Dice Desmond Morris que hay un claro componente antropológico a la hora de elegir nuestras mascotas. Que todos aquellos que se decantan por los perros suelen ser personas que aceptan y se someten sin problema a las jerarquías, necesitando del grupo para poder subsistir, mientras que los amantes de los gatos son por naturaleza, personas más fuertes, independientes, individualistas y un pelín anárquicos.
Ahora cada vez que M. vuelva a hacerme comentarios lastimeros sobre mi sillón nuevo, me justificaré diciendo "Lo siento, pero es que me gustan los gatos."

No creo que haya nada más anárquico que ese sillón. Mola todo. Cuando me pongo a ver la tele, parezco un fraguel subido en el lomo de una fanta de litro y medio.

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Todos podemos elegir. Ese es mi pensamiento mientras esperamos en los sillones de plástico azul a que el enfermero saque mis radiografías. Un asistente social a mi izquierda. Otro a mi derecha. Serios y taciturnos. No han dicho ni una palabra. Sólo han firmado los partes y se han limitado a sujetarme en silencio desde la comisaría hasta el taxi. Desde el taxi hasta el hospital. Desde el hospital hasta la silla de ruedas. Uno por un brazo, otro por el otro, mientras yo susurro pequeños "gracias" que quedan el aire a la espera de nada. El mundo se cierra y me deja fuera. Yo lo asumo y cierro la boca, porque no existen las palabras para explicar qué hago allí. No existen para justificar por qué me he escapado. Por qué he vuelto al mismo sitio, al mismo lugar, al mismo peligro, con el mismo tipo que me aplastó la cabeza contra la pared. No puedo decirles que me he dejado de nuevo marcar, mansamente, como un cordero. No puedo convencer a nadie de que la vida a veces simplemente es una pareja de baile que gira en sentido contrario a nuestro propio movimiento. Y que la mía hace tiempo que se cansó de dejarme llevar el paso.

Cuando el traumatólogo revisa las radiografías, recojo los pensamientos marcados y dejo que se hagan una bola densa en mi cabeza. El chute. Cara-tallada. La sangre. El VIH. El médico me diagnostica una luxación del tendón. Un celador empuja mi silla de ruedas hasta consultas externas, para revendarme el pie. Dejamos a mis dos asistentes al otro lado de las puertas batientes. Igual de silenciosos. Igual de taciturnos. Una enfermera rubia me sonríe con ternura por encima de las gafas. "Hola Ariel. Así que tú eres el escapista ¿eh? ¿cómo puedes liarla así, con esos ojos de ángel tan bonitos que tienes?." Quiero responder algo, pero sólo abro y cierro la boca como un fuelle viejo. Ella me acaricia la cabeza. "Bueno, cariño, voy a ponerte una inyección ¿vale? es un antiinflamatorio, te dolerá un poquito. Pero bueno, como ya eres un hombre, no hay problema ¿no?." Cuando se gira, algo se me rompe en el pecho y me sube hasta la garganta. Me echo a llorar. Sin control. Sin remisión. Con la cara entre las manos y gimiendo sollozos. Como nunca lo haría un hombre. Ella por un momento queda mirándome con el algodón aún en alto, sin saber qué hacer. Luego reacciona, arranca un trozo de papel secante y se agacha frente a mí. "Vamos, cariño, tranquilo. Ahora todo irá mejor, ya lo verás. No te preocupes, hijo. Si tienes toda la vida por delante... Todo se arreglará." Frota mi espalda con movimientos circulares. Yo me agarro a su abrazo. Trago saliva. Termino de desdibujarme. Resulta difícil explicar que es una reacción al primer gesto de ternura que he tenido desde que Teo el loco me ajustó el gorro en el autobús. Resulta difícil hacer entender que soy consciente de que será el último que tenga en mucho, mucho, mucho tiempo. "Señora... necesito que me hagan los análisis del sida..." Ella se ajusta las gafas sobre la nariz. "Pero hijo... qué dices... si no eres más que un niño..."