Vómitos esta mañana. Tripa vacía y en concierto. Dolor de cervicales.

Mis análisis de sangre son caóticos. Mi hígado asfixiado. Mi páncreas paralizado. Mi testosterona por las nubes (lo cual explica a la perfección la entrada de anteayer sobre Conchita...). Voy a reventar un día de estos como un globo sonda, y lo único que quedará de mí serán un puñado de lanas rubias flotando sobre las torres kio.
Ayer fuimos al cine. Vimos Coraline y luego nos colamos con todo el morro a la sesión golfa de Terminator. Las dos me mantuvieron enganchado a la butaca. La rebelión de las máquinas sucede en 2018, así que le dije después a M. que si al final termino perdiendo la pierna, sólo tendré que esperar ocho años para que me pongan una de esas maravillosas patas-terminator, con acero y cubiertas de chicha humana. Él se rió bastante con la ocurrencia y me recordó que el cine era el cine, y que si finalmente pierdo la pierna, lo máximo que me colocarán será algo parecido a un abrebotellas con zapato. Al principio, nos dió un poco de cosa hacer chiste con eso, pero al final acabamos llorando de risa. Creo que mi inclinación por el humor negro también puede ser genética, ahora que recuerdo a mi madre y su eterna sonrisa de payaso diabólico.
Hoy voy a hacer lasagna. Para darle una tregua al hígado, la haré sin carne, sin bechamel, sin queso y sin mantequilla. O sea, que hoy voy a hacer lasagna, sin lasagna. Por aquí están todos encantados del asco que eso va a suponer.

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No sé cómo descubro el sexo, porque no soy consciente de estar haciendo nada sexual. Para mí es pulsar el botón rojo para que la puerta se abra. Un movimiento mecánico. Una situación fugaz que me permite llegar a otra. Un desenlace. Me siento sobre sus piernas y le dejo tocarme por debajo de la ropa. Pero aprendo enseguida a no dejar que las manos vayan rápidas, porque no puedo sacar los libros de allí y sólo podré leer durante el corto instante que pueda permanecer en la biblioteca, sentado sobre sus piernas, o sobre la mesa cuando haya terminado de vaciar los cubos. Los dedos nerviosos de Salvador no me producen ningún sentimiento negativo. Tampoco positivo. Salvador es sólo mi escalón y lo ajeno de mi cuerpo para con él es absoluto. La piel no se distiende, ni se eriza. Apenas le siento. Cuando llega al orgasmo, lloriquea y dice que vamos a ir al infierno. Yo siento compasión y le paso los dedos por la cabeza roja, hasta su frente de mártir sin paraíso. El infierno me trae sin cuidado, porque ya forma parte de mí. Lo llevo dentro desde que me comunicaron la muerte de la abuela Agra y me entregaron su anillo de plata con el shemir. El infierno es saber y tener conciencia de que no habrá nada más para mí cuando termine el día, la semana, el mes. Que siempre estarán esos muros, esos patios, la biblioteca, los cubos, el ángel de piedra. Que empiezo y termino allí donde estoy. Sobre esas rodillas. Con esas manos dentro de mi pantalón de chándal. Con ese libro abierto que no va a pertenecerme nunca.
El infierno es la certeza de que no habrá mas mundos que el que entonces me rodea.