Cortocircuito general en mis comunicaciones. Llevo varios días sin mirar el correo entrante. No sé por qué. Creo que es porque me faltan fuerzas para levantar las persianas. Leo mucho los cuentos de María. Quisiera escribir como ella, porque cuando escribe, parece como que no lo hiciera. También me gustaría decírselo, pero pasan los días y no lo hago. Quizá sean malos tiempos para la lírica, al fin y al cabo.
Confundo los tres cepillos de dientes. No sé por qué demonios me pasa. El de A. es azul oscuro, el de M. azul claro y el mío rojo. Y no hay noche que no me sorprenda en el espejo con uno de los azules dentro de la boca. Creo que tiene que ver con la manía que he tenido siempre de comprar todos mis trastos azules. Ahora ya estoy abducido por el universo azul y me voy a ellos como un moscardón al donut. Lo peor es que mi pasta de cocacola canta como las gallinas, así que no hay mañana que uno de los dos no olisquee su cepillo y me pille en el despiste. M. me preguntó si no sería una especie de fetichismo del subconsciente. Yo le dije que chupetear la salivilla de sus caries no era precisamente lo más sugerente que pudiera filtrarse en un subconsciente. Él me miró y dijo "Seguro que has chupeteado cosas peores". Yo miré a su novia y le dije "Seguro que tú también."
Estamos empezando a ser sinceros. De aquí a la caída de la amable convivencia, hay un paso.
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Mientras Kamal me odia, yo tanteo y olfateo a Azîm como un gato en maniobra de caza. Cruzo miradas con él a lo largo y ancho del centro, y sigo sus pasos, atento a las señales. Su séquito de matones revolotea alrededor sin ser conscientes de nada. Sólo Kamal escupe al suelo cuando pasa por mi lado en el patio de recreo. Yo ignoro sus sobreactuaciones de comadreja rabiosa. Kamal no me importa. Mi único pensamiento es Maruk. Conseguir que nadie le pegue. Que le dejen en paz y pueda dormir tranquilo. Me da igual la moneda y a quien tenga que pagarle. Es lo que tengo que hacer. Es lo que haré.
En el comedor, fijo la mirada en los ojos negros de Azîm. Él me la devuelve impasible y se reclina en la silla agarrándose los genitales. Chupeteo la cucharilla del yogur, mientras él me observa con los ojos afilados. Cuando espero la señal definitiva, simplemente se levanta y me ignora. Los gatos satisfechos no se comen directamente a sus presas. Juegan con ellas durante horas, antes de matarlas. No soy un gato en maniobra de caza. Soy el ratón.
Pasan varios días sin que nada suceda, hasta que uno de los soldados de Azîm acierta de lleno a Maruk en la cabeza con un pomo de cajón y le abre una pequeña brecha. Al tocarle el golpe y ver la sangre entre los dedos, enfurezco. Me olvido de ser inteligente y sin darme cuenta de lo que hago, agarro al chico por el cuello de la camiseta. En un segundo estamos en el suelo, pero él es diez veces más fuerte que yo. Asumo lo estúpido que he sido, mientras él me sujeta sin problema la cabeza contra el pavimento del patio. Con el cemento arañándome la mejilla, le veo levantar el puño en alto con dirección a mi cara. Cierro los ojo y aprieto la mandíbula para proteger los dientes. Oigo llorar a Maruk entre los gritos nerviosos de los que nos jalean haciendo corro. Espero y espero, con los ojos cerrados, pero el golpe no llega. Distingo la voz ronca y tranquila de Azîm y abro los ojos. Está de pie, delante de mí, y sujeta impasible el puño de su matón, mientras le dice algo al oído. El chico afloja el brazo sobre mi cuello y me libera la cabeza del cemento. Entre las caras que nos rodean, distingo a Maruk mordiéndose los puños con los ojos llenos de lágrimas. Abro la boca para gritarle que se vaya, pero Azîm me lo impide, agarrándome del poco pelo del que todavía dispongo, y levantándome hasta la altura de su cara. Apenas logro rozar el suelo con la punta de los pies. Dolorido por el tirón, le agarro de la mano, pero él no la afloja. Sólo me mira con media sonrisa, mientras el resto de su pelotón se dedica a empujar y echar a los mirones. Veo a dos de los monitores acercarse corriendo por el pasillo. Azîm dice algo en su dialecto y los soldados se dispersan, con el resto de los mirones. Él suelta mi pelo y vuelve a sonreir con aire maléfico. Antes de desaparecer por la puerta de los comedores, acerca su cara a la mía. "En el baño de arriba, nuba. En diez minutos."