Mis vecinas de al lado han puesto música. Son de mi generación y han puesto música, pero menuda mierda. Menuda mieeeeeeeeerda de música. Una especie de psicopatía eletrónica con un tipo soltando frasecitas entre chimpún y bufta-bufta. Sin embargo, ellas son guapísimas. Es la compensación de la naturaleza."Te doy una belleza sublime, y a cambio te atrofio el mesencéfalo". Aunque no sé por qué hablo de mesencéfalos atrofiados, si ahora mismo estoy mojando patatas fritas en helado de chocolate.
Le he dicho a A. que eran "helatatas Serlik" y que algún día haría una fortuna vendiendo la idea a MacDonald's. Me ha respondido diciéndome que cada día estoy peor "de lo mío".
Se me ocurren tantas cosas, que ahora mismo no sé exactamente a qué se refiere con eso de "lo mío".
**********************
Regina se ha caído y se la han llevado en una ambulancia. Tengo que volver a irme, pero no me importa que me resten de aquí, porque estoy vivo y ya nadie va a matarme con un bastón. Hay una mujer con una carpeta hablando por teléfono y yo espero, sentado en una silla del salón, con la maleta de cuadros entre mis piernas. Se me hace raro estar aquí sin tener miedo de nada. Por primera vez me doy cuenta que la alfombra de la flor de Lys es roja con dibujos amarillos que se entrelazan, y que los asientos de las sillas tienen estampados de flores doradas. También me doy cuenta que la lámpara del techo tiene gotas de diamante, y que el reloj de los pastores lleva dibujado en relieve un sol y una luna. Por primera vez, me doy cuenta de que todo lo que hay en el salón es muy bonito.
La mujer me dice que nos tenemos que ir y me pregunta si lo llevo todo. Sé que llevo el oso, el libro y los cuadernos, así que respondo que sí y le pregunto si vamos con la abuela Agra. La mujer se quita las gafas y se frota la nariz. Se agacha a mi altura y me pregunta si no me habían dicho que la abuela Agra estaba muy malita. Siento el dolor en la garganta y en la punta de los dedos, y entiendo que no voy a volver a ver a la abuela Agra. Aunque no siento el cuerpo, debo estar llorando, porque la mujer de la carpeta me consuela y me dice que van a llevarme con papá. Intento decirle que no tengo padre, pero las palabras se me esconden hacia dentro y no me sale la voz. La mujer me pregunta si quiero una manzanilla antes de irnos. Yo quiero decirle que odio la manzanilla y el hígado, y que me gusta el nesquick y el haloua de dátiles, pero no puedo, porque las palabras me siguen saliendo hacia dentro y no se me oye la voz. Y otra vez, dejo de ver las cosas bonitas que hay en el salón.
Sushi. Contento de ir comiendo mejor. Sangrado de nariz leve.
Bueno, pues ya está. Sin gabardina, sin gafas negras y sin tequila, he llevado la pierna al hospital.
Evité a los del psicogrupo, pero no a las enfermeras de planta. La rubia de la voz dulce me ha preguntado qué tal llevaba lo del pelo. Me ha sorprendido un poco la pregunta, hasta que me he visto reflejado en el cristal. Joder... mi cabeza es una albóndiga de estopa pinchada en un palillo. Con los kilos de menos, prácticamente soy un Fragel. Ojos-pelo/pelo-Ojos. Es por haberlo afeitado dos veces. Ahora parece que me hubieran crecido los 300.000 pelos todos a mogollón, al grito de marica-el-último.
Tres pinchazos. Uno para drenar y dos de antibiótico. Cuando han traído la silla de ruedas, la he rechazado, orgulloso. Un orgullo poco práctico, por otro lado, porque se me han olvidado los escalones de la entrada y los he tenido que bajar deslizando el culo por la barandilla con la muleta a modo de remo. A ver si me apunto en la frente, que en determinadas situaciones no hay orgullos que valgan.
El 15 de junio vuelvo con la prednisona. Qué poco duran algunas rebeliones...
******************************
Los 13 piratas salvajes raptan a la princesa Li Si y la encierran en una jaula para llevarla con la señora Maldiente, pero la princesa escribe una carta y la tira al mar en un descuido de los piratas. Así Jim Botón, Lucas, y Enma la locomotora, logran encontrar a la princesa y la llevan otra vez a China. Ya sé lo que tengo que hacer. Tengo que escribir una carta, como la princesa Li Si.
Cojo una hoja del cuaderno azul y escribo. "Me llamo Ariel Rüth-Serlik. Tengo diez años. Estoy encerrado en una habitación con una cama, un espejo y un lavabo. Si estoy muerto y alguien lee esto, que sepa que ha sido la abuela Regina con el palo del bastón y que no me caí por mirar por el ventanuco." Doblo la hoja en cuatro y la escondo en un calcetín. Guardo el calcetín en mi maleta de cuadros, bajo la cama.
"Soy Ariel Rüth-Serlik otra vez. Se me ha olvidado decir que si estoy muerto por favor lleven a casa un oso con el cuello roto que hay en mi maleta y que se llama Rudi, y el libro de Jim Botón y Lucas el Maquinista porque son de mi hermano y no se pueden quedar aquí, que seguro que los tiran. Gracias." Guardo el papel en el calcetín. El calcetín en la maleta. La maleta bajo la cama.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. También me gustaría que si estoy muerto y meten a Regina en la cárcel le lleven a mi abuela Agra el reloj de los pastores que hay en el salón que toca música con las horas. Está enferma y le gusta mucho la música. Gracias." Calcetín. Maleta.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. El libro de Jim Botón es de mi hermano pero mi hermano está muerto porque se cayó a la poza del molino por mi culpa. Creo que he hecho que todo saliera mal y que por eso a lo mejor también me voy a morir yo". No quedan calcetines vacíos. Dejo la hoja en el cuaderno.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. Cuando hemos tirado la basura he visto un perro salchicha. Yo también tengo dos perros, y tenía uno que se llamaba Rudi que se perdió y por eso Caliban y yo le llamamos Rudi al oso que tiene el cuello roto." No queda cuaderno azul. Cojo el rojo.
"Soy Ariel Nepomuk Rüth-Serlik. Soy como el dragón de Jim Botón pero no vivo en el país de los mil volcanes. Nunca he visto un volcán. Cuando me escape de aquí recorreré el mundo y veré volcanes, y me compraré un reloj que cante las horas, y un perro salchicha."
Soy Nepomuk. Tengo diez años y medio. Esto es mi diario. No estoy muerto.
Bueno, pues ya está. Sin gabardina, sin gafas negras y sin tequila, he llevado la pierna al hospital.
