Sashimi. No me duele nada. Esto es jauja.
El hombre-pelota sufre un trastorno sexual disfuncional. L. me ha llamado para contármelo y para pedirme disculpas en su nombre. También me ha dicho que ha hecho lo mismo con todas las mujeres y hombres jóvenes del grupo. Por su bien, me alegro que hayan sido sólo los jóvenes. Si lo llega a hacer con el fontanero de la segunda fila, estoy convencido que le hubiera partido todos los dientes de un sólo golpe de bota militar. Ahora me siento mal por haberme metido con el hombre-pelota. El porqué sabía lo de mi bisexualidad sigue siendo un misterio. Sospecho que soy un tema de conversación divertido para ellos, cuando no estoy (o sea, siempre). Bueno. Como no soy fontanero, ni llevo botas militares, me va a dar igual enfadarme. No creo que vaya a intimidarles a base de chistes idiotas, y eso, hoy por hoy, es la única destreza que me queda. Mejor me olvido de todo y paso página. Maravilloso lo de tener por fín un buen motivo para escaquearme de allí.
Me apetece nadar, pero me da vergüenza ir a la piscina con los dos catéteres en el pecho. Ojalá tuviera un traje de neopreno. O mejor uno de buzo. O mejor, directamente, una piscina.
***********************************
Lo primero que aprendo de mi padre, es que vive en días de luz y en días de oscuridad.
Se levanta temprano y silba mientras se ducha. Cuando se acaba el agua caliente, sale y se sienta desnudo a mi lado, en el sofá de cuadros mientras se fuma un cigarrillo. Me enseña a hacer círculos de humo con boca de O mayúscula. "Como te pareces a tu madre, cabrón. Parece que la tengo delante. La cosa más bonita de El Cairo era tu madre cuando la encontré. Tenía a todos los hombres de El-Marg a los pies de su cintura."Yo escucho atento, y me atrevo. "Olía a vainilla. Y tenía un arcón en el desván con vestidos verdes que brillaban." "No, chico. Era ella la que brillaba, y no los vestidos, te lo digo yo." Me pasa el brazo por los hombros. "¿Y tú, qué? ¿también vas para artista?". "A mí... me gustaría escribir." "Jo-der... un escritor ¿eh? pues necesitarás un ordenador ¿no? cuando las cosas vayan bien y nos larguemos de aquí habrá que comprarte uno." "¿Nos vamos a ir de aquí? ¿y Silvana?". Se ríe. "¿Silvana? a Silvana nos la llevamos, porque hasta los escritores necesitan una novia ¿no?". "Vale. ¿Y cuándo nos vamos?". Se levanta y se enfunda los pantalones, directamente sobre la piel. "Pronto, chico. Pronto, pronto, pronto...". Yo le sigo por la habitación, con las manos en los bolsillos y los ojos encendidos."¿Podremos tener un gato en la nueva casa? También me gustan los gatos..."Se ríe mientras se viste y se marcha sin volver la cabeza, con un brazo señalando hacia el cielo. "¡Nos esperan grandes cosas, chico!, ¡grandes cosas!".
Cuando vuelve, ya es mediodía y lleva entre los brazos una bolsa del macdonalds. Nos sentamos a comer en el suelo, como los indios. Mientras devoro mi hamburguesa, me enseña el cheque de los servicios sociales. "¿Qué te parece? ¿sabías que valías pasta?". Me frota la cabeza. "Eres un gran chico ¿eeeeh? lo único bueno que he hecho en mi puta vida. Y bien que me saliste, joder. Guapo y listo como un conejo. Tenía que haber tenido más hijos, coño...". Yo pienso en Caliban y algo me pincha un poco por dentro, pero no digo nada. Estoy contento. Mi padre vive en un día de luz.
Duerme toda la mañana y parte de la tarde. Hace días que no hay comida en casa, y sólo quedan monedas sueltas en la caja donde escondo el dinero que logro quitarle de los bolsillos mientras duerme. Ayer terminé los restos de la lasagna que me dió Lola el martes, y me avergüenza subir a pedir comida otra vez. Nunca dos días seguidos. Es la norma autoimpuesta por los restos de mi orgullo. Decido gastar las monedas en un paquete de palomitas de la tienda de los goffres. Las palomitas son baratas y me llenan el estómago hasta el día siguiente. Mientras me estoy poniendo el pantalón, la hebilla del cinturón golpea en la mesa y la caja del dinero cae al suelo. Me encojo como un caracol, cuando veo los pies que se levantan del colchón. Me agarra del cuello de la camiseta "¿Qué coño te he dicho? ¿qué coño te he dicho?", me arrastra hasta ponerme contra la puerta del armario empotrado". "Que no haga ruido si estás durmiendo...", Pega puñetazos contra la madera, al lado de mi cara, que cruje bajo sus nudillos."¿Cómo te lo digo para que lo entiendas? ¿eh? co-mo-te-lo-di-go." Me agarra del cuello. Cierro los ojos. Pienso en el dinero. Que no vea el dinero. "¿Tengo que hacerte daño para que lo pilles? ¿tiene que dolerte PARA QUE LO METAS EN TU CABEZA DE IMBÉCIL?". Me aprieta. Agarro sus dedos sobre mi cuello. "No, no. Lo entiendo. Lo siento." Pega un último puñetazo junto a mi cara y el puño se hunde en la madera. Cuando vuelve a sacarlo, los nudillos le sangran. Los aprieta contra mi mejilla dejando un rastro rojizo. "Una sola vez, UNA SOLA, que me vuelvas a despertar y te lo llevas en los dientes." Me suelta. Las piernas se me aflojan. Quedo de pie, contra el armario. Le oigo acercarse al colchón y ponerse las zapatillas. Si ve el dinero en el suelo no podré comprar las palomitas . Procurando no moverme del sitio, empujo con el pie las monedas para que se oculten bajo la mesa. Pasa junto a mí y se marcha dando un portazo. Me asomo con cuidado por la ventana para verle desaparecer a paso rápido por el callejón. No volverá hasta que haya amanecido. Me siento en el sofá de cuadros y respiro hondo. No vale llorar, ni compadecerse. Es mi segunda norma autoimpuesta. Sólo vale recuperar las monedas y comprobar que pueda comprarme el paquete grande, hasta mañana al mediodía, que podré volver a subir a por comida. Mi padre vive en un día de oscuridad.
