Tallarines y felicidad. Felicidad y tallarines.

Me reunieron los tres en la consulta y me dijeron que la operación se podía considerar un éxito. Que no había rechazo. Que los marcadores eran negativos. Que la herida cicatrizaba según lo previsto. Que sólo quedaba seguir rehabilitando para recuperar la musculatura de las piernas y hacer una vida lo más normal posible. Yo sólo escuché las palabras "piernas" y "éxito". Lo demás para mí fue una sucesión de blablablás entre toda una borrachera de alegría absurda e idiotizada. Luego me quitaron el catéter de la rodilla. Pregunté: "¿Y ahora qué?" y la doctora sonrió y dijo "Ahora ya sólo luchamos contra la artritis. Pero es un enemigo pequeñito."

Tengo un enemigo pequeñito. Y tengo piernas. Dos. Mis piernas. Estuve dos horas desnudo tumbado en la cama, con los pies sobre la pared, mirándomelas. Levantando una. Levantando la otra. Girando una. Girando la otra. Doblando una. Doblando la otra. Cuando el catéter del pecho empezó a molestarme, me dibujé un OK con rotulador rojo en el muslo izquierdo y un Nepomuk haciendo una zapateta en el derecho. Le mandé un sms para decírselo. Estaba muy contento, era la mejor noticia del mundo. A él no se lo pareció. No dijo nada, ni le dió importancia. Estaba molesto porque no le había llamado. Me puse triste unos minutos. Los justos hasta volver a ver mi pierna, en su sitio, haciendo coro con la otra, como el resto de las piernas sanas y normales del mundo mundial.

Mañana devolveré la silla de ruedas al hospital y subiré las muletas al trastero. Y haré un yipi-yupi-yei desde la terraza de antenas al más puro estilo de Hopalong Cassidy.


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Le he visto antes. Muchas veces. Realiza todo el ritual sin acelerarse, ni temblar. Con movimientos seguros y lentos, como quien bajara los últimos escalones de su vida por voluntad propia. Entonces, solo entonces, parece un hombre normal. Entrecierra los ojos, se ajusta el flequillo rubio detrás de las orejas y frota rápidamente las manos para calentarlas. Luego cruje los nudillos en un tirón y procede, con expresión seria y gesto meticuloso. Desmonta un cigarrillo y aparta el filtro. Destapa el agua destilada y la gotea sobre la dosis. Añade las gotas de vinagre y enciende el mechero sobre la base, hasta que la ve burbujear melosa. Después echa el filtro del cigarrillo a la mezcla y espera. Uno, dos, tres segundos. Romper el envase de la jeringuilla. Extraer la dosis del filtro. Dos golpes leves con los dedos. Lista y esperando para entrar en ti. Buscar la vena. Las del antebrazo demasiado quemadas. Valdrá el pie, la ingle, la lengua, las encías... Todo el entramado de circulación sanguínea dibujando una enorme boca sedienta y ansiosa.
Deja con cuidado la jeringuilla sobre la lata de cerveza. La perla dorada asomando en la aguja. Rompe el envase de los condones con las muelas. Ya no le quedan dientes para eso, se los llevó el caballo. Me sostiene el brazo con dulzura. Como el que levanta a un niño. Anuda las gomas alrededor y tira, hasta que siento el latido en la muñeca. Recoge la jeringuilla. Yo digo algo. No sé bien el qué. Un murmullo. Alguna queja inconexa. Él me mira y me acaricia la mejilla. "Sssssht... calla... bienvenido al mundo, chico... bienvenido al mundo..." Miro mi brazo y lo tenso para comprobar que aún es mío. La mano con la palma hacia arriba, pidiendo algo. Algo quiero. Salir de allí. No haber estado. No haberme levantado esa mañana. No haber nacido. Sus dedos presionan y buscan la vena. Inyecta el primer bombeo. Siento calor. Desde los pies, subiendo a lo largo de mi cuerpo. Soy un vaso que va llenándose de agua caliente, más y más hacia arriba. Las piernas me pesan. El cuerpo entero me pesa. El calor desborda mi cabeza cuando aprieta el segundo bombeo y siento el bienestar. Aprieto los puños para mitigar el leve picor entre los dedos. No siento nada. Felicidad. Tranquilidad. Estoy en casa. Por fín. Por fin he vuelto a casa y a partir de ahora todo irá bien. "Haremos que te sientas mejor ¿ok?" Cierro los ojos y él vuelve a acariciarme la mejilla. Yo la apoyo en su mano. Nos comunicamos. Al fín. Nos entendemos y caminamos en el mismo sentido. "¿Bien?". Abro los ojos. Sonríe. Por primera vez me doy cuenta de que es guapo. De que tiene ojos de ángel de venganza. Los ángeles de mi catecismo con tapas de nácar. "Sí... bien... bien..."
El tiempo se ondula y se desliza. Siento sombras y oigo voces, pero son suaves. Nada me molesta. Nisiquiera la cara tallada en madera que me mira desde el fondo de la habitación. Nicolás vuelve a acariciarme la cabeza. Me toma el pulso en el cuello. "No. Déjale tranquilo...hoy no. Está bien así."
Sí, estoy bien. Déjame. Dejadme.
Proteínas con leche y tortilla de espinacas.

He ido a trabajar. Las escaleras del metro me han costado un poco, así que las he bajado deslizando el culo por la barandilla. Ha sido genial. Cuando pase agosto, veinte personas bajarán conmigo y ya no podré hacer ese tipo de tonterías, así que tengo que aprovechar estos dos últimos días para mis arieladas particulares.
He conocido al chico nuevo de prácticas. Parecía aburrido de maquetar informes, así que le he enseñado a hacer un batman en Illustrator (también tengo que aprovechar la ausencia de jefe para las arieladas de la oficina). En un momento dado, justo cuando él daba un sorbo al café, le he querido explicar cómo funcionaba el boton de arrastre y literalmente he dicho: "utiliza la manita para movértela". Le ha faltado un tris para ahogarse en un ataque de risa con tos. Se ha puesto tan morado que casi parecía un arándano con patillas. Yo, sinceramente, no he encontrado tan gracioso el doble sentido, así que llego a la conclusión de que mi arándano de prácticas debe llevar una vida de monaguillo cuaresmeño (el polo de rayitas abrochado hasta el último botón así lo atestigua).

El lunes pienso dibujarle una batgirl con pezones en 3D.


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Giro el barreño en mis manos. Él se vuelve frente a mí, intentando encender el resto de una colilla. "¿Qué coño haces con eso? ¿te vas a poner a fregar ahora? jejeje puto crío pirado...". Miro mis pies. Las zapatillas sin calcetines. Los cordones desatados dibujando eses sobre el parquet. Dejo de sentir tristeza y de llorar. Dejo de sentirlo todo. Me solidifico y me ahueco, como un coral fuera del agua. Él enciende su colilla y vuelve a darme la espalda. "Venga, sube de una vez y tráeme el paquete. Que no se te corra dentro. A saber en qué agujeros la mete el gilipollas ese..." Paso el dedo por las flores blancas del barreño. "Dime dónde ha ido Silvana, por favor." Se inclina sobre el colchón y revuelve entre las sábanas. "No me toques los cojones, ya te he dicho lo que hay. Bájame lo mío y yo te doy lo que te dejó la puta esa. Y no me hagas decírtelo otra vez si no quieres que lo acompañe con un par de hostias." Levanta una por una las latas de cerveza buscando restos. "Un puto crío pirado... eso es lo que eres... como tu puta madre y tu puta abuela. Una puta familia de pirados. Una loca y una perra pariendo a un retrasado maricón y a un puto tullido... tchsk... qué bien muertas están, cojones..." Me acerco a su espalda y levanto el barreño. Lo dejo caer con fuerza sobre su cabeza. Él cae hacia delante y queda a cuatro patas sobre el colchón. Durante unos segundo, nada sucede, ni reacciona. Todo queda quieto y en paréntesis. Él respira hondo con la cara vuelta hacia el colchón. Yo lo hago sujetando aún el barreño por el borde. Luego lo levanto de nuevo y le vuelvo a golpear. Mucho más fuerte. Cae de bruces. Queda boca abajo sobre el revuelto de sábanas húmedas. "Dime dónde está Silvana, por favor." Oigo un ruido extraño procedente de su boca aplastada contra el colchón. Algo parecido al gorgoteo de un pájaro. Le golpeo de nuevo con los ojos cerrados. Siento el crujido del plástico rajándose contra su cabeza. "Dime dónde está Silvana." Oigo su risa apagada y abro los ojos. Le veo girarse lentamente en el colchón hasta quedar bocarriba. Tiene sangre en la nariz y las encías. Y se ríe. Se ríe convulsivamente, con los brazos encogidos contra el pecho. "He despertado a la bestia... jejejeje... dale un besito a papá..." Vuelve a doblarse en risas agónicas. Tose y escupe saliva sanguinolenta sobre las sábanas. "Busca algo más duro para atizarme, chico... jejejeje... tardarás menos en acabar conmigo... jejejeje". Veo mi reflejo sobre el espejo del baño. El barreño rajado entre mis manos. Mi expresión de nada. Los ojos vacíos desde el fondo de mi cabeza sin pelo. Soy como él. Lo soy. Ya sí lo soy. Suelto el barreño y le oigo rebotar contra el parquet. Caigo de rodillas sobre el colchón. "¿Por qué me haces esto?... ¿por qué? no es culpa mía, yo no pedí venir aquí... no lo pedí... yo... ". Deja de reir y me mira con los brazos aún encogidos sobre el pecho. "No es justo... No es justo... tú me tienes que querer. Eres mi padre... los padres tienen que querernos... tienes que cuidarme... los padres cuidan... los padres..." Pierdo el sentido de lo que digo. Tartamudeo y vuelvo a llenarme de lágrimas. Quiero levantarme y salir de allí. Esconderme en algún sitio. Subir los pies sobre la banqueta del fotomatón y correr la cortina. Pero no lo hago. Solo me doblo en dos sobre mi estómago y lloro. "No vuelvas a llamarle puto tullido... tú no estabas allí... no sabes nada... no estabas allí... él hacía dibujos... hacía dibujos... era el mejor..." Se aúpa sobre un codo y me mira fijamente con expresión tranquila. Me toma del brazo y me atrae hacia él, abrazándome contra su pecho. Yo hundo la nariz en el olor de Regina. Me dejo llevar y lloro sobre su piel pergaminosa. Dejo que todo se caiga y muera. No me importa. Estoy cansado. No queda nada. Nadie. No quiero seguir. Me acaricia la cabeza con una mano mientras revuelve entre las sábanas con la otra. "Está bien, chico... tranquilo... está bien..." Le veo sacar la caja de debajo de las almohadas. Muy despacio, con una sola mano, hurga en ella y extiende todo sobre el colchón. Las jeringuillas. El agua. El vinagre. Los mecheros. La bolsita marrón. Me pasa el brazo por los hombros y me tumba despacio. Se pasa la toalla por la boca y escupe restos de sangre en ella. Me pone una mano sobre el vientre. "Tranquilo chico... haremos que te sientas mejor ¿ok?"
Más pollo. Y sandía. No hay dolor. Ole, ole...