Evité a los del psicogrupo, pero no a las enfermeras de planta. La rubia de la voz dulce me ha preguntado qué tal llevaba lo del pelo. Me ha sorprendido un poco la pregunta, hasta que me he visto reflejado en el cristal. Joder... mi cabeza es una albóndiga de estopa pinchada en un palillo. Con los kilos de menos, prácticamente soy un Fragel. Ojos-pelo/pelo-Ojos. Es por haberlo afeitado dos veces. Ahora parece que me hubieran crecido los 300.000 pelos todos a mogollón, al grito de marica-el-último.
Tres pinchazos. Uno para drenar y dos de antibiótico. Cuando han traído la silla de ruedas, la he rechazado, orgulloso. Un orgullo poco práctico, por otro lado, porque se me han olvidado los escalones de la entrada y los he tenido que bajar deslizando el culo por la barandilla con la muleta a modo de remo. A ver si me apunto en la frente, que en determinadas situaciones no hay orgullos que valgan.
El 15 de junio vuelvo con la prednisona. Qué poco duran algunas rebeliones...
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Los 13 piratas salvajes raptan a la princesa Li Si y la encierran en una jaula para llevarla con la señora Maldiente, pero la princesa escribe una carta y la tira al mar en un descuido de los piratas. Así Jim Botón, Lucas, y Enma la locomotora, logran encontrar a la princesa y la llevan otra vez a China. Ya sé lo que tengo que hacer. Tengo que escribir una carta, como la princesa Li Si.
Cojo una hoja del cuaderno azul y escribo. "Me llamo Ariel Rüth-Serlik. Tengo diez años. Estoy encerrado en una habitación con una cama, un espejo y un lavabo. Si estoy muerto y alguien lee esto, que sepa que ha sido la abuela Regina con el palo del bastón y que no me caí por mirar por el ventanuco." Doblo la hoja en cuatro y la escondo en un calcetín. Guardo el calcetín en mi maleta de cuadros, bajo la cama.
"Soy Ariel Rüth-Serlik otra vez. Se me ha olvidado decir que si estoy muerto por favor lleven a casa un oso con el cuello roto que hay en mi maleta y que se llama Rudi, y el libro de Jim Botón y Lucas el Maquinista porque son de mi hermano y no se pueden quedar aquí, que seguro que los tiran. Gracias." Guardo el papel en el calcetín. El calcetín en la maleta. La maleta bajo la cama.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. También me gustaría que si estoy muerto y meten a Regina en la cárcel le lleven a mi abuela Agra el reloj de los pastores que hay en el salón que toca música con las horas. Está enferma y le gusta mucho la música. Gracias." Calcetín. Maleta.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. El libro de Jim Botón es de mi hermano pero mi hermano está muerto porque se cayó a la poza del molino por mi culpa. Creo que he hecho que todo saliera mal y que por eso a lo mejor también me voy a morir yo". No quedan calcetines vacíos. Dejo la hoja en el cuaderno.
"Soy Ariel Rüth-Serlik. Cuando hemos tirado la basura he visto un perro salchicha. Yo también tengo dos perros, y tenía uno que se llamaba Rudi que se perdió y por eso Caliban y yo le llamamos Rudi al oso que tiene el cuello roto." No queda cuaderno azul. Cojo el rojo.
"Soy Ariel Nepomuk Rüth-Serlik. Soy como el dragón de Jim Botón pero no vivo en el país de los mil volcanes. Nunca he visto un volcán. Cuando me escape de aquí recorreré el mundo y veré volcanes, y me compraré un reloj que cante las horas, y un perro salchicha."
Soy Nepomuk. Tengo diez años y medio. Esto es mi diario. No estoy muerto.
Un cuenco de arroz precocinado. Vomitado por asqueroso, no por náusea.
Hablando con A. recordé Jimpomuk y estuve echando un vistazo. Escuché alguno de nuestros podcast. En todos salgo riéndome como una hiena. Era incontrolable, hacía que me riera de todo y por todo. Para mí él siempre ha sido como un cogollo de marihuana que no se consumiera nunca.
He recordado el sonido tan sexy que hacía cuando fumaba, expulsando pequeñas dosis de humo entre los labios mientras se reía. Esa gilipollez me volvía loco. Siempre tenía deseos de mandar su cigarrillo y el podcast a tomar por culo, y comérmelo vivo en plan mantis religiosa. La líbido humana es algo complejo y fuera de toda lógica.
He intentado imitarle con el cigarrillo de hachís, pero no me sale. Más que un hombre que suelta pequeñas dosis de humo entre risas, parezco un sapo que hubieran metido en un tubo de escape. Y así vuelvo, zumba que te dale, a mi absoluta falta de sexy thing.
Cierra el pico, rodilla supurante. Hoy tampoco voy al hospital. Soy complejo y fuera de toda lógica, como la líbido humana.
****************
Cuando voy demasiado deprisa a la barcaza, son tres pellizcos en el antebrazo. Si me dejo comida en el plato, un golpe en la cabeza con los nudillos. Si hablo cuando no me toca hablar, dos bofetadas. Si hago ruido entre las 2 y las 5 uno o dos golpes con el palo blanco del bastón en la espalda o en el culo.
El palo blanco hace más daño que las manos. Es más duro y no falla. Pienso que me puede matar si un día se confunde de castigo y me da en la cabeza con el palo, así que procuro no dejar nunca comida en el plato, ni hacer ruido entre las 2 y las 5. Pero no sé leer en las manillas cuándo son las 2 o las 5, así que presto atención y me aprendo la música del reloj de pastores que hay en el salón. Una campana fuerte es la hora. Tres campanas suaves seguidas, el cuarto. Si suenan seis son la media, y nueve, menos cuarto. A veces no duermo y las cuento también por las noches, para no olvidarme.
Me como todo deprisa y tragando mucha agua para ayudar a que pase por la garganta. Un día vomito el filete de hígado y me hace comerme otra vez lo que he echado, así que invento cosas cada vez que hay hígado. Lo mastico y lo voy escupiendo en trocitos de papel del cuaderno, que luego escondo en la zapatilla. Pido permiso para ir al baño cuando viene por la bandeja y tiro los trozos de papel con hígado, al water. Aprendo a hacer lo mismo con todas las cosas que me hacen vomitar. Las alcachofas con hojas duras. La carne gelatinosa que pone con la zanahoria. Las cabezas de ajo que están en las lentejas.
Aquí no hay colegio, así que cuando no estoy leyendo que Jim Boton no cabe en Lummerland, estoy jugando a que soy un león, o pensando. Pienso muchas cosas. Pienso que el reloj de los pastores me canta las horas porque también odia a Regina. Pienso que ella se equivocará y me abrirá la cabeza con el palo blanco del bastón. Pienso que nadie sabrá que ha sido ella y nunca la llevarán a la cárcel. Pienso que ella dirá que me caí de la cama por querer mirar por el ventanuco. Pienso que tengo que hacer algo.