Un sandwich de pollo con culpa, porque lo he robado de la máquina. Nada más. Algo revuelto y unas décimas.
No me gusta escribir sobre él. Tampoco leer sobre él. Debería ser imparcial, frío y cuasi cirujano, pero no me sale. No sé qué pasa. Perdono sistemáticamente a todo el que me hace daño. Sólo necesito unos días. A veces meses, pero siempre llega la calma y las ganas de cruzar paces, y sin embargo con él... con él... Por más que le dejo en barbecho, ahí perdido entre las hojas, un año, dos, cinco... todavía vuelven una y otra vez los mismos sentimientos que me producía entonces. No estoy muy seguro de querer seguir con esto, ni de si va a servir de algo. Vale... cambio de tercio y tararí. Lo pensaré mañana.
Tengo un abcceso de pus en la rodilla (que raro). He ido al Hospital y me han recetado un antibiótico que tiene tres pastillas y cuesta 24 euros. Si llega a tener doce, como los antibióticos normales para pobres, hubiera tenido que empeñar uno de los gatos para medicarme.
También he aprovechado para ver al psicogrupo y conocer al miembro nuevo. Parece una pelota de tenis. Pequeño, redondito, peludo y amarillo. Se ha puesto a explicarme con pelos y señales como la medicación le estaba encogiendo el pene y cómo tenía que tirar hacia atrás del pellejo prepucial, cada vez que quería echar un pis. Luego ha abierto mucho los ojos y sujetándome la muñeca ha dicho bajito: "Oye, tú follas con hombres ¿no? ¿hace un polvo este sábado? soy hetero pero da igual ¿eh? voy salido..."
En condiciones normales, me habría quedado a averiguar cómo demonios sabía el hombre-pelota lo que yo follaba o dejaba de follar, pero mi cabeza ya estaba shockeada a la altura de lo del prepucio y el pis, así que me he limitado a decir "uh...eh... no..." y a largarme a mi casa a lavarme la muñeca con vinagre y sosa caústica.
Se acabó el psicogrupo en esta vida y en las próximas cinco reencarnaciones que me toquen. Al menos mientras alguna no sea en raqueta.
****************************************************
Silvana es hermosa y dulce. Siempre me dedica nombres cariñosos y se preocupa de que todos los días tome leche para que no me quede bajito y sin dientes. Lola es negra e inmensa, y siempre está cantando o rezando. Me agarra la cabeza para darme besos apretados y siempre mira que lleve limpias las orejas y el ombligo, porque dice que un hombre con pelusa en el ombligo no es hombre ni es nada. Mariona es flaca y pálida y no habla jamás, pero me revuelve el pelo y me sonríe cada vez que voy al kiosco a comprarle las revistas. Las revistas de Mariona siempre llevan fotos de mansiones lujosas donde viven famosos y princesas. Ella recorta las más bonitas, y las pega en un álbum negro, porque colecciona sueños imposibles, como otros coleccionan sellos o mariposas. Cuando estoy en casa de Silvana, Lola y Mariona, me siento como un chico normal, incluso aunque ninguno lo seamos, porque hay tapetes blancos en las mesas y cortinas de colores en las ventanas, y el cuarto de baño huele a menta y pino.
Por las mañanas subo a dar los buenos días y me dan leche y galletas. Cuando huele a guiso por la escalera, subo y me siento en los peldaños frente a su puerta, hasta que Silvana sale a por el pan y me encuentra. Entonces yo finjo que paso por allí, aunque viva un piso más abajo, y ella me llama "lindo" y "bebé", y le grita a Lola que ponga otro plato en la mesa. Y así voy desayunando y comiendo, mientras paso los primeros días en nuestro apartamento de nevera vacía con platos sucios y restos de alimentos que estaban allí cuando yo no los necesitaba.
Nicolás se ríe y me llama "el niño de las putas". Yo bajo la cabeza y le odio un poco, pero nunca digo nada. Silvana agita su pelo rojo hacia atrás y también se ríe. "Vos no hagás caso de tu papá, Ariel. Es boludo tu papá. Vos no sabés que es una puta ¿ah? Vos sos lindo y bueno y serás un buen esposo ¿ah?". Nicolás ríe con la colilla entre los dientes, y me pone la mano en la cabeza. "¡No va a saber lo que es una puta, el enano! ¡pero si salió del coño de una y otra lo crió!". Risas. Humo. Silvana se tapa la boca con las manos y las pulseras tintinean. "Aaah...¡sos malvado!". Sostengo la mano de mi padre sobre mi pelo, como el perro que sólo piensa en morderla. Destrozarla. Desollarla rápidamente con los colmillos.
Pero sólo bajo la cabeza, le odio un poco y nunca digo nada.
No me gusta escribir sobre él. Tampoco leer sobre él. Debería ser imparcial, frío y cuasi cirujano, pero no me sale. No sé qué pasa. Perdono sistemáticamente a todo el que me hace daño. Sólo necesito unos días. A veces meses, pero siempre llega la calma y las ganas de cruzar paces, y sin embargo con él... con él... Por más que le dejo en barbecho, ahí perdido entre las hojas, un año, dos, cinco... todavía vuelven una y otra vez los mismos sentimientos que me producía entonces. No estoy muy seguro de querer seguir con esto, ni de si va a servir de algo. Vale... cambio de tercio y tararí. Lo pensaré mañana.
Tengo un abcceso de pus en la rodilla (que raro). He ido al Hospital y me han recetado un antibiótico que tiene tres pastillas y cuesta 24 euros. Si llega a tener doce, como los antibióticos normales para pobres, hubiera tenido que empeñar uno de los gatos para medicarme.
También he aprovechado para ver al psicogrupo y conocer al miembro nuevo. Parece una pelota de tenis. Pequeño, redondito, peludo y amarillo. Se ha puesto a explicarme con pelos y señales como la medicación le estaba encogiendo el pene y cómo tenía que tirar hacia atrás del pellejo prepucial, cada vez que quería echar un pis. Luego ha abierto mucho los ojos y sujetándome la muñeca ha dicho bajito: "Oye, tú follas con hombres ¿no? ¿hace un polvo este sábado? soy hetero pero da igual ¿eh? voy salido..."
