Melón. Y melón.

El gato se sube a mi barriga desnuda y la amasa con las uñas durante largos minutos. Suele hacerlo siempre como muestra de cariño, pero cuando llevo puesta la camiseta me resulta mucho más agradable, claro. Ahora tengo la piel del vientre surcada de puntitos, como el acerico de una abuela. Cuando por fín me ha liberado, llevaba el minipene fuera (el gato, no yo...). Creo que es lo más cerca que he estado del sexo en meses.
Hoy he llorado. No sé por qué. Estaba frente al portátil, ordenando archivos y me he puesto a llorar. Sin nada específico que lo haya motivado. Simplemente me ha venido la pena desde la punta de los dedos, como cuando era pequeño y he dejado que subiera hasta la primera convulsión de los hombros. No me voy a poner a buscar motivos. Hay muchos. Pero son bajones que no debería permitirme, porque para sostenerme sólo me tengo yo y nadie se autosostiene sobre lágrimas.
Doy gracias al demonio porque no hubiera nadie en casa. Ahora mismo me siento bastante idiota. No sé... ojalá las cosas fueran más felices y me llevaran solas en la recta final. Ojalá se pudiera prestar la felicidad, como si fuera una chaqueta.

No voy a escribir más hasta que baje de la sierra. Nicolás tendrá que esperar en el baúl de los recuerdos. Qué buen sitio para dejarle.
Pollo. Ensalada de pasta dura. Dolor de huesos.

Voy a marcharme. Pasaré unos pocos días en la sierra y meteré las piernas en agua de manantial. Callare la boca de los dolores y ordenaré los papeles, los diarios, las ideas, los deseos, los planes... A ver si en el trance hago las paces con el portátil y con los pelos de coliflor. A ver si el módem usb prepago es tan módem usb prepago como dice la publicidad del módem usb prepago. A ver si no te enfadas mucho conmigo. A ver si me quieres igual que siempre. A ver si descubres que por fín soy yo el que te dibuja un cordero.
No sé si te lo he dicho alguna vez pero... no me gusta El Principito. Ni Juan Salvador Gaviota. Ni Los Renglones Torcidos de Dios. Ni la mierda esa del oso cavernario. Ni Los Pilares de la Tierra. Ni Amelie. Ni Juno. No sé si te he dicho alguna vez que odio a Juno. Que le cogí una manía tremenda con sólo diez minutos de película. No sé si te he dicho alguna vez que nunca me gusta nada de lo que le gusta a todo el mundo y que eso me provoca el castigo del silencio.

Ya... ya sé. Mucho silencio no guardo, no...

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Me tengo que ir ya, y no sé pelear. Me han regalado una mochila para meter todas las cosas y no tener que llevar la maleta de cuadros. Desde que se golpeó contra la cabeza de Eugenio Expósito no ha vuelto a cerrar bien. Pero las cosas que tengo, son las cosas que tengo, así que hago una bola con la mochila y la meto dentro de la maleta. No me importa que al oso le falte un ojo y le cuelgue la cabeza, ni que a Jim Boton se le caigan las páginas. Mi mundo es muy pequeño y está lleno de cosas que no funcionan. No pasa nada. Yo tampoco funciono muy bien.
Teo el loco se ha ido a casa y no sé pelear. No paro de pensar en eso mientras me siento sobre la maleta y doy botes para que encajen los cierres. Me han dado 20 euros y un bocadillo de mortadela con aceitunas. La señora Lourdes lo llama "rulada". Me hace beberme un vaso de leche mientras esperamos al monitor de la camisa de cuadros. "Estás flaquito, flaquito hijo...Si es que me comes como un periquito. Ahora dile al papá que te alimente bien ¿eh?". No puedo responder con la boca llena de mortadela de aceitunas, pero muevo la cabeza y levanto el pulgar. Teo y yo siempre levantamos el pulgar, desde que se lo vimos a hacer a Clint Eastwood en una película. Nos parece que es de hombres duros y tranquilos. No importa que yo no sea duro, ni esté tranquilo. Igualmente, levanto el pulgar.
La señora Lourdes me abraza y me besa dejándome un rastro húmedo en la mejilla. Es el primer beso que me dan desde que salí de casa, así que no me lo seco. Dejo que se evapore y que se marque allí para siempre. Lo atesoro para poder recordarlo cuando las cosas dejen de ir bien.
El hombre de la camisa de cuadros me lleva a la estación del cercanías. Me compra un billete y me lo guarda en el bolsillo de la camisa. "Te apunto por detrás mi móvil. Si pasara algo, me llamas. Cualquier cosa ¿de acuerdo?" Asiento con la cabeza porque no sé qué decir. Subo al tren y me siento. Pego la cara a la ventanilla. El hombre de la camisa de cuadros me hace gestos con las manos desde el andén. "Cualquier cosa que pase, me llamas ¿ok?". El andén se mueve. El hombre avanza unos pasos. Da una pequeña carrera y hace el último gesto de un auricular sobre su oreja. "¡Me llamas, Ariel! ¿eh? ¿me has oído?". Cuando se deslizan los primeros árboles, pienso que él también sabe que algo no irá bien.
Tostadas y café. Con 1 k. de repostería martínez en la cocina. Tengo motivo para quererme.

Sigo con el corazón un poco encorchado. Conozco estas etapas. Yo las llamo las de la inercia, porque todo lo hago siguiendo el instinto básico de animalito. Es como si las emociones no me traspasaran. Me levanto porque me tengo que levantar, como porque tengo que comer, me muevo porque me tengo que mover... No hay pasiones, ni líbidos, ni odios, ni miedos, ni deseos. Nada. Pedazo de carne con ojos, viviendo por inercia. Algo parecido al sueño con somníferos, pero en el lado de la consciencia. Debe ser que me estoy autoblindando sin querer, al preveer que me toca hablar de Nicolás.
Me he cortado el pelo de la nuca de la forma que lo hacen los irracionales. Es decir, cogiendo unas tijeras y trisca-trisca-trasca. No sé qué tipo de escabechina me habré hecho, pero M. ha puesto ojos de pánico cuando me ha visto. Mientras me lo igualaba con la maquinilla no paraba de preguntarme por qué demonios hacía cosas así. No sabe que soy un valiente cuando se trata de automutilarme. Aún tengo la marca leve del nombre que me escribí en el antebrazo con la aguja de un compás, la primera vez que me enamoré de un gilipollas.
Como sólo me he cortado la nuca, los rizos se me han encogido hacia arriba, y ahora mi cabeza es una especie de trozo de coliflor. Mola todo. Me encanta verme. Me río mucho, y salgo a trocitos de mi vida por inercia.

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El corazón me golpea en el pecho cuando entro en el despacho. Están sentados, uno frente al otro. El monitor de la camisa de cuadros está diciéndole algo en voz queda y él sólo asiente. Me lo presenta. El ambiente es extraño y no sé qué debo hacer. No sé cómo se conoce a un padre. Le tiendo la mano, que queda vacía y expectante en el aire. Él la ignora, y fija la vista al frente. Bajo la mano y me noto enrojecer. Deseo no estar allí. Deseo estar en el patio tirando canastas. En mi cama, leyendo a Anna Frank. En mi casa, bajando por el olmo.
Le observo desde mi sofá. Es el mismo de la foto, pero algo más delgado. Me toco el pelo, que es igual que el suyo aunque mucho más corto. Me toco la nariz, que también es su nariz. Miro sus ojos que son mis ojos. Paso la yema del dedo por mi barbilla, allí dónde él se ha dejado crecer la barba. Veo sus piernas largas, extendidas, cruzadas en los tobillos. Miro las mías, mucho más breves, que siguen la misma cadencia. Sus dedos, largos y cuadrados, tamborilean en el brazo de la silla. Saco la mano del bolsillo y tamborileo en el brazo del sofá. Algo nos desata. Él está ahí y llevo su pelo, sus ojos, sus dedos, su nariz, su sangre... pero algo nos desata. Algo que nos mantiene lejanos y ajenos. Ha sido magia de un momento. De apenas un instante. De nuevo las cosas serán como en los libros y nunca como en las películas. Soy Huckleberry Finn y veo pasar el cadáver de mi padre flotando por el río Missisipi dentro de los restos de su cabaña. Algo no irá bien. Lo siento en la boca del estómago.
Terminan de hablar y se levantan. El monitor me sonríe. "¿Qué te parece? te vas a ir a casa ¿estás contento?". Él y yo nos miramos, pero ya no enrojezco, ni tiendo la mano. Nos tanteamos como dos gatos con el lomo erizado. "No es muy simpático el enano ¿eh?" Sonríe. Tiene dientes blancos como la leche y algo dorado en la expresión. Antes de salir por la puerta, se para y se vuelve hacia nosotros. "Bueno, pues... quedamos así. Ponéis al crío en el tren y el resto ya es cosa mía." Me da un golpecito con el puño en el hombro. "Nos vemos, chaval." Fijo la vista en los talones gastados de sus zapatillas blancas, hasta que desaparecen por el pasillo.

Siento en la boca del estómago que algo no irá bien.
Nada. Me acabo de levantar.

