Agua. Y nada más.
Dolor desde hace dos días. Dolor que no me deja dormir. Dolor constante y dulce desde el interior del hueso. Quiero tener a alguien a quién contárselo. Quiero decirle a alguien que no soporto más el dolor y que todo esto es injusto. Que estoy cansado de que sea tan difícil tirar hacia delante, y tan fácil dejarme arrastrar hacia atrás. Quiero dar un puñetazo en la mesa y llorar y autocompaderme, como hacen todos a mi alrededor. Quiero dejar de hacerme el fuerte, y el gracioso y hundirme, como el resto del mundo, en mi propia mierda.
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Sentado en los escalones del mercado, vigilo el portal esperando que Nicolás salga, para poder subir a casa. Se hace de noche y empiezo a sentir frío. Decido dar un paseo para hacer tiempo y desentumecer las piernas. No tardará en marcharse. Tiene mis 50 euros. Nunca duerme en casa cuando tiene dinero.
Callejeo matando minutos hasta que empieza a llover. Las aceras se vacían. El vendaje que me ha puesto Silvana se reblandece y gotea agua anaranjada por mi mejilla. Encuentro una cabina de fotomatón. Estoy cansado y mojado, así que entro en el cubículo y corro la cortina. Me siento en la banqueta y subo los pies, para ser invisible al mundo del otro lado. Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos. Pienso en el beso de Silvana y en el beso del hombre de la chaqueta de cuero. Pienso en el norte y el sur de un mismo día. Me quedo dormido.
Me despiertan unos golpes en la pared sobre la que me apoyo. Un hombre con mono azul y un manojo de llaves me grita para que salga de allí. Me doy prisa en desaparecer antes de que calcule mi edad. No sé cuánto tiempo ha pasado. Siento que me duelen todos los huesos, estoy muy cansado y tengo frío; pero es jueves noche, y Silvana y Mariona tendrán clientes, así que aprieto las llaves en el bolsillo y decido probar suerte en casa.
Subo y paso unos segundos con la oreja pegada a la puerta, antes de entrar. Silencio absoluto. Abro despacio y me hundo tranquilo en la oscuridad de la habitación. Cuando voy a encender la luz, le oigo llamarme al otro lado de la falsa pared. "Chico... ven..." El cuerpo se me paraliza. Me petrifico con la mano aún en el interruptor. "Chico... enciende y ven, anda... " No me muevo. Contengo la respiración. "Ariel... ven, joder... no te voy a hacer nada..." Aprieto las llaves en el puño y me asomo despacio. Los sentidos alerta. Los músculos tensos y preparados. "Enciende, no veo un carajo..." Su voz suena pastosa. Cuando abro la luz, me mira entre guiños. "¿Qué tienes en la cara?" Se levanta tambaleante y me coge la cabeza. Doy dos pasos atrás. "¿Te lo has curado tú?" Tantea el vendaje. Yo no respondo. Intento no perder de vista sus manos. Logro zafarme de sus brazos y retrocedo. Él extiende las manos hacia mí. "No... no, no, ven... déjame verlo..." Las piernas se le doblan al intentar avanzar. Trastabilla con las mantas y cae de rodillas. Queda a cuatro patas sobre el colchón. Veo una mancha húmeda extenderse en la entrepierna de su vaquero. Le sobrevienen dos arcadas secas y vomita encima de las sábanas. Transcurren dos segundos de silencio. Levanta la cabeza y me mira con expresión vacía. Estoy dirigiéndome a la puerta cuando le oigo sollozar a mi espalda. Me giro. Sigue a cuatro patas sobre su propio vómito y llora. Llora como un niño. La cabeza hundida hacia abajo. Los hombros temblando en convulsiones. Lágrimas y saliva comienzan a gotear desde su barbilla. Mechones de pelo rubio descolgándose sobre su nariz. "Es una mierda... no lo entiendes, chico... es una mierda... no quiero hacerte daño, joder... pero no puedo... no lo entiendes... me supera... no sabes que es esto... no sabes que es esto, chico..."
No quiero oirle. Salgo al descansillo con un portazo y me siento en las escaleras. Sus sollozos aún resuenan tras la puerta. Me tapo los oídos y entro en el ascensor. Bajo hasta el portal. Me apoyo en el mostrador de la entrada. Ya no le oigo. Respiro hondo y ordeno las estanterías de mi cabeza. Yo no soy como él. No soy como él. Nunca seré como él. Me toco el vendaje. Sigue húmedo. Pienso en la abuela Agra. La abuela me dibujaba caras sonrientes en las yemas de los dedos cuando me caía. "¿Ves? ellos ya no lloran porque tú tampoco lo haces. Te toca cuidarles, porque tú eres el chico fuerte, ya ayumi."
Vuelvo a subir y a entrar en casa. Él sigue en la misma postura. Me mira. Lágrimas, mocos, saliva, pelo rubio pegado a la frente. "Yo no quería hacerte daño..." "Vale. Ahora tienes que ir al sofá, porque tengo que limpiar esto ¿vale?" Le ayudo a incorporarse. Deja de sollozar. "Todo se arreglará, chico...Nos iremos a otro sitio. A otra casa ¿eh? Ya verás, buscaré trabajo... tengo un asunto que... ya verás como todo se arregla, chico..." Le tumbo en el sofá. "Sí... pero ahora tenemos que lavarte ¿vale?". "Te compraré ese ordenador ¿eh?... un buen ordenador para que escribas... todo se va a arreglar..." Lleno el barreño de agua caliente y cojo la esponja. "Tienes que quitarte el pantalón, Nicolás. Hay que lavarte ahora ¿vale?" Cuando vuelvo al sofá, él duerme boca abajo. La cara húmeda sobre los brazos desmanejados. Me siento a su lado y cierro los ojos.
"...tú eres el chico fuerte, ya ayumi."