Por ahora... café de ese con cafeína que no debo tomar

En el hospital cuidando de mi enfermo. He perdido la conexión así que lo publicaré luego cuando llegue a casa. Me encanta escribir así. En el interludio presente-futuro. Así puedo cambiar veinte veces las frases, poner letras que me he comido, separar los porqués para que a E. no me riña y me llame melón...

Mi enfermo está algo mejor. Tiene una sonda nasogástrica, una sonda de desechos, un vía con oligoelementos, otra con suero y una nasal para el oxígeno. Eso significa que en estos momentos las partes de su cuerpo agujereadas y conectadas con algún chisme superan con creces a las que no lo están. Le he traído mi muñeco Epi de pinza para que le dé un poco de alegría, pero como todo está tan lleno de tubos, he tenido que colgarlo del crucifijo de la pared. Queda cantidad de simbólico allá arriba, con su cara naranja y su camiseta gay, colgando de los pies del cristo. Como él no podía mover la cabeza para verlo, le he hecho una foto con el móvil. Ha gemido un poquito al verla y me ha dicho que por favor me estuviera quietecito y callado, porque le dolían mucho los puntos al reirse. Yo le he dicho que no había ningún problema con eso, y mientras me apoyaba en la barandilla de su cama, sin darme cuenta, he presionado un poco el tubo del oxígeno. Le he dicho que eso me recordaba a la escena de Aterriza como puedas, cuando la azafata toca la guitarra y le arranca los tubos a la niña terminal, y él ha vuelto a reir-gemir y me ha dicho "te voy a coser la boca".

Ahora ya me porto bien y me estoy quieto y callado, y sólo me levanto para mojarle la cara con la toalla, para hacerle frufrús en los cuatro pelos que tiene y para recolocar el Epi, porque tal y como lo he puesto, parece que le está mirando los huevos al cristo por debajo del faldullín.

Y... estoy contento de no haber dicho eso en voz alta.

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"¿Quién ha sido?". "No sé. Unos moros." "¿Quiénes?" "No sé. Unos moros. No soy de aquí, a mí me parecen todos iguales." "Bien. Pues vamos al dormitorio y me los señalas." "No me acuerdo de sus caras." "Diosss, Ariel... ¿Por qué? ¿por qué haces eso? ¿por qué tienes que pelearte?¿así es como crees que se consiguen las cosas en la vida?" "No señor. No lo creo. Creo que hay que hablar." "Entonces, joder, ¿¿por qué no me hablas?? ¡¡háblame y dime qué coño tengo que hacer contigo!!" "No lo sé, señor. Yo no hago nada." "¿No haces nada? ¿pero tú te has visto la cara? ¿te has visto los brazos?" "Sí señor. Pero no hago nada. Las cosas me vienen así."

Una fuga. Dos peleas. No soy agresivo, no me gustan los líos, no me meto con nadie, pero tengo expediente rojo, como Teo el loco. Como Azîm. Como Jamal. Ahora me vigilan y no tengo permiso de salida. Lo asumo. Es un eslabón de la cadena paradójica de mi vida. Rasguños, moratones y dos puntos de aproximación en el labio. Lo peor, el morado del costado que me duele hasta cuando respiro. Maruk se desconcierta mirando mi piel moteada de golpes mientras nos cambiamos en el dormitorio. "¿Te caíste en la escalera y te diste con la baranda?". "Sí. Eso es. Eres muy listo. Me dí con la baranda. Muchas veces. Aquí... aquí... ¿ves? soy muy torpe. " "¿No te ha dado Jamal con un pomo?" "Lo intentó pero se lo metí por el culo." Se ríe a carcajadas con la boca abierta. Me gusta verle reirse. Mi hermano se ríe y el costado duele un poco menos. La voz circula por el dormitorio. Cuchichean cuando me desvisto. Cuchichean cuando entro. Cuchichean cuando salgo. Cuchichean en las duchas. Sé lo que dicen. Que Azîm me bajó los pantalones. Que Jamal me partió el labio. Que no me chivé al tutor. Soy el pringado humillado y pisoteado con el halo de respeto de los que no traicionan. En realidad, el universo que tenemos lo chicos de acogida es así. Pequeño y simple.

Entro en la ducha y dejo que el agua caliente caiga por mi espalda. Todo mi cuerpo es un puro golpe. Ahora morado. Para cuando vaya a mi centro, será amarillo y verde, y todavía luciré las marcas de los dientes de Jamal en mi hombro. Entonces Teo me pegará en la nariz y alguien me preguntará "¿quién ha sido?" y yo responderé "no sé.. no ví su cara." No importa. Soy absurdo y pequeño. Así tiene que ser.
Aún no he cogido el jabón, cuando noto una respiración a mi espalda. Me giro y veo los ojos malvados de Azîm mirándome por debajo de sus rizos negros. Dos de sus matones me observan tras él. Siento que algo en el estómago me sube hasta la garganta. No es miedo. Es cansancio. "Joder no... ¿y ahora por qué? si no he hecho nada..." Se ríen. Los matones se quedan en la puerta. Azîm se quita la toalla y entra en mi plato de ducha. Me quita el jabón de la mano y lo pasa por mi espalda con movimientos enérgicos, como el que lava a su hermano o a su perro. Yo dejo escapar gemidos allí donde más morado tengo. Le sujeto la muñeca. "Vale ya. Me estás haciendo daño." Él vuelve a dedicarme su media sonrisa de superioridad. "Los nawab no sabéis pegar. Te podía haber hecho más." Frota su pene contra mis riñones. Yo fijo la vista en las baldosas blancas. "Tengo que pedirte algo." Apoya su barbilla en mi hombro. Siento su aliento en la oreja. "Esta noche vendrás." "Primero tengo que pedirte algo." Me coge la mano y vuelve a dejar en ella el jabón. Abre el grifo del agua fría y permanece durante unos segundos bajo el chorro. Luego cierra el grifo y agita la cabeza. Antes de salir, vuelve a mirarme. "No. Primero, esta noche vendrás."