Sandwich de ensalada de pollo y zumo de melocotón. Y hacía mucho tiempo que no tomaba nota de lo comido. Mal hecho. Así luego no puedo reñirme debidamente.

Me han dejado entrar diez minutos en UCI. Ya estaba despierto y no tenía mal aspecto. Bastante mejor que el que tenía yo con todo ese plástico verde encima. Se ha reído un poco al verme y ha dicho que parecía un condón gigante. Le he dicho que me habían puesto la bolsa de la papelera porque no había batas de mi talla y se ha reído aún más. La primera vez que me hace feliz que alguien se ría de mí. He pasado los diez minutos acariciándole la cabeza y mirándole con cara de panoli, así que supongo que habrá acabado de mí hasta las pelotas. Bueno. Ajo y agua. Para eso eran mis diez minutos.

La doctora me ha dicho que le pasarían a planta esta noche si seguía evolucionando.

Si encuentro de dónde sacar el dinero, pienso comprarle una tarta de chuches. De muchas chuches. De mil chuches. De millones de chuches.


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Tres me sujetan. Tengo a Azîm por la espalda. Le reconozco por las pulseras de cuero de sus muñecas aprisionándome la cintura. El chico con el que rodé por el patio, al frente sujetándome el cuello. El tercero me sujeta los brazos hacia atrás. No soy un enemigo difícil porque nisiquiera sé qué hacer. Sólo intento zafarme del múltiple abrazo, aguantando firmes las piernas contra el suelo. En algún momento, Azîm da una orden que no soy capaz de distinguir y el grupo se mueve. Me arrastran hacia atrás en el pasillo. Uno se queda en la puerta. Esa era la orden. "Tú vigila". Empiezo a sentirme asustado pero algo me impide gritar para que salga la celadora. Algo parecido al pundonor. Mis piernas dejan de permanecer firmes. La punta de mis zapatillas gimen contra el linóleo con cada patada. Con cada bandazo inútil que doy. Pierdo la noción de hacia donde estoy retrocediendo. Todo son patadas, golpes, arañazos, dedos que se me clavan en la piel. Alguien gira un pomo de puerta a mi espalda. Alguien la abre. Me empujan dentro. Caigo de espaldas dentro de la penumbra. Me quedo sentado en el suelo mirando las cuatro figuras recortadas en el último rectángulo de luz, antes de que entren y cierren la puerta a su espalda. Intento mirar a mi alrededor pero no distingo nada. Apenas mis propias manos. Un cuarto de escobas, quizá. Una despensa. Me tumban de espaldas contra el suelo. Intento reincorporarme, pero alguien me da un puñetazo en el estómago. Oigo la voz de Azîm susurrar algo que no entiendo. El dolor me impide levantarme, así que doblo las rodillas para quedar en posición fetal y proteger el estómago. No puedo respirar, y cuanto más lo intento, más me asfixio. Quiero hablar y pedir que me suelten, pero la voz no me acude. Tenía que haber gritado. Tenía que haberlo hecho cuando aún podía. Me giran en el suelo como a un muñeco. Siento el peso de alguien encima de mí. Alguien que me habla al oído. Sé que son insultos, pero no puedo distinguir cuáles. Me golpean la cabeza desde atrás. Mi mandíbula inferior rebota contra el suelo con un chasquido. Intento acudir a las estanterías de mi cabeza en busca de alguna salida pero el pánico no me deja pensar. El chico que tengo encima me sube la camiseta hasta el cuello y cierra los dientes contra mi carne. Alguien a mi izquierda me da un puñetazo en el costado. Los dolores se me mezclan. La oscuridad se me nubla con manchas y luces de colores. Alguien tira de mi pantalón de chándal y me desnuda. La camiseta aún subida por encima de mi cabeza. El chico que tengo encima, se sienta sobre mis riñones. Vuelven a golpearme en el costado, en la cabeza, en la espalda. Los golpes llueven desde todas las direcciones. Algo metálico que no identifico se desliza por mi espalda. Un cuchillo. Un destornillador. Dejo de hacer fuerza y me abandono. La mejilla arañada contra el suelo. Los brazos en cruz. Los dedos clavados en mis muñecas. Vale. Ganan. Ellos ganan. Me quedo muy quieto. Esperando. Esperando lo que sea, porque todo me da igual. Entonces me sueltan.
Me encojo en el suelo mientras ellos hablan entre susurros. Extiendo los brazos para recuperar mis pantalones, pero no consigo encontrarlos. Repto hacia atrás intentando encontrar una pared a la que pegarme. La puerta vuelve a abrirse. Por entre el rectángulo de luz veo salir a los tres esbirros. El chico del patio hace señal de cortarme el cuello con el pulgar, y suelta una cascada de risa, antes de cerrar la puerta tras él.
Azîm enciende la bombilla que pende del techo y se sienta frente a mí, sobre una caja de detergente. Un cuarto de limpieza. Me miro por entre la luz amarillenta. Tengo sangre en la nariz y magulladuras en las piernas. Distingo mis pantalones hechos un rebuño cerca de sus pies, pero no me muevo. Él juguetea chasqueando una navaja mariposa. Una navaja mariposa. Eso era. Me río. No sé a santo de qué ni por qué motivo, pero me río. Me río como se ríen los locos, hasta que la herida del labio me da un pinchazo. Él vuelve a guardar la navaja y saca un pañuelo del bolsillo. Lo humedece con saliva y se inclina sobre mí. Lo pone sobre la herida de mi labio.

"Que esto te quede claro, nuba. Me puedo follar a quien quiera, cuando me dé la gana. ¿Comprendes? Quien yo quiera. Cuando me dé la gana. Incluído tú."