En condiciones normales, me habría quedado a averiguar cómo demonios sabía el hombre-pelota lo que yo follaba o dejaba de follar, pero mi cabeza ya estaba shockeada a la altura de lo del prepucio y el pis, así que me he limitado a decir "uh...eh... no..." y a largarme a mi casa a lavarme la muñeca con vinagre y sosa caústica.
Se acabó el psicogrupo en esta vida y en las próximas cinco reencarnaciones que me toquen. Al menos mientras alguna no sea en raqueta.
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Silvana es hermosa y dulce. Siempre me dedica nombres cariñosos y se preocupa de que todos los días tome leche para que no me quede bajito y sin dientes. Lola es negra e inmensa, y siempre está cantando o rezando. Me agarra la cabeza para darme besos apretados y siempre mira que lleve limpias las orejas y el ombligo, porque dice que un hombre con pelusa en el ombligo no es hombre ni es nada. Mariona es flaca y pálida y no habla jamás, pero me revuelve el pelo y me sonríe cada vez que voy al kiosco a comprarle las revistas. Las revistas de Mariona siempre llevan fotos de mansiones lujosas donde viven famosos y princesas. Ella recorta las más bonitas, y las pega en un álbum negro, porque colecciona sueños imposibles, como otros coleccionan sellos o mariposas. Cuando estoy en casa de Silvana, Lola y Mariona, me siento como un chico normal, incluso aunque ninguno lo seamos, porque hay tapetes blancos en las mesas y cortinas de colores en las ventanas, y el cuarto de baño huele a menta y pino.
Por las mañanas subo a dar los buenos días y me dan leche y galletas. Cuando huele a guiso por la escalera, subo y me siento en los peldaños frente a su puerta, hasta que Silvana sale a por el pan y me encuentra. Entonces yo finjo que paso por allí, aunque viva un piso más abajo, y ella me llama "lindo" y "bebé", y le grita a Lola que ponga otro plato en la mesa. Y así voy desayunando y comiendo, mientras paso los primeros días en nuestro apartamento de nevera vacía con platos sucios y restos de alimentos que estaban allí cuando yo no los necesitaba.
Nicolás se ríe y me llama "el niño de las putas". Yo bajo la cabeza y le odio un poco, pero nunca digo nada. Silvana agita su pelo rojo hacia atrás y también se ríe. "Vos no hagás caso de tu papá, Ariel. Es boludo tu papá. Vos no sabés que es una puta ¿ah? Vos sos lindo y bueno y serás un buen esposo ¿ah?". Nicolás ríe con la colilla entre los dientes, y me pone la mano en la cabeza. "¡No va a saber lo que es una puta, el enano! ¡pero si salió del coño de una y otra lo crió!". Risas. Humo. Silvana se tapa la boca con las manos y las pulseras tintinean. "Aaah...¡sos malvado!". Sostengo la mano de mi padre sobre mi pelo, como el perro que sólo piensa en morderla. Destrozarla. Desollarla rápidamente con los colmillos.
Pero sólo bajo la cabeza, le odio un poco y nunca digo nada.
Bonito con tomate. Un chupito de vodka. Na zdorovie!
M. me lleva al trabajo en moto hasta que su novia vuelva de vacaciones. Había olvidado el frío que se pasa yendo de paquete a esas horas. Cuando llego a destino, tengo que contarme los dedos de los pies, para asegurarme que no me he dejado ninguno por la M30. Creo que mañana me llevaré la chaqueta de rapero indigente y luego, cuando el termómetro esté en 39º, volveré con ella atada en la cabeza al estilo beduíno. Al fín y al cabo, después de la camisa hippie de ayer, y las flic-floc de hoy, cada vez tienen menos motivos en el trabajo para sorprenderse conmigo. De hecho, ya simplemente bajan la cabeza y hacen como que no me ven. Menos las señoras de más de 45. Esas siguen viéndome, observándome, mirándome y diciendo ayquepenadechico quemalasuertelodelcáncer.
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Son cerca de las diez cuando me despierta un ruido de llaves y veo entrar a la mujer. Lleva un vestido morado hasta los pies y pulseras de colores en las manos. Me he quedado dormido encima de la maleta. Intento levantarme rápidamente, pero el dolor del cuello me lo impide. Trastabillo y tiro la maleta al suelo. Los cierres desencajados se abren y el contenido se vuelca un poco al pie del sofá. La mujer se queda quieta, en el centro de la habitación mirándome recoger todo de nuevo. Cierro la maleta como puedo, y vuelvo a ponerme en pie. No sé qué hacer, así que me atuso la camisa arrugada y doy los buenos días. Ella se aparta el pelo rojo de la cara. Las pulseras le tintinean en la muñecas. Lleva un paquete pequeño envuelto en papel blanco que deja sobre la mesa. "¿Quién sos vos?". Estiro la espalda, brazos a los costados, pies juntos. "Ariel." Entrecierra los ojos. "¿Sos el niño de Nico?". Yo quiero decir que no soy un niño porque tengo trece años, pero sólo digo "No" y pierdo el aliento. Ella sonríe. "Claaaaro que sí. Pero qué lindo, mirá que ojos..." Me coge del mentón. Las pulseras vuelven a tintinear. "Sos bello ¿no?...". Se sienta sobre la mesa y cruza las piernas. Con el tobillo, empuja la silla y la vuelca con un ruido seco. Miro los pies de Nicolás que se revuelven un poco en colchón y doy un paso atrás. "Ay amor...¿tenés miedo del boludo este? nooo... es bello también aunque tenga sus cosas ¿no?." Rompe en pedacitos el paquete y saca una napolitana de crema. La muerde, dibujando un rastro de azúcar glass sobre su labio superior. Mi estómago se estremece y la boca se me llena de saliva. Quiero mirar al suelo, pero mis ojos se enganchan en la superficie glaseada de la napolitana. "¿Tenés hambre?". Yo quiero decir que no, pero digo que sí y vuelvo a perder el aliento. Me tiende el bollo. Mientras lo cojo, me siento enrojecer. Ella baja de un salto de la mesa, y pasa al otro lado de la falsa pared. Da una patada suave sobre los pies de Nicolás. "Eh, Nico. Me subo a tu bebé a tomarse el chocolate ¿ok?". Nicolás gruñe una queja y sigue durmiendo. Ella me coge de la mano. "¿Querés chocolate? ¿ah? ¿a que sí, amor? venite conmigo y te saco unos dulces ¿eh?". Me acaricia el pelo. "Si querés te lavás arriba, lo de Nico es una gorrinera..." Se ríe. Me enamoro. Me enamoro por primera vez. Me enamoro perdidamente. Subo la escalera siguiendo el rastro del tintineo de sus pulseras.
