Raro y espeso desde ayer. Me peleé con casi todo el mundo y tuve sueños terribles en los que J. me atravesaba el pecho con una aguja de hacer punto en un extraño y desasosegante rito sexual. Cuando desperté, me tiritaban hasta las uñas. Aún así, fui a trabajar esta mañana. He durado en mi puesto exactamente dos horas. Las justas hasta que ha venido el médico y he bajado a pedirle algún medicamento para el dolor de estómago. Al tomarme la temperatura he dado 39.5. Me ha mandado a casa ipso facto, manteniendo una respetuosa distancia mientras extendía el parte de salida. Creo que si hubiera podido sacarme de allí empujándome con un palito, lo hubiera hecho. Cuanta paranoia... Me parece que todos estaríamos más tranquilos si dejáramos de creernos las chorradas que leemos a diario en las portadas de los periódicos gratuitos.
Y aquí estoy. Febril y pocho. Laxo y pedorro. Con dos gatos por montera, a los que les importa más dormir en caliente y blando, que contagiarse de virus A.
Vale... blando no soy. Pero caliente... ahora mismo... una jartá.
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Durante dos horas permanezco sentado respondiendo preguntas. Preguntas sobre Nicolás. Preguntas sobre cara-tallada. Preguntas sobre Teo el loco. Preguntas sobre mí. A ratos cuento la verdad. A ratos me la invento. A ratos, simplemente, me quedo callado. Desde ayer soy consciente de que el mundo gira sin mí. Ya no importa nada de lo que pueda o quiera decir.
Cuando terminan las preguntas y las inyecciones, subimos al coche, pero no reconozco las calles al otro lado de la ventanilla. No volvemos a Alcalá. Me revuelvo una y otra vez en el asiento preguntando dónde vamos sin que ninguno de los que viajan a mi lado me den respuestas concretas. Yo me angustio y pienso en mi gato. No debí dejarle allí solo. Si Teo el loco no puede pagar su rabia conmigo, probablemente lo hará con él. Intento suplicar que me dejen ir a recogerle. Ellos me miran con ojos de no comprender lo que estoy diciendo. El más alto me hace señas para que me calle y me esté quieto. "Tengo un gato. Le he dejado en el otro centro... Dejénme ir a recogerle por favor... por favor... " La mujer se quita las gafas de sol. "No se permiten animales en los colegios, Ariel." El led interior de mi cabeza se enciende en rojo y parpadea. "¡No son colegios! ¡no les llame colegios! ¡son putas cárceles para mierderos como yo! ¡y quiero ir a por mi gato! ¡si no me dejan ir....!" El alto me agarra del brazo y presiona la zona donde me han clavado la aguja. Suelto un gemido. El led parpadea más rápido. "¡Quiero mi gato! no lo entienden ¡no le puedo dejar allí!" Él me mira. Muy pegado a mí. El filo de su nariz casi contra la mía. "Quieto y callado. YA. O te llueven todas las hostias que te tenían que haber llovido antes ¿estamos?."
Estamos. Apoyo la nariz contra el cristal de la ventanilla. Lloro. De rabia. De frustración. No debí dejar a Tao allí. No debí hacer nada de lo que hice. Todo ha salido mal. Mi maleta de cuadros. Mis libros. El oso de mi hermano. Lo destrozarán todo. Maldito sea Nicolás. Maldita sea Silvana. Malditos sean todos.
Después de un corto trayecto, me dejan en otro centro de la capital. Nada es demasiado diferente. No hay chicas desnudas en posturas impensables que me miren desde las paredes. No hay patio con palomas de la paz. Veo chicos marroquíes sentados en las escaleras de la entrada. Chicos marroquíes asomándose por la puerta del comedor. Chicos marroquíes mirándome desde las literas. Mi cabeza afeitada es un farol chino enmedio de todo un mar de cabezas negras, pero estoy demasiado triste para tener miedo. Aunque me ponen ante la bandeja de comida, no como. Aunque me ponen ante la ducha, no me lavo. Aunque me colocan en mi litera, no duermo. Quedo durante horas tumbado en el colchón, metido en mi camiseta de mujer. En mi chaqueta grande. En mis zapatillas sin calcetines. Me bajo la capucha sobre la cabeza calva y lloro por mi gato. Le he salvado para nada. Me he salvado para nada. Tanto tiempo corriendo para llegar a ninguna parte. Como siempre. Como siempre desde que nací. Estúpido, estúpido, estúpido imbécil...