Churros. No queda vergüenza torera en este pobre cuerpo serrano. Ciática, ciática, ciática... ay....

He vuelto. Había un jardín con un pozo y un columpio y una escalera donde me torcí el tobillo por hacer el idiota. También había una piscina natural con el agua bajo cero, que te entumecía las piernas, y un chico con una camiseta del pato donald que todas las mañanas al pasar por la puerta del bar, me decía "eh rubio ¿te echas un billar?"

Si yo fuera parte de una película habría jugado al billar con él y le habría ganado en cuatro golpes, mientras cuatro chicas lugareñas nos observaban y se enamoraban perdidamente de mí. Entonces alguien habría preguntado "¿pero de dónde ha salido este?" y otro alguien habría respondido "¿no le has reconocido? ¡es Flipper Macmanagan! ¡el campeón mundial de billar americano! está pasando unos días de descanso en este pueblo de mierda, mientras se recupera de la muerte de su amada esposa..."

Bueno, puede que "pueblo de mierda" no hubieran dicho... En todo caso, da igual porque no soy Flipper Macmanagan, y no he jugado bien al billar en mi puta vida. Creo que Teo tiene todavía la cicatriz que le hice en la cabeza con aquella bola que, los dioses sabrán cómo demonios, lancé disparada hacia arriba en parábola perfecta, con rajada de tapete en triángulo escaleno.

Tengo que escribir. Tengo que escribir ¿no? sí... tengo que escribir.

Me veo en la cam y me mimetizo con la puerta del armario. Tengo color de tejado. De moro chungo. De tipo que levanta el cartelito de stop en las obras de carretera.

Tengo que escribir. Me voy a escribir.