Ayer fue mi último día de trabajo y hoy mi primer día de vacaciones. Me duelen las piernas y las caderas en un dolor suave, dulce y constante. Jodidamente soportable. El traumatólogo me dice que es de origen reumático y que me irán muy bien algunos baños de mar. Tiene mucha gracia mi médico cuando se pone. No tengo dinero, ni ganas de irme a la playa. Además necesito julio para escribir y para reventar los candados de mi puerta principal. No sé. Creo que me untaré las piernas de bronceador de coco, echaré sal a la bañera y esparciré un poco de arenilla de obra por ahí, para ver si psicosomatizo mis caderas, y terminan pensando que están en bora-bora.
Sin noticias de mi ordenador. Creo que mi estado de ánimo también está un poco reumático. El primer libro de Larsson me ha enganchado por fin a la historia. Ha tardado 250 páginas. Estos suecos son jodidamente fríos. Parece que en vez de escribir estuvieran haciendo un dibujo lineal: Traza esa línea... gira ese arco...¡no! ¡no te salgas del plano, por IKEA!

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Nueve meses. Pronto terminará el curso, y mi padre ya es un punto perdido en algún lugar de mi cabeza. Dejamos los tebeos y nos atrevemos con los libros. Sabemos que suspenderá ciencias sociales, naturales, inglés... sabemos que suspenderá prácticamente todas, pero ha logrado hacer cinco puntos en matemáticas al entender las preguntas, y nuestro verdadero gigante es Lengua. Hemos dejado de tirar canastas y ahora sólo leemos. Lee despacio, marcando las sílabas y arrastrando el dedo por el ancho de la hoja. Cuando no entiende lo que está leyendo se pone nervioso y enfurece. Arranca las hojas, lanza el libro y lo desencuaderna contra la puerta, dando patadas y puñetazos a las paredes y maldiciendo a voz en grito. Entonces se hace un gran vacío a nuestro alrededor y los chicos del dormitorio se encojen hacia dentro, como caracoles, hasta que Teo el loco se calma, recoje el libro despanzurrado del suelo y me lo entrega sin mirarme a los ojos. Nunca pide disculpas por destrozarme los libros. Tampoco las necesito. Protejo a Jim Botón dentro de la maleta y pienso que el resto son soldados que forman parte de una gran batalla. Asumo las bajas como un buen capitán que sabe que lo único importante es la victoria.
Estamos sentados en el patio cuando me dice que antes de fin de curso tengo que aprender a pelear. "Por si se pasaran contigo mientras estoy fuera." Me hace levantar y se sitúa delante de mí. "Lo más importante es saber esquivar la primera hostia. Venga, te lo enseño. Haz que vas a pegarme, vamos." Lanzo el puño sin mucha convicción y él lo esquiva hacia un lado sin esfuerzo. "¿Ves? eso es lo que tienes que hacer. Venga, ahora tú, esquívame ¿ok?". Me mira por un instante con ojos ansiosos y lanza el puño. Yo me quedo quieto y el puño se estrella contra mi nariz. Siento un dolor inmenso y agudo. Todo se tiñe de rojo, y un zumbido extraño me atraviesa los oídos. Lo último que capto es mi cabeza rebotando contra el suelo y los alaridos angustiosos de su voz gritando mi nombre. Despierto entre los brazos del monitor con sabor a sangre en la boca. Una decena de cabezas se inclinan hacia mí. Veo a Teo de pie, tras ellas, con las dos manos cruzadas sobre la boca y los ojos húmedos. Todo lo sucedido me parece muy gracioso, así que río. Me río a carcajadas por encima del dolor que aguijonea el centro de mi cara y por encima de las expresiones de estupor de los demás. Teo baja los brazos. Los ojos le desaparecen un poco, con el primer brote de risa. "Serás huevón..."
Me fracturo el tabique nasal por dos sitios. Mientras transcurre la batalla final contra el gigante, el capitán causa baja y las tropas se ven obligadas a combatir solas. Estoy sorbiendo zumo por debajo de mis vendajes, cuando Teo el loco asoma la cabeza por la ventana de la enfermería y me mira con ojos chispeantes. "4,8 en lengua. Me aprueban." Yo, que no recordaba mi último momento feliz, me agarro a ese. Ya lo tengo. Me pertenece. Es mi momento. Todo mío.

Se me ha roto el ordenador. De una forma muy espectacular, con chispazo, humo, salto de automático, apagón general, olor a refrito... Me encuentro dos opciones: Tirar de portátil o tirar de portátil. Yo aprendí mecanografía con una underwood de hace siglo y medio que había en casa de mi padre. En cada tecla se podía aterrizar un helicóptero, y tenías que hundirlas con fuerza para que marcaran la letra al ritmo de clanca-clanc. Ya me costó luego escribir con todos los dedos en un teclado pc vulgaris, así que cuanto más, en estos teclados pc-portátiles, que parecen diseñados para pigmeos con visión nocturna. Con cada letra que escribo, tengo que borrar otras cuatro que se me han colado por la cara. Menos mal que hoy he descubierto en una esquinita la miniteclita de borrado. Eso después de año y medio usando el retroceso para suprimir, como un pringao. Su puta madre. Que manía de hacer el mundo en pequeñito y en plano. Qué poca consideración para con nosotros, los inútiles en tres dimensiones.
Y todo eso sin meterme con el windows vista y su estrellita antipirateo superguay para chicos legales y chachis que no piratean, ni roban programas como vulgares comunistas. Que no quiero decir dónde les metía yo la estrellita, previo afilado de sus cinco puntas naranjitas y verdes.

Hoy no tengo pus apestoso. No tengo nada y estoy moreno de verde luna. Si me dejas sentado en un sofá y no te fijas mucho, casi parezco un chico normal.

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Ya han pasado seis semanas pero no hay noticias de mi padre. Paralela a mi desilusión, transcurre mi resignación, y por primera vez en mucho tiempo, duermo por las noches sin perderme en pensamientos oscuros. Todas las tardes, cuando vuelvo de clase, recojo los bocadillos de la merienda y me tumbo en la litera de Teo el loco para leerle mis tebeos de Spiderman. Él siempre me espera en el patio, tirando canastas, porque no le dejan venir a clase desde que pegó a un profesor que quiso obligarle a leer en voz alta. Nadie saben que la única debilidad de Teo el loco, es que no sabe leer.
A veces me siento payaso, y pongo voces distintas a cada personaje, para hacerle reir. Me gusta cuando Teo se ríe, porque le desaparecen los ojos y hace un sonido ronco y átono, como el ronroneo de un león. Cuando cambiamos de tebeo, me cuenta que quiere aprender a leer para ser policía nacional o militar. "Cualquier cosa donde pueda dar hostias a todos los que se meten con los débiles ¿sabes? ahí quiero estar yo. Dando de hostias a todos esos, como el Ortega y como mi padre ¿sabes? que le pega a mi madre el muy hijoputa. Me la pega porque es una mujer y porque no se puede defender. Y yo le mato ¿sabes? yo le mato al hijoputa de mi padre como vuelva a tocar a mi madre. Que te juro que cuando sea policía y me den la pipa, lo primero que hago es pegarle dos tiros en los huevos para verle desangrarse como un puto cerdo ¿sabes?. Que ya veremos entonces si vuelven a quedarle ganas de pegar a alguien al hijoputa ese..."
Cuando Teo habla de su padre, se le forma una arruga profunda entre las cejas y los ojos se le apagan un poco. Cuando Teo habla de su padre, entra en un letargo de tristeza que se le separa del mundo y de todos los que estamos en él. Para sujetarle, me invento diferentes finales en los tebeos, mucho más emocionantes y terribles, donde los buenos se vuelven malos y los malos aniquilan la tierra. Entonces él reacciona, y vuelve a estar allí conmigo, de nuevo tumbado en la litera con sus enormes manos que destrozarían una cabeza como una nuez, y su ojos que desaparecen cuando se ríen. Y me mira y me dice "eh, eso no era así ayer. Te lo estás inventando, cabrón..." y vuelve a reírse con el ronroneo de león que tanto me gusta. "Te voy a enseñar a leer para que seas bombero." "No es bombero, es policía, memo." "Te voy a enseñar a leer para que seas bombero porque no llevan pipa, no tienen que matar a nadie y no van a la cárcel. Si vas a la cárcel no tengo a nadie que me defienda ¿no?". "Bueno... si tú me enseñas a leer, yo te puedo enseñar a pegar.""Pues bueno." "Pues bueno."
Muchos días sin probar guarrerías. Estado anímico en mejora progresiva.

He hecho 18.000 puntos al crack attack. Aposté con M. una botella de vichy a que hacía más puntos que él y le he ganado por goleada. Por goleada y con trampas, porque en realidad, he descubierto un bug que hace que el juego vaya mucho más lento y sea más fácil sumar puntos. Marqué mis tantos como Ariel The Warrior, pero he sido castigado por hortera (y por tramposo) y al haber sólo quince espacios, mi record ha quedado registrado como Ariel the warri, que queda mucho más cañí, y me quita los tintes de guerrero para dejarme en simple putón verbenero. Tiemblo de pensar el cachondeo que me espera en casa con el mote de las narices.
Hoy me he limpiado y desinfectado un pus asqueroso que olía a queso rancio. He reconocido enseguida el olor. Era el mismo que desprendía la piel de Tao los días anteriores a sacrificarle. Olor a descomposición de células caídas en la batalla contra las bacterias, dice J. Olor a carne muerta, digo yo. Por eso J. quiere ser Tarantino y yo Jack Kerouac. Tenemos diferentes versiones para una misma vida.