Desde que sé que no lee mi zona gris, reescribo los diarios con más tranquilidad. Menuda gilipollez pero... es así. Creo que quizá Nicolás resucitado no me asustaba tanto por mí, como por lo que le hiciera sentir a él. Bueno... en todo caso, Nicolás resucitado ya no asusta a nadie. Todo el mal rollo que me producía se está diluyendo por el ombligo. Quizá al final no haya sido tan mala idea lo de destriparme la memoria. Cuando me quede vacío, a lo mejor dejo de soñar con aguas estancadas y animales muertos y empiezo a tener sueños eróticos en el paraíso de las 10.000 vírgenes de los terroristas suicidas.

Estoy mucho mejor. Contento con la foto. Patxi, el gato malvado. Si le miras fijamente, puedes leerle el pensamiento en sus ojos de cabrón. Está diciendo: "Cuando se dispare el objetivo haré sashimi con tus pelotas, maldito humano..."

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"¿Sabes dónde se ha ido?" Cierro la puerta tras de mí. Él ríe ahogadamente, como un viejo fuelle de chimenea. "En serio... en, serio chico... deberías ver tu cara..." Se sujeta el pecho para seguir riendo. Se dobla sobre el colchón y se retuerce en pequeños espamos de respiración agitada. Yo espero, muy quieto, con la espalda contra la puerta. Los vaqueros pegados a mi piel mojada. Los brazos perdidos a ambos lados del cuerpo. Pisándome los cordones de las zapatillas que apenas he llegado a anudar en mis ansiedad por subir a verla. "Dímelo... ¿sabes dónde ha ido?". Enlaza toses rotas y deja de reir. Se queda de nuevo con expresión bovina y sonrisa torcida entre guedejas rubias. "No sé... debería ¿no? los papás lo sabemos todo..." Respiro hondo. "Por favor, dime dónde ha ido.". Sonríe. "Uh... te queda mucho por aprender de las tías y de las putas en particular, pequeño imbécil... " Separa las piernas y se recuesta sobre la pared. Me arrodillo junto a él. "Por favor... por favor, dímelo." Me mira con ojos afilados. "Crees que tu viejo es un puto yonki colgado ¿eh?..." En un movimiento rápido me agarra de la nuca y me atrae hacia él. Tenso el cuello e intento zafarme, pero me sujeta firme frente a su cara, como quien agarra a un perro. Huelo su aliento de tabaco y encías muertas. "Pues este yonki colgado se la follaba, niñato... aquí mismo... dónde estás tu. Aquí le abría las piernas y me la follaba hasta que gritaba como la jodida puta que era..." El cuello se me contrae. Siento el latido de mi propio pulso bajo la oreja. "¿Qué hacías tú mientras? ¿eh? ¿matarte a pajas pensando en su coñito rubio? ¿comprarle pulseras?" Cierro los ojos y me agarro a su antebrazo. Trenzas de venas azules salientes bajo mis dedos. "Me haces daño. Suéltame..." Las puntas de sus dedos se clavan en mi nuca. "¿Hacías eso? ¿eh? ¿te la cascabas como un gilipollas mientras yo me la follaba? el chico listo... el que quería ser escritor... tantos libros de mierda y nisiquiera has sabido comerle el coño a una jodida puta." Me suelta en un tirón. Retrocedo de espaldas, como un cangrejo, sin apartar la vista de sus ojos. Siento que me lleno de lágrimas. "Hijo de puta... enfermo... ojalá... ojalá te mueras." Se levanta con paso tranquilo. "Bueno, cálmate, chaval. Seguro que para eso no hace falta mucho... ¿dónde andará la mierda del tabaco?" silba tranquilo, dándome la espalda, mientras revuelve entre los medicamentos de la mesa. "Eh, ¿quieres saber qué decía cuando se corría? oh niiiiiiiiico... sos duuuuuuuulce... sos tan ricoooooooo... jejejeje ¿te acuerdas? estas argentinas son miel con chocolate, joder. Te lo digo yo." Vuelvo a cerrar los ojos. "Cállate...calla..." Gira la cabeza y me mira con la colilla entre los labios. "Oye ¿van a venir a por ti pronto? porque... tengo un colega. Seve. ¿Te acuerdas de Seve? bueno pues... ese si que te ha echado de menos, así que vete a verle al 54 y dile que te mando yo. Hazle algo guapo y ponle contento. Yo que sé. Chúpasela o ponle el culo o lo que coño hagas en estos casos, ya sabes. Te dará un paquete para mí. Me lo traes y yo te doy el teléfono de la argentinita... ¿ok?"
Me levanto despacio. Recojo mi gorro del suelo, junto con la ropa interior. Doblo todo con cuidado y lo guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón. Él silba y vuelve a darme la espalda. "Y lávate un poco la jeta... a ver si no se le va a levantar y se jode el invento, jejeje..." Miro a mi alrededor, a través de la neblina de las lágrimas. Distingo el viejo barreño rojo volcado sobre la nevera. Me paso la manga por los ojos, extiendo la mano y lo agarro con fuerza.

Un poco de pollo. Un sobre de proteínas.

En casa.
Se esconden mil connotaciones en un te quiero. Miles. Millones. Pero solemos escucharlos a diario y tendemos a mimetizarlos como tantas y tantas frases que van perdiendo su color a base de repetirlas y de convertirlas en lenguaje al uso, gris y desganado.
Se esconden mil connotaciones en mis te quiero. No es capaz de descifrar ninguna. Moriría por él. Mataría por él. Volaría el mundo en pedazos por él. Lo dibujaría de colores y lo bocetaría como uno de sus comics apocalípticos de Alan Moore. Mientras no pueda dormir sobre su estómago, acompasando mi respiración a su latido, soy algo absurdo e incompleto.
Sin embargo me mira... y no es capaz de descifrarlo.

No me rindo. Nos lo debo.

