Se me ha colado un pensamiento de invierno

Hola de nuevo. Hoy quería contarte que han abierto el puesto de castañas asadas que hay junto a la boca del metro. En realidad, era eso lo que quería decirte hoy cuando te he llamado. Que ya vendían castañas.
Siempre me han gustado las castañas. En el centro de menores nos daban una paga simbólica todos los sábados y yo en invierno siempre me la gastaba en ocho castañas asadas. Porque el señor las vendía por medias docenas pero como yo le daba palique, me ponía dos más. Ocho castañas. Y como siempre se me olvidaban los guantes, me metía las dos últimas castañas, una en cada bolsillo del anorak, y las apretaba para calentarme las manos. Eran las únicas que me comía frías. Las dos de regalo.
Nunca le dije a nadie que era mentira que se me olvidaran los guantes. Que los dejaba adrede en la taquilla del portal porque me daba vergüenza que las chicas del María Inmaculada me vieran con esos guantes horrorosos de lanilla que cantaban a hospicio cosa mala. Porque lo sabían. Sólo con mirarnos los guantes y los anoraks verdes ya sabían que éramos de los de acogida y nos evitaban. No por clasismo, sino por miedo. Imagina las historias que circulaban sobre nosotros. Así que cuando íbamos a la tapia del María Inmaculada a hablar con las chicas, yo siempre me olvidaba de aquellos asquerosos guantes y me calentaba las manos a base de castañas, hasta que las palmas se me ponían negras.

Hace un par de años, llevé a Ana a la pista de patinaje de Majadahonda y tuve que alquilarle unos guantes porque se dejó los suyos en casa. Y ¿sabes qué? resultó que eran como aquellos de mi adolescencia. Igualitos. Con la misma lana gorda y áspera y las mismas hebras saliendo de las costuras. Mientras se los ponía en las manos, casi lloro. Vete tú a saber por qué. Me puso triste volver a sentirlos en los dedos. Menuda tontería ¿no?

Al final no te conté lo de las castañas porque me pareció que estabas de mal humor. Por eso, a veces escribo en lugar de hablar. Me protege del frío.