Odio el cáncer. Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas. Odio los mechones de pelo quedándose entre tus dedos. Odio las llagas de la boca, la quemazón de las venas, el dolor de los huesos, la comida sin digerir, subiendo desde tu estómago... Odio la indefensión, el miedo, las miradas de los que te dicen que tienes buena cara, las ganas de llorar que se quedan como una bola en la garganta. Odio el olor dulce y caliente de los pasillos del hospital. El sonido del carrito de la comida, el crujido de los zuecos de las enfermeras contra el linóleo. Odio las agujas atravesándote la piel, el tacto seco del esparadrapo, el olor del alcohol en cada cosa que tocas. Odio los labios que se agrietan, los ojos que se quedan secos, las manos que se hinchan, la orina que escuece, el catéter que sangra, la frustración. Odio la frustración. No soporto la frustración. No importa que corra. Ni que salte. Ni que esquive. No importa que atraviese puertas o vuele laberintos. Los monstruos siempre están ahí. Nos esperan pacientes. Sonriendo con sus colmillos afilados y preguntándose risueños a dónde coño creemos que vamos.