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Subo sin sentir las escaleras del portal. Tengo que lavarme antes de verla. Aunque el sexo furtivo no deje rastro, yo siempre lo noto. Lo siento y lo huelo por dentro de mi ropa. No temo encontrarle, porque es tarde para que esté en casa. Sólo me lavaré y subiré a verla. Si no está, la esperaré hasta que venga. No me importa cuánto. Le pediré su nueva dirección y cuando me dejen volver, me olvidaré de este sitio de mierda, de esta vida de mierda, e iré directamente donde esté ella. Empezaré de nuevo.
Giro la llave y entro. Él está tirado en el sofá. Han bastado dos semanas para borrar mi paso por la casa. Todo ha vuelto hacia atrás en el tiempo y presenta la misma consistencia espesa y gris. No hay rastro de la televisión. El olor es denso. Lo reconozco. Es el olor que desprende su piel. Inunda todo lo que toca. Olor a cosas muertas. El mismo olor que tenía Regina. Se incorpora y abre mucho los ojos cuando me ve. Luego los entrecierra y vuelve a tumbarse. Ninguna pregunta. Cuando paso a su lado en dirección al baño, tiro una de las latas de cerveza que hay en el suelo y entonces vuelve a incorporarse. Me mira de nuevo, esta vez como algo corpóreo. "¿Eres tú? ¿estás aquí?" La voz le suena pastosa. "Me voy enseguida. Sólo he venido a... una cosa." Dejo correr el agua caliente. El champú ha desaparecido. La cortina de los payasos pende medio rajada de dos anillas. El jabón es una costra blanca pegada a la superficie de la bañera. Me desnudo deprisa. Estoy desatándome las zapatillas cuando oigo chirriar los muelles del sofá. "Un momento... ¿no dijo la vieja que iban a ser meses?" No sé quién es la vieja. Está colocado. Decido no contestar. Me meto en la bañera y dejo caer el agua por mi espalda. Él corre la cortina de un tirón y se pone frente a mí. "Eh chico...¿qué haces aquí?". Yo tiro de la otra punta y vuelvo a correrla. Él la descorre de nuevo y la desgaja. Se queda sonriendo con expresión boba mirando el trozo de cortina en su mano. "Oye, déjame. Me voy ahora, en serio. Solo un minuto y me voy." Tira la cortina y mete la cabeza en la bañera, con la nariz hacia abajo. Con la otra mano, gira el grifo del agua fría. Siento cuchillitos helados deslizarse por mi espalda. Su flequillo me cosquillea el vientre. "¿¿Pero qué coño haces?? ¡está helada!". Saca la cabeza y la agita como un perro, mientras vuelvo a tomar el control del grifo. "A veces eres... gilipollas, papá, en serio." Me mira y sonríe. "¿Papá?". Suelta una carcajada. Los mechones rubios sobre la frente y las orejas. La barba descuidada. Los ojos azules de loco desbocado. Kurt Cobain. Se sienta sobre las baldosas. "¿Tienes un cigarro?". Tengo que largarme de allí. Salgo de la ducha, pero tampoco hay toalla. "Yo no fumo. Lo sabes. ¿Y la toalla?". Vuelve a sonreir y a mirarme con expresión de loco. "Yo no fumo... jejeje... mi chico es tan cool..." Salgo al salón dejando un rastro de huellas mojadas sobre el parquet pegajoso. Me sigue a cuatro patas, como un perro, y se sienta de nuevo a pie del sofá. Localizo la toalla en la barahúnta del colchón. "Has venido a verla ¿eh?." Huelo la toalla. Decido secarme con la sábana. "Cuánta devoción por un coñito...". "Cállate. Te lo digo en serio, cállate." Suelta un chorrito de risa. "No, no... me parece... estupendo, de veras. Está destrozada desde que te fuiste." Me giro. "¿En serio?". Se levanta. Las costillas se le despliegan. Kurt Cobain mutando en buitre. "En serio, chico. Nisiquiera quiso irse. Se han ido las otras dos, ya sabes, esa... negra gorda y la otra. Pero ella se ha quedado. Dijo que te esperaría. Que no podía irse hasta que no volvieras. Vaya, chico... si eso no es amor de verdad... yo no sé..." Me olvido de la ropa interior. Salto sobre los pantalones y me enfundo en el jersey sin apenas darme tiempo a respirar. Encajo las zapatillas de forma fugaz y salgo dejando la puerta abierta. Subo los escalones de cuatro en cuantro y llamo al timbre. Me ha esperado. Ella me ha esperado.
Abre la puerta un chico negro. Al fondo la cortina del pasillo ha desaparecido, junto con los cuadros de tela y el aparador de mimbre. Algo se me encoje por dentro. "¿Está... Silvana?". El chico me mira. "No, te has equivocado." Oigo la carcajada de Nicolás desde el piso de abajo. "Uuuuuuuuuuuh... ¿qué pasa, chico? ¿se piró la puta?". Asoma su cabeza rubia y mojada por el descansillo: "Eh chico... pregunta al borracho de abajo... a lo mejor le dejó su dirección..." Se ríe de su propio chiste. Sus carcajadas resuenan por la planta. El chico negro nos mira con desconfianza y cierra la puerta. Cierro los ojos. Aprieto los puños. Bajo despacio. Un paso por cada escalón.
Puré de verduras y una gelatina de fresa. Sin suero.

Harto de hablar de él. Se acabó. Se acabó.

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Acurrucado en el asiento del autobús pienso en Teo el loco ajustándome el gorro con sus manos tatuadas de tinta de bolígrafo. "No te pasará nada, Ari. Yo te cuido." Siento deseos de llorar. Llorar como una rata cobarde. La rata cobarde y traidora en la que me he convertido. Dentro de un par de horas, tendrá que volver al centro. Y lo sabrán. Sabrán que hizo trueque conmigo en su grupo, y le sancionarán por dejarme escapar. Le quitarán el pase de salida y volverá al cajón de los expedientes rojos. Perderá todo lo conseguido, igual que perdió la cajetilla de winston. Y cuando me cojan y me lleven de vuelta, más tarde o más temprano, será él quien me pisotee la maleta en el suelo. Él quien me pegue y se burle de mi cráneo afeitado. Y no me quedará más que apretar la mandíbula y asimilar los golpes, porque ya no podré hacer nada. Porque todo será justo e inevitable.
Veo acercarse el tunel. Llorar no es buena idea. Llamo la atención. Para calmarme, pienso en los ojos de Silvana. En sus pestañas doradas sombreando los párpados. En sus manos pequeñas y blancas. "Mi bebé, vos sos bello, vos sos un buen muchacho." No es verdad. Soy un mierda. Siempre he sido un mierda.
Apuro el resto de mi dinero para llegar hasta el intercambiador. No dispongo de más, pero conozco la zona. La peiné con Sandro decenas de veces. Miro mi cabeza calva en el escaparate de la cafetería y siento repentina lástima por mi aspecto. No importa. Me ajusto el gorro. Aprender-repetir-no pensar. Tardo diez minutos en captarle. Patillas de presidiario. Huele a sudor y a alcohol. Bloqueo la cabeza y los sentidos; no tengo tiempo para elegir. "¿Pero cuántos años tienes tú?". "Dieciocho. Tengo prisa... ¿treinta vale?." Me mira con ojos brillantes. "Vamos a mi casa. Quiero follarte. Te doy cincuenta." Doy dos pasos atrás y pego la espalda contra las baldosas. "Es que eso no lo he hecho nunca." Se me acerca con ojos brillantes. Distingo coñac en su aliento. Levanto la pierna y apoyo el pie contra la puerta. Si hay peligro das una patada y sales. Técnicas de supervivencia para ratas de wc. "¿Nunca te han follado? entonces, te doy cien jejeje. Venga, vivo cerca." Me sujeta la mandíbula contra las baldosas. Coñac y sudor. Pongo la mano abierta contra su camisa. Necesito el dinero. Cierro los ojos y pienso en Sandro. Ser como Sandro. Hablar como Sandro. Le empujo contra la puerta. "No. Treinta, ahora, y aquí, o te piras y me busco a otro." El tipo me sostiene la mirada. En dos segundos averiguas si ha funcionado. Los sentidos alerta. El pie preparado contra la puerta. Entorna los ojos y escupe al suelo. Funciona. Busca la cartera mientras se desabrocha el pantalón. "Putos críos de mierda... ¡venga! apura, no tengo toda la tarde..."

Mi cabeza vuela con el vagón de metro. Semen, coñac, sudor. Me calo el gorro hasta los ojos y me hundo en el asiento. Escondo las manos dentro de las mangas. Quiero esconderme entero dentro de ellas. Ser pequeño y desaparecer. Las estanterías de mi cabeza se vuelven bazar. Se amontonan. Rebosan. Se confunden. Algo debería tirarlas abajo y limpiarlas. Alguien. Alguno de los superhéroes de mis tebeos que jamás existirán. Alguien que en estos momentos tampoco sabrá que yo existo. Que soy yo. Que estoy aquí, perdido en mi jersey. Que soy una rata y que no me sale vivir. Que no logro hacerlo como lo hacen los demás.
Suero salino. Caldo de verduras.

Aún en el hospital. No saldré mientras siga sin comer. No tengo ganas de comer. Tengo ganas de irme a mi casa.

