Batidos de proteína y agua.

Bueno... pues aquí estoy solo otra vez. Apoyándome en nada. Confortándome con nada. Dueño del dolor constante, de un amuleto que no me ha protegido, y de las zapatillas más bonitas del mundo.

Y otra vez se me van las ganas de mantener esto abierto. Y otra vez se me van las ganas de mantenerme en pie.


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Tres semanas en el hospital. Resonancias. Punciones lumbares. Electroencefalogramas. Análisis de sangre. Campimetrías. Languidezco. Mi cuerpo se mimetiza dentro del camisón azul. Se pierde en los pliegues del colchón. Los pómulos se me hunden y la mandíbula se me afila. Poco a poco, recupero trozos de visión en mi ojo ciego, hasta que el edema y su mancha gris, ya sólo es un 5% del campo visual. No me importa. Lo único que he recuperado ha sido la cara verdosa de mi silencioso compañero de habitación y la lluvia que repiquetea todos los días sobre el tejado y las chimeneas del patio de ambulancias que diviso desde mi ventana. Silvana no viene. ¿Por qué no viene? Solo María y sus gafas de concha, aparecen todas las tardes para hacerme preguntas metódicas ante las cuales miento con el mismo metodismo. "¿Qué pasó?". "Que me caí en casa". "En el parte de urgencias no pone eso". "No eran muy listos. Me pusieron un collarín". "¿Por qué mentiste al médico?". "Para que nos dejaran en paz." "¿Mentiste para proteger a tu padre?". "Él se protege solo". "Ariel, necesito que digas la verdad". "Ya lo hago". "Esa no es la verdad". "¿Puede ir ver a mi gato? hay que ponerle comida." "¿No confías en que lo haga tu padre?". "Le dan miedo los gatos." "Ariel, un golpe de esas características en un chico de tu edad no es algo habitual." "Ya. Yo no soy algo habitual". "Supongo que sabes del alcoholismo de tu padre". "No sé mucho de mi padre". "Entró en un programa de desintoxicación para poder acceder a tu custodia." "Aham. ¿Qué hay de lo del gato?". "Ariel, si ha ocurrido algo que quieras decirme..." "Sí hay algo. Tengo un gato que necesita comer. ¿Puede usted ocuparse de eso?"
Drenan el líquido de mi cerebro y dejo de ver arabescos negros bajo los párpados. El chico de la cara verdosa empieza a hablar y me cuenta que le han quitado un tumor del tamaño de una mandarina. Yo le cuento que he tenido un accidente yendo en la Harley de mi padre. Tengo un padre con Harley. Soy una marioneta. Puedo tener cualquier cosa que me apetezca. Silvana sigue sin aparecer. Nadie lo hace. Solo María y la enfermera con mis bandejas de comida sin sal. Mi universo vuelve a hacer pequeñito como la isla de Jim Botón. Yo y el chico del tumor de mandarina. Los tejados y las chimeneas del patio de ambulancias. Las bandejas de comida sin sal. Mi corazón relleno de gato y de chica con pelo rojo y ojos avellana.

Cuando ya puedo ver tapándome el ojo bueno, llega María con el hombre de la camisa de cuadros que hace año y medio me apuntó un teléfono en la estación de tren. Sonríen y parecen amigables. Yo no. No me iré sin ver a Silvana. "Hola Ariel, ¿te acuerdas de mí?". Salto por encima de sus frases de cortesía. "Tengo que ir a casa. No me he despedido de... nadie." Ellos tardan dos minutos en darse cuenta de que no necesitan disimular. "No nos parece buena idea, Ariel. No te preocupes, nos encargaremos de recoger tus cosas." "Si no me dejan pasar por casa, no iré a ninguna parte." María sonríe. "Ariel, eso es una chiquillada." Le miro a los ojos y aprieto los puños alrededor del cabecero de la cama. "Escúcheme bien, porque no me ha oído. He dicho que no iré a ningún sitio si no me dejan pasar antes por casa. A ningún sitio ¿comprende? A ninguno."