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El loco no mata a Manuel Ortega, pero hace que le tengan que afeitar media cabellera para darle ocho puntos en la cabeza. Con su cráneo asimétrico, ya no vuelve a reírse, ni a amenazar a nadie. Sus acólitos dejan de cortejarle, y su aura de rey humillado termina por mimetizarle entre el gris de las paredes del dormitorio. Yo abandono la diana y puedo volver a vivir sin controlar mis pasos. Nadie vuelve a meterse conmigo. Los aires de pánico ante la violencia del loco me absorben y me envuelven generando un respeto apaciguador.
Termina la quinta semana sin que haya noticias de mi padre, y el loco vuelve a nuestra habitación. Le dejo todos mis tebeos de Spiderman debajo de la almohada, pero él los ignora, como ignora todo lo que sucede a su alrededor. Vuelve tumbarse con las manos sobre la nuca y las botas militares sobre la colcha. El miedo que genera es denso y se saborea ácido en la boca del estómago. Nadie se acerca a su litera. Nadie quiere ocupar la de arriba. Nadie quiere averiguar su nombre. Pero yo regreso del bando de los suicidas, así que entro en su litera y me tumbo a su lado. Mis pies no parecen míos al lado de sus enormes botas. Siento todas las miradas del dormitorio fijas en mí. Se gira sobre un costado, dándome la espalda. Le digo que me llamo Ariel. Él permanece en silencio. Le digo que también me llamo Nepomuk y que le he dejado unos tebeos debajo de la almohada. Él no responde, ni se mueve. Murmullos nerviosos empiezan a circular entre las literas. Todos esperan que el loco se enfade de nuevo y me aplaste la cabeza contra la pared, como una nuez. Al cabo de algunos minutos, oigo su voz oscura: "No somos coleguitas. Lárgate."
Trepo a la litera de arriba. Me asomo y le veo coger los tebeos arrugados de debajo de la almohada y tirarlos al suelo. Me tumbo y releo mi libro de Moby Dick. Cuando vuelvo a asomarme, tiene los tebeos sobre las rodillas y ojea uno con atención. "Es Spiderman. ¿Te gusta? Son antiguos. Todavía no ha muerto el duende verde." "Deja de dar la brasa. Te he dicho que no somos amigos." Vuelvo a Moby Dick. Apenas he pasado dos páginas cuando siento unos golpes en el somier. "Eh, tú... ¿sabes leer bien?". Vuelvo a asomarme. "Sí." "Pues baja y dime qué pone aquí..."
Mh... bonito con tomate. Soy un campeón. Todo en orden y sereno.

Tengo ganas de vivir con J. Tengo ganas de verle despotricar delante de los telediarios con el asunto de la crisis. Y de cocinar haciendo equilibrismos en su minicocina de dos fuegos, sin tostadora. Y de escuchar su voz de detective privado de los años 30 riñéndome cada vez que me pille dando un golpe de estado a los donettes crunchis. Tengo ganas de cortarle los pelos de krasty, cogiéndole los mechones entre los dedos y pasando la maquinilla despacio por su nuca. Ganas de dormirme encima de su estómago, subiendo y bajando sobre su respiración de exfumador en pena. Tengo ganas de J. en Lanzarote, en Fuerteventura, en Las Vegas, en Madrid y hasta en Torrevieja si hiciera falta. Tengo ganas de J. y de un futuro mejor que el peor de los pasados.

Bueno, vale. En Torrevieja jamás.


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Intento estudiar para el examen de mañana, pero ellos han puesto la música demasiado alta, y no logro concentrarme. Las guitarras eléctricas se multiplican y timbrean en mi cerebro. El chico de ojos negros baquetea con dos lápices sobre el cabecero de la cama, mientras los demás dan patadas al compás sobre la pared. Cierro los ojos. Me duele la cabeza. Las letras del libro giran a mi alrededor y no logro enganchar ninguna. Salgo fuera. Llueve y la sala está ocupada. Pido permiso para estudiar en la cocina, pero la señora Lourdes me dice que no enrede y me manda de nuevo a mi habitación. Vuelvo a perderme entre guitarras eléctricas y gritos que rompen mi cabeza. Las botas militares del loco asoman por la litera del fondo. Olvido cerrar la mente, y un resquicio de pensamiento me lleva hasta el aparato de música que atrona en el fondo de la habitación. Sin meditar sobre lo que hago, bajo un poco el volumen. Manuel Ortega deja de baquetear y salta al suelo desde arriba. "¿Qué cojones haces, imbécil?" Respiro hondo, cuando me agarra del pelo. Me veo reflejado en sus ojos de diablo. "Vuelve a tocar mi equipo y te lo meto por el culo. ¿Lo pillas, maricón?". Me empuja contra la mesa y mis libros caen al suelo. El estuche se abre y mis lápices ruedan por la habitación. Él sigue sujetándome del pelo mientras los patea y trocea bajo sus pies con furia de venganza. Intento recogerlos, aún con sus garra cerrada en mi cabeza, cuando veo las botas militares del loco que bajan de la litera y se sitúan delante de mí. Cierro los ojos y aprieto la mandíbula esperando el nuevo golpe. Me rindo. Me rendí el primer día que llegué aquí. El primer día que salí de casa. El primer día que me pegaron sobre la flor de Lys. Me he rendido y sólo me queda esperar. Asimilar. Asumir. Aún aprieto los dientes, pero el golpe no llega. Abro los ojos justo para mirar como el loco arranca el cable del aparato de música y lo estrella una y otra vez contra la pared, con movimientos acompasados. Las guitarras enmudecen. La garra sobre mi cabeza se afloja. Se extiende un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el sonido seco de los golpes de la radio contra el cemento. En apenas unos segundos, el equipo de música desaparece y se convierte en un amasijo de metal rojo y plata que cuelga triste y desvencijado de las enormes manos del loco. Manuel Ortega suelta mi cabeza y enrojece. Pone el puño delante de la cara del loco. "Tú, hijo de puta, te voy a..." No termina la frase. El loco vuelve a voltear el cable, pero esta vez golpea de lleno en la cabeza de Manuel, que cae de espaldas con la mirada extraviada. Alguien corre a avisar a la señora Lourdes. Yo quiero moverme pero los brazos no me responden. Quedo agachado, sobre los restos de mis lápices de colores, mirando los ojos en blanco de Manuel. El loco se agacha frente a mí, y recoge los restos de mi estuche. Los recompone y me los entrega con parsimonia. Tiene ojos grises que no dicen nada. Ojos de silencio. "¿Le has matado?". Mira el cuerpo inerte de Manuel Ortega y bosteza. "Puede". Cuando llegan los monitores y se lo llevan sujeto por la espalda, el sigue mirándome durante un instante. Les sigo unos cuantos pasos por el pasillo "Gracias por ayudarme...". Alguien me corta el paso. Suelto el estuche que vuelve a caer al suelo. Mi voz se pierde en el eco del corredor cuando la puerta se cierra tras él. "¿Me has oído? ¡Gracias por ayudarme!"

Yo que sé... ni me acuerdo... ¿pescado?

Se supone que tengo prohibido terminantemente el sol. Se supone que con mi enfermedad autoinmune, me la juego si me quemo. Se supone que debo usar un protector de pantalla total y que debo esconderme de las peores horas de exposición (o sea, todas). Sin embargo, yo me voy de paseo a la piscina descubierta, en plena mañana de junio, con mi gorrita, mis gafitas de los chinos y mi protector del 10 y claro...termino de color ladrillo chungo, a lo largo y ancho de mi cuerpo. ¿Y ahora? ¿que hago mañana en la revisión? ¿mentir y decir que alguien se llevó el techo de mi casa mientras dormía? ¿contar la verdad y confirmar que soy una combinación de imbécil integral e irresponsable absoluto? ¿explicar que mientras estaba bajo la solanera no me parecía tan mala idea? Creo que mi capacidad para cuidar de los demás es inversamente proporcional a la que tengo para cuidar de mí mismo. Necesito otro Ariel. Uno que vaya paralelo a mí y me vigile. Uno que me hable conmigo y me diga "¿qué tal? ¿qué has comido? ¿te has acordado de la prednisona? suenas triste, ¿estás bien? ¿todo bien en el trabajo? ¿has escrito hoy? ¿te duele la rodilla?"