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Nos organizan en grupos de cinco. Cuatro chicos de expediente rojo y uno de expediente azul. Los rojos, los novatos, los problemáticos, los más pequeños... El azul o "hermano mayor", un veterano con seis meses de buen comportamiento. Teo sabe que será expediente azul. Se ha cuidado de serlo desde que volvió. Pegar a los monitores y hacer pintadas ahumando el techo del dormitorio es algo que se ha quedado atrás. Aún dudan de su equilibrio nervioso, pero no hay suficientes "hermanos mayores" para guiar a los grupos, y todos queremos salir. Teo sabe que se arriesgarán con él, aunque todavía juegue a tatuarse símbolos satánicos con aguja y tinta de bolígrafo. Teo sabe que tampoco les importa demasiado jugársela con él. Todos lo sabemos.
Me adjudican el grupo cuatro. Jon Betanzos será mi hermano mayor. Teo el loco arregla con Jon el trueque. "Ari se viene conmigo. Tú te quedas con Ayuso. Te doy una de winston por el cambio." "El zippo también." "Una polla. El zippo no te lo doy. Los cigarros y chutas, Betanzos."
En el autobús me alecciona. Yo giro mi gorro entre las manos con movimientos nerviosos. "Dejamos a estos en el botánico y nos damos el piro. Ya he quedado para recogerlos luego. Tenemos dos horas, kíe. Más no. Hay que espabilar ¿ok? vamos, arreglamos el asunto y nos piramos. Seguro que estará en casa ¿no?" Miro mis manos girar el gorro con aire compulsivo. Mi cabeza pensando en paralelo. "Ari... ¿me estás escuchando? digo que si estará tu viejo en casa." Reacciono. "¿Eh? sí, sí... Ya no sale de casa. Necesitaremos dinero para el tren. ¿Te han dado?", "Tranqui. Llevo veinte pavos. Suficiente." "Dámelos, yo los guardo." Me quita el gorro de las manos y me lo coloca en la cabeza. Lo ajusta sobre las orejas. Pone cariño en las manos. Cariño de hermano mayor. Quisiera decirle la verdad. Quisiera decirle que no puedo hacerlo. Que no puedo dejarle que lo haga. "No, la pasta la guardo yo. Tú estás muy nervioso, enano". Le miro y sé que los ojos se me vuelven de súplica. Él me frota la cabeza. "Va, tranqui. Yo me encargo ¿ok? no te va a pasar nada. Confía en mí. Se lo que hago. Yo te cuido."
Cruzamos la arcada de piedra y avanzamos por el sendero. Miro el reloj. Las rodillas me fallan. Me clavo las uñas en la pierna. Reacciona, Ari. No pienses. Hazlo y no pienses. Teo me mira. Me pasa el brazo por los hombros. "Tranqui... hay tiempo. Damos un paseo de media hora y luego ya nos piramos ¿ok? no quiero que los chinorris estos se mosqueen." Dejo transcurrir el tiempo. Diez minutos. Quince. Atravesamos las puertas del invernadero. Teo se inclina sobre un cactus de pita. "Qué flipe... mirad esto..." Es ahora. Le pongo la mano en el hombro. "Oye, tengo que mear. Ahora vengo." Él me mira sin rastro de duda. "Ok. ¿sabes dónde es?" Retrocedo hasta la puerta. "Sí, sí... id avanzando que ahora os cojo."
Salgo del invernadero. Cojo el sendero de grava. Corro. Corro como el viento. Cruzo la arcada de piedra, salgo al exterior y sigo corriendo. Corro como no corrí jamás antes en mi vida.
Suero salino.

En el hospital.

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"Tienes que matarlo". Estamos sentados sobre el cemento del patio. Teo lanza una pelota de tenis contra la pared cercana y la vuelve a recoger con ritmo metódico. Troc-poc-poc, Troc-poc-poc. Yo me abrazo las piernas y miro las puntas redondas de mis converse. Intento recordar al hombre que me dió el dinero para comprarlas. Barba canosa. Gafas de montura negra. En los servicios de La Vaguada. Yo fingía que miraba discos en el alcampo. Le dije que me llamaba Jalisco, como el tequila. Le hizo mucha gracia la ocurrencia. "Te lo digo en serio, tronco. Tienes que matarlo. Si no lo haces, él lo hará contigo." Me ajusto el gorro sobre la cabeza. "No digas tonterías. ¿Cómo va a matarme? es mi padre." Teo aprieta la pelota en sus manos. "Me parece que no estás pillando la historia, Ari. Tu viejo es un puto colgao que no ve ni donde tiene la polla. Y ahora te parecerá que controla pero va a llegar un momento que no controle NADA y cuando llegue ese momento si tiene que abrirte las tripas para pillarte la pasta, lo hará, ¿me entiendes? empezará a emparanoiarse y a estar cada vez más jodido y tú, TÚ serás su puta diana. ¿Lo pillas?" Suena el timbre del patio. Hay que volver dentro, pero ninguno de los dos nos movemos. Pienso que jamás en todo el tiempo que pasamos juntos se lo pregunté. "Teo... ¿es verdad que le clavaste un tenedor a tu padre en el ojo?". Sonríe. Los ojos se estiran hasta desaparecer. Silvana. Mi Silvana. "Olvídate de mi viejo y piensa en el tuyo. ¿Cómo vas a hacerlo? se me ocurren un par de cosas. La más fácil es que le consigas un buen chute de jaco puro y le des el último viaje. ¿Lo coges?" Vuelve a lanzar la pelota. Troc-poc-poc. Troc-poc-poc. "Oye... tú no hablas en serio ¿verdad?" Suena el segundo timbre. "También podrías conseguirle un chute menos puro y tirarle por las escaleras. Te puedo ayudar. Le partimos el espinazo y que pase el resto de su vida mierdera en una silla de ruedas. Así estarás a salvo." Empiezo a notar el sudor resbalarme por la nuca. "Oye... cállate ya. Me estás asustando ¿vale? pareces un psicópata." Agarra la pelota y la lanza por encima del muro. La veo perderse al otro lado de la verja. Un punto verde hacia ninguna parte. "Escúchame. Esto no es uno de tus tebeos ¿vale?. Eres tú o él. ¿Qué crees que quiere alguien que te aplasta la cabeza contra la pared? ¿eh? ¿qué crees que buscaba con eso? iba a por ti, kíe. ¿Y tú que coño haces? ¿eh? ¡proteger a ese cabrón hijoputa por una mierda de piba!" El cuello se me tensa. "No es una mierda de piba." Me mira con expresión seria. La arruga profunda entre las cejas. "Ya no te soltarán hasta que termine el curso. Eso son dos meses." Dos meses. Sesenta días. No puedo esperar dos meses. Ella no estará. Tengo que despedirme de ella. Tengo que volver. Vemos al monitor cruzar el patio en dirección a nosotros. "¿Pero qué coño hacéis ahí todavía? ¿no habéis oído el timbre? ¡venga adentro, joder!". Teo vuelve la cabeza hacia mí. "Escucha. Tendremos un pase de salida dentro de poco. Lo montaré para que podamos pirarnos unas horas sin que estos tolais pillen cacho. Nos subimos a Madrid y arreglamos lo de tu viejo. ¿Trato?" Extiende la mano. El monitor se acerca. "¿No me habéis oído? ¡venga, arriba!" Miro la mano de Teo. "Ari...¿trato o qué?". Tengo que volver a verla. Tengo que volver. Aprieto su mano. Los pulgares hacia arriba. "Trato." Nos cruzamos el corazón. "No me falles, Ari ¿ok? me la juego por ti". Me quito el gorro y paso la mano por el sudor frío de mi cabeza. "No fallaré." Él sonríe. "A tu viejo se le van a quitar las ganas de volver a joder a nadie ¿eh, kíe?." El monitor da una patada en el suelo. "¡EH! ¡MOVED EL CULO! ¡AHORA!"
Agua e ibuprofeno.

Nada.