M. me lleva al trabajo en moto hasta que su novia vuelva de vacaciones. Había olvidado el frío que se pasa yendo de paquete a esas horas. Cuando llego a destino, tengo que contarme los dedos de los pies, para asegurarme que no me he dejado ninguno por la M30. Creo que mañana me llevaré la chaqueta de rapero indigente y luego, cuando el termómetro esté en 39º, volveré con ella atada en la cabeza al estilo beduíno. Al fín y al cabo, después de la camisa hippie de ayer, y las flic-floc de hoy, cada vez tienen menos motivos en el trabajo para sorprenderse conmigo. De hecho, ya simplemente bajan la cabeza y hacen como que no me ven. Menos las señoras de más de 45. Esas siguen viéndome, observándome, mirándome y diciendo ayquepenadechico quemalasuertelodelcáncer.
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Son cerca de las diez cuando me despierta un ruido de llaves y veo entrar a la mujer. Lleva un vestido morado hasta los pies y pulseras de colores en las manos. Me he quedado dormido encima de la maleta. Intento levantarme rápidamente, pero el dolor del cuello me lo impide. Trastabillo y tiro la maleta al suelo. Los cierres desencajados se abren y el contenido se vuelca un poco al pie del sofá. La mujer se queda quieta, en el centro de la habitación mirándome recoger todo de nuevo. Cierro la maleta como puedo, y vuelvo a ponerme en pie. No sé qué hacer, así que me atuso la camisa arrugada y doy los buenos días. Ella se aparta el pelo rojo de la cara. Las pulseras le tintinean en la muñecas. Lleva un paquete pequeño envuelto en papel blanco que deja sobre la mesa. "¿Quién sos vos?". Estiro la espalda, brazos a los costados, pies juntos. "Ariel." Entrecierra los ojos. "¿Sos el niño de Nico?". Yo quiero decir que no soy un niño porque tengo trece años, pero sólo digo "No" y pierdo el aliento. Ella sonríe. "Claaaaro que sí. Pero qué lindo, mirá que ojos..." Me coge del mentón. Las pulseras vuelven a tintinear. "Sos bello ¿no?...". Se sienta sobre la mesa y cruza las piernas. Con el tobillo, empuja la silla y la vuelca con un ruido seco. Miro los pies de Nicolás que se revuelven un poco en colchón y doy un paso atrás. "Ay amor...¿tenés miedo del boludo este? nooo... es bello también aunque tenga sus cosas ¿no?." Rompe en pedacitos el paquete y saca una napolitana de crema. La muerde, dibujando un rastro de azúcar glass sobre su labio superior. Mi estómago se estremece y la boca se me llena de saliva. Quiero mirar al suelo, pero mis ojos se enganchan en la superficie glaseada de la napolitana. "¿Tenés hambre?". Yo quiero decir que no, pero digo que sí y vuelvo a perder el aliento. Me tiende el bollo. Mientras lo cojo, me siento enrojecer. Ella baja de un salto de la mesa, y pasa al otro lado de la falsa pared. Da una patada suave sobre los pies de Nicolás. "Eh, Nico. Me subo a tu bebé a tomarse el chocolate ¿ok?". Nicolás gruñe una queja y sigue durmiendo. Ella me coge de la mano. "¿Querés chocolate? ¿ah? ¿a que sí, amor? venite conmigo y te saco unos dulces ¿eh?". Me acaricia el pelo. "Si querés te lavás arriba, lo de Nico es una gorrinera..." Se ríe. Me enamoro. Me enamoro por primera vez. Me enamoro perdidamente. Subo la escalera siguiendo el rastro del tintineo de sus pulseras.
Patatas con salmón. Algo de dolor en zona no identificada de la espalda. Ojo al dato. Eso es nuevo.
Me he llevado las zapatillas de Ed Hardy y la camisa hippie a trabajar. He contado las cabezas que se han vuelto a mirarme con ojos de "nopuedocreerlo". Ocho. Los azules moteados de la camisa enmedio del universo de los trajes grises y las corbatas rojas, han sido como un berrido en una sala de espera.
J. me dijo que no lo hiciera, porque no era buena idea jugar a enfadar al jefe con los tiempos que corren. Lo cierto es que era un consejo sabio. No entiendo por qué siempre termino haciendo lo contrario de lo que me dicen. Necesito algo que genere la energía suficiente como para electroshockearme el cerebro y encauzarme otra vez en el camino fácil. No sé... quizá un exorcismo, o un polvo de tres orgasmos.
Me desvelé antes del amanecer. Tequila dormía sobre mi almohada, así que me entretuve en mirarle con detenimiento el hocico. Es asimétrica. Tiene un lado del hocico más alto que el otro. Lo sumo al rabo en L, el chillidito de mono, las orejas de oso Yogui, la uña de velociraptor y la media pata trasera aplastada. Fea como un demonio. Increíblemente dulce y sociable con los extraños. Nunca tuve un gato igual. Es maravillosa; la niña de mis ojos. No la cambiaría por nada.
¿Por qué me gusta tanto lo imperfecto?
*************************
Apartamento 47 del primer piso. Huele extraño. No sé distinguir a qué, porque todo se mezcla en una sola habitación. Una nevera pequeña, una cocina de camping gas, un sofá de muelles con cuadros escoceses, una silla, una mesa de plástico moteada de marcas de cigarrillo. Media pared falsa que semiesconde un colchón, donde se enredan ropa, sábanas y almohadas con cercos amarillos por el uso de muchas cabezas. Una sola puerta, sin pomo, y una ventana frente al colchón. La única ventana. El tendedero improvisado con cuatro maderas sobre el alféizar, hace que la persiana no se pueda bajar. La casa es un gigante tuerto y oscuro, y la ventana su único ojo, con el párpado siempre entrecerrado.
