Polos de congelar y batidos de proteínas. Sólo tengo sed. Es la prednisona.

200 litros por metro cuadrado en cinco minutos. Eso fue Madrid anteayer. Y de entre todos los sitios donde podía pillarme, me pilló subido en una moto. Culpa mía. Suelo ser ciego a todo lo que juega en mi contra: rodilla chunga, falta de carnet para esa cilindrada, cielo encapotado a punto de aguacero... Pero claro, sólo era llevarla de Plaza España a Quevedo, y encima con cambio automático, así que no requería juego de tobillo. Pensé "¿qué puede pasarme?". Pues el diluvio universal. Eso pudo pasarme y eso me pasó. Litros de agua corriendo calle abajo, coches circulando a 10 km/h. por la mala visibilidad, y la policía municipal (o eso me pareció) en cada esquina, supervisando el caos. Eso sin contar con que llevaba el nervio ciático pinzado y que bajar el pie derecho en cada parada era un pequeño viacrucis para mi pobre culo. Milagro que no terminé yo también calle abajo y desembocando en alguna alcantarilla. Eso sí... afortunadamente, iba muy adecuado para la lluvia con los pantalones de lino y las chancletas. Cuando pude desmontar de aquel trasto parecía talmente que me hubieran envasado al vacío.
Otro apunte para escribirme en la frente: No se hacen cosas de dos piernas, cuando sólo puedes disponer de una.

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Espero a que venga mi padre, pero aquí todo es distinto. No hay cruces, ni ángeles, ni cuadros de santos que sangran y sufren. Tampoco hay biblioteca con grandes estanterías, ni refectorio de bancos corridos. Hay una canasta de baloncesto, televisión y puertas sin cerrojo. No soy capaz de distinguir los conjuntos que formamos ahora, porque todo es un gran espacio abierto. Me siento perdido y vuelvo a estar asustado. El hombre de la camisa verde aprieta mi hombro mientras me presenta al resto del dormitorio. "Atención, ¿me oye todo el mundo?". No hay camas alineadas, ni crucifijos. Veo literas y posters de grupos de rock. "Este es Ariel. Se quedará con nosotros unos días..." No hay taquillas numeradas. Veo dos armarios con nombres dibujados sobre las puertas. "Espero que todos hagáis que se sienta cómodo ¿eh chicos?" No hay pijama de uniforme. Veo vaqueros, camisetas de spiderman, pantalones cortos. Deslizan sus miradas en mí, desde la cabeza a los pies. Cuando la puerta se cierra, alguien me arranca la maleta de las manos.La suben a lo alto de la cama. La abren. La vacían. Oigo sus risas y me quedo quieto. Las manos cuelgan a ambos lados de un cuerpo que no distingo como mío. Chillan y se ríen cada vez más alto. Alguien me insulta y me pega en la cabeza por detrás. Yo sigo con la vista fija en la jauría que destripa sin piedad mi equipaje. Mis libros hacen un sonido sordo al estrellarse contra la alfombra, como de pájaros muertos. Alguien levanta al oso rudy en vilo, cogiéndole por el cuello. "¡Mira esto tronco, mira esto!". Bajo la cabeza. Oigo mi voz entre la algarabía casi como un susurro. "Es de mi hermano. No lo toquéis." Lanzan el oso contra el armario. Cae triste y desmayado sobre los libros. Uno de los ojos se desprende y rueda hasta mis pies. El chico de la camiseta de spiderman baja y salta repetidamente encima del oso. "La nena con su osito ma-ri-cón ma-ri-cón". Algo zumba en mi cabeza y dejo de oir, de mirar, de sentir. Estiro el brazo y agarro el asa de mi maleta sobre la cama. La giro abierta en el aire y la lanzo contra su cabeza. Oigo el chasquido del canto contra su frente. Todo el mundo deja de gritar. Se hace un gran silencio. El chico se dobla sobre sí mismo, se toca la frente, mira la sangre de sus dedos y llora en un gran alarido. Yo recojo el oso con cuidado. Vuelvo a introducirle el relleno que desborda por su tripa destrozada. Guardo el ojo en mi bolsillo. Les miro. "No lo toquéis. Es de mi hermano". Un chico de ojos negros me señala. "Te vamos a matar, maricón de mierda..."