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Retrocedo en el tiempo y vuelvo a estar en el mismo punto. Las mismas habitaciones con sus literas alineadas y sus armarios naranjas. Los mismos posters de chicas penthouse en posturas imposibles. Las misma señora Lourdes y sus bocadillos de mortadela. Los mismos graffitis del patio con sus absurdas palomas de la paz. Los mismos monitores, llenos de buenas intenciones que saben a mentira y a plástico.
Hace tiempo que Manuel Ortega dejó de presidir la dictadura del dormitorio pero no importa. El ciclo se repite, y siempre hay alguien dispuesto a tomar el timón. Nuevos martillos de desguace que me miran con ojos de hambre atrasada. Lo contrario no tendría sentido. Soy flaco. Soy bajito. Tengo la cabeza afeitada y arrastro una maleta de cuadros y un gato con calvas en el lomo. Nada hace suponer que yo vaya a defenderme. Nada hace suponer que todo mi interior haya mutado de gusano a escorpión. Nada hace suponer que a estas alturas de mi vida breve, ya haya aprendido cómo funciona realmente la supervivencia.
El primero que lo intenta, hace un chiste barato sobre mi cabeza pelada desde la litera de arriba y despierta las primeras carcajadas. Luego, cuando ya he dejado la maleta sobre la litera, el segundo, desde la de abajo, la empuja con el pie y la tira al suelo. No puedo acceder al de arriba, así que directamente agarro el pelo del de abajo y tiro con fuerza hacia mí. Pienso en Nicolás. En Aco. En Sandro. Se trata de fingir que no tienes miedo y esperar. Si funciona, lo sabes enseguida. Si no funciona... mala suerte. Aprietas la mandíbula y esperas el primer golpe.
"Ahora me coges la maleta o te parto la boca..." Partir la boca. Nicolás era mucho más certero. Reventar la cabeza a patadas. Me coges la maleta o te reviento la cabeza a patadas. Eso hubiera sido mejor. Miro los ojos del chico. No ha funcionado. "Puto Jenas... te la voy a meter por el culo". Le suelto el pelo, a la vez que siento unos brazos a mi espalda que me inmovilizan. Es el momento. Aprieto la mandíbula y espero. Un segundo. Dos. Tres y sigue sin ocurrir nada. El chico de la litera mira a mi espalda con ojos entornados. Todos guardan un silencio anhelante. Empiezo a desconcertarme. Los brazos me aprietan más fuerte, levantándome un palmo por encima del suelo. "Puto enano... no aprendes ¿eh? y eso que ya te partí la jeta una vez..." Reconozco la voz. Reconozco la risa. El ronroneo de león. Me suelta. Mis pies vuelven al suelo, y me giro. Los ojos que se estiran hacia las sienes hasta desaparecer. Ojos como los de Silvana. Me abraza. Yo aplasto la cara contra su camiseta y siento deseos de llorar. Me muerdo el labio inferior para controlarlo, y me sale la sonrisa más triste del mundo. Él me sostiene al frente y pone la mano sobre mi cabeza calva. "¿Qué te ha pasao?" "Me tuvieron que operar." Cae en la cuenta de los ocho pares de ojos que nos miran y vuelve sujetarme por la espalda. "A ver batallón de maricas. Os presento a mi chinorri. El tío más listo del mundo. Quien se mete con él, se mete conmigo. Y quien se mete conmigo termina con los huevos en la boca. ¿Pilláis todos? pues eso."


Teo el loco no necesita fingir. Él nunca tuvo miedo.
Agua

El dolor me irradia ahora al brazo derecho, la espina dorsal y la zona lumbar. Eso supone un 65% de mi cuerpo. Constante. Perfecta, absoluta, certeramente constante. He pasado la mañana dando paseos hasta la fuente para poder sobrellevarlo. No logro manejar bien el ratón, ni el teclado, así que apenas puedo trabajar. Mañana por la mañana pediré la baja. Intentaba evitarlo. Sé que no será lo mejor del mundo pasarme las 24 horas del día metido en mi habitación. Sobre todo ahora que apenas puedo dormir más de diez minutos seguidos. Sigo callando y disimulando ante las personas de mi entorno. Ojalá pudiera llamarle en este momento sólo para llorar y contarle que me duele. Ojalá. Y ojalá no acabara de escribir ese pensamiento, absurdo e inútil, que no me sirve para nada y encima me hunde el ánimo.

No sé. No sé qué más decir. No veo salida.

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Nicolás está sentado sobre el sofá de cuadros con la cabeza entre las manos. A ojos de los asistentes sociales, abatido por la pérdida de mi custodia. A los míos, mucho más certeros, abatido por la pérdida de su cheque mensual. María le pasa el brazo por los hombros. "Cuando todo se haya aclarado, tendremos otra entrevista, Nicolás. Mientras tanto, Ariel tiene que venir con nosotros, espero que lo comprendas." Él asiente y me mira con los ojos entrecerrados. "Me gustaría despedirme del chico a solas..." "Lo siento, no es posible." Yo finjo que doblo cosas en la maleta cuando le veo acercarse a mí. "Chico, que digo que será mejor que te portes bien para que te suelten cuanto antes. Ya sabes... antes de que Silvana se marche." Quiero esquivar la trampa, pero caigo de bruces en ella. "¿Se marche a dónde?" Él me sonríe con su boca desdentada. "Ah... ¿no te han dicho las chicas que se van el mes que viene? ". Palidezco un poco. Conozco su terreno, pero él marca a fuego el mío sin apenas esfuerzo. Siempre ha sido así. Siempre será así. Intento sonreir despreocupado, pero la extraña mueca que dibujo, me delata. Nicolás vuelve a sentarse con parsimonia. Ha hecho diana. Puede permitirse seguir jugando con absoluta tranquilidad. Me quedo sin excusas que doblar en la maleta. Decido dejarme de atajos, y me encaro con María. "¿Cuándo voy a volver?" Ella parece desconcertada. "Pues... eso no depende de nosotros, en realidad es el juez quien..." Nicolás vuelve a levantarse. "Si te portas bien y no te inventas historias, seguro que vuelves pronto, chico." Enfurezco. Noto de nuevo palpitarme la sangre en la cabeza. "NO. SI TE PORTAS BIEN TÚ, ENTONCES VOLVERÉ, GILIPOLLAS. TODO ES POR TU PUTA CULPA..." El hombre de la camisa de cuadros me sujeta. "Ariel, basta." Nicolás sonríe su triunfo, y silba entre los incisivos ausentes. "Fiuuu... no es buena tanta agresividad, chico" Cierro la vieja maleta y agarro a Tao. María señala al gato. "No puedes llevártelo, Ariel." Yo aprieto las greñas grisáceas contra mi pecho. "Si él no viene, yo no voy." El hombre de la camisa de cuadros se impacienta. "Bueno, ya está bien. Hace una hora que teníamos que estar en el coche, así que haz el favor de colaborar un poco y dejarte de tonterías de pavo. ¿Estamos?" Nicolás vuelve a silbar. "Ya ve usted lo que es educarle. Se lo digo siempre; no colaboras, chico, todo es un problema de colaboración..." Cállate. Calla. Cierra tu maldita boca de hiena desdentada. "Señora, tengo que llevármelo. Por favor. Yo lo cuidaré. No puedo dejarle, está enfermo. Le atropelló un coche. Por favor..." Nicolás afila las pupilas. "Pero ¿qué tonterías estás diciendo a la señora?" Se vuelve hacia María. "No haga usted caso. Nadie lo atropelló, lo encontró en una bolsa ahí fuera en el mercado. ¿Ve lo que le digo? ¡siempre está inventando historias! ¿cree usted que podría verle alguien? algún especialista... Me aterra que el chico pueda terminar como su madre, ya me entiende." Me gana. Tira dados y me gana una y otra vez. Tengo que salir de allí cuanto antes o jamás volveré a agarrar el volante de mi vida. María y el hombre de la camisa de cuadros se miran. Él se encoje de hombros. "Vámonos ya. Solucionaremos lo del gato más adelante."
Salgo al descansillo. Tao bufa e intenta zafarse de mis brazos. Subo el tramo de escaleras todo lo deprisa que me permite el zumbido de la cabeza. María y el hombre de la camisa a cuadros me miran desde abajo. "¡Por el amor de Dios, Ariel! ¿ahora qué?" Tengo que despedirme. Tengo que despedirme de ella. Decirle que no se vaya. Explicarle que volveré. Que mentiré. Que mataré. Que haré lo que sea, por volver con ella. Un timbrazo. Dos. Cuatro. Nadie en casa. El hombre me grita desde el descansillo. "¡ARIEL, BAJA AHORA MISMO! ¡YA!"

Sentados en el asiento de atrás, aprieto a Tao contra mi jersey. Mientras los carteles azules de la autopista se deslizan borrosos por la ventanilla, voy tragándome el dolor. No te vayas. Por favor... por favor... No te vayas. Tú no.


Batidos de proteína y agua.

Bueno... pues aquí estoy solo otra vez. Apoyándome en nada. Confortándome con nada. Dueño del dolor constante, de un amuleto que no me ha protegido, y de las zapatillas más bonitas del mundo.

Y otra vez se me van las ganas de mantener esto abierto. Y otra vez se me van las ganas de mantenerme en pie.