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Son dos semanas hasta que venga mi padre, pero no pasarán deprisa. No debo volver a perder la calma, porque si causo problemas, me sacarán también de aquí y cuando venga mi padre a por mí, no me encontrará. Es de vital importancia que me encuentre aquí cuando venga, porque ya sólo estamos él y yo, y no puedo restar más gente, o me quedaré solo para siempre. Tengo que mantener los ojos abiertos y la mente cerrada. Me insultan y me empujan cuando paso por la escalera. Me quitan la comida del plato y a veces la untan bajo mi almohada. Ponen mi ropa interior bajo la ducha abierta. Mean dentro de mi cama y me llaman meona, cuando voy a pedirle otras sábanas a la señora Lourdes. Cuelgan mis zapatillas del fluorescente del techo. Juegan a golpearme en la cabeza con la pelota de baloncesto. Una y otra vez, el hombre de la camisa de cuadros me lleva a su despacho y me pregunta si todo va bien con los demás chicos. Una y otra vez, cierro la mente y le digo que sí. Que no pasa nada. Que cuánto queda para que venga mi padre.
Ha llegado un nuevo chico. Tiene la cabeza afeitada y una cicatriz en la ceja derecha. Lleva una camiseta negra con una calavera de pirata y botas militares. Es alto y mucho más grande que nosotros. Nadie se mete con él porque dicen que está loco y que le clavó a su padre un tenedor en el ojo. Miro sus manos cuando lleva la bandeja de la comida y las comparo con las mías. Me siento pequeño y perdido. Si yo tuviera sus manos, nadie me pegaría, ni me robaría la comida. Si yo fuera como él, nada de esto estaría pasando. La señora Lourdes le pide al chico loco que se ponga el pijama. Él se acuesta con los vaqueros y las botas y se gira de cara a la pared. La señora Lourdes suspira y cierra la puerta. El chico de los ojos negros vacía un frasco de pimentón en mi cabeza desde la litera de arriba. Se me mete en los ojos y me escuece. Salgo de la cama con los ojos llorosos, me ponen la zancadilla y caigo de boca sobre la alfombra. Todos se ríen y me llaman maricón. El chico de los ojos negros le dice al loco "eh tio, mira esto...". El loco gira la cabeza y me mira con ojos vacíos. Todos esperan que se ría y me insulte, pero no lo hace. Sólo me mira un instante y luego vuelve a girarse hacia la pared. Se hace un repentino silencio. Un rayo de decepción cruza la cara del chico de los ojos negros. Me levanta del cuello de la camiseta y dice "¡vete a lavar, pringao!", pero nadie se ríe. Sólo él. Y su risa, por primera vez, suena falsa y extraña.
Polos de congelar y batidos de proteínas. Sólo tengo sed. Es la prednisona.

200 litros por metro cuadrado en cinco minutos. Eso fue Madrid anteayer. Y de entre todos los sitios donde podía pillarme, me pilló subido en una moto. Culpa mía. Suelo ser ciego a todo lo que juega en mi contra: rodilla chunga, falta de carnet para esa cilindrada, cielo encapotado a punto de aguacero... Pero claro, sólo era llevarla de Plaza España a Quevedo, y encima con cambio automático, así que no requería juego de tobillo. Pensé "¿qué puede pasarme?". Pues el diluvio universal. Eso pudo pasarme y eso me pasó. Litros de agua corriendo calle abajo, coches circulando a 10 km/h. por la mala visibilidad, y la policía municipal (o eso me pareció) en cada esquina, supervisando el caos. Eso sin contar con que llevaba el nervio ciático pinzado y que bajar el pie derecho en cada parada era un pequeño viacrucis para mi pobre culo. Milagro que no terminé yo también calle abajo y desembocando en alguna alcantarilla. Eso sí... afortunadamente, iba muy adecuado para la lluvia con los pantalones de lino y las chancletas. Cuando pude desmontar de aquel trasto parecía talmente que me hubieran envasado al vacío.
Otro apunte para escribirme en la frente: No se hacen cosas de dos piernas, cuando sólo puedes disponer de una.

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Espero a que venga mi padre, pero aquí todo es distinto. No hay cruces, ni ángeles, ni cuadros de santos que sangran y sufren. Tampoco hay biblioteca con grandes estanterías, ni refectorio de bancos corridos. Hay una canasta de baloncesto, televisión y puertas sin cerrojo. No soy capaz de distinguir los conjuntos que formamos ahora, porque todo es un gran espacio abierto. Me siento perdido y vuelvo a estar asustado. El hombre de la camisa verde aprieta mi hombro mientras me presenta al resto del dormitorio. "Atención, ¿me oye todo el mundo?". No hay camas alineadas, ni crucifijos. Veo literas y posters de grupos de rock. "Este es Ariel. Se quedará con nosotros unos días..." No hay taquillas numeradas. Veo dos armarios con nombres dibujados sobre las puertas. "Espero que todos hagáis que se sienta cómodo ¿eh chicos?" No hay pijama de uniforme. Veo vaqueros, camisetas de spiderman, pantalones cortos. Deslizan sus miradas en mí, desde la cabeza a los pies. Cuando la puerta se cierra, alguien me arranca la maleta de las manos.La suben a lo alto de la cama. La abren. La vacían. Oigo sus risas y me quedo quieto. Las manos cuelgan a ambos lados de un cuerpo que no distingo como mío. Chillan y se ríen cada vez más alto. Alguien me insulta y me pega en la cabeza por detrás. Yo sigo con la vista fija en la jauría que destripa sin piedad mi equipaje. Mis libros hacen un sonido sordo al estrellarse contra la alfombra, como de pájaros muertos. Alguien levanta al oso rudy en vilo, cogiéndole por el cuello. "¡Mira esto tronco, mira esto!". Bajo la cabeza. Oigo mi voz entre la algarabía casi como un susurro. "Es de mi hermano. No lo toquéis." Lanzan el oso contra el armario. Cae triste y desmayado sobre los libros. Uno de los ojos se desprende y rueda hasta mis pies. El chico de la camiseta de spiderman baja y salta repetidamente encima del oso. "La nena con su osito ma-ri-cón ma-ri-cón". Algo zumba en mi cabeza y dejo de oir, de mirar, de sentir. Estiro el brazo y agarro el asa de mi maleta sobre la cama. La giro abierta en el aire y la lanzo contra su cabeza. Oigo el chasquido del canto contra su frente. Todo el mundo deja de gritar. Se hace un gran silencio. El chico se dobla sobre sí mismo, se toca la frente, mira la sangre de sus dedos y llora en un gran alarido. Yo recojo el oso con cuidado. Vuelvo a introducirle el relleno que desborda por su tripa destrozada. Guardo el ojo en mi bolsillo. Les miro. "No lo toquéis. Es de mi hermano". Un chico de ojos negros me señala. "Te vamos a matar, maricón de mierda..."
Ensalada de ensaladas. Dolor articular. Ciática. Qué viva la pepa.

Mientras ordenaba el botiquín he encontrado las dos cajas de adofen, de cuando estaba en el psicogrupo y nos las recetaban como caramelos. Me he acordado de una de las chicas de allí, diciéndome "Es como si te colocaran unas gafas con las que pudieras ver el mundo en rosa".
Me ha entrado la furia repentina y he vaciado los cuatro envases en el wáter. Colocón para las ratas alcantarilleras. No quiero ver el mundo en rosa, cojones. Ni en amarillo, ni en naranja, ni en verde botella. Quiero ver el mundo del color que tenga. Gris viejo. Azul pedo. Marrón caca. Y ser consciente de la realidad. La pastilla que te ayuda siempre desemboca en un envase que se termina. Y luego en el segundo. Y después en el tercero. Y sigues dejando al monstruo allí, agazapado y enmascarado en colorines monos, dispuesto a comerte vivo en cuanto te descuides. Menuda solución de mierda, que nisiquiera es solución. Un paréntesis eterno que mantienes ahí suspendido por el resto de tu vida, mientras te autoengañas, como un gilipollas integral.

Uf... ¿otra subida de testosterona? y yo sin una Conchita que echarme a la mala leche...

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Miguel y yo nos bautizamos. Nos trazan una cruz de aceite en la frente y nos mojan la cabeza. Ahora soy Ariel Juan Nepomuceno. Son muchos nombres para lo pequeño que es mi mundo, pero no me importa. Elijo el nombre del dragón Nepomuk y siento que he subido algún escalón en mis sueños. Aún vendrán más, porque ahora sé que no voy a quedarme aquí. Los hombres del despacho del director van a llevarme a otro centro. Otro colegio. Un colegio sin curas y sin ángel de piedra, dónde me reuniré con mi padre. Mi padre. Voy a irme con mi padre. El pensamiento se me atasca en la boca del estómago. Se me anuda en la garganta. Me circula por las venas de los brazos como una culebra.
El padre Julián le regala a Miguel un rosario blanco, y a mí un catecismo pequeño con tapas blancas y filo de oro. Esa mañana nos dan de desayunar chocolate con churros y todo es una fiesta. Miguel Cogollor resplandece. En un aparte, me tiende la mano y me ofrece hacer las paces. "No me odies, no soy un chivato. Era mi deber". Mientras el padre director habla de la magia y la responsabilidad del bautismo, ojeo el catecismo blanco bajo la mesa. Tiene un dibujo de un niño sonriente abrazando a Jesucristo enmedio de un halo de luz. Yo no me siento mágico, ni responsable, ni tengo ningunas ganas de abrazar a nadie, así que pienso que al bautizarme se han equivocado. Pero me callo y aplaudo como los demás, porque estoy contento de no tener que volver a dormir en la cama nº 15, ni a esconder los libros bajo la escalera.
Mientras doblo mi ropa en la maleta, dejo el catecismo debajo de la almohada de Miguel Cogollor. En la primera hoja escribo: "Quédatelo. No odio a nadie. Ariel Nepomuk". No estoy seguro de estar diciendo la verdad, pero no me importa. Me voy con mi padre. Recuerdo la foto del hombre rubio con ojos claros que no mira a la cámara y la dibujo mentalmente. Mi conjunto unitario se abre. Se transforma en una línea recta. Infinita.
Todo lo que había en el frigo, porque tengo que descongelar mañana. Hecatombe hepática de croquetas frudesa y yogures caducados. Dolor de riñones.

