Cocacola y cacahuetes a mediodía. Por ahora nada más.

Disfunción en las plaquetas. Otra punción lumbar para desechar leucemias. Más días. Más miedo. Mas nada. Ha vuelto a despedirme diciéndome que me relajara y fuera feliz. He vuelto a desear mandarle a la mierda, pero me he limitado a poner sonrisa de conejo y coger un caramelo del cenicero.
Me gustaría no tener que llevar la cabeza puesta, porque ahora soy el histérico idiota que vé síntomas por todas partes. Los cardenales de los brazos. El no poder dormir. Los dolores de cabeza... No se lo he dicho a nadie. No lo haré hasta que no tenga certezas. Por ahora, me lo como yo, y se lo come el blog. Y creo que me perfecciono como actor, porque nadie ha notado nada. Solo un ligero descenso en el cajón de la repostería Martínez y un poco más de lágrima tonta con las teleseries ñoñas de la fox.
Necesitaría oirle decir que que no va a pasar nada. Que pueden ser muchas otras cosas curables e inofensivas. Que no vale la pena preocuparse en vano. Que la vida es bella, que nosotros somos afortunados y que todas las cosas malas terminan desapareciendo en algún momento. Necesitaría oirle decir justamente todas esas cosas que él no me diría jamás.

Porque cuando él me habla, yo siempre le creo. Siempre.