Cocacola y cacahuetes a mediodía. Por ahora nada más.

Disfunción en las plaquetas. Otra punción lumbar para desechar leucemias. Más días. Más miedo. Mas nada. Ha vuelto a despedirme diciéndome que me relajara y fuera feliz. He vuelto a desear mandarle a la mierda, pero me he limitado a poner sonrisa de conejo y coger un caramelo del cenicero.
Me gustaría no tener que llevar la cabeza puesta, porque ahora soy el histérico idiota que vé síntomas por todas partes. Los cardenales de los brazos. El no poder dormir. Los dolores de cabeza... No se lo he dicho a nadie. No lo haré hasta que no tenga certezas. Por ahora, me lo como yo, y se lo come el blog. Y creo que me perfecciono como actor, porque nadie ha notado nada. Solo un ligero descenso en el cajón de la repostería Martínez y un poco más de lágrima tonta con las teleseries ñoñas de la fox.
Necesitaría oirle decir que que no va a pasar nada. Que pueden ser muchas otras cosas curables e inofensivas. Que no vale la pena preocuparse en vano. Que la vida es bella, que nosotros somos afortunados y que todas las cosas malas terminan desapareciendo en algún momento. Necesitaría oirle decir justamente todas esas cosas que él no me diría jamás.

Porque cuando él me habla, yo siempre le creo. Siempre.

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Todo sucede durante el desayuno. Estoy contándole la fábula de la rana y el escorpión mientras le desmigo las galletas en la leche. Tiene las manos extendidas en la mesa y se mira la punta de los dedos con los ojos perdidos. "Entonces la rana le dice -¿por qué has hecho eso? ¡ahora nos ahogaremos los dos!, y el escorpión responde -no puedo evitarlo. Es mi naturaleza..." Termino de trocear la última galleta y empujo el tazón entre sus manos. "El escorpión no podía evitarlo ¿comprendes? porque lo que hace un escorpión es picar. Para eso ha nacido. Es como... como yo con los libros. Yo he nacido para contar historias ¿no? por eso tengo tantos libros. Por eso te leo cosas por las noches. No puedo evitarlo, es mi naturaleza. ¿Lo entiendes?" Me mira. "...Para leerme historias... sí..." Tiene los ojos brillantes. "Eso. Y ahora come. Venga. Se enfría." Vuelve a bajar la cabeza. "Se enfría... sí..."
Azîm entra en el comedor. Media hora tarde, como siempre. Rodeado de acólitos, como siempre. Sin que ningún monitor le reprenda, como siempre. Se sienta a mi lado. Los acólitos se desperdigan a su alrededor. Pega la boca a mi oído. "Eh... ¿qué has estado haciendo esta noche, nuba? te huelen las manos a polla..." Le miro. Me llevo los dedos a la nariz. "Es verdad... como a polla de tio mierda ¿no?". Suelta una carcajada. Agarra mis dedos por debajo de la mesa. "A lo mejor te corto la lengua cuando ya no la necesite." Sonrío. "A lo mejor te corto yo a ti la polla cuando ya no la necesite." Los acólitos silban. Veo a uno de los monitores vigilarnos desde el otro lado de la mesa. Cuando vuelvo a mirar a Azîm le encuentro repentinamente serio. Me hace un gesto con la cabeza señalando a mi izquierda."Eh...¿qué le pasa a ese?". Me giro. Maruk sigue con las manos extendidas sobre la mesa. La cara hacia abajo. El tazón de leche intacto. Los ojos cerrados. "Maruk... come, que se enfría." No me contesta, ni reacciona. "Maruk..." Libero mis dedos de la mano de Azîm y los pongo sobre su cuello. Su cuerpo cae a peso hacia delante. La cabeza muerta vuelca el tazón de leche sobre la mesa. Por un instante no reacciono. Me quedo mirando su pelo negro dibujándose sobre los trozos blandos de galleta. Alguien a mi lado grita algo que no entiendo. Me incorporo. La silla cae a mi espalda. Intento sostener el peso muerto de Maruk que resbala silencioso hasta el suelo. Le abrazo. Caigo sentado junto a él sujetándole la cabeza. Las manos húmedas de leche y galleta. El monitor se arrodilla y me empuja bruscamente echándome a un lado. "¡No le toquéis! ¡apartaos!". Empiezan las convulsiones. Sus piernas golpean contra el línoleo. Intento sujetarle. Sostenerle de algún modo. El monitor vuelve a empujarme "¡He dicho que fuera de aquí, hostias!". Le golpeo la espalda con los puños cerrados. "¡Quítate tú! ¡quítate tú, cabrón de mierda!" Azîm me agarra de los brazos y me arrastra fuera del comedor. Yo no dejo de gritar. De dar patadas. De insultar. Me levanta contra la pared del pasillo. "eh... ¡eh!... tranquilo, nuba." ¡No soy nuba, hijo de puta!" Lanzo el puño hacia su cara. Los nudillos en ángulo recto. El pulgar plegado bajo los dedos, como Teo el loco me enseñó. Fallo el golpe y apenas rozo su pómulo. Me mira con gesto desconcertado. Los dedos que sujetan mis brazos se vuelven garra. La mirada, odio. Agarra mi cuello y levanta el puño en alto. Cierro los ojos. Aún los tengo cerrados cuando él grita junto a mi cara. "¡GILIPOLLAS! ¿¿QUIERES QUE TE MATE?? ¿¿ESO ES LO QUE QUIERES, IMBÉCIL?? ¿¿QUE TE REVIENTE A HOSTIAS??". Lloro. No puedo pensar. No puedo hablar. No puedo sentir. Sólo lloro. La garra se afloja alrededor de mi cuello. Apoyo la cara en su camiseta. "Se morirá...". Respira profundamente sobre mi cabeza. "No lo creo." "Sí. Se morirá... Todos lo que quiero se mueren... Todos se mueren..." Sujeta mi cara con las manos. "Pero... ¿qué coño dices? ¿estás tonto?"