Nuevo ciclo de prednisona y la herida de la pierna cerrada y calladita. Tranquilo, porque J. está tranquilo, y contento, porque J. está contento. Jugamos a Diablo II y me hace chistes de los suyos, de esos que me sacan risa de conejo. Planeo, prudentemente y en silencio, meterme en su casa de contrabando. No sé qué tiene este hombre, que sólo necesita respirar para excitarme y decir "cáspita" para que me descuerne de risa. Creo que es el fenómeno fan. Si cantara o tocara la guitarra, yo sería el descerebrado que llevaría su foto hasta en los calzoncillos y recorrería 950 km. haciendo autostop sólo por ver su nuca de refilón entrando al hotel.
Gracias a mis eczemas devoradores de pies, me tengo que meter en la piscina con escarpines de goma, como las viejillas. Sólo de pensar en la imagen que doy con el gorrito y los escarpines, me voy riendo durante todo el trayecto piscina norte-piscina sur. Me estoy haciendo famoso en el centro de rehabilitación. Ya no soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito. Ahora soy el rubio de los pelos disparados bajo el gorrito que se descojona solo. De aquí a que me manden de nuevo a psicoterapia, hay un paso.

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Se acabó el ángel, se acabó el hueco bajo la escalera, se acabó Salvador. Miguel Cogollor lo ha contado todo. Me llevan al despacho del director y una mujer me hace preguntas sobre la abuela Agra, sobre Caliban, sobre Regina. Me explica que están en el cielo, y me habla sobre Dios nuestro pastor, que hace que nada nos falte. Yo callo. Concentro la vista en el alero del tejado que asoma por los ventanales, para que mi cabeza se aleje de allí. No quiero hablar con ella. No está en mi conjunto unitario y no podemos entendernos. Me devuelven a mi cama de la enfermería. Ese día no voy a clase, ni al refectorio. Como y ceno en la enfermería, y me aseo en el lavabo de los profesores. Paso el día tumbado mirando los focos del techo que me observan como los ojos de un gigante.
Después del desayuno del día siguiente, vuelvo al despacho del director. La mujer vuelve a preguntarme y a hablarme de su Dios justo y salvador. Yo vuelvo a callar. Su entonación ya no es tan dulce. Me habla de lo que sucede si dejamos que el demonio piense por nosotros. Me tiende una hoja de papel y unos rotuladores y me pide que haga un dibujo de mi casa. Yo no me muevo. La hoja se queda blanca y muda sobre la mesa. Pasadas unas horas de silencio, me devuelven a la enfermería. Pego la nariz a la ventana y veo a mis compañeros sentados en los bancos, con los libros sobre la mesa. Hoy hay literatura. Íbamos a leer las aventuras de Huckleberry Finn. No quiero estar aislado en la enfermería. Quiero estar en clase, leer cómo Huck encuentra el cadáver de su padre flotando por el Missisippi, y que todo el mundo me deje en paz. Paso otra noche bajo los ojos del gigante. Tras el desayuno, vuelvo al despacho. Con la mujer hay dos hombres. Uno de ellos me sonríe y me saluda por mi nombre. Pienso en Huck Finn. Contesto al saludo y sonrío. La mujer me mira con sorpresa. Entonces comienzo a hablar. Cuento que mi abuela sacó mi nombre de un libro en inglés. Les digo que no quiero que el demonio piense por mí, y les explico que mi hermano está en el cielo y que no le falta nada porque Dios es su pastor. Les cuento que asusté a Miguel Cogollor con mentiras y que estoy muy arrepentido. Me ofrezco a dibujarles el colegio, si me dan rotuladores y papel, porque el colegio es ahora mi casa y los padres son ahora mi familia.
Les digo todo lo que quieren oir, para que mi mundo vuelva a cerrase en sí mismo, igual que estaba antes.
Frutas y verduras. Verduras y frutas. Frutas y verduras de mentira para que Cris no se enfade.

Me pican las plantas de los pies, las palmas de las manos y los codos. Algo totalmente nuevo. Cuando me rasco me salen una suerte de puntitos rojos. ¿Eczema? ¿hongos? ¿hongos devoradores de codos, manos y pies? El dermatólogo me ha dicho: "Han venido un montón de personas con el mismo síntoma..." y luego se ha callado y me ha mandado gel de avena y una crema. Así que, por deducción, llego a la conclusión de que estoy enfermo de "Han venido un montón de personas con el mismo síntoma". Es una suerte esto de tener a mi disposición un cuadro médico de profesionales tan, tan, tan explícitos. Le da a uno una seguridad...
Ahora no puedo poner las plantas de los pies en el suelo. Ni doblar la rodilla. Ni apoyarme sobre las palmas de las manos. Todas las horas que perdí estudiando, debí haberlas empleado en aprender a caminar con las orejas.

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Tres veces me escapo. Tres veces me cogen. Tres tortas. Tres gritos. Tres castigos. Dejo mi cama nº 15 y ocupo la de la enfermería. Dejo de tener servicio de cocina para evitarme tener acceso al patio de entrada, y dejo el servicio de biblioteca, para evitarme libros que "envenenen" mi mente enfermiza. Elijen a Miguel Cogollor para que me vigile con su ojo de polifemo. Miguel se aplica en su labor de espiarme, y yo juego a cansarle haciendo recorridos absurdos y zigzagueantes entre las arcadas del patio y los corredores de la capilla. Salvador no cambia, ni se corrije. Me deja libros robados debajo del armario de la enfermería. Entre sus páginas, prende notas escritas con caligrafía impecable y palabras sucias. Pienso que cuando todo esto termine para él, se acordará de mí tanto como se esforzará en olvidarme. Cuanto más se estrechan mis muros, más cruel me vuelvo. Ya no hago trueques en el cuarto de las calderas, pero conduzco allí a Miguel, prendido tras mis pasos, sólo por sentirle enrojecer, cuando le ofrezco entrar. Una vez, sólo una, me sigue hasta dentro. La lengua de llama de la caldera se refleja en sus gafas. "Está prohibido estar aquí. Los padres se van a enfadar". "Cogollor... ¿quieres saber qué es lo que hacemos aquí dentro?" Doy vueltas a su alrededor, como una hiena. "Los padres se van a enfadar...", "¿Quieres que te diga lo que hago aquí dentro, Cogollor?", "No quiero saberlo. No me importa. Cuando nos bauticen, los padres...". "A mí no me van a bautizar, Cogollor. Estoy embrujado. ¿No lo has oído?. Soy el hijo de Satanás. ¿Sabes que voy a hacer el jueves que viene? me voy a suicidar. Voy a colgarme desnudo de la estatua del ángel. ¿Crees que los padres se enfadarán con eso? ¿se enfadarán cuando todos salgáis al patio y me tengáis de bajar de allí?." Miguel se tapa la cara con las manos. "Estás loco, vámonos...vámonos por favor...". "Ya tengo la cuerda, Cogollor. La ataré alrededor de la cabeza del ángel y luego me la anudaré al cuello. Me quitaré esta mierda de ropa que me han dado y saltaré desde arriba. Y como no me dejan ir vivo, me iré muerto. Para eso no puedes seguirme ¿eh? ¿o sí? ¿te vas a colgar conmigo, Cogollor? ¿quieres que nos matemos juntos? Te empujaré a ti primero y luego me tiraré yo. ¿Quieres? Yo maté a mi hermano ¿sabes? ¿te han dicho que yo maté a mi hermano?". Gime al eco de las calderas y me empuja. Caigo sentado, levantando una pequeña nube de hollín. Siento sus pasos de pies planos huyendo frenéticamente por la escalera. La puerta que ha dejado abierta, balancea un hilo de luz.
Me echo a llorar sin hacer ruido, limpiándome las lágrimas con las manos sucias de hollín. Soy muy desgraciado.
Ensalada con cefalópodo indeterminado. Naúseas. Dolor. Un mal día.

Llevé a A. a ver la película de Hanna Montana. Espeluznante experiencia. Lo único que saqué en claro durante la hora y media de película, es que todas las "star-teens" de la factoría Disney tienen cara de buñuelo. A la salida, dos niñas de catorce años me dijeron entre risitas que era muy guapo (eso a pesar de tener la pierna sobre el asidero de la muleta en plan flamenco tropical en reposo) y me ofrecieron sus teléfonos y sus twentis (que dicho sea de paso, no sé qué coño es). La autoestima me subió un 0,5%. Se lo dije a A. cuando salió de sus veinte interminables minutos de pis femenino, y me recordó que las niñas habían ido a ver a Hanna Montana y que, por consiguiente, a lo mejor eso significaba que yo también tenía cara de buñuelo. La autoestima me volvió a bajar otro 0,5%, quedándose en el mismo punto donde estaba antes.
He vuelto al hospital y a la rehabilitación. A H. le han tenido que amputar la pierna. Infección por rechazo. Es inevitable deprimirse un poco y hacer la porra de quién será el siguiente, como compañeros de tropa en Vietnam. Por supuesto, Edu vota por mí y yo voto por Edu, pero disimulamos y nos damos palmaditas diciendo: "ya verás como a ti no te pasa..."


