Eh, fíjate... soy tan dulce como un jalapeño

Bueno, y ahora acudirás a ver lo que te digo por estos lares, supongo. A ver si también repito por escrito que te pones gilipollas y condescendiente conmigo cuando te enfadas. Pues aquí estoy. Al fín y al cabo, no tendré hoy muchas más opciones de comunicarme contigo, porque me acerque como me acerque, seguirás condescendiente, ofendido, soberbio y tratándome como a un imbécil. Mi castigo por no controlar los impulsos. Reconozco que no he nacido para pobre chico amorosamente sacrificado y primorosamente llorica (como cierto blogger que ahora me viene a la memoria...). Me basta la primera patadita para sacar los colmillos y clavarlos donde sea menester. No soporto los melindres, ni las ñoñeces, ni los pobrecitoyo-quemaloes. Nadie es objetivamente malo, ni subjetivamente bueno, y yo no quedo nada bien como protagonista de novela amorosa que sufre en silencio. Prefiero pasar mis sufrimientos clavando garras, como un aprendiz de lobezno, y hacer purgas de sangre para evitar daños mayores. Sobre todo cerebrales.

Olvidé que tenía moldes para galleta. De haberme acordado, ahora tendría un plato lleno de minimuñecos, miniestrellas, miniosos, minicorazones... un plato lleno de minihorteradas, en lugar de un plato lleno de maxiplatillos volantes. Eso sí, nos divertimos mucho haciéndolas. Terminamos con masa de galletas hasta en las orejas. Hice una foto a la bandeja recién sacada del horno. Los galletones se pegaron unos a otros y aquello quedó como una especie de bandera olímpica interplanetaria. Pero están deliciosas, en serio. Algún día, no se cual, debí levantarme sabiendo cocinar. Alguien al otro lado de matrix debió equivocarse con la programación, o algo así.

Hoy me cuesta respirar un poco. Como si el fuelle no me llegara hasta el final. Creo que sólo son nervios idiotas, pero debería habértelo dicho. Así hubieras podido decirme que era por la p**a mantequilla de los co****s.