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Tres semanas en el hospital. Resonancias. Punciones lumbares. Electroencefalogramas. Análisis de sangre. Campimetrías. Languidezco. Mi cuerpo se mimetiza dentro del camisón azul. Se pierde en los pliegues del colchón. Los pómulos se me hunden y la mandíbula se me afila. Poco a poco, recupero trozos de visión en mi ojo ciego, hasta que el edema y su mancha gris, ya sólo es un 5% del campo visual. No me importa. Lo único que he recuperado ha sido la cara verdosa de mi silencioso compañero de habitación y la lluvia que repiquetea todos los días sobre el tejado y las chimeneas del patio de ambulancias que diviso desde mi ventana. Silvana no viene. ¿Por qué no viene? Solo María y sus gafas de concha, aparecen todas las tardes para hacerme preguntas metódicas ante las cuales miento con el mismo metodismo. "¿Qué pasó?". "Que me caí en casa". "En el parte de urgencias no pone eso". "No eran muy listos. Me pusieron un collarín". "¿Por qué mentiste al médico?". "Para que nos dejaran en paz." "¿Mentiste para proteger a tu padre?". "Él se protege solo". "Ariel, necesito que digas la verdad". "Ya lo hago". "Esa no es la verdad". "¿Puede ir ver a mi gato? hay que ponerle comida." "¿No confías en que lo haga tu padre?". "Le dan miedo los gatos." "Ariel, un golpe de esas características en un chico de tu edad no es algo habitual." "Ya. Yo no soy algo habitual". "Supongo que sabes del alcoholismo de tu padre". "No sé mucho de mi padre". "Entró en un programa de desintoxicación para poder acceder a tu custodia." "Aham. ¿Qué hay de lo del gato?". "Ariel, si ha ocurrido algo que quieras decirme..." "Sí hay algo. Tengo un gato que necesita comer. ¿Puede usted ocuparse de eso?"
Drenan el líquido de mi cerebro y dejo de ver arabescos negros bajo los párpados. El chico de la cara verdosa empieza a hablar y me cuenta que le han quitado un tumor del tamaño de una mandarina. Yo le cuento que he tenido un accidente yendo en la Harley de mi padre. Tengo un padre con Harley. Soy una marioneta. Puedo tener cualquier cosa que me apetezca. Silvana sigue sin aparecer. Nadie lo hace. Solo María y la enfermera con mis bandejas de comida sin sal. Mi universo vuelve a hacer pequeñito como la isla de Jim Botón. Yo y el chico del tumor de mandarina. Los tejados y las chimeneas del patio de ambulancias. Las bandejas de comida sin sal. Mi corazón relleno de gato y de chica con pelo rojo y ojos avellana.

Cuando ya puedo ver tapándome el ojo bueno, llega María con el hombre de la camisa de cuadros que hace año y medio me apuntó un teléfono en la estación de tren. Sonríen y parecen amigables. Yo no. No me iré sin ver a Silvana. "Hola Ariel, ¿te acuerdas de mí?". Salto por encima de sus frases de cortesía. "Tengo que ir a casa. No me he despedido de... nadie." Ellos tardan dos minutos en darse cuenta de que no necesitan disimular. "No nos parece buena idea, Ariel. No te preocupes, nos encargaremos de recoger tus cosas." "Si no me dejan pasar por casa, no iré a ninguna parte." María sonríe. "Ariel, eso es una chiquillada." Le miro a los ojos y aprieto los puños alrededor del cabecero de la cama. "Escúcheme bien, porque no me ha oído. He dicho que no iré a ningún sitio si no me dejan pasar antes por casa. A ningún sitio ¿comprende? A ninguno."
Dos sobres de proteínas y una cocacola.

Sigue doliéndome el cuerpo. Dolor sordo, mesetario y constante. Intento acallarlo a base de seguir con mi rutina y no quejarme ante nadie. Trabajar me ayuda a no concentrar la cabeza sólo en lo que duele. Y menos mal que lo hace, porque los sindicatos de mi empresa han pactado en el nuevo convenio, que los tres primeros días de baja por enfermedades no laborales no se cobren. Estupendas noticias para los que no estamos sanos. El representante del sindicato colocó un cartel en el panel de avisos del cuarto del café. En el membrete ponía con enormes letras verdes: FASGA, SINDICATO INDEPENDIENTE. Debajo, con rotulador rojo, yo escribí: "y una polla como una olla".
Un tipo de selección de personal me felicitó esta mañana por lo del grafitti. No sé cómo demonios saben que he sido yo. Debe ser que las flicfloc han terminado por delatarme como elemento subersivo. Tendré que plantearme seriamente mudar mis pies a algo más formal y más desapercibido, como... no sé... unos calcetines con dedos.

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Al principio no siento nada. Nada que no haya sentido ya. Un ligero dolor de cráneo, un morado en la zona que ha dado en la pared, un poco de aturdimiento... Pero uno de sus oscuros amigos de cara tallada llama a la puerta y se le lleva a vomitar aceras, así que su energía destructiva desaparece tras sus zapatillas. Las tijeras se olvidan en el suelo. Las tortugas se vuelven tortugas. Tao sale del sofá, y frota el cucurucho contra mis pies. La casa se calma conmigo.
Por la tarde, empieza el dolor de cabeza. Cuando me acuesto es como una radio mal sintonizada dentro de mis oídos. Para cuando llega la medianoche, afilados cuchillos clavándose en mi nuca. Pido ayuda, y Lola me lleva al ambulatorio de urgencia. Allí, mientras Silvana intenta localizar a mi padre, un médico de guardia diagnostica contractura cervical y me coloca un collarín. Yo digo que me he golpeado contra el suelo al saltar el potro en la clase de gimnasia. Suena creíble. Es creíble. Nicolás aparece con Silvana, justamente para recoger el parte de urgencias. Sorprendentemente sobrio. Sorprendentemente lúcido. Sorprendentemente asustado. "Siempre damos parte de las lesiones en menores". "Ya, ya... Es que trabajo de noche. Soy..." La frase queda en el aire. El enfermero nos mira por encima de las gafas. A mi potro gimnástico de mentira se le desmonta una pata. Yo digo "...vigilante." y Nicolás dice "...portero". Luego nos miramos y el enfermero garabatea en la hoja del parte. "Soy vigilante y portero. Por horas. Autónomo. No estoy contratado. Trabajo... por libre..." Demasiadas explicaciones. Al potro se le caen el resto de las patas y se desploma en el cajón de las mentiras idiotas. El enfermero nos informa que me trasladarán al hospital para dejarme esa noche en observación. Yo sobreentiendo. Todos sobreentendemos. Empiezo a inquietarme. "Mañana tengo un examen. ¿Podría dormir en casa y venir mañana por la mañana a consulta?." Nicolás se ha quedado estático y enmudecido. Tardan una hora en dejarnos marchar.
Cuando amanece, tengo manchas de luz en el ojo derecho. A media mañana, he perdido parte de la visión del ojo izquierdo. Llueve a cántaros y Nicolás se ha esfumado. Subo a buscar a Silvana, y Mariona me abre la puerta. "Mariona... algo no va bien..." Cierro los ojos y veo arabescos negros enredándose bajo mis párpados. Volverse loco es esto. Caigo de rodillas. Los brazos flacos de Mariona me sostienen. Oigo su voz que nunca suena, gritar con timbres de agonía.
Me hospitalizan con edema cerebral. Pierdo la noción de las cosas y la visión completa del ojo izquierdo. Todo me sucede entre brumas. Voces, manos, luces... Cuando recupero el control, tengo la cabeza afeitada, un camisón azul y un tubo de drenaje atravesándome el cráneo. Un chico de cara verdosa dormita en una cama contigua a la mía. Silvana me acaricia la mejilla, sentada a la cabecera de mi cama. Oigo a Lola rezar, pero no la distingo entre las formas de la habitación. Apenas siento el cuerpo. "Silv... te quiero... cásate conmigo por favor... te llevaré a París... te compraré pulseras y violetas... yo te quiero de verdad..." Los párpados me pesan. "Amor, dormí. No hableis. Estoy aquí. Vos dormí..." Distingo el rojo de su pelo mientras los ojos se me cierran. Dejo que su imagen se borre brumosa entre mis pupilas y que su pelo se diluya en naranjas. Dejo que todo se funda en oscuridad, porque aún no sé que será la última vez que pueda verla.

Cuando despierto, la sonrisa de mi asistente social se inclina sobre mi cama. "Ariel...¿Qué tal? ¿Cómo te encuentras?"
Me duele todo. Todo.

Mh... vale, a ver... Se me duermen las manos. Se me hinchan los pies. Me duelen los huevos. Tengo una contractura en el hombro derecho. Estoy triste y me da bajón que Oscar Pérez se haya quedado para siempre colgado en una repisa a seis mil y pico metros de altura. Esperaba un final feliz de esos que nos devuelven la fe en la raza humana, el compañerismo, la supervivencia y bla, bla, bla... J. dice que Oscar Pérez no tiene más que lo que se buscó cuando le dió por subir hasta el último carajo helado del mundo en plan "voy a tope".

J. es frío como el prepucio de un pingüino cuando se pone a analizar el mundo exterior. Creo que es porque agota todas las reservas de emotividad sufriendo el mundo interior. Yo le digo que si él se quedara atrapado en el Latok, yo formaría parte del equipo de rescate, sin dudarlo. Él se ríe y me dice que puedo estar tranquilo, porque en cien vidas que viviera, no le encontrarían jamás mucho más arriba del cerro Garabitas.

Bueeeeeeeno... pues vale.

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Le sangran las tripas, pero sigue bebiendo a morro de la botella de ginebra. Se asfixia y escupe sangre, pero sigue encendiendo ducados con las colillas de otros ducados. Se le han caído todos los dientes, pero sigue inyectándose speedball en las encías. Dejo de olvidar dinero en su colchón. Terminó la etapa de hacer nada por él. Mi único tributo sigue siendo el cajón de las mentiras que abro para la asistente social. Solo porque no volverán a encerrarme. A mí no.