Él se saca las zapatillas sucias con los pies, y se tira en el colchón. "Ponte cómodo donde quieras, chico. O... donde puedas...". Suelta un chorrito de risa. "Este sitio es un puto desastre, pero ya lo arreglaremos mañana ¿no?" Yo no sé qué hacer. Me quedo quieto, agarrado a mi maleta, bajo el zumbido del fluorescente que parpadea sobre mi cabeza. Me siento en el sofá de muelles que chirría y se ondula bajo mi peso, y espero con la espalda muy recta y la maleta sobre las rodillas, a que Nicolás se duerma. Necesito pensar, pero no podré hacerlo hasta que él se haya dormido. Y no sé por qué lo sé, pero lo sé. Igual que sé que a pesar del tiempo que llevo fuera de casa, nunca habré estado más lejos de ella que en este momento.
Estoy hambriento, pero no me atrevo a buscar comida, para no despertar a Nicolás. Empujo con cuidado la puerta sin pomo y giro el interruptor. Un water amarillento, sin tapa. La boca apestosa del gigante tuerto y oscuro. Un lavabo y un plato de ducha. Una pastilla de jabón en el suelo. Una cortina de plástico con dibujos de payasos, que se cierra en círculo sobre sí misma. Paso despacio el dedo y cuento los payasos de colores: uno, dos, seis... Ni ellos, ni yo deberíamos estar allí. Somos algo absurdo para la casa. Algo como las tijeras de un ciego o el rosario de un asesino.
Abro la nevera. Un flan con la tapa a medio abrir. Un cartón de leche. Manchas de huevo, de tomate... restos de todos los alimentos que estaban allí cuando no los necesitaba. Me asomo por la media pared de mentira y miro a Nicolás. Duerme tirado boca abajo, con la cabeza de lado y la boca abierta. Los dedos le tiemblan ligeramente al final del brazo que abandona por encima de la almohada. Mientras dejo que pasen las horas viéndole respirar, pienso que él nunca será absurdo allí, y siento la envidia de los que no pertenecemos a ningún sitio.
Me he llevado las zapatillas de Ed Hardy y la camisa hippie a trabajar. He contado las cabezas que se han vuelto a mirarme con ojos de "nopuedocreerlo". Ocho. Los azules moteados de la camisa enmedio del universo de los trajes grises y las corbatas rojas, han sido como un berrido en una sala de espera.
J. me dijo que no lo hiciera, porque no era buena idea jugar a enfadar al jefe con los tiempos que corren. Lo cierto es que era un consejo sabio. No entiendo por qué siempre termino haciendo lo contrario de lo que me dicen. Necesito algo que genere la energía suficiente como para electroshockearme el cerebro y encauzarme otra vez en el camino fácil. No sé... quizá un exorcismo, o un polvo de tres orgasmos.
Me desvelé antes del amanecer. Tequila dormía sobre mi almohada, así que me entretuve en mirarle con detenimiento el hocico. Es asimétrica. Tiene un lado del hocico más alto que el otro. Lo sumo al rabo en L, el chillidito de mono, las orejas de oso Yogui, la uña de velociraptor y la media pata trasera aplastada. Fea como un demonio. Increíblemente dulce y sociable con los extraños. Nunca tuve un gato igual. Es maravillosa; la niña de mis ojos. No la cambiaría por nada.
¿Por qué me gusta tanto lo imperfecto?
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Apartamento 47 del primer piso. Huele extraño. No sé distinguir a qué, porque todo se mezcla en una sola habitación. Una nevera pequeña, una cocina de camping gas, un sofá de muelles con cuadros escoceses, una silla, una mesa de plástico moteada de marcas de cigarrillo. Media pared falsa que semiesconde un colchón, donde se enredan ropa, sábanas y almohadas con cercos amarillos por el uso de muchas cabezas. Una sola puerta, sin pomo, y una ventana frente al colchón. La única ventana. El tendedero improvisado con cuatro maderas sobre el alféizar, hace que la persiana no se pueda bajar. La casa es un gigante tuerto y oscuro, y la ventana su único ojo, con el párpado siempre entrecerrado.
Él se saca las zapatillas sucias con los pies, y se tira en el colchón. "Ponte cómodo donde quieras, chico. O... donde puedas...". Suelta un chorrito de risa. "Este sitio es un puto desastre, pero ya lo arreglaremos mañana ¿no?" Yo no sé qué hacer. Me quedo quieto, agarrado a mi maleta, bajo el zumbido del fluorescente que parpadea sobre mi cabeza. Me siento en el sofá de muelles que chirría y se ondula bajo mi peso, y espero con la espalda muy recta y la maleta sobre las rodillas, a que Nicolás se duerma. Necesito pensar, pero no podré hacerlo hasta que él se haya dormido. Y no sé por qué lo sé, pero lo sé. Igual que sé que a pesar del tiempo que llevo fuera de casa, nunca habré estado más lejos de ella que en este momento.
Estoy hambriento, pero no me atrevo a buscar comida, para no despertar a Nicolás. Empujo con cuidado la puerta sin pomo y giro el interruptor. Un water amarillento, sin tapa. La boca apestosa del gigante tuerto y oscuro. Un lavabo y un plato de ducha. Una pastilla de jabón en el suelo. Una cortina de plástico con dibujos de payasos, que se cierra en círculo sobre sí misma. Paso despacio el dedo y cuento los payasos de colores: uno, dos, seis... Ni ellos, ni yo deberíamos estar allí. Somos algo absurdo para la casa. Algo como las tijeras de un ciego o el rosario de un asesino.
Abro la nevera. Un flan con la tapa a medio abrir. Un cartón de leche. Manchas de huevo, de tomate... restos de todos los alimentos que estaban allí cuando no los necesitaba. Me asomo por la media pared de mentira y miro a Nicolás. Duerme tirado boca abajo, con la cabeza de lado y la boca abierta. Los dedos le tiemblan ligeramente al final del brazo que abandona por encima de la almohada. Mientras dejo que pasen las horas viéndole respirar, pienso que él nunca será absurdo allí, y siento la envidia de los que no pertenecemos a ningún sitio.
