Patatas con salmón. Algo de dolor en zona no identificada de la espalda. Ojo al dato. Eso es nuevo.
Me he llevado las zapatillas de Ed Hardy y la camisa hippie a trabajar. He contado las cabezas que se han vuelto a mirarme con ojos de "nopuedocreerlo". Ocho. Los azules moteados de la camisa enmedio del universo de los trajes grises y las corbatas rojas, han sido como un berrido en una sala de espera.
J. me dijo que no lo hiciera, porque no era buena idea jugar a enfadar al jefe con los tiempos que corren. Lo cierto es que era un consejo sabio. No entiendo por qué siempre termino haciendo lo contrario de lo que me dicen. Necesito algo que genere la energía suficiente como para electroshockearme el cerebro y encauzarme otra vez en el camino fácil. No sé... quizá un exorcismo, o un polvo de tres orgasmos.
Me desvelé antes del amanecer. Tequila dormía sobre mi almohada, así que me entretuve en mirarle con detenimiento el hocico. Es asimétrica. Tiene un lado del hocico más alto que el otro. Lo sumo al rabo en L, el chillidito de mono, las orejas de oso Yogui, la uña de velociraptor y la media pata trasera aplastada. Fea como un demonio. Increíblemente dulce y sociable con los extraños. Nunca tuve un gato igual. Es maravillosa; la niña de mis ojos. No la cambiaría por nada.
¿Por qué me gusta tanto lo imperfecto?
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Apartamento 47 del primer piso. Huele extraño. No sé distinguir a qué, porque todo se mezcla en una sola habitación. Una nevera pequeña, una cocina de camping gas, un sofá de muelles con cuadros escoceses, una silla, una mesa de plástico moteada de marcas de cigarrillo. Media pared falsa que semiesconde un colchón, donde se enredan ropa, sábanas y almohadas con cercos amarillos por el uso de muchas cabezas. Una sola puerta, sin pomo, y una ventana frente al colchón. La única ventana. El tendedero improvisado con cuatro maderas sobre el alféizar, hace que la persiana no se pueda bajar. La casa es un gigante tuerto y oscuro, y la ventana su único ojo, con el párpado siempre entrecerrado.
Él se saca las zapatillas sucias con los pies, y se tira en el colchón. "Ponte cómodo donde quieras, chico. O... donde puedas...". Suelta un chorrito de risa. "Este sitio es un puto desastre, pero ya lo arreglaremos mañana ¿no?" Yo no sé qué hacer. Me quedo quieto, agarrado a mi maleta, bajo el zumbido del fluorescente que parpadea sobre mi cabeza. Me siento en el sofá de muelles que chirría y se ondula bajo mi peso, y espero con la espalda muy recta y la maleta sobre las rodillas, a que Nicolás se duerma. Necesito pensar, pero no podré hacerlo hasta que él se haya dormido. Y no sé por qué lo sé, pero lo sé. Igual que sé que a pesar del tiempo que llevo fuera de casa, nunca habré estado más lejos de ella que en este momento.
Estoy hambriento, pero no me atrevo a buscar comida, para no despertar a Nicolás. Empujo con cuidado la puerta sin pomo y giro el interruptor. Un water amarillento, sin tapa. La boca apestosa del gigante tuerto y oscuro. Un lavabo y un plato de ducha. Una pastilla de jabón en el suelo. Una cortina de plástico con dibujos de payasos, que se cierra en círculo sobre sí misma. Paso despacio el dedo y cuento los payasos de colores: uno, dos, seis... Ni ellos, ni yo deberíamos estar allí. Somos algo absurdo para la casa. Algo como las tijeras de un ciego o el rosario de un asesino.
Abro la nevera. Un flan con la tapa a medio abrir. Un cartón de leche. Manchas de huevo, de tomate... restos de todos los alimentos que estaban allí cuando no los necesitaba. Me asomo por la media pared de mentira y miro a Nicolás. Duerme tirado boca abajo, con la cabeza de lado y la boca abierta. Los dedos le tiemblan ligeramente al final del brazo que abandona por encima de la almohada. Mientras dejo que pasen las horas viéndole respirar, pienso que él nunca será absurdo allí, y siento la envidia de los que no pertenecemos a ningún sitio.