Me escondo en mí mismo y dejo de subir a casa de Silvana. Ella tiene su última pelea con mi padre, por defenderme. "Si vos le tocás... si le hacés daño..." pero mi padre tiene mucha garra para sujetarse al mundo. "¿Tocarle? es mi hijo... lo único que tengo. Sería la última persona a la que hiciera daño por Dios...¿qué puta imagen tienes de mí? ¿crees que no me parte el alma ver lo que hace con su vida?"
Me tapo la boca al otro lado del escenario, para reirme sin hacer ruido. Su actuación merece aplauso. Silvana ha tardado venticuatro horas en atar cabos y dos en desatarlos. "Tenés que hacer algo, hablá con él. Vos sos su padre, tenés que ayudarle..." Humor negro para una vida negra. Mi padre tenía un teatro de marionetas. Recorría toda Europa haciendo reir a muchos niños. Bajo el sofá de cuadros, todavía guarda una caja de madera con veinte tortugas de trapo. Siempre sentí no haber podido ver la obra de las veinte tortugas. Pero ahora quizá forme parte. "Niñooooooos y niñaaaaaaaaaaas ¿queréis escuchar el cuento del hijo chapero, el padre amante y las veinte tortugaaaaaaaaaaaaaaaaaas?" Y las Silvanas de ocho años rien, baten palmas y gritan: "síiiiiiiiiiiiiiiiii..."

Me espera como un lobo a la salida del instituto y me sigue calle abajo, arrastrando los pies y las palabras. "Chico... necesitamos dinero. Hace falta dinero ¿ok?...". Yo recorro San Bernardo sin mirarle, alejándole de los escenarios de mi vida cotidiana. "¿No llegó ya el cheque?." Él da pasos cortos, invadiendo mi espacio como un perro amenazante. "¡Olvídate del puto cheque! necesitamos dinero ahora..." "¿Necesitamos? yo no necesito nada." Zarpas perrunas en mi antebrazo. "¿Te crees muy gracioso? pues todavía tengo fuerzas para romperte los huesos si me tocas los cojones ¿sabes?"
Abro la puerta. Él a mi espalda, rumiando insultos. El gato cruzando por su pies, aún con el cono de plástico en su despeluchada cabeza. "Llévate a este puto bicho. No lo quiero aquí." No hay miedo. Se lo llevó el asco. "Es mi gato". Furia, saliva, ojos inyectados. "ME IMPORTA UNA MIERDA. LO QUIERO FUERA Y PUNTO." Resulta curioso no tener ya miedo, pero las marionetas somos así. "Ya. Pero es mi gato y punto." Agarra las tijeras. "¿Quieres ver lo que hago con tu puto gato? ¿lo quieres ver?" Tao bufa y se aplasta contra el rincón. Un segundo para mirarnos, dos para calibrarnos, tres para abalanzarnos en la misma dirección. Yo para coger al gato, él para ensartarlo. Pero yo soy más rápido. Las tijeras caen al suelo. Tao me araña con las patas traseras y salta a resguardarse bajo el sofá. Nicolás intenta inútilmente recoger las tijeras del suelo. Yo me agarro a su camisa. "Puto yonki de mierda, como hagas daño a mi gato, te..." Nada más. Me coge la cabeza y la golpea contra la pared. Un solo golpe. Un crac.

Y nada más. Las marionetas somos así.
Menos dolores. Apatía y calor. I miss him so much.

Anoche me bebí una botella de cava. Y comí patatas fritas, tarta de chocolate, sushi y... helado de algo. Luego me quedé dormido. Al amanecer me desperté, vomité, bebí agua de vichy y me dí una ducha. Luego me tumbé sobre el colchón hasta que salió el sol. Esta mañana he hecho los ejercicios y me he purgado a base de sandía y queso fresco. Y ahora mismo lo cierto es que... me siento bien.
No sé cual es la conclusión de todo. Que quizá para salir de las crisis y volver a ver las cosas con perspectiva, hay que centrifugarse un poco. Sea como fuere, es verdad que me siento mejor. Y lo sé porque escucho a Lady Gaga mientras friego el desaguisado y bailo sobre mi pierna buena. Creo que, en realidad, tengo a un ganador chillando dentro de mí. Y creo que un día de estos... cualquier día de estos... debería sacarle a dar un paseíto.

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Una tarde de noviembre encuentro a Nicolás en un vómito de sangre. Le hospitalizan de urgencia. Silvana llora en la sala de espera, mientras Lola le acaricia la cabeza. "Ay niña, esto tenía que pasar..." Contemplo la escena sin saber qué pensar, hasta que traen a Nicolás en la camilla, y ella le abraza. Le besa en la frente y en los labios. Le besa y le besa, sin dejar de sollozar. María Magdalena abrazada a Jesucristo crucificado. "Mi amor, vos sos fuerte ¿ah? vos tenés que salir de esto..." Cierro los ojos y odio. Sus dedos flacos y amarillos. Sus venas rotas. Su boca desdentada. El escalón de sus costillas. La humedad de su barba rubia. Mi piedad hacia él se filtra lentamente por la alcantarilla de mi amor por ella.
Estamos sentados alrededor de su cama. Sus compañeros de habitación miran la televisión con aire desmayado. Yo juego a trenzar y destrenzar el cordón de mi capucha. Silvana va metiendo en su boca pequeñas cucharadas de yogur. "Va, amor, abrí la boca, tenés que comer..." Levanto la vista y me encuentro frente a frente con los ojos de Nicolás. Me observa sonriente, con expresión de hiena. Conozco esa mirada. Marca la hora de desaparecer de allí cuanto antes. "Bueno, yo me voy..." Pone su mano huesuda sobre la mía. "¿No me cuentas qué tal van las cosas por casa, chico? ¿te apañas bien?" Me agarra la muñeca. "Es que me tengo que ir... tengo que estudiar." Silvana permanece ajena. "Ah, Ariel es un gran chico, Nico. ¿Vos sabés que me regaló una pulsera? mirá, mandó grabar mi nombre ¿viste?" Nicolás sonríe. "¿De veras? vaya, qué bonita, chico.Te habrá costado una pasta." Siento los primeros hilos de sudor frío deslizarse por mi espalda. "Vos sabés lo que me gustan las pulseras ¿ah? es un amor tu bebé ¿viste? se gastó su semanada en un regalo para mí..." Sonríe por encima de la barba rubia. "¿Qué semanada? ¿te ha dicho que le doy paga? jejeje eso es bueno..." Me levanto. "Tengo que irme ¿eh?" Él me sujeta. "¿Les dices que te doy paga, chico? ¿se tragan eso?" Silvana deja la cucharada de yogur tendida en el aire. Me mira con sus ojos de avellana. "Oh.. oh, no... ¿vos gastaste tu pensión de la escuela en mi regalo? oh, no, bebé... ¿vos hiciste eso?" Nicolás suelta una carcajada. Los hombres de las otras camas nos miran. Agarro su mano y despego sus dedos de mi muñeca uno a uno. Intento coger mi chaqueta, sobre la que está sentada Silvana. "Levanta, Silv. Mi cazadora." Nicolás se incorpora. "Díselo, anda. Dile que le comes la polla a los viejos en los meaderos de la estación del norte..." Siento la sangre correr por las venas hasta mi cabeza. "Cállate." Las pupilas de Silvana se dilatan, como las de un gato. Sus ojos van de Nicolás a mí. De mí a Nicolás. Su mano con la cucharilla de yogur aún en el aire. "No le hagas caso, es mentira..." Otra carcajada. "Sí, es mentira. Y la televisón también la sacó de otra semanada jejejeje..." Silvana me mira. "Pero... bebé..." A la mierda la cazadora. Cruzo la sala todo lo rápido que me dan los pies. Los ojos fijos en mí. La voz de Nicolás contra las paredes blancas. "Puto chupapollas llorica de mierda...no tiene cojones más que para poner el culo." Corro. Tengo que salir de allí. Salir de allí. Siento los tacones de Silvana repiquetear a mi espalda. Salgo a las escaleras. Ella me agarra del brazo. "Ariel... esperá... vos no podés..." Me zafo con un codazo. "¡A LA MIERDA! ¡A LA MIERDA LOS DOS! ¡HIJOS DE PUTA! ¡A LA MIERDA TODOS VOSOTROS!"
Corro hasta la parada y subo al autobús. Me siento en el último asiento. Un niño pequeño sentado junto a su madre se gira para mirarme. Apoyo la cabeza contra el cristal y cierro los ojos. "Mamá, ese chico está llorando..." "Jorge, no mires así. Es de mala educación".
A la mierda. A la mierda todo.
Sashimi y agua.

