Zumo de naranja. La pierna dando guerra. Pocas ganas de fiesta.

No he dormido nada. Nunca una frase hecha tuvo más sentido en su concepto de NADA. La pierna me ha dolido toda la noche. Echo de menos a mamá morfina. Papá metadona no resulta ni la mitad de divertido. Lo he ido mitigando levantándome y dando paseos por el pasillo pero no ha servido de mucho, salvo para quedarme helado y pisar algún gato que otro.
Tengo que preparar una comida mexicana de cumpleaños. Tengo que hacer tacos, fajitas, mole, mole + guaca, cócteles margarita... Sería genial poder empezar por esto último y darme un lingotazo de vez en cuando, que me permitiera llevar la celebración a buen término, pero no puedo beber alcohol con 70 mgrs. de prednisona en el cuerpo. Voy a empezar ya mismo a cocinar, antes de que me quede dormido encima del teclado. La pierna no me duele nada. Qué simpática. Creo que voy a dibujarle unos ojitos, una boquita sonriente y una manita levantando el dedo corazón.

Mañana trabajo. No importa. Tendré aire acondicionado. Yupi-yupi-yeyyyyyyyy (se llama sacar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas).

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El andén es mucho más silencioso cuando sus dos zapatillas viejas se paran ante mí. Yo me levanto como disparado por un muelle y le tiendo la mano. Su cara se llena de dientes mientras me estrecha el pulgar, saludándome al estilo americano. El contacto de su palma dura unos segundos, pero me despierta. “¡Dios bendito! ¿qué es ese trasto, chico?”. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se refiere a la maleta. “Es la maleta de la abuela Agra”. Vuelve a llenarse de dientes. “Ya, ya, no hace falta que lo jures. ¿Por qué no tienes una mochila sucia como los chicos normales?.” No sé qué contestar. Podría decirle que llevo una mochila en la maleta pero la idea no me hace sentir más normal. “Anda, vamos. Nos merecemos dormir un poco ¿no?.”
Recorremos en silencio tramos de metro que desconozco. Intento mantener los ojos lejos de los suyos, pero le siento recorrerme con la vista de arriba abajo. Pienso que se está preguntando por qué no tiene un hijo normal. Intento pensar en frases que pudiera decir otro chico cualquiera. “¿Por qué has tardado tanto en venir?”, “¿Madrid es bonito?”, “¿Podremos ir al cine alguna vez?”, “¿Puedo comer algo antes de acostarme?.”
Mientras enlazo frases normalizantes que nunca soltaré, llegamos a destino y salimos al exterior. Veo las luces y los escaparates de la calle Preciados y apenas puedo dar dos pasos de forma regular. Todo es tan maravilloso que me parece no estar viviéndolo. Pego mi nariz a los cristales de la Fnac. El me espera siempre dos metros por delante, como el amo que se irrita con el vaivén del perro. “Venga ya, niño, joder. Es tarde y estoy cansado.” Recupero los pasos que nos separan y pido disculpas. “¿Qué significa FNAC?” “Yo que sé qué significa, chico… no es más una puta tienda de libros y discos chungos para freakis con poca pasta. Oye, mira, ya puedes venir mañana y te lo miras todo ¿eh? Ahora lo que quiero es meterme en el sobre porque, en serio, estoy roto.”
Freakis, chungos, pasta, sobre, roto… Memorizo palabras. “Sí, señor.” “¿¿Señor?? ¡amos no me jodas!”. Se ríe con ganas y la cara se le vuelve a llenar de dientes. Como no sé qué hacer, también me río, aunque no estoy seguro de que tenga que hacerlo. “¿A qué hora puedo venir mañana?”, “¿A qué hora? ¡yo que sé! Cuando te levantes ¿no? o cuando te salga de los huevos, oye no más preguntas por hoy ¿eh?.”
Al torcer por una bocacalle, las luces se mitigan, y desaparecen del todo al llegar al portal. Huele a orines y a pescado. Gira la llave en una reja metálica. “Bienvenido al hogar, chico.”