Zumo de naranja. La pierna dando guerra. Pocas ganas de fiesta.
No he dormido nada. Nunca una frase hecha tuvo más sentido en su concepto de NADA. La pierna me ha dolido toda la noche. Echo de menos a mamá morfina. Papá metadona no resulta ni la mitad de divertido. Lo he ido mitigando levantándome y dando paseos por el pasillo pero no ha servido de mucho, salvo para quedarme helado y pisar algún gato que otro.
Tengo que preparar una comida mexicana de cumpleaños. Tengo que hacer tacos, fajitas, mole, mole + guaca, cócteles margarita... Sería genial poder empezar por esto último y darme un lingotazo de vez en cuando, que me permitiera llevar la celebración a buen término, pero no puedo beber alcohol con 70 mgrs. de prednisona en el cuerpo. Voy a empezar ya mismo a cocinar, antes de que me quede dormido encima del teclado. La pierna no me duele nada. Qué simpática. Creo que voy a dibujarle unos ojitos, una boquita sonriente y una manita levantando el dedo corazón.
Mañana trabajo. No importa. Tendré aire acondicionado. Yupi-yupi-yeyyyyyyyy (se llama sacar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas).
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El andén es mucho más silencioso cuando sus dos zapatillas viejas se paran ante mí. Yo me levanto como disparado por un muelle y le tiendo la mano. Su cara se llena de dientes mientras me estrecha el pulgar, saludándome al estilo americano. El contacto de su palma dura unos segundos, pero me despierta. “¡Dios bendito! ¿qué es ese trasto, chico?”. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se refiere a la maleta. “Es la maleta de la abuela Agra”. Vuelve a llenarse de dientes. “Ya, ya, no hace falta que lo jures. ¿Por qué no tienes una mochila sucia como los chicos normales?.” No sé qué contestar. Podría decirle que llevo una mochila en la maleta pero la idea no me hace sentir más normal. “Anda, vamos. Nos merecemos dormir un poco ¿no?.”
Recorremos en silencio tramos de metro que desconozco. Intento mantener los ojos lejos de los suyos, pero le siento recorrerme con la vista de arriba abajo. Pienso que se está preguntando por qué no tiene un hijo normal. Intento pensar en frases que pudiera decir otro chico cualquiera. “¿Por qué has tardado tanto en venir?”, “¿Madrid es bonito?”, “¿Podremos ir al cine alguna vez?”, “¿Puedo comer algo antes de acostarme?.”
Mientras enlazo frases normalizantes que nunca soltaré, llegamos a destino y salimos al exterior. Veo las luces y los escaparates de la calle Preciados y apenas puedo dar dos pasos de forma regular. Todo es tan maravilloso que me parece no estar viviéndolo. Pego mi nariz a los cristales de la Fnac. El me espera siempre dos metros por delante, como el amo que se irrita con el vaivén del perro. “Venga ya, niño, joder. Es tarde y estoy cansado.” Recupero los pasos que nos separan y pido disculpas. “¿Qué significa FNAC?” “Yo que sé qué significa, chico… no es más una puta tienda de libros y discos chungos para freakis con poca pasta. Oye, mira, ya puedes venir mañana y te lo miras todo ¿eh? Ahora lo que quiero es meterme en el sobre porque, en serio, estoy roto.”
Freakis, chungos, pasta, sobre, roto… Memorizo palabras. “Sí, señor.” “¿¿Señor?? ¡amos no me jodas!”. Se ríe con ganas y la cara se le vuelve a llenar de dientes. Como no sé qué hacer, también me río, aunque no estoy seguro de que tenga que hacerlo. “¿A qué hora puedo venir mañana?”, “¿A qué hora? ¡yo que sé! Cuando te levantes ¿no? o cuando te salga de los huevos, oye no más preguntas por hoy ¿eh?.”
Al torcer por una bocacalle, las luces se mitigan, y desaparecen del todo al llegar al portal. Huele a orines y a pescado. Gira la llave en una reja metálica. “Bienvenido al hogar, chico.”
No he dormido nada. Nunca una frase hecha tuvo más sentido en su concepto de NADA. La pierna me ha dolido toda la noche. Echo de menos a mamá morfina. Papá metadona no resulta ni la mitad de divertido. Lo he ido mitigando levantándome y dando paseos por el pasillo pero no ha servido de mucho, salvo para quedarme helado y pisar algún gato que otro.
Tengo que preparar una comida mexicana de cumpleaños. Tengo que hacer tacos, fajitas, mole, mole + guaca, cócteles margarita... Sería genial poder empezar por esto último y darme un lingotazo de vez en cuando, que me permitiera llevar la celebración a buen término, pero no puedo beber alcohol con 70 mgrs. de prednisona en el cuerpo. Voy a empezar ya mismo a cocinar, antes de que me quede dormido encima del teclado. La pierna no me duele nada. Qué simpática. Creo que voy a dibujarle unos ojitos, una boquita sonriente y una manita levantando el dedo corazón.
Mañana trabajo. No importa. Tendré aire acondicionado. Yupi-yupi-yeyyyyyyyy (se llama sacar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas).
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El andén es mucho más silencioso cuando sus dos zapatillas viejas se paran ante mí. Yo me levanto como disparado por un muelle y le tiendo la mano. Su cara se llena de dientes mientras me estrecha el pulgar, saludándome al estilo americano. El contacto de su palma dura unos segundos, pero me despierta. “¡Dios bendito! ¿qué es ese trasto, chico?”. Tardo unos segundos en darme cuenta de que se refiere a la maleta. “Es la maleta de la abuela Agra”. Vuelve a llenarse de dientes. “Ya, ya, no hace falta que lo jures. ¿Por qué no tienes una mochila sucia como los chicos normales?.” No sé qué contestar. Podría decirle que llevo una mochila en la maleta pero la idea no me hace sentir más normal. “Anda, vamos. Nos merecemos dormir un poco ¿no?.”