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"¿Pero dónde creías que ibas, hijo de Satanás? ¿pero tú te das cuenta de la que has podido liar? ¿de los problemas que nos has podido traer? ¿pero que te has creído, pedazo de alcornoque? ¿que esto es como el cine?". Mientras grita me escupe y la mirada se le inyecta en rojo por debajo de las gafas. Me ha dado un cachete en la cabeza delante de los policías, y luego ha dejado la mano en el aire, como anhelante de soltarme otro más, pero no lo hará porque le están mirando. Yo agacho la cabeza y miro el fondo del vaso de chocolate que me ha dado la chica del ordenador. "Padre, tendremos que hablar con la familia..", "¿Qué familia? no, no, si no tiene familia, lo trajeron de servicios sociales a este. Le tenemos interno. Ya ve usted. Mire para qué. Para que luego muerdan la mano que les da de comer. Como animales, son. Ya ve usted..."
Da grandes zancadas, mientras me arrastra del brazo. Dedos huesudos de vampiro furioso que se clavan en mi piel. Es complicado acompasarse a su paso. Uno largo suyo, tres cortos míos. Pierdo el aliento. Vuelve a darme otro cachete en el coche. "¡Imbécil! ¡botarate! ¿y ahora qué? ¿eh? ¿dónde creías que ibas? ¿eh? ¿dónde pensabas que ibas a llegar? ¡si no sabes ni hablar! ¡si no sabes ni leer! ¡si no eres más que un borrico!."
Yo sí sé leer. Leo mucho. Más que tú. Y sé escribir muy bien. He ganado el concurso de los cuentos, y hoy es mi cumpleaños. Sí que sé hablar. Sí que tengo familia. Tú no me conoces. No soy la cama nº 15. No soy el chico nº 15. Los chicos con número no tienen color, ni sonido, porque sólo son un lugar en la fila. Yo no soy un lugar en la fila. Soy Ariel. Tú me pegas y me gritas, y ni siquiera me conoces.
"Padre, es que yo me quiero ir a casa." Los ojos vuelven a inyectarse. Otro cachete más. "¿Qué casa? ¿qué casa? ¡fariseo! ¿qué casa? ¡nosotros somos tus casa, hijo de satanás! ¿a qué casa quieres ir tú? ¿eh? ¡encerrado! ¡encerrado te dejaba yo a pan y agua, a ver si así aprendías!".
No estoy enfermo, pero dormiré en la enfermería durante tres noches. La enfermería tiene cerrojo en la puerta y rejilla en la ventana. Me han quitado la caja metálica con el dinero y los libros que me dió Salvador. También el bolígrafo de cuatro colores y los tebeos, porque creen que los he robado. Cuando empiece el curso volveré al cuarto de calderas. Recuperaré mis libros. Reuniré dinero. Y entonces... dejaré la maleta preparada bajo el hueco de la escalera que sube al desván... con la ropa, el bocadillo, las sandalias... y saldré al patio... y lanzaré la maleta por el muro del jardín... y pasaré por el agujero de la reja... Quiero irme a casa.

Pescado blanco. Arroz. Chocolate en microdosis. Todo el día helado de frío.

No he podido pegar ojo. Seis veces he tenido que levantarme de la cama para masajearme alguna contractura muscular. Y para redondear la noche, a eso de las cuatro me ha despertado el maullido agónico de un gato retumbando por el patio de vecinos. He ido como una flecha a pasar revista a los míos, pensando que alguno se había podido caer por la ventana, pero lo he tenido que hacer guiándome por el tacto, en plan: "lo malvado es Tequila, lo obeso es Tripi", porque todos dormían y no podía encender las luces. Cuando mi marcador táctil estaba ya: "mordiscos malvados 5 - cosas obesas 0", me he empezado a asustar y he despertado a M. para que me ayudara a bajar al patio a mirar. Por supuesto, ha bastado que M. se pusiera los pantalones para que saliera el cabrón del gato, de veteasaberdónde, estirándose tan pichi con ojos de chino haciendo un esfuerzo.
M. iba a matarme (lo sé), pero afortunamente en ese momento me ha dado otra contractura y me he podido librar de su ira. Resulta un poco duro matar a un chico cojo cuando se cuelga de tu pijama gimiendo. Es casi como darle dos tortas a tu abuelito. Así que hemos decidido coger el aceite de rosa mosqueta y los gelocatiles, y sentarnos a ver el partido de los lakers, aplazando lo de matarnos para otro amanecer. Eso sí... a estas horas de la tarde, sin poder tomar café, té, cocacola, ni anfetaminas, no creo ser capaz de resistir sobre las muletas más allá de las seis. O de las cinco. O de dentro de diez minutos. O de ya.

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21 de Julio. Colegio medio vacío por las vacaciones. Gano una chocolatina rellena de fresa en el concurso de cuentos, con una historia surrealista sobre un conejo que castiga cazadores. Mientras friego las ollas, robo un suizo y una cerilla en la cocina y me los escondo debajo de la camiseta. Me lo llevo todo a mi guarida en el hueco de la escalera que sube al trastero. Meto la chocolatina en el suizo y en lo alto prendo la cerilla. Cierro los ojos e imagino que es mi tarta de cumpleaños, pero en mi cabeza es grande, de nata, con fresones en el centro y un letrero de azúcar que dice "felicidades Ariel". Repaso mis deseos, buscando el más urgente. Quiero tener una tarta de verdad en mi próximo cumpleaños. Quiero una edición nueva de la Isla del Tesoro con tapas duras. Quiero un plumier de madera, con tinta pelikán y una plumilla para dibujar. Quiero una caja de doce ceras manley. Quiero que nada de eso me cueste tocar al asqueroso Eduardo Berong. Quiero que nada de eso me cueste tocar a nadie. Quiero tener dos gatos como los que vienen al jardín. Quiero ver a mi padre. Quiero nadar en el mar. Quiero volver a ver los dibujos de Caliban. Quiero irme a casa. Quiero irme. Soplo la llama: "Quiero irme de aquí".

Terminamos de rezar. Nos acostamos. El vigilante de pasillo da un último vistazo y apaga las luces. Escucho atento bajo las sábanas, hasta que la última respiración se acompasa. Me levanto y salgo al corredor. El vigilante lee bajo una lamparita en el chiscón. Me mira por encima de las gafas. "Tengo que ir al baño, padre". "Qué guerra dáis. Anda y no tardes." Atravieso el pasillo. Paso de largo el baño y me quito las zapatillas para llegar hasta el ala de las cocinas. Atravieso las despensas, cruzo el patio hasta llegar a las aulas, donde me espera mi escondite bajo la escalera del desván. Allí donde la tarde anterior he dejado mi maleta, mi ropa, las sandalias y el bocadillo de la merienda envuelto en el papel de plata que he robado de la cocina. Me visto despacio, sin hacer ruido. Salgo de nuevo al patio, dejando las puertas abiertas para evitar crujidos. Lanzo la maleta al otro lado del muro del jardín. Trepo por el ángel, igual que antaño lo hacía por el olmo. Salto al jardín. Paso por el agujero de la reja metálica. Me pongo las sandalias. Salgo a la calle. Reviso mi maleta. El oso, los libros, el bocadillo, el dinero en la caja metálica. Camino por la acera de piedra mojada. Mis pasos resuenan. No estoy asustado, sólo siento frío. No sé dónde voy. Pero voy.
María me ha enviado su libro. Tengo en mis manos el libro de María. Y me lo ha dedicado y me lo ha rellenado con chocolate. No una campana de elgorriaga, no... chocolate de primera. Chocolate de gourmet. Aparte de "a tomar por culo la hiperglucemia, esto hay que celebrarlo", se me ocurren muchas frases para adornar el momento. Me emociona que un escritor me dedique un libro, pero si encima ese escritor surje de la complicadita blogosfera... ya no es emoción, es directamente adrenalina.
Bueno, sí... la blogosfera no era lo complicadito, sino yo. En mi vida he dado saltos más grandes que cuando alguien me ha intentado sacar de la madriguera. El chico saltamontes ahoraestoy-ahoranoestoy. No me sorprende que muchos hayan llegado a la conclusión de que no existo o de que soy el experimento sociológico de cuatro frikis con mucho tiempo libre. En un mundo como este, lleno de redes sociales, asociaciones, grupos y subgrupos, donde todo individuo busca la aceptación de un clan y su consiguiente huequecito amable en la sociedad humana del mundo mundial...¿qué coño pinto yo con mi cartel de Not Disturb? Si hasta incluso me sorprendo todavía cuando veo mis ojos mirando ahí arriba. Tanto que un día de estos, me dibujaré un antifaz y un bigote.

Pero María me ha enviado su libro, y no he sido saltamontes. Porque con María no hace falta saltar. Ella sólo se acerca y dice "chst...eh chaval... coge esto y lárgate. Vamos, vamos, vamos..."

María es mi héroe.
Nuevo menú de gourmet. Había helado frito, crêpes de plátano o brownies y he pedido zumo de naranja. Me merezco un monumento. Sangrado leve de nariz.

Al médico se le han salido los globos oculares cuando ha visto mi analítica. Me ha dicho que si lo que quería era suicidarme como un niñato, ponía a mi disposición todo un surtido de pastillas mucho más rápidas y efectivas que las "helatatas Serlik". Yo me he justificado diciendo que había pasado unos días bastante deprimido, y él me ha rugido (literalmente) que valía como excusa para los niños de doce años, no para un "hombre hecho y derecho de veinte". Es pasmoso como puedes pasar de ser un "niñato" a un "hombre hecho y derecho", según varíe la argumentación de bronca de tu interlocutor... Debo estar mejorando, porque con la somanta de hostias verbales que me ha metido (y que por otra parte me merecía), demuestra que compadecerme, me compadece poquito. Y eso siempre es buena señal.
Aparcado mi caos alimentario hasta nuevo aviso. No puedo empezar el ciclo de prednisona con el hierro bajo mínimos y la glucosa desbordando por las orejas. Estoy animado a volver a la rehabilitación. Es gracias a él. El amo de mi calabozo que abre o cierra el futuro con un sólo gesto.
Inmenso el poder del hombre con pantalones de Jeremías Johnson...

