No me comí el chocolate, así que pude hacer la tarta sin incidencias. Deliciosa, jugosa, esponjosa... y todo lo bueno que acabe en osa. Compré dos envases de adornos horteras y los esparcí por la superficie para hacer reir a A. Escogí estrellas de azúcar amarillas, gotas de chocolate plateadas, y corazones de barquillo rosa. Cuando lo saqué a la mesa, parecía talmente el pastel de bodas de los village people. Lo cierto es que A. se rió con ganas. Tanto que terminó metiendo el pelo en la tarta en una convulsión.
Mientras la comíamos, M. dijo que debería hacer una gigante y repartirla en porciones durante el próximo desfile del orgullo. A. preguntó "¿el orgullo de qué?" y M. contestó "El orgullo de Ariel" y soltó una risita. La gracia me tocó (un poquito) las pelotas, así que le dije que yo no estaba orgulloso de nada. Él puntualizó con la boca llena de chocolate: "Me refiero al or-gu-llo-gay..." Yo volví a repetir que no estaba or-gu-llo-so-de-na-da. Él pilló mi mosqueo y se puso colorado. Su novia me miró con los ojos muy abiertos y dijo: "¿¿¿¿Eres marica????" y A. volvió a tener otra convulsión de risa y volvió a mancharse el pelo de chocolate blanco.

A veces, cuando no los quiero, los odio. Un poco. A los tres.

Creo que la próxima tarta la decoraré con dulcolaxo.