Se está convirtiendo ya en una rutina lo de ver Up y llorar. Llorar y ver Up. Creo que ya van unas cuatro veces que la veo y lloro. Soy único para autoflagelarme. De hecho, si ganar dinero se me diera igual de bien, a estas alturas ya me habría comprado una isla caribeña, como Jhonny Deep.
Junto a Up, este fin de semana también he visto y llorado compulsivamente Déjame entrar. La escena final de la piscina es sobrecogedora. Me fascina. No por la masacre en sí, sino por la escena misma. La cara de la niña sobre el filo del agua. La expresión del chico cuando la ve. Conozco esa expresión. Es la expresión feliz y confiada del "Por fin no estoy solo." Solemos lucirla todos los perdedores al menos una vez en nuestra vida.

Me han hecho la punción lumbar a través del esternón. Eso es nuevo. Más doloroso, pero menos mareante. La enfermera rubia de la cuarta me ha puesto cara de compasión cuando he pasado a saludar antes de irme a mis 30 minutos de paralización absoluta. Las noticias sanguíneas vuelan. He procurado marcar mucho el paso para que se viera que, anemias megaloblásticas aparte, ya caminaba sin muletas. Me han salido unos andares de lo más raros. Algo así como de quasimodo puesto de farlopa. Recordándolo después en el ascensor, me he partido de risa yo solo. No aprenderé nunca a dejarme la chulería aquitodookey en casita.