Ensalada con cefalópodo indeterminado. Naúseas. Dolor. Un mal día.
Llevé a A. a ver la película de Hanna Montana. Espeluznante experiencia. Lo único que saqué en claro durante la hora y media de película, es que todas las "star-teens" de la factoría Disney tienen cara de buñuelo. A la salida, dos niñas de catorce años me dijeron entre risitas que era muy guapo (eso a pesar de tener la pierna sobre el asidero de la muleta en plan flamenco tropical en reposo) y me ofrecieron sus teléfonos y sus twentis (que dicho sea de paso, no sé qué coño es). La autoestima me subió un 0,5%. Se lo dije a A. cuando salió de sus veinte interminables minutos de pis femenino, y me recordó que las niñas habían ido a ver a Hanna Montana y que, por consiguiente, a lo mejor eso significaba que yo también tenía cara de buñuelo. La autoestima me volvió a bajar otro 0,5%, quedándose en el mismo punto donde estaba antes.
He vuelto al hospital y a la rehabilitación. A H. le han tenido que amputar la pierna. Infección por rechazo. Es inevitable deprimirse un poco y hacer la porra de quién será el siguiente, como compañeros de tropa en Vietnam. Por supuesto, Edu vota por mí y yo voto por Edu, pero disimulamos y nos damos palmaditas diciendo: "ya verás como a ti no te pasa..."
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"¿Pero dónde creías que ibas, hijo de Satanás? ¿pero tú te das cuenta de la que has podido liar? ¿de los problemas que nos has podido traer? ¿pero que te has creído, pedazo de alcornoque? ¿que esto es como el cine?". Mientras grita me escupe y la mirada se le inyecta en rojo por debajo de las gafas. Me ha dado un cachete en la cabeza delante de los policías, y luego ha dejado la mano en el aire, como anhelante de soltarme otro más, pero no lo hará porque le están mirando. Yo agacho la cabeza y miro el fondo del vaso de chocolate que me ha dado la chica del ordenador. "Padre, tendremos que hablar con la familia..", "¿Qué familia? no, no, si no tiene familia, lo trajeron de servicios sociales a este. Le tenemos interno. Ya ve usted. Mire para qué. Para que luego muerdan la mano que les da de comer. Como animales, son. Ya ve usted..."
Da grandes zancadas, mientras me arrastra del brazo. Dedos huesudos de vampiro furioso que se clavan en mi piel. Es complicado acompasarse a su paso. Uno largo suyo, tres cortos míos. Pierdo el aliento. Vuelve a darme otro cachete en el coche. "¡Imbécil! ¡botarate! ¿y ahora qué? ¿eh? ¿dónde creías que ibas? ¿eh? ¿dónde pensabas que ibas a llegar? ¡si no sabes ni hablar! ¡si no sabes ni leer! ¡si no eres más que un borrico!."
Yo sí sé leer. Leo mucho. Más que tú. Y sé escribir muy bien. He ganado el concurso de los cuentos, y hoy es mi cumpleaños. Sí que sé hablar. Sí que tengo familia. Tú no me conoces. No soy la cama nº 15. No soy el chico nº 15. Los chicos con número no tienen color, ni sonido, porque sólo son un lugar en la fila. Yo no soy un lugar en la fila. Soy Ariel. Tú me pegas y me gritas, y ni siquiera me conoces.
"Padre, es que yo me quiero ir a casa." Los ojos vuelven a inyectarse. Otro cachete más. "¿Qué casa? ¿qué casa? ¡fariseo! ¿qué casa? ¡nosotros somos tus casa, hijo de satanás! ¿a qué casa quieres ir tú? ¿eh? ¡encerrado! ¡encerrado te dejaba yo a pan y agua, a ver si así aprendías!".
No estoy enfermo, pero dormiré en la enfermería durante tres noches. La enfermería tiene cerrojo en la puerta y rejilla en la ventana. Me han quitado la caja metálica con el dinero y los libros que me dió Salvador. También el bolígrafo de cuatro colores y los tebeos, porque creen que los he robado. Cuando empiece el curso volveré al cuarto de calderas. Recuperaré mis libros. Reuniré dinero. Y entonces... dejaré la maleta preparada bajo el hueco de la escalera que sube al desván... con la ropa, el bocadillo, las sandalias... y saldré al patio... y lanzaré la maleta por el muro del jardín... y pasaré por el agujero de la reja... Quiero irme a casa.