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Quedo atrapado en las aventuras de Jim Hawkins y John Silver el largo. Ruego a Salvador que me deje quedarme con el libro. Él se niega, como un animalito miedoso, una y otra vez. Le amenazo con contarle al padre lo que hacemos y se echa a llorar. Le veo tan pequeño y miserable cuando llora, que me siento malvado y mezquino por chantajearle. En acto de contricción, esa tarde soy yo quien le masturba. Me sorprendo de lo sencillo que resulta controlar la situación. La actitud de Salvador cambia. Se somete a mis manos iluminado con una complacencia extraña. Deja de llorar y de repetir que vamos a ir al infierno, regalándome el control sobre su voluntad. Esa noche el libro de Stevenson pasa a mi taquilla sin que haya un sólo ruego por mi parte. Bajo las sábanas, analizo la situación con mente de estratega. Pienso en todo aquello que puede estar a mi alcance. Con el corazón vives y con la mente sobrevives, así que no me importa perder el corazón. La vida como viaje a disfrutar sólo existe para los demás. Para mí terminó la primera vez que cerré mi maleta de cuadros.
Marco a fuego mi dominio sobre Salvador y consigo más libros. Algunos prohibidos al resto de los alumnos. Leo compulsivamente todo aquello que cae en mis manos. Soy el devorador de historias. Comienzo a hacer trueques más allá de Salvador y la biblioteca, y reinvento el sexo como moneda de cambio de todo lo que me facilite la lectura. Una linterna. Pilas. Marcadores fluorescentes. Un marcalibros metálico. Un cuaderno canson. Libros. Cuentos. Tebeos. Rotuladores de colores. Los jueves se me mezclan en semen, sudor, saliva y tesoros. Cuando las visitas familiares se han marchado dejando su rastro de regalos, yo merodeo como un lobo entre las camas, esperando la señal. Un movimiento de cabeza, una mirada, un gesto. Algo que vuelva a sumergirme en la oscuridad del cuarto de las calderas, sorteando mi corazón de superviviente.
Dejo de caminar dormido, pero sé exactamente por qué. Porque ya no soy sólo yo. Soy Ariel y Jim Hawkins. Ariel y Julien Sorel. Ariel y Holden Cawfield. Ariel y Hans Castorp. Y ya puedo volver a quererme.
Vómitos esta mañana. Tripa vacía y en concierto. Dolor de cervicales.

Mis análisis de sangre son caóticos. Mi hígado asfixiado. Mi páncreas paralizado. Mi testosterona por las nubes (lo cual explica a la perfección la entrada de anteayer sobre Conchita...). Voy a reventar un día de estos como un globo sonda, y lo único que quedará de mí serán un puñado de lanas rubias flotando sobre las torres kio.
Ayer fuimos al cine. Vimos Coraline y luego nos colamos con todo el morro a la sesión golfa de Terminator. Las dos me mantuvieron enganchado a la butaca. La rebelión de las máquinas sucede en 2018, así que le dije después a M. que si al final termino perdiendo la pierna, sólo tendré que esperar ocho años para que me pongan una de esas maravillosas patas-terminator, con acero y cubiertas de chicha humana. Él se rió bastante con la ocurrencia y me recordó que el cine era el cine, y que si finalmente pierdo la pierna, lo máximo que me colocarán será algo parecido a un abrebotellas con zapato. Al principio, nos dió un poco de cosa hacer chiste con eso, pero al final acabamos llorando de risa. Creo que mi inclinación por el humor negro también puede ser genética, ahora que recuerdo a mi madre y su eterna sonrisa de payaso diabólico.
Hoy voy a hacer lasagna. Para darle una tregua al hígado, la haré sin carne, sin bechamel, sin queso y sin mantequilla. O sea, que hoy voy a hacer lasagna, sin lasagna. Por aquí están todos encantados del asco que eso va a suponer.

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No sé cómo descubro el sexo, porque no soy consciente de estar haciendo nada sexual. Para mí es pulsar el botón rojo para que la puerta se abra. Un movimiento mecánico. Una situación fugaz que me permite llegar a otra. Un desenlace. Me siento sobre sus piernas y le dejo tocarme por debajo de la ropa. Pero aprendo enseguida a no dejar que las manos vayan rápidas, porque no puedo sacar los libros de allí y sólo podré leer durante el corto instante que pueda permanecer en la biblioteca, sentado sobre sus piernas, o sobre la mesa cuando haya terminado de vaciar los cubos. Los dedos nerviosos de Salvador no me producen ningún sentimiento negativo. Tampoco positivo. Salvador es sólo mi escalón y lo ajeno de mi cuerpo para con él es absoluto. La piel no se distiende, ni se eriza. Apenas le siento. Cuando llega al orgasmo, lloriquea y dice que vamos a ir al infierno. Yo siento compasión y le paso los dedos por la cabeza roja, hasta su frente de mártir sin paraíso. El infierno me trae sin cuidado, porque ya forma parte de mí. Lo llevo dentro desde que me comunicaron la muerte de la abuela Agra y me entregaron su anillo de plata con el shemir. El infierno es saber y tener conciencia de que no habrá nada más para mí cuando termine el día, la semana, el mes. Que siempre estarán esos muros, esos patios, la biblioteca, los cubos, el ángel de piedra. Que empiezo y termino allí donde estoy. Sobre esas rodillas. Con esas manos dentro de mi pantalón de chándal. Con ese libro abierto que no va a pertenecerme nunca.
El infierno es la certeza de que no habrá mas mundos que el que entonces me rodea.
Hoy sólo odio a Conchita

No sé por qué odio a Conchita, pero ODIO a Conchita. Cada vez que la escucho en la radio siento irrefrenables deseos de destruir algo. De aniquilar. De rociarme con gasolina y quemarme a lo bonzo. De coger la guitarrita e incrustársela en la cabeza al grito de cobabunga. Y no me gusta sentir eso, porque joder... soy pacifista, feminista y prodefensa de la libertad de expresión, pero es que es una sensación que se escapa completamente a mi voluntad. Simplemente, la mataría. Metería en una hormigonera gigante su vocecita de mariamelindres, sus cancioncitas ñoño-light, sus airecillos de cantautora de catequesis, su melenita de superchuli, sus ojitos de oveja lucera, sus manitas desnutridas y su puta guitarrita que, seguro, tiene en la parte trasera una de esas malditas pegatinas de margarita pro-pedorras.

Yo quiero una Soraya Arnelas. Con sus caderas insondables, su cintura comestible, sus piernas indescriptibles y su acento de camionero extremeño. Y quiero que algún día, las mujeres de 5000 watios se coman crudas a las princesitas ñoñas, tísicas y descoloridas del superpop español.

Coñoya...

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El ayudante de biblioteca tiene 16 años. El pelo rojo, pecas, aparato dental y la mirada húmeda. Algo en sus ojos me hace recordar a un hurón. Los jueves a última hora vacío las papeleras. El olor de las estanterías, con sus ejército de lomos serigrafiados me fascina. Él me sigue de cerca, vigilando mis movimientos, pendiente de mis manos. Tiene orden de no dejarme tocar los libros. Mientras arrastro el cubo de los papeles entre los estantes, presiento sus ojos a mi espalda. El hurón tras el conejo. Sé lo que hace en el cuarto de las calderas. Todo el colegio lo sabe. No es asunto mío, porque sólo soy el fantasma que pasea por las noches y aterroriza con su sueño de ojos abiertos. "Tú eres el huérfano moro ¿no? ese que dicen que está embrujado". No contesto. Carraspea un poco. "Y... ¿cómo te llamas? ¿tienes un nombre moro también o...?". Me vuelvo. Le miro a los ojos. "¿Qué quieres?". Enrojece. Las pecas se le funden en las orejas, en las mejillas, en la nariz... como una marea que se arrastra hasta el nacimiento del pelo. Hurón torpe y bobo que no sabe ni elegir la presa. "Yo no...no quiero nada, gilipollas. Tú... tú...¿de qué vas? o sea... no te pongas chulito ¿eh?". Tiembla. Vuelvo a mis cubos. Él reagrupa sus ejércitos. "Tengo una botella de licor de caramelo. ¿Lo has probado? Me la ha enviado mi hermano. ¿Te gustaría... ehm...quieres probarla? la tengo ahí detrás, en el armario y... ¿te gustaría probarla? Es... está bueno, o sea, si quieres..."
Se me escapa una sonrisa corta y afilada. Me agarra de la manga del jersey. Siento como respira su última bocanada de determinación. "Oye... es verdad, la tengo ahí. Si te estás un rato conmigo ahí detrás... yo... yo te la regalo. En serio. ¿eh? ¿qué me dices? a ti no te envían paquetes ¿no? te doy mi botella de licor ¿eh? ¿qué te parece? Tiene alcohol y esta buenísimo, te coloca un huevo, en serio...".
Le miro fijamente. Se le abren las pupilas. Me suelta el brazo. Bastará cualquier ruido, cualquier gesto, para que vuelva receloso a su madriguera. Miro las estanterías. La Isla del Tesoro, El rojo y el negro, Los Miserables, Viaje al centro de la tierra... Cierro los ojos. Paladeo el olor viejo del papel. Me hundo en la ansiedad de mil vidas por descubrir. Vidas que servirán para salir de la mía.

Subo hasta su oído sobre la punta de mis pies. "Voy detrás contigo si me dejas coger libros."
Menú de gourmet. Gulas. Sepia. Merluza. Cava rosado. Leche frita. Capuccino. Dolor de cabeza (puede que del cava). Felicidad (puede que del cava).

