Me duele todo. Todo.

Mh... vale, a ver... Se me duermen las manos. Se me hinchan los pies. Me duelen los huevos. Tengo una contractura en el hombro derecho. Estoy triste y me da bajón que Oscar Pérez se haya quedado para siempre colgado en una repisa a seis mil y pico metros de altura. Esperaba un final feliz de esos que nos devuelven la fe en la raza humana, el compañerismo, la supervivencia y bla, bla, bla... J. dice que Oscar Pérez no tiene más que lo que se buscó cuando le dió por subir hasta el último carajo helado del mundo en plan "voy a tope".

J. es frío como el prepucio de un pingüino cuando se pone a analizar el mundo exterior. Creo que es porque agota todas las reservas de emotividad sufriendo el mundo interior. Yo le digo que si él se quedara atrapado en el Latok, yo formaría parte del equipo de rescate, sin dudarlo. Él se ríe y me dice que puedo estar tranquilo, porque en cien vidas que viviera, no le encontrarían jamás mucho más arriba del cerro Garabitas.

Bueeeeeeeno... pues vale.