Un poco de pollo. Un sobre de proteínas.
En casa.
Se esconden mil connotaciones en un te quiero. Miles. Millones. Pero solemos escucharlos a diario y tendemos a mimetizarlos como tantas y tantas frases que van perdiendo su color a base de repetirlas y de convertirlas en lenguaje al uso, gris y desganado.
Se esconden mil connotaciones en mis te quiero. No es capaz de descifrar ninguna. Moriría por él. Mataría por él. Volaría el mundo en pedazos por él. Lo dibujaría de colores y lo bocetaría como uno de sus comics apocalípticos de Alan Moore. Mientras no pueda dormir sobre su estómago, acompasando mi respiración a su latido, soy algo absurdo e incompleto.
Sin embargo me mira... y no es capaz de descifrarlo.
No me rindo. Nos lo debo.
**********
Subo sin sentir las escaleras del portal. Tengo que lavarme antes de verla. Aunque el sexo furtivo no deje rastro, yo siempre lo noto. Lo siento y lo huelo por dentro de mi ropa. No temo encontrarle, porque es tarde para que esté en casa. Sólo me lavaré y subiré a verla. Si no está, la esperaré hasta que venga. No me importa cuánto. Le pediré su nueva dirección y cuando me dejen volver, me olvidaré de este sitio de mierda, de esta vida de mierda, e iré directamente donde esté ella. Empezaré de nuevo.
Giro la llave y entro. Él está tirado en el sofá. Han bastado dos semanas para borrar mi paso por la casa. Todo ha vuelto hacia atrás en el tiempo y presenta la misma consistencia espesa y gris. No hay rastro de la televisión. El olor es denso. Lo reconozco. Es el olor que desprende su piel. Inunda todo lo que toca. Olor a cosas muertas. El mismo olor que tenía Regina. Se incorpora y abre mucho los ojos cuando me ve. Luego los entrecierra y vuelve a tumbarse. Ninguna pregunta. Cuando paso a su lado en dirección al baño, tiro una de las latas de cerveza que hay en el suelo y entonces vuelve a incorporarse. Me mira de nuevo, esta vez como algo corpóreo. "¿Eres tú? ¿estás aquí?" La voz le suena pastosa. "Me voy enseguida. Sólo he venido a... una cosa." Dejo correr el agua caliente. El champú ha desaparecido. La cortina de los payasos pende medio rajada de dos anillas. El jabón es una costra blanca pegada a la superficie de la bañera. Me desnudo deprisa. Estoy desatándome las zapatillas cuando oigo chirriar los muelles del sofá. "Un momento... ¿no dijo la vieja que iban a ser meses?" No sé quién es la vieja. Está colocado. Decido no contestar. Me meto en la bañera y dejo caer el agua por mi espalda. Él corre la cortina de un tirón y se pone frente a mí. "Eh chico...¿qué haces aquí?". Yo tiro de la otra punta y vuelvo a correrla. Él la descorre de nuevo y la desgaja. Se queda sonriendo con expresión boba mirando el trozo de cortina en su mano. "Oye, déjame. Me voy ahora, en serio. Solo un minuto y me voy." Tira la cortina y mete la cabeza en la bañera, con la nariz hacia abajo. Con la otra mano, gira el grifo del agua fría. Siento cuchillitos helados deslizarse por mi espalda. Su flequillo me cosquillea el vientre. "¿¿Pero qué coño haces?? ¡está helada!". Saca la cabeza y la agita como un perro, mientras vuelvo a tomar el control del grifo. "A veces eres... gilipollas, papá, en serio." Me mira y sonríe. "¿Papá?". Suelta una carcajada. Los mechones rubios sobre la frente y las orejas. La barba descuidada. Los ojos azules de loco desbocado. Kurt Cobain. Se sienta sobre las baldosas. "¿Tienes un cigarro?". Tengo que largarme de allí. Salgo de la ducha, pero tampoco hay toalla. "Yo no fumo. Lo sabes. ¿Y la toalla?". Vuelve a sonreir y a mirarme con expresión de loco. "Yo no fumo... jejeje... mi chico es tan cool..." Salgo al salón dejando un rastro de huellas mojadas sobre el parquet pegajoso. Me sigue a cuatro patas, como un perro, y se sienta de nuevo a pie del sofá. Localizo la toalla en la barahúnta del colchón. "Has venido a verla ¿eh?." Huelo la toalla. Decido secarme con la sábana. "Cuánta devoción por un coñito...". "Cállate. Te lo digo en serio, cállate." Suelta un chorrito de risa. "No, no... me parece... estupendo, de veras. Está destrozada desde que te fuiste." Me giro. "¿En serio?". Se levanta. Las costillas se le despliegan. Kurt Cobain mutando en buitre. "En serio, chico. Nisiquiera quiso irse. Se han ido las otras dos, ya sabes, esa... negra gorda y la otra. Pero ella se ha quedado. Dijo que te esperaría. Que no podía irse hasta que no volvieras. Vaya, chico... si eso no es amor de verdad... yo no sé..." Me olvido de la ropa interior. Salto sobre los pantalones y me enfundo en el jersey sin apenas darme tiempo a respirar. Encajo las zapatillas de forma fugaz y salgo dejando la puerta abierta. Subo los escalones de cuatro en cuantro y llamo al timbre. Me ha esperado. Ella me ha esperado.
Abre la puerta un chico negro. Al fondo la cortina del pasillo ha desaparecido, junto con los cuadros de tela y el aparador de mimbre. Algo se me encoje por dentro. "¿Está... Silvana?". El chico me mira. "No, te has equivocado." Oigo la carcajada de Nicolás desde el piso de abajo. "Uuuuuuuuuuuh... ¿qué pasa, chico? ¿se piró la puta?". Asoma su cabeza rubia y mojada por el descansillo: "Eh chico... pregunta al borracho de abajo... a lo mejor le dejó su dirección..." Se ríe de su propio chiste. Sus carcajadas resuenan por la planta. El chico negro nos mira con desconfianza y cierra la puerta. Cierro los ojos. Aprieto los puños. Bajo despacio. Un paso por cada escalón.