Hablando con A. recordé Jimpomuk y estuve echando un vistazo. Escuché alguno de nuestros podcast. En todos salgo riéndome como una hiena. Era incontrolable, hacía que me riera de todo y por todo. Para mí él siempre ha sido como un cogollo de marihuana que no se consumiera nunca.
He recordado el sonido tan sexy que hacía cuando fumaba, expulsando pequeñas dosis de humo entre los labios mientras se reía. Esa gilipollez me volvía loco. Siempre tenía deseos de mandar su cigarrillo y el podcast a tomar por culo, y comérmelo vivo en plan mantis religiosa. La líbido humana es algo complejo y fuera de toda lógica.
He intentado imitarle con el cigarrillo de hachís, pero no me sale. Más que un hombre que suelta pequeñas dosis de humo entre risas, parezco un sapo que hubieran metido en un tubo de escape. Y así vuelvo, zumba que te dale, a mi absoluta falta de sexy thing.
Cierra el pico, rodilla supurante. Hoy tampoco voy al hospital. Soy complejo y fuera de toda lógica, como la líbido humana.
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Cuando voy demasiado deprisa a la barcaza, son tres pellizcos en el antebrazo. Si me dejo comida en el plato, un golpe en la cabeza con los nudillos. Si hablo cuando no me toca hablar, dos bofetadas. Si hago ruido entre las 2 y las 5 uno o dos golpes con el palo blanco del bastón en la espalda o en el culo.
El palo blanco hace más daño que las manos. Es más duro y no falla. Pienso que me puede matar si un día se confunde de castigo y me da en la cabeza con el palo, así que procuro no dejar nunca comida en el plato, ni hacer ruido entre las 2 y las 5. Pero no sé leer en las manillas cuándo son las 2 o las 5, así que presto atención y me aprendo la música del reloj de pastores que hay en el salón. Una campana fuerte es la hora. Tres campanas suaves seguidas, el cuarto. Si suenan seis son la media, y nueve, menos cuarto. A veces no duermo y las cuento también por las noches, para no olvidarme.
Me como todo deprisa y tragando mucha agua para ayudar a que pase por la garganta. Un día vomito el filete de hígado y me hace comerme otra vez lo que he echado, así que invento cosas cada vez que hay hígado. Lo mastico y lo voy escupiendo en trocitos de papel del cuaderno, que luego escondo en la zapatilla. Pido permiso para ir al baño cuando viene por la bandeja y tiro los trozos de papel con hígado, al water. Aprendo a hacer lo mismo con todas las cosas que me hacen vomitar. Las alcachofas con hojas duras. La carne gelatinosa que pone con la zanahoria. Las cabezas de ajo que están en las lentejas.
Aquí no hay colegio, así que cuando no estoy leyendo que Jim Boton no cabe en Lummerland, estoy jugando a que soy un león, o pensando. Pienso muchas cosas. Pienso que el reloj de los pastores me canta las horas porque también odia a Regina. Pienso que ella se equivocará y me abrirá la cabeza con el palo blanco del bastón. Pienso que nadie sabrá que ha sido ella y nunca la llevarán a la cárcel. Pienso que ella dirá que me caí de la cama por querer mirar por el ventanuco. Pienso que tengo que hacer algo.
Un plato de macarrones. Una galleta. Desenfrenado trajín sexual.
Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis... Ojalá pase algo que te borre de pronto... un disparo de nieve... una luz cegadora...
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.
Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.
********
Vivo encerrado en una habitación que tiene una cama, un lavabo y un espejo con el fondo desconchado. Tres veces al día se abre la puerta y Regina me trae la comida en una bandeja. También me saca por las noches para que le acompañe a la barcaza de la basura, pero luego me vuelve a encerrar, hasta la siguiente bandeja. Aunque parezca extraño, no prefiero las salidas con Regina a estar encerrado. Se agarra con dedos fríos a mi brazo y me regaña porque ella es una señora inválida y yo voy deprisa adrede para hacerle daño. No es verdad. Voy deprisa porque la calle huele a cosas muertas.
Para no pensar que estoy encerrado, juego a que soy un león de circo que vive en una jaula carromato y que viaja por todo el mundo. Siento el traquetreo de mi habitación-jaula rodando por los caminos, entre el coche de los payasos y el carro de los elefantes. Juego a que Regina es mi domador y me golpea con un látigo. Juego a que rujo, me enfado y le lanzo zarpazos.
Hay un ventanuco en la pared de mi habitación-jaula, pero no logro alcanzarlo. Después de mucho saltar y de intentar empujar la cama sin éxito, descubro que si me subo al somier y me inclino 45º hacia delante, logro asomar hasta la nariz. Cuando lo hago me arrepiento al instante, porque lo único que veo es la pared mohosa y sucia del canal. Pierdo el equilibrio y me caigo de boca. Tiro la bandeja y el vaso se destroza contra el mosaico. Noto que me sangra el labio. Regina entra y descubre el vaso roto. Se enfada mucho y me grita en un idioma que no entiendo. Yo le doy los buenos días en chelja porque es lo único que sé decir en idiomas que no entiendo. Ella me clava los dedos fríos y me lleva a la alfombra roja del salón. No parece una señora inválida. Me pone sobre la flor de Lys que hay en el centro y me da un golpe en la cabeza y dos bofetadas. Mi cara gira de un lado a otro de la habitación. Plis-plas. La derecha-la izquierda. La vitrina-el sofá.
Yo no rujo, ni me enfado, ni lanzo zarpazos. No soy un león. Lloro sin ruido, mirando la flor de lys que hay debajo de mis pies.
Me sorprendo de que ya no me apetezcan las golosinas. Bollazos, que dice él. Tampoco el helado que lleva dos semanas en el congelador. El hachís debería darme apetito, pero el tabaco me lo quita. Ahora mastico sorprendentemente despacio. Creo que me estoy paralizando, de alguna forma, como esas serpientes que ralentizan su metabolismo para soportar el desierto. Yo ralentizo el mío para soportar el dolor. A lo mejor dentro de una semana, necesito ocho horas para ponerme un calcetín. No deja de ser una mutación curiosa para alguien que era capaz de comerse una caja de donettes crunchis en tres minutos.
Donettes crunchis... Ojalá pase algo que te borre de pronto... un disparo de nieve... una luz cegadora...
La herida sigue supurando. Tres vendajes en una hora. Sería estupendo ser un vaquero de película, y poder derramar una botella de tequila encima de la rodilla mientras muerdo un palito de madera. Cualquier cosa menos ir al hospital.
Aunque para eso, puede que sí que me ayude la botella de tequila.
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Vivo encerrado en una habitación que tiene una cama, un lavabo y un espejo con el fondo desconchado. Tres veces al día se abre la puerta y Regina me trae la comida en una bandeja. También me saca por las noches para que le acompañe a la barcaza de la basura, pero luego me vuelve a encerrar, hasta la siguiente bandeja. Aunque parezca extraño, no prefiero las salidas con Regina a estar encerrado. Se agarra con dedos fríos a mi brazo y me regaña porque ella es una señora inválida y yo voy deprisa adrede para hacerle daño. No es verdad. Voy deprisa porque la calle huele a cosas muertas.
