Todo lo que había en el frigo, porque tengo que descongelar mañana. Hecatombe hepática de croquetas frudesa y yogures caducados. Dolor de riñones.
Nuevo ciclo de prednisona y la herida de la pierna cerrada y calladita. Tranquilo, porque J. está tranquilo, y contento, porque J. está contento. Jugamos a Diablo II y me hace chistes de los suyos, de esos que me sacan risa de conejo. Planeo, prudentemente y en silencio, meterme en su casa de contrabando. No sé qué tiene este hombre, que sólo necesita respirar para excitarme y decir "cáspita" para que me descuerne de risa. Creo que es el fenómeno fan. Si cantara o tocara la guitarra, yo sería el descerebrado que llevaría su foto hasta en los calzoncillos y recorrería 950 km. haciendo autostop sólo por ver su nuca de refilón entrando al hotel.
Gracias a mis eczemas devoradores de pies, me tengo que meter en la piscina con escarpines de goma, como las viejillas. Sólo de pensar en la imagen que doy con el gorrito y los escarpines, me voy riendo durante todo el trayecto piscina norte-piscina sur. Me estoy haciendo famoso en el centro de rehabilitación. Ya no soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito. Ahora soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito que se descojona solo. De aquí a que me manden de nuevo a psicoterapia, hay un paso.
***************************
Se acabó el ángel, se acabó el hueco bajo la escalera, se acabó Salvador. Miguel Cogollor lo ha contado todo. Me llevan al despacho del director y una mujer me hace preguntas sobre la abuela Agra, sobre Caliban, sobre Regina. Me explica que están en el cielo, y me habla sobre Dios nuestro pastor, que hace que nada nos falte. Yo callo. Concentro la vista en el alero del tejado que asoma por los ventanales, para que mi cabeza se aleje de allí. No quiero hablar con ella. No está en mi conjunto unitario y no podemos entendernos. Me devuelven a mi cama de la enfermería. Ese día no voy a clase, ni al refectorio. Como y ceno en la enfermería, y me aseo en el lavabo de los profesores. Paso el día tumbado mirando los focos del techo que me observan como los ojos de un gigante.
Después del desayuno del día siguiente, vuelvo al despacho del director. La mujer vuelve a preguntarme y a hablarme de su Dios justo y salvador. Yo vuelvo a callar. Su entonación ya no es tan dulce. Me habla de lo que sucede si dejamos que el demonio piense por nosotros. Me tiende una hoja de papel y unos rotuladores y me pide que haga un dibujo de mi casa. Yo no me muevo. La hoja se queda blanca y muda sobre la mesa. Pasadas unas horas de silencio, me devuelven a la enfermería. Pego la nariz a la ventana y veo a mis compañeros sentados en los bancos, con los libros sobre la mesa. Hoy hay literatura. Íbamos a leer las aventuras de Huckleberry Finn. No quiero estar aislado en la enfermería. Quiero estar en clase, leer cómo Huck encuentra el cadáver de su padre flotando por el Missisippi, y que todo el mundo me deje en paz. Paso otra noche bajo los ojos del gigante. Tras el desayuno, vuelvo al despacho. Con la mujer hay dos hombres. Uno de ellos me sonríe y me saluda por mi nombre. Pienso en Huck Finn. Contesto al saludo y sonrío. La mujer me mira con sorpresa. Entonces comienzo a hablar. Cuento que mi abuela sacó mi nombre de un libro en inglés. Les digo que no quiero que el demonio piense por mí, y les explico que mi hermano está en el cielo y que no le falta nada porque Dios es su pastor. Les cuento que asusté a Miguel Cogollor con mentiras y que estoy muy arrepentido. Me ofrezco a dibujarles el colegio, si me dan rotuladores y papel, porque el colegio es ahora mi casa y los padres son ahora mi familia.
Les digo todo lo que quieren oir, para que mi mundo vuelva a cerrase en sí mismo, igual que estaba antes.