Recorremos en silencio tramos de metro que desconozco. Intento mantener los ojos lejos de los suyos, pero le siento recorrerme con la vista de arriba abajo. Pienso que se está preguntando por qué no tiene un hijo normal. Intento pensar en frases que pudiera decir otro chico cualquiera. “¿Por qué has tardado tanto en venir?”, “¿Madrid es bonito?”, “¿Podremos ir al cine alguna vez?”, “¿Puedo comer algo antes de acostarme?.”
Mientras enlazo frases normalizantes que nunca soltaré, llegamos a destino y salimos al exterior. Veo las luces y los escaparates de la calle Preciados y apenas puedo dar dos pasos de forma regular. Todo es tan maravilloso que me parece no estar viviéndolo. Pego mi nariz a los cristales de la Fnac. El me espera siempre dos metros por delante, como el amo que se irrita con el vaivén del perro. “Venga ya, niño, joder. Es tarde y estoy cansado.” Recupero los pasos que nos separan y pido disculpas. “¿Qué significa FNAC?” “Yo que sé qué significa, chico… no es más una puta tienda de libros y discos chungos para freakis con poca pasta. Oye, mira, ya puedes venir mañana y te lo miras todo ¿eh? Ahora lo que quiero es meterme en el sobre porque, en serio, estoy roto.”
Freakis, chungos, pasta, sobre, roto… Memorizo palabras. “Sí, señor.” “¿¿Señor?? ¡amos no me jodas!”. Se ríe con ganas y la cara se le vuelve a llenar de dientes. Como no sé qué hacer, también me río, aunque no estoy seguro de que tenga que hacerlo. “¿A qué hora puedo venir mañana?”, “¿A qué hora? ¡yo que sé! Cuando te levantes ¿no? o cuando te salga de los huevos, oye no más preguntas por hoy ¿eh?.”
Al torcer por una bocacalle, las luces se mitigan, y desaparecen del todo al llegar al portal. Huele a orines y a pescado. Gira la llave en una reja metálica. “Bienvenido al hogar, chico.”
Sandía y lentejas. He recuperado un kilo. Estoy bien, estoy bien, estoy bien...
70 mgrs. de predinsona. Todo el día de la ceca a la meca, para evitar que la pierna se me hinche. Yendo de acá para allá, tric-troc-tric-troc como el pirata de la pata de palo, con ojo de vidrio y cara de malo.
Ya voy metiendo el culo adecuadamente en pantalones que no son de talla infantil. Todo un logro para mi culo, el poder volver a merecerse el nombre, y toda una alegría para su dueño, el poder volver a comprarse ropa sin dibujos de animalitos. También me compré una chaqueta con capucha talla XXL para esconderme en ella. M. dijo que parecía un rapero indigente, así que para contrarrestar el look, le añadí un cinturón de cuero de 20 euros. M. dijo que estaba mucho mejor, porque así al menos parecía un rapero indigente con veinte euros menos. M. es realmente ingenioso cachondeándose de mí. Una pena que no pueda ganarse la vida con eso.
Me han quitado la morfina y han empezado a ponerme parches de metadona para pasar el monazo. A veces duele un poco y a veces mucho. Cuando duele mucho, pienso en el retorno de mi culo para estar contento, y hasta me lo miro en el espejo. Nunca un culo hizo tan feliz a nadie.
Ehm... vale... mañana reviso esa frase.
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Espero en la estación pero nadie viene. Me han dicho que espere junto a los torniquetes de entrada al metro, así que los cruzo y me paro a esperar, pero el tiempo pasa sin que siga sin venir nadie a por mí.
Intento distraerme mirando la gente que entra y sale del andén. Pregunto la hora a una señora que lleva un vestido de flores. Su hija me mira mientras la señora intenta distinguir su reloj por debajo de las gafas. Tiene ojos avellana y el pelo le cae sobre un ojo. Me sonríe y se le marca un hoyuelo en la mejilla. Yo enrojezco de la cabeza a los pies. Las ocho y veinte. Le dijeron que llegaría a las siete. Me palpo la nota con el teléfono de emergencia en el bolsillo y me siento más seguro. Junto los tobillos, pego los brazos a los costados, y sigo esperando como un buen soldado.
El vigilante del uniforme me dice que son las nueve y media. “¿Te has perdido, chico?” Le digo que estoy esperando a mi padre y le pregunto si hay más torniquetes para salir del andén. Él suelta una risotada. “¡Más torniquetes! ¿Pues cuantos quieres que haya?”.
Un hombre que saca un billete de la máquina expendedora me dice que son las diez y cuarto. Empiezo a tener hambre. Las piernas me duelen un poco y ya no puedo pegar los brazos a los costados, ni juntar los tobillos. Soy un soldado cansado. Pongo la maleta en el suelo y me siento encima.
Dos chicas que desplegan un plano me dicen que son las once menos diez. Saco el papel del bolsillo y pregunto dónde puedo llamar por teléfono. Ellas se miran y me dicen que tengo que salir a la calle para hacerlo. No puedo salir a la calle, me han dicho que espere junto a los torniquetes. Vuelvo a guardar el papel y a sentarme en la maleta. Tengo miedo, así que cierro los ojos y me imagino que estoy en casa. El olor de las manzanas con canela de la abuela Agra. El crujido de las alpargatas de Tonio mientras poda los rosales. Las chicharras en el roble. Caliban en el banco de la ventana, dibujando con las ceras de colores. Me cuenta que los pintores antiguos sacaban el color azul de una piedra muy valiosa que se llama azurita. Levanta la cera azul y me mira “Era el color más caro de conseguir. El azul. Tu favorito, Ari.”
Abro los ojos y vuelve el ruido del andén. Siento la pena en la punta de los dedos. No me acuerdo de la cara de mi hermano.
70 mgrs. de predinsona. Todo el día de la ceca a la meca, para evitar que la pierna se me hinche. Yendo de acá para allá, tric-troc-tric-troc como el pirata de la pata de palo, con ojo de vidrio y cara de malo.
Ya voy metiendo el culo adecuadamente en pantalones que no son de talla infantil. Todo un logro para mi culo, el poder volver a merecerse el nombre, y toda una alegría para su dueño, el poder volver a comprarse ropa sin dibujos de animalitos. También me compré una chaqueta con capucha talla XXL para esconderme en ella. M. dijo que parecía un rapero indigente, así que para contrarrestar el look, le añadí un cinturón de cuero de 20 euros. M. dijo que estaba mucho mejor, porque así al menos parecía un rapero indigente con veinte euros menos. M. es realmente ingenioso cachondeándose de mí. Una pena que no pueda ganarse la vida con eso.
