá en la poza porque el agua está muy fria. Le dice a la abuela Agra que lo soltará en la fuente del abuelo. Yo le digo que el pez es de los dos porque también es mi cumpleaños. La abuela Agra se enfada conmigo y me dice que tengo que ser bueno y cuidar de mi hermano y no ser cabezota y estúpido. Noto que la sangre me sube desde el corazón al cerebro y me palpita detrás de la oreja. Cuando la abuela Agra se mete en la tienda de las verduras, empujo a Caliban y salgo corriendo. A mi espalda oigo el ruido metálico de los hierros de sus piernas chocando contra el adoquinado, pero no le oigo llorar, ni gritar, ni llamar a la abuela. Subo la cuesta de la roca corriendo tan deprisa que no siento el corazón. Cuando llego a la roca miro que no esté ninguno de los del pueblo y me echo a llorar. Pero no lloro por el pez. Lloro porque soy un mierda.