Dos sobres de proteínas y una cocacola.

Sigue doliéndome el cuerpo. Dolor sordo, mesetario y constante. Intento acallarlo a base de seguir con mi rutina y no quejarme ante nadie. Trabajar me ayuda a no concentrar la cabeza sólo en lo que duele. Y menos mal que lo hace, porque los sindicatos de mi empresa han pactado en el nuevo convenio, que los tres primeros días de baja por enfermedades no laborales no se cobren. Estupendas noticias para los que no estamos sanos. El representante del sindicato colocó un cartel en el panel de avisos del cuarto del café. En el membrete ponía con enormes letras verdes: FASGA, SINDICATO INDEPENDIENTE. Debajo, con rotulador rojo, yo escribí: "y una polla como una olla".
Un tipo de selección de personal me felicitó esta mañana por lo del grafitti. No sé cómo demonios saben que he sido yo. Debe ser que las flicfloc han terminado por delatarme como elemento subersivo. Tendré que plantearme seriamente mudar mis pies a algo más formal y más desapercibido, como... no sé... unos calcetines con dedos.

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Al principio no siento nada. Nada que no haya sentido ya. Un ligero dolor de cráneo, un morado en la zona que ha dado en la pared, un poco de aturdimiento... Pero uno de sus oscuros amigos de cara tallada llama a la puerta y se le lleva a vomitar aceras, así que su energía destructiva desaparece tras sus zapatillas. Las tijeras se olvidan en el suelo. Las tortugas se vuelven tortugas. Tao sale del sofá, y frota el cucurucho contra mis pies. La casa se calma conmigo.
Por la tarde, empieza el dolor de cabeza. Cuando me acuesto es como una radio mal sintonizada dentro de mis oídos. Para cuando llega la medianoche, afilados cuchillos clavándose en mi nuca. Pido ayuda, y Lola me lleva al ambulatorio de urgencia. Allí, mientras Silvana intenta localizar a mi padre, un médico de guardia diagnostica contractura cervical y me coloca un collarín. Yo digo que me he golpeado contra el suelo al saltar el potro en la clase de gimnasia. Suena creíble. Es creíble. Nicolás aparece con Silvana, justamente para recoger el parte de urgencias. Sorprendentemente sobrio. Sorprendentemente lúcido. Sorprendentemente asustado. "Siempre damos parte de las lesiones en menores". "Ya, ya... Es que trabajo de noche. Soy..." La frase queda en el aire. El enfermero nos mira por encima de las gafas. A mi potro gimnástico de mentira se le desmonta una pata. Yo digo "...vigilante." y Nicolás dice "...portero". Luego nos miramos y el enfermero garabatea en la hoja del parte. "Soy vigilante y portero. Por horas. Autónomo. No estoy contratado. Trabajo... por libre..." Demasiadas explicaciones. Al potro se le caen el resto de las patas y se desploma en el cajón de las mentiras idiotas. El enfermero nos informa que me trasladarán al hospital para dejarme esa noche en observación. Yo sobreentiendo. Todos sobreentendemos. Empiezo a inquietarme. "Mañana tengo un examen. ¿Podría dormir en casa y venir mañana por la mañana a consulta?." Nicolás se ha quedado estático y enmudecido. Tardan una hora en dejarnos marchar.
Cuando amanece, tengo manchas de luz en el ojo derecho. A media mañana, he perdido parte de la visión del ojo izquierdo. Llueve a cántaros y Nicolás se ha esfumado. Subo a buscar a Silvana, y Mariona me abre la puerta. "Mariona... algo no va bien..." Cierro los ojos y veo arabescos negros enredándose bajo mis párpados. Volverse loco es esto. Caigo de rodillas. Los brazos flacos de Mariona me sostienen. Oigo su voz que nunca suena, gritar con timbres de agonía.
Me hospitalizan con edema cerebral. Pierdo la noción de las cosas y la visión completa del ojo izquierdo. Todo me sucede entre brumas. Voces, manos, luces... Cuando recupero el control, tengo la cabeza afeitada, un camisón azul y un tubo de drenaje atravesándome el cráneo. Un chico de cara verdosa dormita en una cama contigua a la mía. Silvana me acaricia la mejilla, sentada a la cabecera de mi cama. Oigo a Lola rezar, pero no la distingo entre las formas de la habitación. Apenas siento el cuerpo. "Silv... te quiero... cásate conmigo por favor... te llevaré a París... te compraré pulseras y violetas... yo te quiero de verdad..." Los párpados me pesan. "Amor, dormí. No hableis. Estoy aquí. Vos dormí..." Distingo el rojo de su pelo mientras los ojos se me cierran. Dejo que su imagen se borre brumosa entre mis pupilas y que su pelo se diluya en naranjas. Dejo que todo se funda en oscuridad, porque aún no sé que será la última vez que pueda verla.

Cuando despierto, la sonrisa de mi asistente social se inclina sobre mi cama. "Ariel...¿Qué tal? ¿Cómo te encuentras?"