No me comí el chocolate, así que pude hacer la tarta sin incidencias. Deliciosa, jugosa, esponjosa... y todo lo bueno que acabe en osa. Compré dos envases de adornos horteras y los esparcí por la superficie para hacer reir a A. Escogí estrellas de azúcar amarillas, gotas de chocolate plateadas, y corazones de barquillo rosa. Cuando lo saqué a la mesa, parecía talmente el pastel de bodas de los village people. Lo cierto es que A. se rió con ganas. Tanto que terminó metiendo el pelo en la tarta en una convulsión.
Mientras la comíamos, M. dijo que debería hacer una gigante y repartirla en porciones durante el próximo desfile del orgullo. A. preguntó "¿el orgullo de qué?" y M. contestó "El orgullo de Ariel" y soltó una risita. La gracia me tocó (un poquito) las pelotas, así que le dije que yo no estaba orgulloso de nada. Él puntualizó con la boca llena de chocolate: "Me refiero al or-gu-llo-gay..." Yo volví a repetir que no estaba or-gu-llo-so-de-na-da. Él pilló mi mosqueo y se puso colorado. Su novia me miró con los ojos muy abiertos y dijo: "¿¿¿¿Eres marica????" y A. volvió a tener otra convulsión de risa y volvió a mancharse el pelo de chocolate blanco.

A veces, cuando no los quiero, los odio. Un poco. A los tres.

Creo que la próxima tarta la decoraré con dulcolaxo.


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Vuelvo a plantarme en la puerta de la tutoría. "Quería hablar con D. Luis, por favor". "Ahora está ocupado, Ariel. Yo le digo que has venido." Me siento en el banco. La espalda recta. Las manos en las rodillas. "No se preocupe, ya le espero aquí." La mujer me mira y cliquea tres veces el bolígrafo pensando qué decirme. "Es que... tardará un buen rato, Ariel." "Bueno, no importa. Ya he cenado. Le espero aquí." Vuelve a cliquear el bolígrafo con gesto nervioso. "No creo que te pueda ver ahora. Ya le diré que has venido, A-riel." Marca con cuidado las sílabas de mi nombre al final de cada frase. Maniobras tontas de intimidación típicas de los asistentes sociales. Funcionaban cuando yo aún no era yo. "Bueno, no se preocupe, señora. Si no me puede ver ahora, le esperaré aquí hasta la hora de acostar. Y si no puede entonces, ya vendré mañana antes de clase. Y si tampoco puede, vendré después de comer. Y si aún así no puede..." Se levanta rápidamente, dejándome con la frase en la boca y entra en el despacho, cerrando la puerta tras de sí con movimiento enérgico. Yo recoloco las manos sobre las rodillas. El estómago me cruje un poco. No es verdad que haya cenado, pero sí es verdad que no me moveré. Mientras escucho el tictac del reloj de pared, casi puedo adivinar la conversación que estará manteniéndose al otro lado de la puerta. "Ya está otra vez aquí el chico del gato. Oh no, por dios, dile que ya le atiendo mañana. Ya se lo he dicho, Luís, pero es que está empeñado en verte y no se mueve. Joder con el crío de los cojones ¿has mirado su ficha? ¿sabemos si padece algún tipo de autismo leve?"
La puerta se abre y me saca de mis pensamientos. La mujer ya no cliquea el bolígrafo. Solo me dedica un mohín cansino y hace una seña con el brazo para que pase. El tutor me mira desde detrás de la mesa, por encima de las gafas.
"Ariel. Cuánto tiempo sin verte. ¡Por lo menos dos horas!" Me río. Él no. "Perdone, es que se me ha ocurrido algo." Se quita las gafas y vuelve a frotarse el tabique nasal, con los ojos cerrados. "Ariel, hijo, por dios ¿no habíamos aclarado ya el asunto del gato?". "No es nada del gato. Es que... bueno, verá, estoy pensando que por qué no se viene Maruk conmigo al centro de Alcalá." Abre los ojos de golpe y me mira con sorpresa. "¿Maruk?". Me siento en la silla frente a él. "Maruk. Marroquí. Toma medicación para la cabeza y se sienta en...." Alza una mano. "Sé quien es Maruk, Ariel. Pero esto no es un campamento, hijo. No podéis ir y venir donde os dé la gana." No está enfadado. Habla con paciencia, como hablaría un padre. Como debería hablar el mío si todavía tuviera dientes y pensamientos. "Es que los otros le empujan y le tiran piedras. Y si me voy, a ver quién le cuida." "Ese es nuestro trabajo, Ariel." "Ya pero... es que en Alcalá me están esperando para zurrarme ¿sabe? así que si viene conmigo, con él no se van a meter, porque estarán entretenidos zurrándome a mí. Pero si se queda aquí, pues nos zurran a los dos ¿sabe? a mí allí y a él aquí. Y así no gana nadie ¿comprende?" Me mira con los ojos muy abiertos y expresión atónita. Abre la boca y el labio inferior se le descuelga un poco hacia la nuez. "Ariel... eso es... bueno... celebro que te preocupes tanto por tus compañeros pero... Maruk necesita tratamiento especial y tú... ¿has dicho que alguien va a zurrarte?". Callo y me miro las manos sobre las rodillas. Para él, un gesto de aflicción. Para mí, la pausa necesaria para reestructurar las estanterías de mi cabeza. Retoma el control sobre su labio inferior, y me dedica una mirada comprensiva mientras sostiene aún la patilla de las gafas entre sus dedos. "Ariel. Si hay algo que quieras contarme..."
Levanto la cabeza. Nos miramos.
"Sí, señor. Que entonces estoy pensando que mejor me quedo aquí con Maruk, y me traen a mi gato. Puede quedarse en el jardín. Sabe cazar lagartijas y polillas y..."
Deja las gafas sobre la mesa y se tapa los ojos con la mano. "Ay Dios mío..."