Pescado blanco. Arroz. Chocolate en microdosis. Todo el día helado de frío.

No he podido pegar ojo. Seis veces he tenido que levantarme de la cama para masajearme alguna contractura muscular. Y para redondear la noche, a eso de las cuatro me ha despertado el maullido agónico de un gato retumbando por el patio de vecinos. He ido como una flecha a pasar revista a los míos, pensando que alguno se había podido caer por la ventana, pero lo he tenido que hacer guiándome por el tacto, en plan: "lo malvado es Tequila, lo obeso es Tripi", porque todos dormían y no podía encender las luces. Cuando mi marcador táctil estaba ya: "mordiscos malvados 5 - cosas obesas 0", me he empezado a asustar y he despertado a M. para que me ayudara a bajar al patio a mirar. Por supuesto, ha bastado que M. se pusiera los pantalones para que saliera el cabrón del gato, de veteasaberdónde, estirándose tan pichi con ojos de chino haciendo un esfuerzo.
M. iba a matarme (lo sé), pero afortunamente en ese momento me ha dado otra contractura y me he podido librar de su ira. Resulta un poco duro matar a un chico cojo cuando se cuelga de tu pijama gimiendo. Es casi como darle dos tortas a tu abuelito. Así que hemos decidido coger el aceite de rosa mosqueta y los gelocatiles, y sentarnos a ver el partido de los lakers, aplazando lo de matarnos para otro amanecer. Eso sí... a estas horas de la tarde, sin poder tomar café, té, cocacola, ni anfetaminas, no creo ser capaz de resistir sobre las muletas más allá de las seis. O de las cinco. O de dentro de diez minutos. O de ya.

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21 de Julio. Colegio medio vacío por las vacaciones. Gano una chocolatina rellena de fresa en el concurso de cuentos, con una historia surrealista sobre un conejo que castiga cazadores. Mientras friego las ollas, robo un suizo y una cerilla en la cocina y me los escondo debajo de la camiseta. Me lo llevo todo a mi guarida en el hueco de la escalera que sube al trastero. Meto la chocolatina en el suizo y en lo alto prendo la cerilla. Cierro los ojos e imagino que es mi tarta de cumpleaños, pero en mi cabeza es grande, de nata, con fresones en el centro y un letrero de azúcar que dice "felicidades Ariel". Repaso mis deseos, buscando el más urgente. Quiero tener una tarta de verdad en mi próximo cumpleaños. Quiero una edición nueva de la Isla del Tesoro con tapas duras. Quiero un plumier de madera, con tinta pelikán y una plumilla para dibujar. Quiero una caja de doce ceras manley. Quiero que nada de eso me cueste tocar al asqueroso Eduardo Berong. Quiero que nada de eso me cueste tocar a nadie. Quiero tener dos gatos como los que vienen al jardín. Quiero ver a mi padre. Quiero nadar en el mar. Quiero volver a ver los dibujos de Caliban. Quiero irme a casa. Quiero irme. Soplo la llama: "Quiero irme de aquí".

Terminamos de rezar. Nos acostamos. El vigilante de pasillo da un último vistazo y apaga las luces. Escucho atento bajo las sábanas, hasta que la última respiración se acompasa. Me levanto y salgo al corredor. El vigilante lee bajo una lamparita en el chiscón. Me mira por encima de las gafas. "Tengo que ir al baño, padre". "Qué guerra dáis. Anda y no tardes." Atravieso el pasillo. Paso de largo el baño y me quito las zapatillas para llegar hasta el ala de las cocinas. Atravieso las despensas, cruzo el patio hasta llegar a las aulas, donde me espera mi escondite bajo la escalera del desván. Allí donde la tarde anterior he dejado mi maleta, mi ropa, las sandalias y el bocadillo de la merienda envuelto en el papel de plata que he robado de la cocina. Me visto despacio, sin hacer ruido. Salgo de nuevo al patio, dejando las puertas abiertas para evitar crujidos. Lanzo la maleta al otro lado del muro del jardín. Trepo por el ángel, igual que antaño lo hacía por el olmo. Salto al jardín. Paso por el agujero de la reja metálica. Me pongo las sandalias. Salgo a la calle. Reviso mi maleta. El oso, los libros, el bocadillo, el dinero en la caja metálica. Camino por la acera de piedra mojada. Mis pasos resuenan. No estoy asustado, sólo siento frío. No sé dónde voy. Pero voy.