Un sandwich de pollo con culpa, porque lo he robado de la máquina. Nada más. Algo revuelto y unas décimas.

No me gusta escribir sobre él. Tampoco leer sobre él. Debería ser imparcial, frío y cuasi cirujano, pero no me sale. No sé qué pasa. Perdono sistemáticamente a todo el que me hace daño. Sólo necesito unos días. A veces meses, pero siempre llega la calma y las ganas de cruzar paces, y sin embargo con él... con él... Por más que le dejo en barbecho, ahí perdido entre las hojas, un año, dos, cinco... todavía vuelven una y otra vez los mismos sentimientos que me producía entonces. No estoy muy seguro de querer seguir con esto, ni de si va a servir de algo. Vale... cambio de tercio y tararí. Lo pensaré mañana.

Tengo un abcceso de pus en la rodilla (que raro). He ido al Hospital y me han recetado un antibiótico que tiene tres pastillas y cuesta 24 euros. Si llega a tener doce, como los antibióticos normales para pobres, hubiera tenido que empeñar uno de los gatos para medicarme.
También he aprovechado para ver al psicogrupo y conocer al miembro nuevo. Parece una pelota de tenis. Pequeño, redondito, peludo y amarillo. Se ha puesto a explicarme con pelos y señales como la medicación le estaba encogiendo el pene y cómo tenía que tirar hacia atrás del pellejo prepucial, cada vez que quería echar un pis. Luego ha abierto mucho los ojos y sujetándome la muñeca ha dicho bajito: "Oye, tú follas con hombres ¿no? ¿hace un polvo este sábado? soy hetero pero da igual ¿eh? voy salido..."
En condiciones normales, me habría quedado a averiguar cómo demonios sabía el hombre-pelota lo que yo follaba o dejaba de follar, pero mi cabeza ya estaba shockeada a la altura de lo del prepucio y el pis, así que me he limitado a decir "uh...eh... no..." y a largarme a mi casa a lavarme la muñeca con vinagre y sosa caústica.

Se acabó el psicogrupo en esta vida y en las próximas cinco reencarnaciones que me toquen. Al menos mientras alguna no sea en raqueta.

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Silvana es hermosa y dulce. Siempre me dedica nombres cariñosos y se preocupa de que todos los días tome leche para que no me quede bajito y sin dientes. Lola es negra e inmensa, y siempre está cantando o rezando. Me agarra la cabeza para darme besos apretados y siempre mira que lleve limpias las orejas y el ombligo, porque dice que un hombre con pelusa en el ombligo no es hombre ni es nada. Mariona es flaca y pálida y no habla jamás, pero me revuelve el pelo y me sonríe cada vez que voy al kiosco a comprarle las revistas. Las revistas de Mariona siempre llevan fotos de mansiones lujosas donde viven famosos y princesas. Ella recorta las más bonitas, y las pega en un álbum negro, porque colecciona sueños imposibles, como otros coleccionan sellos o mariposas. Cuando estoy en casa de Silvana, Lola y Mariona, me siento como un chico normal, incluso aunque ninguno lo seamos, porque hay tapetes blancos en las mesas y cortinas de colores en las ventanas, y el cuarto de baño huele a menta y pino.
Por las mañanas subo a dar los buenos días y me dan leche y galletas. Cuando huele a guiso por la escalera, subo y me siento en los peldaños frente a su puerta, hasta que Silvana sale a por el pan y me encuentra. Entonces yo finjo que paso por allí, aunque viva un piso más abajo, y ella me llama "lindo" y "bebé", y le grita a Lola que ponga otro plato en la mesa. Y así voy desayunando y comiendo, mientras paso los primeros días en nuestro apartamento de nevera vacía con platos sucios y restos de alimentos que estaban allí cuando yo no los necesitaba.
Nicolás se ríe y me llama "el niño de las putas". Yo bajo la cabeza y le odio un poco, pero nunca digo nada. Silvana agita su pelo rojo hacia atrás y también se ríe. "Vos no hagás caso de tu papá, Ariel. Es boludo tu papá. Vos no sabés que es una puta ¿ah? Vos sos lindo y bueno y serás un buen esposo ¿ah?". Nicolás ríe con la colilla entre los dientes, y me pone la mano en la cabeza. "¡No va a saber lo que es una puta, el enano! ¡pero si salió del coño de una y otra lo crió!". Risas. Humo. Silvana se tapa la boca con las manos y las pulseras tintinean. "Aaah...¡sos malvado!". Sostengo la mano de mi padre sobre mi pelo, como el perro que sólo piensa en morderla. Destrozarla. Desollarla rápidamente con los colmillos.
Pero sólo bajo la cabeza, le odio un poco y nunca digo nada.