Sashimi. No me duele nada. Esto es jauja.
El hombre-pelota sufre un trastorno sexual disfuncional. L. me ha llamado para contármelo y para pedirme disculpas en su nombre. También me ha dicho que ha hecho lo mismo con todas las mujeres y hombres jóvenes del grupo. Por su bien, me alegro que hayan sido sólo los jóvenes. Si lo llega a hacer con el fontanero de la segunda fila, estoy convencido que le hubiera partido todos los dientes de un sólo golpe de bota militar. Ahora me siento mal por haberme metido con el hombre-pelota. El porqué sabía lo de mi bisexualidad sigue siendo un misterio. Sospecho que soy un tema de conversación divertido para ellos, cuando no estoy (o sea, siempre). Bueno. Como no soy fontanero, ni llevo botas militares, me va a dar igual enfadarme. No creo que vaya a intimidarles a base de chistes idiotas, y eso, hoy por hoy, es la única destreza que me queda. Mejor me olvido de todo y paso página. Maravilloso lo de tener por fín un buen motivo para escaquearme de allí.
Me apetece nadar, pero me da vergüenza ir a la piscina con los dos catéteres en el pecho. Ojalá tuviera un traje de neopreno. O mejor uno de buzo. O mejor, directamente, una piscina.
***********************************
Lo primero que aprendo de mi padre, es que vive en días de luz y en días de oscuridad.
Se levanta temprano y silba mientras se ducha. Cuando se acaba el agua caliente, sale y se sienta desnudo a mi lado, en el sofá de cuadros mientras se fuma un cigarrillo. Me enseña a hacer círculos de humo con boca de O mayúscula. "Como te pareces a tu madre, cabrón. Parece que la tengo delante. La cosa más bonita de El Cairo era tu madre cuando la encontré. Tenía a todos los hombres de El-Marg a los pies de su cintura."Yo escucho atento, y me atrevo. "Olía a vainilla. Y tenía un arcón en el desván con vestidos verdes que brillaban." "No, chico. Era ella la que brillaba, y no los vestidos, te lo digo yo." Me pasa el brazo por los hombros. "¿Y tú, qué? ¿también vas para artista?". "A mí... me gustaría escribir." "Jo-der... un escritor ¿eh? pues necesitarás un ordenador ¿no? cuando las cosas vayan bien y nos larguemos de aquí habrá que comprarte uno." "¿Nos vamos a ir de aquí? ¿y Silvana?". Se ríe. "¿Silvana? a Silvana nos la llevamos, porque hasta los escritores necesitan una novia ¿no?". "Vale. ¿Y cuándo nos vamos?". Se levanta y se enfunda los pantalones, directamente sobre la piel. "Pronto, chico. Pronto, pronto, pronto...". Yo le sigo por la habitación, con las manos en los bolsillos y los ojos encendidos."¿Podremos tener un gato en la nueva casa? También me gustan los gatos..."Se ríe mientras se viste y se marcha sin volver la cabeza, con un brazo señalando hacia el cielo. "¡Nos esperan grandes cosas, chico!, ¡grandes cosas!".
Cuando vuelve, ya es mediodía y lleva entre los brazos una bolsa del macdonalds. Nos sentamos a comer en el suelo, como los indios. Mientras devoro mi hamburguesa, me enseña el cheque de los servicios sociales. "¿Qué te parece? ¿sabías que valías pasta?". Me frota la cabeza. "Eres un gran chico ¿eeeeh? lo único bueno que he hecho en mi puta vida. Y bien que me saliste, joder. Guapo y listo como un conejo. Tenía que haber tenido más hijos, coño...". Yo pienso en Caliban y algo me pincha un poco por dentro, pero no digo nada. Estoy contento. Mi padre vive en un día de luz.
Duerme toda la mañana y parte de la tarde. Hace días que no hay comida en casa, y sólo quedan monedas sueltas en la caja donde escondo el dinero que logro quitarle de los bolsillos mientras duerme. Ayer terminé los restos de la lasagna que me dió Lola el martes, y me avergüenza subir a pedir comida otra vez. Nunca dos días seguidos. Es la norma autoimpuesta por los restos de mi orgullo. Decido gastar las monedas en un paquete de palomitas de la tienda de los goffres. Las palomitas son baratas y me llenan el estómago hasta el día siguiente. Mientras me estoy poniendo el pantalón, la hebilla del cinturón golpea en la mesa y la caja del dinero cae al suelo. Me encojo como un caracol, cuando veo los pies que se levantan del colchón. Me agarra del cuello de la camiseta "¿Qué coño te he dicho? ¿qué coño te he dicho?", me arrastra hasta ponerme contra la puerta del armario empotrado". "Que no haga ruido si estás durmiendo...", Pega puñetazos contra la madera, al lado de mi cara, que cruje bajo sus nudillos."¿Cómo te lo digo para que lo entiendas? ¿eh? co-mo-te-lo-di-go." Me agarra del cuello. Cierro los ojos. Pienso en el dinero. Que no vea el dinero. "¿Tengo que hacerte daño para que lo pilles? ¿tiene que dolerte PARA QUE LO METAS EN TU CABEZA DE IMBÉCIL?". Me aprieta. Agarro sus dedos sobre mi cuello. "No, no. Lo entiendo. Lo siento." Pega un último puñetazo junto a mi cara y el puño se hunde en la madera. Cuando vuelve a sacarlo, los nudillos le sangran. Los aprieta contra mi mejilla dejando un rastro rojizo. "Una sola vez, UNA SOLA, que me vuelvas a despertar y te lo llevas en los dientes." Me suelta. Las piernas se me aflojan. Quedo de pie, contra el armario. Le oigo acercarse al colchón y ponerse las zapatillas. Si ve el dinero en el suelo no podré comprar las palomitas . Procurando no moverme del sitio, empujo con el pie las monedas para que se oculten bajo la mesa. Pasa junto a mí y se marcha dando un portazo. Me asomo con cuidado por la ventana para verle desaparecer a paso rápido por el callejón. No volverá hasta que haya amanecido. Me siento en el sofá de cuadros y respiro hondo. No vale llorar, ni compadecerse. Es mi segunda norma autoimpuesta. Sólo vale recuperar las monedas y comprobar que pueda comprarme el paquete grande, hasta mañana al mediodía, que podré volver a subir a por comida. Mi padre vive en un día de oscuridad.