Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.
Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover... No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.
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El corazón me golpea en el pecho cuando entro en el despacho. Están sentados, uno frente al otro. El monitor de la camisa de cuadros está diciéndole algo en voz queda y él sólo asiente. Me lo presenta. El ambiente es extraño y no sé qué debo hacer. No sé cómo se conoce a un padre. Le tiendo la mano, que queda vacía y expectante en el aire. Él la ignora, y fija la vista al frente. Bajo la mano y me noto enrojecer. Deseo no estar allí. Deseo estar en el patio tirando canastas. En mi cama, leyendo a Anna Frank. En mi casa, bajando por el olmo.
Le observo desde mi sofá. Es el mismo de la foto, pero algo más delgado. Me toco el pelo, que es igual que el suyo aunque mucho más corto. Me toco la nariz, que también es su nariz. Miro sus ojos que son mis ojos. Paso la yema del dedo por mi barbilla, allí dónde él se ha dejado crecer la barba. Veo sus piernas largas, extendidas, cruzadas en los tobillos. Miro las mías, mucho más breves, que siguen la misma cadencia. Sus dedos, largos y cuadrados, tamborilean en el brazo de la silla. Saco la mano del bolsillo y tamborileo en el brazo del sofá. Algo nos desata. Él está ahí y llevo su pelo, sus ojos, sus dedos, su nariz, su sangre... pero algo nos desata. Algo que nos mantiene lejanos y ajenos. Ha sido magia de un momento. De apenas un instante. De nuevo las cosas serán como en los libros y nunca como en las películas. Soy Huckleberry Finn y veo pasar el cadáver de mi padre flotando por el río Missisipi dentro de los restos de su cabaña. Algo no irá bien. Lo siento en la boca del estómago.
Terminan de hablar y se levantan. El monitor me sonríe. "¿Qué te parece? te vas a ir a casa ¿estás contento?". Él y yo nos miramos, pero ya no enrojezco, ni tiendo la mano. Nos tanteamos como dos gatos con el lomo erizado. "No es muy simpático el enano ¿eh?" Sonríe. Tiene dientes blancos como la leche y algo dorado en la expresión. Antes de salir por la puerta, se para y se vuelve hacia nosotros. "Bueno, pues... quedamos así. Ponéis al crío en el tren y el resto ya es cosa mía." Me da un golpecito con el puño en el hombro. "Nos vemos, chaval." Fijo la vista en los talones gastados de sus zapatillas blancas, hasta que desaparecen por el pasillo.
Siento en la boca del estómago que algo no irá bien.