Menos dolores. Apatía y calor. I miss him so much.

Anoche me bebí una botella de cava. Y comí patatas fritas, tarta de chocolate, sushi y... helado de algo. Luego me quedé dormido. Al amanecer me desperté, vomité, bebí agua de vichy y me dí una ducha. Luego me tumbé sobre el colchón hasta que salió el sol. Esta mañana he hecho los ejercicios y me he purgado a base de sandía y queso fresco. Y ahora mismo lo cierto es que... me siento bien.
No sé cual es la conclusión de todo. Que quizá para salir de las crisis y volver a ver las cosas con perspectiva, hay que centrifugarse un poco. Sea como fuere, es verdad que me siento mejor. Y lo sé porque escucho a Lady Gaga mientras friego el desaguisado y bailo sobre mi pierna buena. Creo que, en realidad, tengo a un ganador chillando dentro de mí. Y creo que un día de estos... cualquier día de estos... debería sacarle a dar un paseíto.

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Una tarde de noviembre encuentro a Nicolás en un vómito de sangre. Le hospitalizan de urgencia. Silvana llora en la sala de espera, mientras Lola le acaricia la cabeza. "Ay niña, esto tenía que pasar..." Contemplo la escena sin saber qué pensar, hasta que traen a Nicolás en la camilla, y ella le abraza. Le besa en la frente y en los labios. Le besa y le besa, sin dejar de sollozar. María Magdalena abrazada a Jesucristo crucificado. "Mi amor, vos sos fuerte ¿ah? vos tenés que salir de esto..." Cierro los ojos y odio. Sus dedos flacos y amarillos. Sus venas rotas. Su boca desdentada. El escalón de sus costillas. La humedad de su barba rubia. Mi piedad hacia él se filtra lentamente por la alcantarilla de mi amor por ella.
Estamos sentados alrededor de su cama. Sus compañeros de habitación miran la televisión con aire desmayado. Yo juego a trenzar y destrenzar el cordón de mi capucha. Silvana va metiendo en su boca pequeñas cucharadas de yogur. "Va, amor, abrí la boca, tenés que comer..." Levanto la vista y me encuentro frente a frente con los ojos de Nicolás. Me observa sonriente, con expresión de hiena. Conozco esa mirada. Marca la hora de desaparecer de allí cuanto antes. "Bueno, yo me voy..." Pone su mano huesuda sobre la mía. "¿No me cuentas qué tal van las cosas por casa, chico? ¿te apañas bien?" Me agarra la muñeca. "Es que me tengo que ir... tengo que estudiar." Silvana permanece ajena. "Ah, Ariel es un gran chico, Nico. ¿Vos sabés que me regaló una pulsera? mirá, mandó grabar mi nombre ¿viste?" Nicolás sonríe. "¿De veras? vaya, qué bonita, chico.Te habrá costado una pasta." Siento los primeros hilos de sudor frío deslizarse por mi espalda. "Vos sabés lo que me gustan las pulseras ¿ah? es un amor tu bebé ¿viste? se gastó su semanada en un regalo para mí..." Sonríe por encima de la barba rubia. "¿Qué semanada? ¿te ha dicho que le doy paga? jejeje eso es bueno..." Me levanto. "Tengo que irme ¿eh?" Él me sujeta. "¿Les dices que te doy paga, chico? ¿se tragan eso?" Silvana deja la cucharada de yogur tendida en el aire. Me mira con sus ojos de avellana. "Oh.. oh, no... ¿vos gastaste tu pensión de la escuela en mi regalo? oh, no, bebé... ¿vos hiciste eso?" Nicolás suelta una carcajada. Los hombres de las otras camas nos miran. Agarro su mano y despego sus dedos de mi muñeca uno a uno. Intento coger mi chaqueta, sobre la que está sentada Silvana. "Levanta, Silv. Mi cazadora." Nicolás se incorpora. "Díselo, anda. Dile que le comes la polla a los viejos en los meaderos de la estación del norte..." Siento la sangre correr por las venas hasta mi cabeza. "Cállate." Las pupilas de Silvana se dilatan, como las de un gato. Sus ojos van de Nicolás a mí. De mí a Nicolás. Su mano con la cucharilla de yogur aún en el aire. "No le hagas caso, es mentira..." Otra carcajada. "Sí, es mentira. Y la televisón también la sacó de otra semanada jejejeje..." Silvana me mira. "Pero... bebé..." A la mierda la cazadora. Cruzo la sala todo lo rápido que me dan los pies. Los ojos fijos en mí. La voz de Nicolás contra las paredes blancas. "Puto chupapollas llorica de mierda...no tiene cojones más que para poner el culo." Corro. Tengo que salir de allí. Salir de allí. Siento los tacones de Silvana repiquetear a mi espalda. Salgo a las escaleras. Ella me agarra del brazo. "Ariel... esperá... vos no podés..." Me zafo con un codazo. "¡A LA MIERDA! ¡A LA MIERDA LOS DOS! ¡HIJOS DE PUTA! ¡A LA MIERDA TODOS VOSOTROS!"
Corro hasta la parada y subo al autobús. Me siento en el último asiento. Un niño pequeño sentado junto a su madre se gira para mirarme. Apoyo la cabeza contra el cristal y cierro los ojos. "Mamá, ese chico está llorando..." "Jorge, no mires así. Es de mala educación".
A la mierda. A la mierda todo.