Para no pensar que estoy encerrado, juego a que soy un león de circo que vive en una jaula carromato y que viaja por todo el mundo. Siento el traquetreo de mi habitación-jaula rodando por los caminos, entre el coche de los payasos y el carro de los elefantes. Juego a que Regina es mi domador y me golpea con un látigo. Juego a que rujo, me enfado y le lanzo zarpazos.
Hay un ventanuco en la pared de mi habitación-jaula, pero no logro alcanzarlo. Después de mucho saltar y de intentar empujar la cama sin éxito, descubro que si me subo al somier y me inclino 45º hacia delante, logro asomar hasta la nariz. Cuando lo hago me arrepiento al instante, porque lo único que veo es la pared mohosa y sucia del canal. Pierdo el equilibrio y me caigo de boca. Tiro la bandeja y el vaso se destroza contra el mosaico. Noto que me sangra el labio. Regina entra y descubre el vaso roto. Se enfada mucho y me grita en un idioma que no entiendo. Yo le doy los buenos días en chelja porque es lo único que sé decir en idiomas que no entiendo. Ella me clava los dedos fríos y me lleva a la alfombra roja del salón. No parece una señora inválida. Me pone sobre la flor de Lys que hay en el centro y me da un golpe en la cabeza y dos bofetadas. Mi cara gira de un lado a otro de la habitación. Plis-plas. La derecha-la izquierda. La vitrina-el sofá.
Yo no rujo, ni me enfado, ni lanzo zarpazos. No soy un león. Lloro sin ruido, mirando la flor de lys que hay debajo de mis pies.
Patatas fritas. Trucha ahumada. Décimas de fiebre todo el día.
He vuelvo al mercado a comprar albaricoques y cerezas. Se me hace raro salir por las mañanas, es como caminar en el reverso de mi vida. Me he puesto el peto por primera vez. Mi peto siempre marcaba el final del invierno, pero esta vez no marca nada. Los vaqueros ya no me ajustan y se me resbalan por las caderas. No se me da bien enseñar los calzoncillos, porque para eso hay que ser sexy. Un hombre en el metro de Ventas me dijo una vez: "los llevas rojos con cuadraditos" y me morí de vergüenza. Hice todo el trayecto con la espalda pegada al asiento y tan rojo como mis calzoncillos de cuadraditos, mientras él gozaba mi bochorno con sonrisitas estúpidas. Eso demuestra claramente que nunca seré sexy. De hecho creo que debería llevarlos blancos de esos castos y sosos, que dejan escapar los huevos en cuanto los usas tres veces. Iría más con mi personalidad.
Creo que la herida supura otra vez. Tendré que volver al hospital para hacerme una cura. Debería agenciarme una gabardina, un sombrero y unas gafas negras para la ocasión. No me apasiona la idea de que nadie del psicogrupo "tengocancerperosoyfeliz" me vea.
Psicogrupo... suena casi a superhéroe.
***************
Los disparos reales no suenan como en las películas. No son un sonido silbante que termina en una explosión. En realidad hacen un plac seco, como una carpeta cayendo al suelo. Y la sangre no es roja. Es negra. Sólo se vuelve rojiza si la extiendes. Estas y otras cosas he aprendido desde el día de mi cumpleaños hasta la Pascua del Cordero. La Pascua del Cordero que este año no hemos celebrado.
Se ha ido el abuelo, se ha ido Caliban, se ha ido mi madre. Me escondo debajo de la mesa de la cocina y saco los dedos para restar los que se están yendo y contar los que se quedan. Sólo quedamos dos. Con Concetta y Tonio hacemos cuatro. Pero mañana tengo que irme a vivir con la abuela Regina porque mi abuela Agra está enferma y entonces alguien se sentará en la cocina para restarme a mí también.
Me han dicho que no puedo llevarme los dibujos, ni los juguetes de armar, ni los cuentos de las ninfas. Sólo ropa y los libros de estudiar. Sin que nadie se dé cuenta, escondo en mi maleta de cuadros al oso Rudi y lo aplasto bien para que no abulte. Debajo del oso, va el libro de Jim Botón. No puedo irme sin el oso Rudi y el libro de Jim Botón. Si no me los llevo, alguien los tirará y no los volveré a ver nunca más. Pienso que a lo mejor tampoco vuelvo a ver nunca más a la abuela Agra, pero el pensamiento hace que me duela la garganta y la punta de los dedos, así que me tapo los oídos y me concentro en los tiros de las películas que no suenan como los tiros de verdad. Como una carpeta que cae al suelo: plac-plac-plac
Ojalá la abuela Agra fuera algo pequeño que pudiera esconder en la maleta de cuadros.
He vuelvo al mercado a comprar albaricoques y cerezas. Se me hace raro salir por las mañanas, es como caminar en el reverso de mi vida. Me he puesto el peto por primera vez. Mi peto siempre marcaba el final del invierno, pero esta vez no marca nada. Los vaqueros ya no me ajustan y se me resbalan por las caderas. No se me da bien enseñar los calzoncillos, porque para eso hay que ser sexy. Un hombre en el metro de Ventas me dijo una vez: "los llevas rojos con cuadraditos" y me morí de vergüenza. Hice todo el trayecto con la espalda pegada al asiento y tan rojo como mis calzoncillos de cuadraditos, mientras él gozaba mi bochorno con sonrisitas estúpidas. Eso demuestra claramente que nunca seré sexy. De hecho creo que debería llevarlos blancos de esos castos y sosos, que dejan escapar los huevos en cuanto los usas tres veces. Iría más con mi personalidad.
Creo que la herida supura otra vez. Tendré que volver al hospital para hacerme una cura. Debería agenciarme una gabardina, un sombrero y unas gafas negras para la ocasión. No me apasiona la idea de que nadie del psicogrupo "tengocancerperosoyfeliz" me vea.
Psicogrupo... suena casi a superhéroe.
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Los disparos reales no suenan como en las películas. No son un sonido silbante que termina en una explosión. En realidad hacen un plac seco, como una carpeta cayendo al suelo. Y la sangre no es roja. Es negra. Sólo se vuelve rojiza si la extiendes. Estas y otras cosas he aprendido desde el día de mi cumpleaños hasta la Pascua del Cordero. La Pascua del Cordero que este año no hemos celebrado.
Se ha ido el abuelo, se ha ido Caliban, se ha ido mi madre. Me escondo debajo de la mesa de la cocina y saco los dedos para restar los que se están yendo y contar los que se quedan. Sólo quedamos dos. Con Concetta y Tonio hacemos cuatro. Pero mañana tengo que irme a vivir con la abuela Regina porque mi abuela Agra está enferma y entonces alguien se sentará en la cocina para restarme a mí también.
