Sigue el dolorcillo run-run del fémur. Yo sigo mojándome la punta de los pies, saltando charcos. En alguna parte de algún armario están durmiendo mis botas, pero no recuerdo dónde. Nunca estoy preparado para los cambios repentinos. Menos mal que no tengo una profesión comprometida, como piloto de caza o bombero. Si no, mucho me temo que la mitad de los incendios me tocaría apagarlos en chancletas.
Mañana voy a hacer la "tarta de tres chocolates" para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja. En este mismo instante, dentro de mi nevera hay tres tabletas de chocolate con leche, tres de chocolate blanco y una de chocolate negro. Mientras firmaba los papeles de las becas pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... Y mientras revisaba la lista de los libros pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... Y mientras hacía pis esquivando gatos pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera...
Cuanto antes lo asuma, mejor para mi conciencia. Mañana voy a hacer la "tarta de un chocolate y medio" para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja.
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Una mañana, cuando vuelvo de clase, mi maleta de cuadros está sobre mi cama. Con el corazón en la garganta, abro sus cierres desvencijados y la reviso cuidadosamente. Todo sigue allí. El oso Rudy. Los libros. Las tapas sueltas de Jim Botón. Mis converse rojas. El shemir de la abuela. Nadie ha tocado nada. No hay nada roto, ni sucio, ni pisoteado. Paso largo rato sentado sobre la cama mirando el contenido ileso de mi maleta y pensando en Teo el loco, hasta que Maruk vuelve de sus clases especiales y sube de un salto a mi lado, agarrado a su cuaderno. "Mira. Me han enseñado por qué no sale el sol por las noches." Yo apenas le hago caso, y sigo con la vista fija en la maleta. "¿Hoy también estás triste? ¿por tu gato? ¿si?". Descubre los colores de las tapas de Jim Botón y se asoma sobre los libros. "¿Son cuentos? mi hermano Farez tiene cuentos. Pero se los llevaron las monjas..." Levanta el libro con cuidado, pero el lomo desencuadernado se suelta, y el grueso de las hojas vuelve a caer en la maleta. Él me mira con ojos asustados mientras sostiene las tapas vacías. "He roto el cuento... he roto el cuento, Aj..." Yo le quito las tapas con cuidado y vuelvo a unirlas con las páginas. "No, ya estaba roto. Mira esto. ¿Ves este chico negro de los ojos blancos? es Jim Botón. ¿Ves esta locomotora? es Emma. Y este que la conduce es Lucas. Se van de viaje por todo el mundo porque viven en un país tan pequeño, que Jim Botón no cabe en él." Maruk abre desorbitadamente los ojos y sacude las manos como un monito nervioso. "Oh... ¡oh! ¿y dónde? ¿dónde van?". Yo me encojo de hombros. "A muchos sitios. Si no te tapas la cabeza, te lo leo esta noche." Él sonríe. "No... no... yo me tapo la cabeza. Claro. Me tapo la cabeza y tú me lees el cuento." Me mira fijamente con los ojos muy abiertos. Le abrazo y le aprieto contra mí. "Tienes morro, Maruk." "Tengo morro... sí... ¿Tengo morro y tú me lees el cuento?" Me tumbo y desvencijo el libro sobre mi estómago. Él se tumba sobre mi hombro y ojea los dibujos entre mis manos, como el niño pequeño que ahora habita su cabeza. Su pelo siempre huele a la harina de maíz de la cocina. Un olor dulce, como el de mi madre. "El país en el que vivía Lucas, el maquinista del tren, se llamaba Lummerland y era muy pequeño..." Vuelve a mover las manos como un monito nervioso. "¡Hey, hey, oye...! ¿por qué tienen tren en Lumerlan si es muy pequeño?" Los chicos de las otras camas se ríen y se dan codazos, mientras nos señalan. Hablan en un dialecto que no conozco, pero distingo palabras. "Idiota", "cabeza vacía", "bebé". Maruk levanta la cabeza y los mira. Yo chasqueo los dedos en su nariz. "Eh... aquí. Presta atención o no te leo." Él enseña sus dientes blancos y vuelve a dejar la cabeza sobre mi hombro. "Presto atención, sí... presto atención."
Por la tarde, entro en el despacho del tutor. "Señor, me han traído mi maleta." "Aham. ¿Ya la has revisado? No falta nada ¿no?". "No falta nada pero no me han traído a mi gato." Se quita las gafas y se frota la nariz. "No hijo... no te han traído al gato. Pero ya hemos hablado mucho del gato tú y yo ¿verdad?". Yo juego con los cordones de mi chándal. "Sí señor. Pero aquí hay jardines. Sólo digo que mi gato podía quedarse en el jardín. Sabe cazar lagartijas y polillas." "Aquí no hay lagartijas." "También sabe cazar ratones. Es un gato cantidad de listo." "Arieeel...", "Yo sólo digo que aquí hay jardín y que se podría quedar en el jardín." "Hijo, esto de aquí es tu expediente. Dentro de unos días vuelves a tu colegio, con tu gato. Hasta entonces, no hablemos más del tema. ¿De acuerdo?". Algo se me eriza en la espalda, bajo la camiseta. Vuelvo a mi colegio. Con mi gato. Con Teo el loco.
El mismo Teo el loco que me partirá la nariz en cuanto me vea.