Tallarines y felicidad. Felicidad y tallarines.
Me reunieron los tres en la consulta y me dijeron que la operación se podía considerar un éxito. Que no había rechazo. Que los marcadores eran negativos. Que la herida cicatrizaba según lo previsto. Que sólo quedaba seguir rehabilitando para recuperar la musculatura de las piernas y hacer una vida lo más normal posible. Yo sólo escuché las palabras "piernas" y "éxito". Lo demás para mí fue una sucesión de blablablás entre toda una borrachera de alegría absurda e idiotizada. Luego me quitaron el catéter de la rodilla. Pregunté: "¿Y ahora qué?" y la doctora sonrió y dijo "Ahora ya sólo luchamos contra la artritis. Pero es un enemigo pequeñito."
Tengo un enemigo pequeñito. Y tengo piernas. Dos. Mis piernas. Estuve dos horas desnudo tumbado en la cama, con los pies sobre la pared, mirándomelas. Levantando una. Levantando la otra. Girando una. Girando la otra. Doblando una. Doblando la otra. Cuando el catéter del pecho empezó a molestarme, me dibujé un OK con rotulador rojo en el muslo izquierdo y un Nepomuk haciendo una zapateta en el derecho. Le mandé un sms para decírselo. Estaba muy contento, era la mejor noticia del mundo. A él no se lo pareció. No dijo nada, ni le dió importancia. Estaba molesto porque no le había llamado. Me puse triste unos minutos. Los justos hasta volver a ver mi pierna, en su sitio, haciendo coro con la otra, como el resto de las piernas sanas y normales del mundo mundial.
Mañana devolveré la silla de ruedas al hospital y subiré las muletas al trastero. Y haré un yipi-yupi-yei desde la terraza de antenas al más puro estilo de Hopalong Cassidy.
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Le he visto antes. Muchas veces. Realiza todo el ritual sin acelerarse, ni temblar. Con movimientos seguros y lentos, como quien bajara los últimos escalones de su vida por voluntad propia. Entonces, solo entonces, parece un hombre normal. Entrecierra los ojos, se ajusta el flequillo rubio detrás de las orejas y frota rápidamente las manos para calentarlas. Luego cruje los nudillos en un tirón y procede, con expresión seria y gesto meticuloso. Desmonta un cigarrillo y aparta el filtro. Destapa el agua destilada y la gotea sobre la dosis. Añade las gotas de vinagre y enciende el mechero sobre la base, hasta que la ve burbujear melosa. Después echa el filtro del cigarrillo a la mezcla y espera. Uno, dos, tres segundos. Romper el envase de la jeringuilla. Extraer la dosis del filtro. Dos golpes leves con los dedos. Lista y esperando para entrar en ti. Buscar la vena. Las del antebrazo demasiado quemadas. Valdrá el pie, la ingle, la lengua, las encías... Todo el entramado de circulación sanguínea dibujando una enorme boca sedienta y ansiosa.
Deja con cuidado la jeringuilla sobre la lata de cerveza. La perla dorada asomando en la aguja. Rompe el envase de los condones con las muelas. Ya no le quedan dientes para eso, se los llevó el caballo. Me sostiene el brazo con dulzura. Como el que levanta a un niño. Anuda las gomas alrededor y tira, hasta que siento el latido en la muñeca. Recoge la jeringuilla. Yo digo algo. No sé bien el qué. Un murmullo. Alguna queja inconexa. Él me mira y me acaricia la mejilla. "Sssssht... calla... bienvenido al mundo, chico... bienvenido al mundo..." Miro mi brazo y lo tenso para comprobar que aún es mío. La mano con la palma hacia arriba, pidiendo algo. Algo quiero. Salir de allí. No haber estado. No haberme levantado esa mañana. No haber nacido. Sus dedos presionan y buscan la vena. Inyecta el primer bombeo. Siento calor. Desde los pies, subiendo a lo largo de mi cuerpo. Soy un vaso que va llenándose de agua caliente, más y más hacia arriba. Las piernas me pesan. El cuerpo entero me pesa. El calor desborda mi cabeza cuando aprieta el segundo bombeo y siento el bienestar. Aprieto los puños para mitigar el leve picor entre los dedos. No siento nada. Felicidad. Tranquilidad. Estoy en casa. Por fín. Por fin he vuelto a casa y a partir de ahora todo irá bien. "Haremos que te sientas mejor ¿ok?" Cierro los ojos y él vuelve a acariciarme la mejilla. Yo la apoyo en su mano. Nos comunicamos. Al fín. Nos entendemos y caminamos en el mismo sentido. "¿Bien?". Abro los ojos. Sonríe. Por primera vez me doy cuenta de que es guapo. De que tiene ojos de ángel de venganza. Los ángeles de mi catecismo con tapas de nácar. "Sí... bien... bien..."
El tiempo se ondula y se desliza. Siento sombras y oigo voces, pero son suaves. Nada me molesta. Nisiquiera la cara tallada en madera que me mira desde el fondo de la habitación. Nicolás vuelve a acariciarme la cabeza. Me toma el pulso en el cuello. "No. Déjale tranquilo...hoy no. Está bien así."
Sí, estoy bien. Déjame. Dejadme.