Me han dicho que no puedo llevarme los dibujos, ni los juguetes de armar, ni los cuentos de las ninfas. Sólo ropa y los libros de estudiar. Sin que nadie se dé cuenta, escondo en mi maleta de cuadros al oso Rudi y lo aplasto bien para que no abulte. Debajo del oso, va el libro de Jim Botón. No puedo irme sin el oso Rudi y el libro de Jim Botón. Si no me los llevo, alguien los tirará y no los volveré a ver nunca más. Pienso que a lo mejor tampoco vuelvo a ver nunca más a la abuela Agra, pero el pensamiento hace que me duela la garganta y la punta de los dedos, así que me tapo los oídos y me concentro en los tiros de las películas que no suenan como los tiros de verdad. Como una carpeta que cae al suelo: plac-plac-plac
Ojalá la abuela Agra fuera algo pequeño que pudiera esconder en la maleta de cuadros.
Veintemil albaricoques. Indigestión en ciernes.
Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. "Corre" o "levántate ya" o quizá "que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla".
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía "Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto" yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: "Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet."
Pero en vez de eso, siempre decía: "Pues... es terrible todo..." y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían "ya... ya... pasará... estamos contigo..."
Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.
***************
Mi madre es ligera como un molinillo. La miro a escondidas desde los quicios de las puertas. Camina como si flotara sobre los pies y el pelo le hace aguas a la espalda como a las ninfas de los cuentos del abuelo. Nunca me mira, ni me habla, ni se da cuenta de que la sigo por toda la casa. A veces finjo que tropiezo para que oiga el ruido y se vuelva, pero nunca lo hace, porque para ella no estoy allí, ni existo en ninguna parte. Creo que para ella, sólo existe la casa y la abuela Agra. Habla bajito con ella por las noches, pero por más que pego la oreja a la puerta, no soy capaz de distinguir el qué.
Mi madre está loca y por eso siempre la tienen encerrada en algún hospital. Pero ella no es como los demás locos porque no está sucia, ni despeinada, ni lleva camisa de fuerza. Ella es suave, guapa y huele bien. Y tiene un arcón en la habitación de arriba, llena de vestidos verdes y rojos con espejitos que brillan, y telas como fantasmas, que flotan en el aire cuando las mueves. Los vestidos huelen a ella. El arcón huele a ella. Es un olor dulce como de vainilla.
La abuela Agra no sale de su cuarto desde que Caliban no está. A veces, Concetta me deja llevarle la bandeja con el té de flores a la cama. Le pregunto cuándo me hará haloua de dátiles y Concetta suspira y menciona dos veces a dios. Mi madre está sentada en el escalón de la ventana. No sonríe porque esté contenta, sonríe siempre porque está loca. Pero como yo no entiendo de locos, le sonrío también y le llevo el otro vaso del té. Nunca lo bebe. Sólo me agarra la mano y luego me la vuelve a soltar. Me gusta que me coja la mano, pero no que me la suelte, porque cuando lo hace me mira sin verme y se le vuelve a olvidar que existo en algún sitio.
Cuando salgo del cuarto de la abuela Agra, mis manos huelen a vainilla. Y yo me agarro los puños de la camiseta para esconderlas. Las aprieto bien fuerte, para que el olor no se me vaya nunca.
Hoy hubiera podido dormir, pero la pierna no me ha dejado. Siempre que me duele la pierna, pienso que mi donante de menisco está tratando de decirme algo desde el más allá. "Corre" o "levántate ya" o quizá "que sepas que no es nada divertido estar en el inframundo sin rodilla".
Se lo dije a los del grupo de apoyo psicológico cuando aún fingía tener ganas de estar allí y se rieron mucho. No era ninguna broma, pero me esperaba que se rieran. Me pasaba siempre con ellos. Cuando hacía bromas me miraban con cara de paisaje, y cuando me ponía serio, se tronchaban. Éramos como cinco huevos y una castaña. Cada vez que Javier me decía "Tu turno, Ari. Cuéntanos lo que piensas de todo esto" yo siempre tenía que morderme la lengua para no decir: "Pues que tú eres un sobrao que va de listo, que esos cinco son unos tristes y que yo soy un gilipollas que en lugar de estar aquí, debería estar bajando porno de internet."
Pero en vez de eso, siempre decía: "Pues... es terrible todo..." y los cinco tristes y el sobrao me daban palmaditas y decían "ya... ya... pasará... estamos contigo..."
Mientras amanecía, me he dado friegas con aceite de rosa mosqueta. Me la trajo M. No sé para qué sirve. Bueno, sé que no sirve para quitar el dolor de huesos, pero me encanta el nombre. Rosa mosqueta. Ro-sa mos-que-ta.
***************
Mi madre es ligera como un molinillo. La miro a escondidas desde los quicios de las puertas. Camina como si flotara sobre los pies y el pelo le hace aguas a la espalda como a las ninfas de los cuentos del abuelo. Nunca me mira, ni me habla, ni se da cuenta de que la sigo por toda la casa. A veces finjo que tropiezo para que oiga el ruido y se vuelva, pero nunca lo hace, porque para ella no estoy allí, ni existo en ninguna parte. Creo que para ella, sólo existe la casa y la abuela Agra. Habla bajito con ella por las noches, pero por más que pego la oreja a la puerta, no soy capaz de distinguir el qué.
Mi madre está loca y por eso siempre la tienen encerrada en algún hospital. Pero ella no es como los demás locos porque no está sucia, ni despeinada, ni lleva camisa de fuerza. Ella es suave, guapa y huele bien. Y tiene un arcón en la habitación de arriba, llena de vestidos verdes y rojos con espejitos que brillan, y telas como fantasmas, que flotan en el aire cuando las mueves. Los vestidos huelen a ella. El arcón huele a ella. Es un olor dulce como de vainilla.
La abuela Agra no sale de su cuarto desde que Caliban no está. A veces, Concetta me deja llevarle la bandeja con el té de flores a la cama. Le pregunto cuándo me hará haloua de dátiles y Concetta suspira y menciona dos veces a dios. Mi madre está sentada en el escalón de la ventana. No sonríe porque esté contenta, sonríe siempre porque está loca. Pero como yo no entiendo de locos, le sonrío también y le llevo el otro vaso del té. Nunca lo bebe. Sólo me agarra la mano y luego me la vuelve a soltar. Me gusta que me coja la mano, pero no que me la suelte, porque cuando lo hace me mira sin verme y se le vuelve a olvidar que existo en algún sitio.
Cuando salgo del cuarto de la abuela Agra, mis manos huelen a vainilla. Y yo me agarro los puños de la camiseta para esconderlas. Las aprieto bien fuerte, para que el olor no se me vaya nunca.
Pan tostado. Un plato de sopa. Fiebre de 7 a 10.
Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a "Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando..."
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él...
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y... ¿amores de riesgo?
Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.
