Agua
El dolor me irradia ahora al brazo derecho, la espina dorsal y la zona lumbar. Eso supone un 65% de mi cuerpo. Constante. Perfecta, absoluta, certeramente constante. He pasado la mañana dando paseos hasta la fuente para poder sobrellevarlo. No logro manejar bien el ratón, ni el teclado, así que apenas puedo trabajar. Mañana por la mañana pediré la baja. Intentaba evitarlo. Sé que no será lo mejor del mundo pasarme las 24 horas del día metido en mi habitación. Sobre todo ahora que apenas puedo dormir más de diez minutos seguidos. Sigo callando y disimulando ante las personas de mi entorno. Ojalá pudiera llamarle en este momento sólo para llorar y contarle que me duele. Ojalá. Y ojalá no acabara de escribir ese pensamiento, absurdo e inútil, que no me sirve para nada y encima me hunde el ánimo.
No sé. No sé qué más decir. No veo salida.
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Nicolás está sentado sobre el sofá de cuadros con la cabeza entre las manos. A ojos de los asistentes sociales, abatido por la pérdida de mi custodia. A los míos, mucho más certeros, abatido por la pérdida de su cheque mensual. María le pasa el brazo por los hombros. "Cuando todo se haya aclarado, tendremos otra entrevista, Nicolás. Mientras tanto, Ariel tiene que venir con nosotros, espero que lo comprendas." Él asiente y me mira con los ojos entrecerrados. "Me gustaría despedirme del chico a solas..." "Lo siento, no es posible." Yo finjo que doblo cosas en la maleta cuando le veo acercarse a mí. "Chico, que digo que será mejor que te portes bien para que te suelten cuanto antes. Ya sabes... antes de que Silvana se marche." Quiero esquivar la trampa, pero caigo de bruces en ella. "¿Se marche a dónde?" Él me sonríe con su boca desdentada. "Ah... ¿no te han dicho las chicas que se van el mes que viene? ". Palidezco un poco. Conozco su terreno, pero él marca a fuego el mío sin apenas esfuerzo. Siempre ha sido así. Siempre será así. Intento sonreir despreocupado, pero la extraña mueca que dibujo, me delata. Nicolás vuelve a sentarse con parsimonia. Ha hecho diana. Puede permitirse seguir jugando con absoluta tranquilidad. Me quedo sin excusas que doblar en la maleta. Decido dejarme de atajos, y me encaro con María. "¿Cuándo voy a volver?" Ella parece desconcertada. "Pues... eso no depende de nosotros, en realidad es el juez quien..." Nicolás vuelve a levantarse. "Si te portas bien y no te inventas historias, seguro que vuelves pronto, chico." Enfurezco. Noto de nuevo palpitarme la sangre en la cabeza. "NO. SI TE PORTAS BIEN TÚ, ENTONCES VOLVERÉ, GILIPOLLAS. TODO ES POR TU PUTA CULPA..." El hombre de la camisa de cuadros me sujeta. "Ariel, basta." Nicolás sonríe su triunfo, y silba entre los incisivos ausentes. "Fiuuu... no es buena tanta agresividad, chico" Cierro la vieja maleta y agarro a Tao. María señala al gato. "No puedes llevártelo, Ariel." Yo aprieto las greñas grisáceas contra mi pecho. "Si él no viene, yo no voy." El hombre de la camisa de cuadros se impacienta. "Bueno, ya está bien. Hace una hora que teníamos que estar en el coche, así que haz el favor de colaborar un poco y dejarte de tonterías de pavo. ¿Estamos?" Nicolás vuelve a silbar. "Ya ve usted lo que es educarle. Se lo digo siempre; no colaboras, chico, todo es un problema de colaboración..." Cállate. Calla. Cierra tu maldita boca de hiena desdentada. "Señora, tengo que llevármelo. Por favor. Yo lo cuidaré. No puedo dejarle, está enfermo. Le atropelló un coche. Por favor..." Nicolás afila las pupilas. "Pero ¿qué tonterías estás diciendo a la señora?" Se vuelve hacia María. "No haga usted caso. Nadie lo atropelló, lo encontró en una bolsa ahí fuera en el mercado. ¿Ve lo que le digo? ¡siempre está inventando historias! ¿cree usted que podría verle alguien? algún especialista... Me aterra que el chico pueda terminar como su madre, ya me entiende." Me gana. Tira dados y me gana una y otra vez. Tengo que salir de allí cuanto antes o jamás volveré a agarrar el volante de mi vida. María y el hombre de la camisa de cuadros se miran. Él se encoje de hombros. "Vámonos ya. Solucionaremos lo del gato más adelante."
Salgo al descansillo. Tao bufa e intenta zafarse de mis brazos. Subo el tramo de escaleras todo lo deprisa que me permite el zumbido de la cabeza. María y el hombre de la camisa a cuadros me miran desde abajo. "¡Por el amor de Dios, Ariel! ¿ahora qué?" Tengo que despedirme. Tengo que despedirme de ella. Decirle que no se vaya. Explicarle que volveré. Que mentiré. Que mataré. Que haré lo que sea, por volver con ella. Un timbrazo. Dos. Cuatro. Nadie en casa. El hombre me grita desde el descansillo. "¡ARIEL, BAJA AHORA MISMO! ¡YA!"
Sentados en el asiento de atrás, aprieto a Tao contra mi jersey. Mientras los carteles azules de la autopista se deslizan borrosos por la ventanilla, voy tragándome el dolor. No te vayas. Por favor... por favor... No te vayas. Tú no.