Me han quitado la morfina y han empezado a ponerme parches de metadona para pasar el monazo. A veces duele un poco y a veces mucho. Cuando duele mucho, pienso en el retorno de mi culo para estar contento, y hasta me lo miro en el espejo. Nunca un culo hizo tan feliz a nadie.
Ehm... vale... mañana reviso esa frase.
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Espero en la estación pero nadie viene. Me han dicho que espere junto a los torniquetes de entrada al metro, así que los cruzo y me paro a esperar, pero el tiempo pasa sin que siga sin venir nadie a por mí.
Intento distraerme mirando la gente que entra y sale del andén. Pregunto la hora a una señora que lleva un vestido de flores. Su hija me mira mientras la señora intenta distinguir su reloj por debajo de las gafas. Tiene ojos avellana y el pelo le cae sobre un ojo. Me sonríe y se le marca un hoyuelo en la mejilla. Yo enrojezco de la cabeza a los pies. Las ocho y veinte. Le dijeron que llegaría a las siete. Me palpo la nota con el teléfono de emergencia en el bolsillo y me siento más seguro. Junto los tobillos, pego los brazos a los costados, y sigo esperando como un buen soldado.
El vigilante del uniforme me dice que son las nueve y media. “¿Te has perdido, chico?” Le digo que estoy esperando a mi padre y le pregunto si hay más torniquetes para salir del andén. Él suelta una risotada. “¡Más torniquetes! ¿Pues cuantos quieres que haya?”.
Un hombre que saca un billete de la máquina expendedora me dice que son las diez y cuarto. Empiezo a tener hambre. Las piernas me duelen un poco y ya no puedo pegar los brazos a los costados, ni juntar los tobillos. Soy un soldado cansado. Pongo la maleta en el suelo y me siento encima.
Dos chicas que desplegan un plano me dicen que son las once menos diez. Saco el papel del bolsillo y pregunto dónde puedo llamar por teléfono. Ellas se miran y me dicen que tengo que salir a la calle para hacerlo. No puedo salir a la calle, me han dicho que espere junto a los torniquetes. Vuelvo a guardar el papel y a sentarme en la maleta. Tengo miedo, así que cierro los ojos y me imagino que estoy en casa. El olor de las manzanas con canela de la abuela Agra. El crujido de las alpargatas de Tonio mientras poda los rosales. Las chicharras en el roble. Caliban en el banco de la ventana, dibujando con las ceras de colores. Me cuenta que los pintores antiguos sacaban el color azul de una piedra muy valiosa que se llama azurita. Levanta la cera azul y me mira “Era el color más caro de conseguir. El azul. Tu favorito, Ari.”
Abro los ojos y vuelve el ruido del andén. Siento la pena en la punta de los dedos. No me acuerdo de la cara de mi hermano.
Churros. No queda vergüenza torera en este pobre cuerpo serrano. Ciática, ciática, ciática... ay....
He vuelto. Había un jardín con un pozo y un columpio y una escalera donde me torcí el tobillo por hacer el idiota. También había una piscina natural con el agua bajo cero, que te entumecía las piernas, y un chico con una camiseta del pato donald que todas las mañanas al pasar por la puerta del bar, me decía "eh rubio ¿te echas un billar?"
Si yo fuera parte de una película habría jugado al billar con él y le habría ganado en cuatro golpes, mientras cuatro chicas lugareñas nos observaban y se enamoraban perdidamente de mí. Entonces alguien habría preguntado "¿pero de dónde ha salido este?" y otro alguien habría respondido "¿no le has reconocido? ¡es Flipper Macmanagan! ¡el campeón mundial de billar americano! está pasando unos días de descanso en este pueblo de mierda, mientras se recupera de la muerte de su amada esposa..."
Bueno, puede que "pueblo de mierda" no hubieran dicho... En todo caso, da igual porque no soy Flipper Macmanagan, y no he jugado bien al billar en mi puta vida. Creo que Teo tiene todavía la cicatriz que le hice en la cabeza con aquella bola que, los dioses sabrán cómo demonios, lancé disparada hacia arriba en parábola perfecta, con rajada de tapete en triángulo escaleno.
Tengo que escribir. Tengo que escribir ¿no? sí... tengo que escribir.
Me veo en la cam y me mimetizo con la puerta del armario. Tengo color de tejado. De moro chungo. De tipo que levanta el cartelito de stop en las obras de carretera.
Tengo que escribir. Me voy a escribir.
He vuelto. Había un jardín con un pozo y un columpio y una escalera donde me torcí el tobillo por hacer el idiota. También había una piscina natural con el agua bajo cero, que te entumecía las piernas, y un chico con una camiseta del pato donald que todas las mañanas al pasar por la puerta del bar, me decía "eh rubio ¿te echas un billar?"
Si yo fuera parte de una película habría jugado al billar con él y le habría ganado en cuatro golpes, mientras cuatro chicas lugareñas nos observaban y se enamoraban perdidamente de mí. Entonces alguien habría preguntado "¿pero de dónde ha salido este?" y otro alguien habría respondido "¿no le has reconocido? ¡es Flipper Macmanagan! ¡el campeón mundial de billar americano! está pasando unos días de descanso en este pueblo de mierda, mientras se recupera de la muerte de su amada esposa..."
Bueno, puede que "pueblo de mierda" no hubieran dicho... En todo caso, da igual porque no soy Flipper Macmanagan, y no he jugado bien al billar en mi puta vida. Creo que Teo tiene todavía la cicatriz que le hice en la cabeza con aquella bola que, los dioses sabrán cómo demonios, lancé disparada hacia arriba en parábola perfecta, con rajada de tapete en triángulo escaleno.
Tengo que escribir. Tengo que escribir ¿no? sí... tengo que escribir.
Me veo en la cam y me mimetizo con la puerta del armario. Tengo color de tejado. De moro chungo. De tipo que levanta el cartelito de stop en las obras de carretera.
Tengo que escribir. Me voy a escribir.
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