***************
No he podido verle. Soy pequeño, no me dejan. Sólo veo sacar sus cosas de la habitación y meterlas en bolsas. Hay una extraña parsimonia en todos los que pisan mi casa ahora. Arrastran los pies, hablan bajo y se mueven muy despacio. Concetta es la única que mantiene su mismo ritmo vital. Llora ruidosamente y se suena con el delantal de las manzanitas. Yo no lloro. Me quedo sentado en el portón esperando a que vuelva. A que lo traiga alguien. A que suenen los hierros de las piernas por algún sitio. No lloro porque no lo estoy viviendo. No estoy allí. No ha pasado nada. Mañana me despertaré y estará otra vez en su cama con las cuñas de madera en los pies.
Pasan tres días pero nada cambia. Me siento entumedizo y extraño. Concetta intenta quitar sus dibujos que siguen clavados a la pared. El gusano dentro de la manzana, el árbol con las flores, el perro comiendo un hueso... Veo su firma en una de las hojas arrancadas y me cruje algo por dentro. Me lanzo a Concetta y la muerdo en el brazo. Ya no soy yo. Soy un tejón. Una comadreja. Grito, araño, muerdo, insulto, doy patadas... Tonio viene corriendo alarmado por los gritos de Concetta y me levanta en volandas. Me sujeta. Mi espalda contra su barriga redonda. Mis pies trazando círculos concéntricos en el aire. "Me quiere quitar los dibujos, me quiere quitar los dibujos, perra, zorra, puta". Concetta llora y llora y menciona diez veces a Dios.
Mi madre llega a casa. No es buena señal que mi madre vuelva a casa, pero ya no necesito más señales. He bajado al mundo. A partir de ahora, soy un devorador de golpes. Bajaré la cabeza y los asimilaré, uno a uno. Los aguantaré todos mientras haya alguien que quiera golpearme
Anoche hubo tormenta de rayos, truenos y centellas. Se hizo día en la noche. Impresionante. Los demás se habían acostado, así que salí a la terraza y me puse bajo la lluvia, con la cara y los brazos vueltos hacia arriba. El pijama se me pegó al cuerpo. Resulta impresionante mirar hacia los rayos con los ojos cerrados. Cuentas 1-2-3 y piensas que el próximo te cae encima y te borra de la tierra sin sufrir. Estuve allí hasta que los gatos lloraron desde la entrada. Me pareció que los miaus sonaban a "Entra ya estúpido, y cierra la puerta. Nos estamos acojonando..."
Bueno, a las pocas posibilidades de que me cayera un rayo, añado mi triángulo corporal de protección mágica. El anillo bereber en la mano izquierda, el tatuaje chelja al final de la espalda, la piedra de mi shemir en el piercing del ombligo que ocultaba bajo la camiseta como regalo para él...
Mi triángulo de protección mágica que corporalmente no ha servido para nada.Supongo que en las instrucciones, de tenerlas, habría puesto que era válido únicamente para rayos, truenos y centellas. Y... ¿amores de riesgo?
Ahora que pienso en lo del piercing, me doy cuenta que queda un poso de tristeza absurda en los regalos que no se llegan a dar.
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No he podido verle. Soy pequeño, no me dejan. Sólo veo sacar sus cosas de la habitación y meterlas en bolsas. Hay una extraña parsimonia en todos los que pisan mi casa ahora. Arrastran los pies, hablan bajo y se mueven muy despacio. Concetta es la única que mantiene su mismo ritmo vital. Llora ruidosamente y se suena con el delantal de las manzanitas. Yo no lloro. Me quedo sentado en el portón esperando a que vuelva. A que lo traiga alguien. A que suenen los hierros de las piernas por algún sitio. No lloro porque no lo estoy viviendo. No estoy allí. No ha pasado nada. Mañana me despertaré y estará otra vez en su cama con las cuñas de madera en los pies.
Pasan tres días pero nada cambia. Me siento entumedizo y extraño. Concetta intenta quitar sus dibujos que siguen clavados a la pared. El gusano dentro de la manzana, el árbol con las flores, el perro comiendo un hueso... Veo su firma en una de las hojas arrancadas y me cruje algo por dentro. Me lanzo a Concetta y la muerdo en el brazo. Ya no soy yo. Soy un tejón. Una comadreja. Grito, araño, muerdo, insulto, doy patadas... Tonio viene corriendo alarmado por los gritos de Concetta y me levanta en volandas. Me sujeta. Mi espalda contra su barriga redonda. Mis pies trazando círculos concéntricos en el aire. "Me quiere quitar los dibujos, me quiere quitar los dibujos, perra, zorra, puta". Concetta llora y llora y menciona diez veces a Dios.
Mi madre llega a casa. No es buena señal que mi madre vuelva a casa, pero ya no necesito más señales. He bajado al mundo. A partir de ahora, soy un devorador de golpes. Bajaré la cabeza y los asimilaré, uno a uno. Los aguantaré todos mientras haya alguien que quiera golpearme
A lo largo de nuestra vida nos entrelazamos con un sinfín de seres humanos que en un momento u otro mantienen o cruzan nuestro camino. Son nuestras propias manos las que cosen el hilo que los convierte en amigos, compañeros, amantes... Nuestras manos las que levantarán vínculos o los tirarán abajo para siempre. Y por fuerte que pueda llegar a ser la atracción, por mucho peso específico que puedan llegar a tener los recuerdos, siempre habrá un punto de retorno en el que puedas volver a ser el mismo que eras. Un camino de regreso que te permita recuperar tu voluntad y tu control, tal y como los conocías antes.
Y sin embargo...a veces, de entre un millón de personas, cruzas con una a la que te une la irrevocabilidad de lo absoluto. Como si ese hilo lo hubieran cosido por ti incluso mucho antes de que adquirieras conciencia. Incluso mucho antes de que fueras persona y tuvieras un destino como tal.
Y todo a su alrededor se hace de luz.
Y sin embargo...a veces, de entre un millón de personas, cruzas con una a la que te une la irrevocabilidad de lo absoluto. Como si ese hilo lo hubieran cosido por ti incluso mucho antes de que adquirieras conciencia. Incluso mucho antes de que fueras persona y tuvieras un destino como tal.
Y todo a su alrededor se hace de luz.
Judías verdes. Un donut. Por ahora todo en el estómago.
He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del "estoy-tranqui-estoy bien". Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.
*************
La abuela Agra nos hace dormir la siesta después de comer. Tenemos la tripa repleta de haloua de dátil. La abuela siempre me hace haloua cuando estoy enfadado para quitarme la tontería de la cabeza. Se lo cuenta a Concetta en la cocina mientras se remojan los dátiles: "Le hago dulces y se le pasa la pena, como a los borriquillos". Me entero de todo porque siempre me escondo debajo de la mesa de la cocina para robar los dátiles que tiran a los gatos. No me gusta que me llame borriquillo delante de Concetta. La culpa la tiene Caliban. Caliban y su pez. Caliban y sus dibujos. Caliban y su colonia. Caliban no es divertido, como mis amigos del pueblo. Pienso que a lo mejor no es mi hermano y me están engañando.
