Sandía y lentejas. He recuperado un kilo. Estoy bien, estoy bien, estoy bien...

70 mgrs. de predinsona. Todo el día de la ceca a la meca, para evitar que la pierna se me hinche. Yendo de acá para allá, tric-troc-tric-troc como el pirata de la pata de palo, con ojo de vidrio y cara de malo.
Ya voy metiendo el culo adecuadamente en pantalones que no son de talla infantil. Todo un logro para mi culo, el poder volver a merecerse el nombre, y toda una alegría para su dueño, el poder volver a comprarse ropa sin dibujos de animalitos. También me compré una chaqueta con capucha talla XXL para esconderme en ella. M. dijo que parecía un rapero indigente, así que para contrarrestar el look, le añadí un cinturón de cuero de 20 euros. M. dijo que estaba mucho mejor, porque así al menos parecía un rapero indigente con veinte euros menos. M. es realmente ingenioso cachondeándose de mí. Una pena que no pueda ganarse la vida con eso.
Me han quitado la morfina y han empezado a ponerme parches de metadona para pasar el monazo. A veces duele un poco y a veces mucho. Cuando duele mucho, pienso en el retorno de mi culo para estar contento, y hasta me lo miro en el espejo. Nunca un culo hizo tan feliz a nadie.

Ehm... vale... mañana reviso esa frase.

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Espero en la estación pero nadie viene. Me han dicho que espere junto a los torniquetes de entrada al metro, así que los cruzo y me paro a esperar, pero el tiempo pasa sin que siga sin venir nadie a por mí.
Intento distraerme mirando la gente que entra y sale del andén. Pregunto la hora a una señora que lleva un vestido de flores. Su hija me mira mientras la señora intenta distinguir su reloj por debajo de las gafas. Tiene ojos avellana y el pelo le cae sobre un ojo. Me sonríe y se le marca un hoyuelo en la mejilla. Yo enrojezco de la cabeza a los pies. Las ocho y veinte. Le dijeron que llegaría a las siete. Me palpo la nota con el teléfono de emergencia en el bolsillo y me siento más seguro. Junto los tobillos, pego los brazos a los costados, y sigo esperando como un buen soldado.
El vigilante del uniforme me dice que son las nueve y media. “¿Te has perdido, chico?” Le digo que estoy esperando a mi padre y le pregunto si hay más torniquetes para salir del andén. Él suelta una risotada. “¡Más torniquetes! ¿Pues cuantos quieres que haya?”.
Un hombre que saca un billete de la máquina expendedora me dice que son las diez y cuarto. Empiezo a tener hambre. Las piernas me duelen un poco y ya no puedo pegar los brazos a los costados, ni juntar los tobillos. Soy un soldado cansado. Pongo la maleta en el suelo y me siento encima.
Dos chicas que desplegan un plano me dicen que son las once menos diez. Saco el papel del bolsillo y pregunto dónde puedo llamar por teléfono. Ellas se miran y me dicen que tengo que salir a la calle para hacerlo. No puedo salir a la calle, me han dicho que espere junto a los torniquetes. Vuelvo a guardar el papel y a sentarme en la maleta. Tengo miedo, así que cierro los ojos y me imagino que estoy en casa. El olor de las manzanas con canela de la abuela Agra. El crujido de las alpargatas de Tonio mientras poda los rosales. Las chicharras en el roble. Caliban en el banco de la ventana, dibujando con las ceras de colores. Me cuenta que los pintores antiguos sacaban el color azul de una piedra muy valiosa que se llama azurita. Levanta la cera azul y me mira “Era el color más caro de conseguir. El azul. Tu favorito, Ari.”
Abro los ojos y vuelve el ruido del andén. Siento la pena en la punta de los dedos. No me acuerdo de la cara de mi hermano.