He vuelto al trabajo. Mis compañeros me han regalado un uniforme de soldado y una tarjeta con monigotes en la que pone "para el niño guerrero que sale victorioso de cualquier batalla". Me he emocionado mucho. Nos hemos hecho algunas fotos y la verdad es que no saco mucha cara de guerrero victorioso. Entre los pelos, los pucheros y los ojos rojos, más bien parezco la viuda de Espinete acudiendo a un homenaje póstumo.
Pienso en esto que estoy haciendo y dudo. Recibo bastantes cartas de personas preocupadas por el cambio de registro de mis entradas. Encontré positivo para mí este harakiri, pero no me paré a pensar si lo sería para todo el mundo. Ahora repaso mis diarios infantiles y dudo. Siempre quise ser Christopher Moore o Sue Townsed, y escribir sobre el lado divertido de la realidad. Es tan complicado hacer reír, como sencillo poner triste, y yo no he cogido el camino sencillo en mi vida. Dudo si seguir con esto. Le preguntaría a él, pero sé que me dirá: "Si quieres escribir escribe, Ariel, y si no lo quieres hacer, no lo hagas". Y yo responderé: "pues... ehm... vale, pero... ¿entonces qué me estás diciendo?" y luego me entrará la risa tonta y la mala leche, a partes iguales.

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Aritmética. Encontramos cuatro tipos de conjuntos; Conjunto Universal, formado por todos los elementos de una referencia, Conjunto par, formado por dos elementos, Conjunto unitario, aquel que está formado por un solo elemento y Conjunto vacío, aquel que carece de elementos.

En este colegio hay chicos con padres, que forman el conjunto universal. Llevan uniforme, pagan cuotas, tienen jornada de visita familiar los viernes por la tarde, reciben paquetes de sus madres con dulces, tebeos, mudas de ropa interior...
En este colegio también hay chicos que no tenemos padres. Miguel Cogollor y yo. Somos el Conjunto par. No llevamos uniforme. No pagamos cuotas. No tenemos jornada de visita. Ayudamos en la limpieza y a veces en cocina. Nunca hay correo para nosotros. No estamos bautizados. No le gustamos a nadie. Los otros chicos nos llaman "muertos de hambre". Los curas "hijos de satanás".
En este colegio no juego con nadie. Miguel Cogollor lleva un ojo tapado y tartamudea. El ojo libre jamás me mira a mí; su lengua atascada nunca se desata conmigo. Miguel Cogollor no vive en mi mundo. No le guardo rencor porque sé aquí dentro hacen falta fuerzas para seguir respirando. Cada mañana me levanto, voy a clase, como, limpio la galería, ceno, leo Jim Botón, me acuesto. A la mañana siguiente me levanto, voy a clase, como, friego las ollas, ceno, leo Jim Botón, me acuesto. Mi vida es una sucesión de actos repetidos una y otra vez. Estampas en blanco y negro que se van reproduciendo siempre con la misma cadencia. Triste, aplastante, alienante cadencia. Yo, Ariel Rüth-Serlik, soy el conjunto unitario.
El chico de la cama nº 10 me pega un puñetazo en el estómago por no querer darle mi libro de Jim Botón. Esa noche me levanto sonámbulo. Camino dormido por los pasillos, con los ojos abiertos, hasta que el vigilante de guardia, me intercepta y me devuelve a la cama. Yo hablo con él y le doy respuestas inconexas, pero en ningún momento me despierto. La noche siguiente vuelve a repetirse la misma escena. Me levanto y camino por los corredores del refectorio, completamente dormido, hasta que alguien me despierta en la cocina. Empieza a circular por el colegio el rumor de que estoy poseído por el demonio y todos empiezan a mirarme con un nuevo respeto. Se hace hueco a mi alrededor y disfruto de una extraña paz. La paz de los malditos.
Me transformo en el conjunto vacío.
Pescado. Una bolsa de pipas peladas. Paz después de la tormenta.

El calor convierte mi habitación por las noches en un microondas. No me ayuda nada a conciliar el sueño con el que se supone que debo recuperar kilos y energía. Esta madrugada, ante el miedo de que la cabeza me estallara en plan plop de palomita, he arrastrado el colchón hasta el salón y me he tumbado a pie de terraza. M. se ha levantado cuando amanecía para hacer un pis y ha tropezado con mi cuerpo serrano tirado en el suelo del salón. Casi le da un infarto. Ha faltado un tris para que me metiera la chancla en la boca. Le he visto mover los brazos con mucho aspaviento mientras me preguntaba qué cojones hacía tirado en el salón. Yo le he respondido que qué cojones hacía él yendo a hacer pis al salón. Y cuando ya nos ha quedado claro a ambos que en el salón no hacíamos más que el idiota, hemos procedido a cerrar el pico y a regresar, él a su pis, yo a mi cama.

Mañana volveré al hospital a por una receta de somníferos. O tranquilizantes. O narcóticos. O...

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Algo no ha salido bien porque no estoy con mi padre. Estoy en un gran pasillo de un gran colegio rodeado de un gran patio que tiene una cruz, un pozo y un ángel de piedra. Todo el rato pasan curas que llevan en fila a otros chicos de mi edad. Cuchichean y sueltan risas cuando pasan a mi lado. Yo les miro a los ojos para demostrar que no les tengo miedo. En la guerra de piedras del pueblo funciona así. Tú miras a los ojos de los enemigos y ellos te respetan y no te tiran a la cabeza. Aunque ahora todo eso me parece muy lejano. Como si no lo hubiera vivido nunca y en realidad no fuera más que una historia que hubiera leído en algún libro y se me hubiera quedado en las estanterías de los pensamientos.
El hombre que nos ha abierto el portón se enfada mucho con mi llegada. Le oigo gritar en su despacho mientras espero fuera sentado en un banco, mirándome las puntas de los pies. Se queja de que no esté bautizado y pregunta por qué tengo un nombre judío. Yo puedo decirle que mi nombre no es judío porque mi abuela lo sacó de un libro en inglés, pero me han dejado fuera de la habitación mientras discuten, así que entiendo que no es importante para ellos lo que yo pueda decir.
Un cura me lleva a un armario donde me entrega un juego de sábanas, una manta, una toalla y un neceser con jabón y cepillo de dientes. Intento llevarlo todo junto con la maleta, pero se me caen las cosas cada dos pasos y tengo que pararme a recogerlas. El cura se enfada un poco conmigo. Me lleva a una sala grande donde hay muchas camas alineadas. La mía es la número 15. Me dice que tengo que guardar mis cosas y lavarme para bajar al refectorio. No sé qué es un refectorio, pero tampoco lo pregunto. Sólo me siento en la cama y pienso en Caliban.
La abuela Agra se enfadará cuando se entere que me han dejado allí. Ella odia a los curas.
Ensalada de pollo sin pollo. Vichy por un tubo. Estómago en protesta.

Un mal día el de ayer. Dolores, náuseas, agotamiento físico, desequilibrio nervioso... No quiero volver a tirar de la tableta de hachís, pero la verdad es que para mí supone una especie de patera que me acercara a la costa como promesa de un lugar mejor. Es una lástima que el tabaco con el que tengo que mezclarlo, sea la guardia civil que me intercepta y me devuelve al Magreb de una patada en el culo.
Me he pesado ocho veces y he cambiado de báscula dos. Nada que hacer. No puedo echarle la culpa a la electrónica, no hay error. Simplemente, vuelvo a perder peso. Sumo diez kilos menos en tres meses. El calor no ayuda y la falta de sueño, menos todavía. Dentro de poco seré un tatuaje de mí mismo, y me pesaré en una de esas balanzas de cocina, con los piececitos colgando por encima del platillo.

Me apetece tener otro gato. Y creo que será pelirrojo y se llamará Porro.

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Me han llevado en avión y me han comprado una chocolatina mars con caramelo por dentro. Las dos cosas son tan geniales que no sé distinguir cuál de ellas es más importante. La abuela Agra dice que los pensamientos se guardan en las estanterías de la cabeza, así que guardo en las mías con mucho cuidado, los trozos de nubes pasando entre las alas y el sabor del caramelo deshaciéndose en la lengua. Así podré sacar los dos pensamientos juntos, si las cosas se ponen tristes otra vez.
Sí que tengo padre, pero yo no lo sabía. La mujer que me lleva en avión se llama Cristina, y me ha enseñado una foto suya. Es rubio y tiene los ojos azules como Caliban y como yo, pero no está mirando a la cámara, ni se ha peinado, así que se parece más a mí que a Caliban. Me pongo contento por parecerme a mi padre y no a mi madre, que estaba loca y no tenía ganas de vivir. Yo sí tengo muchas ganas de vivir. Quiero pilotar aviones, ver volcanes y comer cientos de chocolatinas mars.
Cuando el avión se pone de lado, ayudo a Cristina a colocar los papeles en las fundas, y leo en una de las hojas que Nicolás es hijo de Regina y de Hannelore. Le pregunto a Cristina si mi padre es hijo de la abuela Regina y Cristina se ríe mucho con mi pregunta. Se ríe de mí, porque es un poco tonto preguntar si mi abuela es la madre de mi padre. Pero se ríe porque no conoce a Regina. Si la conociera como yo, sabría que ella no ha podido ser nunca madre de nadie, así que esos papeles son mentira.
Sueño que mi padre llega a casa de Regina en un paquete, como Jim Botón.