Concetta nos acuesta y cierra la puerta tras de sí. Yo siempre me escapo por la ventana. Me agarro a la rama alta del olmo y bajo hasta la caseta de los perros. Luego salto hasta el suelo. Caliban no puede trepar ni saltar, así que él sólo baja y le dice a la abuela que no tiene sueño. A él le dejan saltarse la siesta porque siempre está enfermo. A él le dejan hacer todo porque siempre está enfermo. Luego se reúne conmigo en el portón y subimos a la roca a jugar con los del pueblo. Pero se cansa enseguida y tengo que vigilar mucho para que no le hagan guerra de piedras porque no puede correr.
Hoy tengo otros planes. Estoy enfadado, el pez también era mío. Bajo por el olmo y Caliban me mira desde la ventana. "¿Vamos a jugar? bajo ya al portón; me esperas, Ari ¿eh?". Me vuelvo de hielo: "Tú no vienes. Eres un rollo. Nos haces ir despacio." Salto a la caseta del perro. "Ari, si me dejas ir, te tiro el pez a la poza del molino". Salto al suelo. Miro hacia arriba "Me da igual tu pez. No quiero tu pez." Me quito las alpargatas y enfilo el camino. En el portón me giro. Caliban sigue en la ventana. Me persigno el pecho con la maldición chelja de la abuela Agra. "Tú no eres mi hermano, que me están engañando, entérate".
Juego con Mateo y con Simer a los soldados. Caliban recoge el pez de la fuente para que yo vuelva a ser su hermano. Lo lleva a la poza del molino para soltarlo allí, pero no calcula y se cae a la poza. Los hierros de las piernas no le dejan salir. Se hunde. A dos kilómetros de allí, yo disparo con una pistola imaginaria al pecho de Simer: pum-pum-pum ¡estás muerto!
He oído 25 veces seguidas Ojalá de Silvio Rodríguez. Me pierdo en ella. Es mi canción. Las primeras 14 veces ha sonado en el portátil. En la décimoquinta, M. ha entrado en mi cuarto y ha puesto su expresión de preocupado por mi estabilidad mental. Yo he correspondido con la mía de que todo va bien y le he ignorado poniéndome el ipod para poder escuchar la canción otras 10 veces más, con tranquilidad y sin interrupciones. Cada vez perfecciono más mi mirada de que todo va bien. He tardado doce años en conseguirlo, pero creo que ya soy un actor digno de oscar en el mundo de las emociones contenidas y del "estoy-tranqui-estoy bien". Tampoco es malo que M. me sorprenda en alguna actitud obsesivo-compulsiva. Servirá para cuando le llame el psicólogo a confirmar mi baja laboral y decirle que no acudo a las citas de grupo. Y servirá también para que me deje un hueco de silencio. A nadie le apetece tener que leerle la cartilla a un desequilibrado.
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La abuela Agra nos hace dormir la siesta después de comer. Tenemos la tripa repleta de haloua de dátil. La abuela siempre me hace haloua cuando estoy enfadado para quitarme la tontería de la cabeza. Se lo cuenta a Concetta en la cocina mientras se remojan los dátiles: "Le hago dulces y se le pasa la pena, como a los borriquillos". Me entero de todo porque siempre me escondo debajo de la mesa de la cocina para robar los dátiles que tiran a los gatos. No me gusta que me llame borriquillo delante de Concetta. La culpa la tiene Caliban. Caliban y su pez. Caliban y sus dibujos. Caliban y su colonia. Caliban no es divertido, como mis amigos del pueblo. Pienso que a lo mejor no es mi hermano y me están engañando.
Concetta nos acuesta y cierra la puerta tras de sí. Yo siempre me escapo por la ventana. Me agarro a la rama alta del olmo y bajo hasta la caseta de los perros. Luego salto hasta el suelo. Caliban no puede trepar ni saltar, así que él sólo baja y le dice a la abuela que no tiene sueño. A él le dejan saltarse la siesta porque siempre está enfermo. A él le dejan hacer todo porque siempre está enfermo. Luego se reúne conmigo en el portón y subimos a la roca a jugar con los del pueblo. Pero se cansa enseguida y tengo que vigilar mucho para que no le hagan guerra de piedras porque no puede correr.
Hoy tengo otros planes. Estoy enfadado, el pez también era mío. Bajo por el olmo y Caliban me mira desde la ventana. "¿Vamos a jugar? bajo ya al portón; me esperas, Ari ¿eh?". Me vuelvo de hielo: "Tú no vienes. Eres un rollo. Nos haces ir despacio." Salto a la caseta del perro. "Ari, si me dejas ir, te tiro el pez a la poza del molino". Salto al suelo. Miro hacia arriba "Me da igual tu pez. No quiero tu pez." Me quito las alpargatas y enfilo el camino. En el portón me giro. Caliban sigue en la ventana. Me persigno el pecho con la maldición chelja de la abuela Agra. "Tú no eres mi hermano, que me están engañando, entérate".
Juego con Mateo y con Simer a los soldados. Caliban recoge el pez de la fuente para que yo vuelva a ser su hermano. Lo lleva a la poza del molino para soltarlo allí, pero no calcula y se cae a la poza. Los hierros de las piernas no le dejan salir. Se hunde. A dos kilómetros de allí, yo disparo con una pistola imaginaria al pecho de Simer: pum-pum-pum ¡estás muerto!
Una lata de atún. Lacasitos. Una cocacola. He vomitado una vez.
Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: "No fui yo, que fue la genética."
*********
Es nuestro cumpleaños. El hombre que vende cioccos le ha regalado a Caliban un pez rojo que nada en una bolsa de plástico transparente. La abuela Agra me frota el pelo y le dice al hombre de los cioccos que también es mi cumpleaños porque somos mellizos. Es normal que no se haya fijado en mí. Caliban le hace dibujos para que ponga en la tienda y yo le robo caramelos mentinol. Caliban siempre lleva raya en el pelo y huele a colonia y yo llevo nudos y huelo a conejo de monte. Caliban le da los buenos días en chelja y yo gruño y me saco el pantalón del culo. Somos un espárrago verde, donde yo soy la punta morada que va a la basura y Caliban lo que alimenta y sabe bien.
