Post macarra nº 100 con hombros de mentira

Bueno, pues hoy he ido de nuevo, tarjeta en mano, en busca de la gabardina. Y como me ha acercado Miguel en moto, le he ido diciendo por el camino "voy a comprarme la gabardina. En serio. Sin falta. Me da igual el precio. En cuanto vea una que me guste, me la llevo. Hoy NO VUELVO SIN LA GABARDINA."

No he vuelto con la gabardina. He vuelto con una cazadora negra de motero. No me devuelve el culo perdido, como los vaqueros horteras, pero me inventa unos hombros que no tendré en mi puñetera vida. Eso sí... es perfectamente buena, bonita y barata. Y macarra. Perfectamente macarra.

Y toda esta chorrada te la cuento para ratificar lo que te decía ayer. La maldición djin de mi familia; jamás hago lo que digo que voy a hacer. Y ese es precisamente el motivo, Yissuh, por el que no quiero fijar un día concreto para meterme en tu casa a golpe de sushi. Simplemente, uno de estos días otoñales de entre semana me pondré malo en el trabajo, te avisaré por la mañana y... me quedaré a dormir. Si quieres. Si me dejas. Si te apetece revolver de nuevo un poco tu vida.

Es sano e imprescindible revolver la vida de vez en cuando. Por muy colocada que la tengas. Por muy inamovible que te parezca. Es sano e imprescindible. Y nos pone un brillo en los ojos que hace que todo merezca la pena. Hasta lo peligroso. Hasta lo arriesgado. Hasta lo angustioso. Hasta... todo.