Cuando salimos le digo que soltaremos al pez en la poza del molino. Caliban dice que el pez se morirá en la poza porque el agua está muy fria. Le dice a la abuela Agra que lo soltará en la fuente del abuelo. Yo le digo que el pez es de los dos porque también es mi cumpleaños. La abuela Agra se enfada conmigo y me dice que tengo que ser bueno y cuidar de mi hermano y no ser cabezota y estúpido. Noto que la sangre me sube desde el corazón al cerebro y me palpita detrás de la oreja. Cuando la abuela Agra se mete en la tienda de las verduras, empujo a Caliban y salgo corriendo. A mi espalda oigo el ruido metálico de los hierros de sus piernas chocando contra el adoquinado, pero no le oigo llorar, ni gritar, ni llamar a la abuela. Subo la cuesta de la roca corriendo tan deprisa que no siento el corazón. Cuando llego a la roca miro que no esté ninguno de los del pueblo y me echo a llorar. Pero no lloro por el pez. Lloro porque soy un mierda.
Dos cigarrillos de hachís con tabaco. No me apasiona el sabor pero menos da una piedra. Antes no quería fumar tabaco porque tenía miedo de las adicciones. Estaba seguro de que las llevaba en mi carga genética y que en cualquier momento caería en alguna. En realidad mi carga genética es una mierda. Lo único bueno de lo que tengo constancia es de mi nonna Agra y físicamente no me parezco mucho a ella. Soy más bien la mitad de mi padre y la mitad de mi madre. La mitad de un sidoso yonki alcohólico y la mitad de una puta esquizofrénica suicida. Eso me convertiría en un chapero yonki sucida, así que no sé por qué ahora todos a mi alrededor se extrañan tanto. De hecho, ya tengo pensado un epitafio perfecto: "No fui yo, que fue la genética."
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Es nuestro cumpleaños. El hombre que vende cioccos le ha regalado a Caliban un pez rojo que nada en una bolsa de plástico transparente. La abuela Agra me frota el pelo y le dice al hombre de los cioccos que también es mi cumpleaños porque somos mellizos. Es normal que no se haya fijado en mí. Caliban le hace dibujos para que ponga en la tienda y yo le robo caramelos mentinol. Caliban siempre lleva raya en el pelo y huele a colonia y yo llevo nudos y huelo a conejo de monte. Caliban le da los buenos días en chelja y yo gruño y me saco el pantalón del culo. Somos un espárrago verde, donde yo soy la punta morada que va a la basura y Caliban lo que alimenta y sabe bien.
Cuando salimos le digo que soltaremos al pez en la poza del molino. Caliban dice que el pez se morirá en la poza porque el agua está muy fria. Le dice a la abuela Agra que lo soltará en la fuente del abuelo. Yo le digo que el pez es de los dos porque también es mi cumpleaños. La abuela Agra se enfada conmigo y me dice que tengo que ser bueno y cuidar de mi hermano y no ser cabezota y estúpido. Noto que la sangre me sube desde el corazón al cerebro y me palpita detrás de la oreja. Cuando la abuela Agra se mete en la tienda de las verduras, empujo a Caliban y salgo corriendo. A mi espalda oigo el ruido metálico de los hierros de sus piernas chocando contra el adoquinado, pero no le oigo llorar, ni gritar, ni llamar a la abuela. Subo la cuesta de la roca corriendo tan deprisa que no siento el corazón. Cuando llego a la roca miro que no esté ninguno de los del pueblo y me echo a llorar. Pero no lloro por el pez. Lloro porque soy un mierda.
Posicionamiento
Al final vengo a esconderme en el mismo sitio de dónde hace años necesitaba huir. Soy algo curioso. En homenaje a las zapatillas rojas y al monigote de la camiseta rayada, incluso he dedicado diez minutos a hacer una cabecera y limpiar la plantilla. En otras épocas habrían sido diez horas, pero ya no me importa mucho el envase del asunto. O digamos más bien que ya no me importa mucho el asunto. Pero aquí estaré bien, porque ahora ya no hay nadie y estos siguen siendo mis mundos. Lo siguen siendo, aunque ahora esté yo solo y vayan a tener otro color. Color de seppuku. Mi seppuku.
Posicionamiento: Soy Ariel R. Serlik. En Madrid. Encerrado en mi mausoleo. No tengo 22 años. Sólo 19. He conocido al amor de mi vida. Los libros tenían razón, lo supe enseguida. Al principio Intenté dejarle pasar. Mi futuro se dibujaba demasiado largo y negro. Pero insistió y yo bajé la guardia. Me dejé querer. Ahora me arrepiento de haber sido débil, porque ya no me acuerdo de cómo era ser valiente. Se me ha olvidado lo que era serlo. Se me ha olvidado estar solo. Ya no puedo hacer nada, sólo rendirme. ¿De quién es la culpa? Mía. La culpa es mía. Sabía que no debía, pero me dejé querer. No puedo autoperdonarme. De aquellos polvos, me ahogaré en estos lodos.
No sé qué más tengo en estos momentos. Un pijama con gatos dibujados. Náuseas. Un ipod con 312 canciones y un vídeo. Una caja llena de diarios para mi harakiri. Un ordenador portátil sobre la cama. Sangre en la nariz. Sangre en pañuelos de papel. Una tableta de hachís. Tabaco de liar. Cáncer de fémur. Artritis séptica en la rodilla izquierda. Un sistema inmunológico donde las tropas atacan a los civiles. Dolores. Muchos dolores. Dolores muy diferentes. Dolores profundos y enganchados a lo largo y ancho de mi cuerpo y mi mente. Dolores para gritar. Ganas de escribir. Insomnio.
"Dave... tengo miedo... siento que me desvanezco... no lo hagas Dave..."
Posicionamiento: Soy Ariel R. Serlik. En Madrid. Encerrado en mi mausoleo. No tengo 22 años. Sólo 19. He conocido al amor de mi vida. Los libros tenían razón, lo supe enseguida. Al principio Intenté dejarle pasar. Mi futuro se dibujaba demasiado largo y negro. Pero insistió y yo bajé la guardia. Me dejé querer. Ahora me arrepiento de haber sido débil, porque ya no me acuerdo de cómo era ser valiente. Se me ha olvidado lo que era serlo. Se me ha olvidado estar solo. Ya no puedo hacer nada, sólo rendirme. ¿De quién es la culpa? Mía. La culpa es mía. Sabía que no debía, pero me dejé querer. No puedo autoperdonarme. De aquellos polvos, me ahogaré en estos lodos.
No sé qué más tengo en estos momentos. Un pijama con gatos dibujados. Náuseas. Un ipod con 312 canciones y un vídeo. Una caja llena de diarios para mi harakiri. Un ordenador portátil sobre la cama. Sangre en la nariz. Sangre en pañuelos de papel. Una tableta de hachís. Tabaco de liar. Cáncer de fémur. Artritis séptica en la rodilla izquierda. Un sistema inmunológico donde las tropas atacan a los civiles. Dolores. Muchos dolores. Dolores muy diferentes. Dolores profundos y enganchados a lo largo y ancho de mi cuerpo y mi mente. Dolores para gritar. Ganas de escribir. Insomnio.
"Dave... tengo miedo... siento que me desvanezco... no lo hagas Dave..."
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