He ido al hospital a llorar un poco de morfina, pero no ha habido suerte. La doctora me ha explicado que el dolor es un mero reflejo cerebral que puedo controlar. Yo la he escuchado intentando poner cara de andamiratú, pero me ha salido fatal. Lo cierto es que he oído esa frasecita ochocientas veces desde que enfermé, y siempre en boca de personas a las que no les dolía nada. Bueno, bien. Entiendo que la juerga de la morfina se terminó. Nolotil y chuto. Por ser yo, un par de dosis en ampollas; el resto cápsula de andar por casa. He hecho los ejercicios de respiración que me enseñaron. Tengo que autocontrolarme. No estoy en el mejor de mis momentos anímicos e imagino que todo influye. Tampoco hay mucha felicidad alrededor, que digamos. El que no está enfadado conmigo, esta decepcionado, furioso o las tres cosas a la vez. Imposible no pasarme el día recogiéndome la autoestima de alrededor de los tobillos.

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Se trata de aprender, repetir y no pensar. Aprender, repetir, no pensar. Aprendo los lugares y las horas. Memorizo caras y repito clientes. No pienso hechos, ni consecuencias. A veces 50 euros. A veces 30. A veces 100. Los malos días, 20. Piso las huellas de Sandro allá por donde va, y estrechamos lazos en las aceras de los que son felices haciendo trampas. Conozco a Semi, el brasileño. "Para mí no son personas. Son pollas y punto. Así se deja la cabeza fuera de ralladas". A Radu y Mihai, los rumanos. "Nunca por Almirante. Mucho mono vigilando. Y nunca en casas. Se quedan mucho los de las casas. Tú siempre por libre..." Al boliviano Mico. "... Y cuando tenga pasta me largo a New York para ser actor y bailarín. Como los de Un Paso Adelante. ¿Vieron Un Paso Adelante? pues como esos..."
Para fabricarme un colchón de humo, me invento vidas. Una diferente para cada conversación. Una diferente para cada cliente. "Mi padre allá en Salamanca. Yo he venido a estudiar. Es que en el pueblo no había para veterinaria..." "Lo de hacer Derecho siempre ha sido mi vocación. Vamos... desde que vivía con mi madre en Vitoria." "Pues ya te digo. En cuanto tenga suficiente dinero me reúno con mis hermanos en Londres para lo del bar. Como estoy haciendo hostelería..." Yo les hablo. No importa mentir. Todos me oyen, pero ninguno me escucha. Son los minutos de cortesía perdidos entre la cocacola y el hotel. Entre el coche y mi portal. Entre el metro y el descampado. Una bolsa de aire entre yo y mi realidad.
Suspendo evaluación tras evaluación, y recupero mi caja de dinero secreto. Ahora aumenta cada día. Cada martes, jueves y sábado, dejo un billete de 50 euros encima del colchón. Por la noche ha desaparecido sin que Nicolás me haya hecho ninguna pregunta. Mi impuesto revolucionario. Su pacto de silencio. Agarro con fuerza el volante de mi vida. Paso las horas muertas imprimiendo hojas desde los ordenadores de la biblioteca. Cómo se cambia un enchufe. Cómo se desmonta un grifo. Cómo se cocina un arroz. Cómo forrar un armario. Desmonto el tendedero y el gigante tuerto recupera la vista. Compro otra cocina portátil de dos fuegos, y una televisión de 14 pulgadas. Me entero de lo que es Un Paso Adelante, de que Marilyn Monroe toca el ukelele y de que la princesa Leia es hermana de Luke Skywalker. El corazón de Nicolás se espina. Vuelve a desaparecer por las noches y a tirar cosas a mi espalda durante el día. Yo aprendo a desaparecer por el día, y a dormir alerta por las noches. Un jueves, cuando regreso a casa con Lola, oigo llorar al gato. Me arrastro por debajo de la furgoneta y logro enganchar la bolsa que asoma por la alcantarilla. De su interior saco al animal más feo del mundo. Un revuelto de excremento de gato, guedejas de pelo sanguinoliento y uñas rotas. Alguien ha golpeado la bolsa contra algo firme. Quizá una pared. Le levanto en vilo y él se agarra agónico a mi camiseta. Lola se santigua y me ruega que lo devuelva al infierno de dónde ha salido. Tanteo su cuerpo y sus huesos. "Está vivo. Es increíble..." Lola vuelve a santiguarse. "Aypordiosbendito... aypordiosbendito... aytiraeso... aypordiosbendito..." El gato y yo nos miramos. Le paso el dedo índice por entre los ojos. Él deja de maullar y apoya su hocico partido en mí. "Me lo quedo. Es un superviviente, como yo. ¿Ves?" Dejo atrás los quejidos de Lola y lo subo a casa. "Ahora hay que curarte y buscarte un nombre..." Lo dejo sobre el sofá y él intenta escapar trepando por la estantería. En el esfuerzo, tira un libro a mis pies. Lo recojo. Es un ejemplar de bolsillo del Tao Te King.
"Ok. Si ese te gusta, por mí perfecto, Tao."
Agua. Y nada más.

Dolor desde hace dos días. Dolor que no me deja dormir. Dolor constante y dulce desde el interior del hueso. Quiero tener a alguien a quién contárselo. Quiero decirle a alguien que no soporto más el dolor y que todo esto es injusto. Que estoy cansado de que sea tan difícil tirar hacia delante, y tan fácil dejarme arrastrar hacia atrás. Quiero dar un puñetazo en la mesa y llorar y autocompaderme, como hacen todos a mi alrededor. Quiero dejar de hacerme el fuerte, y el gracioso y hundirme, como el resto del mundo, en mi propia mierda.

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Sentado en los escalones del mercado, vigilo el portal esperando que Nicolás salga, para poder subir a casa. Se hace de noche y empiezo a sentir frío. Decido dar un paseo para hacer tiempo y desentumecer las piernas. No tardará en marcharse. Tiene mis 50 euros. Nunca duerme en casa cuando tiene dinero.
Callejeo matando minutos hasta que empieza a llover. Las aceras se vacían. El vendaje que me ha puesto Silvana se reblandece y gotea agua anaranjada por mi mejilla. Encuentro una cabina de fotomatón. Estoy cansado y mojado, así que entro en el cubículo y corro la cortina. Me siento en la banqueta y subo los pies, para ser invisible al mundo del otro lado. Apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos. Pienso en el beso de Silvana y en el beso del hombre de la chaqueta de cuero. Pienso en el norte y el sur de un mismo día. Me quedo dormido.
Me despiertan unos golpes en la pared sobre la que me apoyo. Un hombre con mono azul y un manojo de llaves me grita para que salga de allí. Me doy prisa en desaparecer antes de que calcule mi edad. No sé cuánto tiempo ha pasado. Siento que me duelen todos los huesos, estoy muy cansado y tengo frío; pero es jueves noche, y Silvana y Mariona tendrán clientes, así que aprieto las llaves en el bolsillo y decido probar suerte en casa.
Subo y paso unos segundos con la oreja pegada a la puerta, antes de entrar. Silencio absoluto. Abro despacio y me hundo tranquilo en la oscuridad de la habitación. Cuando voy a encender la luz, le oigo llamarme al otro lado de la falsa pared. "Chico... ven..." El cuerpo se me paraliza. Me petrifico con la mano aún en el interruptor. "Chico... enciende y ven, anda... " No me muevo. Contengo la respiración. "Ariel... ven, joder... no te voy a hacer nada..." Aprieto las llaves en el puño y me asomo despacio. Los sentidos alerta. Los músculos tensos y preparados. "Enciende, no veo un carajo..." Su voz suena pastosa. Cuando abro la luz, me mira entre guiños. "¿Qué tienes en la cara?" Se levanta tambaleante y me coge la cabeza. Doy dos pasos atrás. "¿Te lo has curado tú?" Tantea el vendaje. Yo no respondo. Intento no perder de vista sus manos. Logro zafarme de sus brazos y retrocedo. Él extiende las manos hacia mí. "No... no, no, ven... déjame verlo..." Las piernas se le doblan al intentar avanzar. Trastabilla con las mantas y cae de rodillas. Queda a cuatro patas sobre el colchón. Veo una mancha húmeda extenderse en la entrepierna de su vaquero. Le sobrevienen dos arcadas secas y vomita encima de las sábanas. Transcurren dos segundos de silencio. Levanta la cabeza y me mira con expresión vacía. Estoy dirigiéndome a la puerta cuando le oigo sollozar a mi espalda. Me giro. Sigue a cuatro patas sobre su propio vómito y llora. Llora como un niño. La cabeza hundida hacia abajo. Los hombros temblando en convulsiones. Lágrimas y saliva comienzan a gotear desde su barbilla. Mechones de pelo rubio descolgándose sobre su nariz. "Es una mierda... no lo entiendes, chico... es una mierda... no quiero hacerte daño, joder... pero no puedo... no lo entiendes... me supera... no sabes que es esto... no sabes que es esto, chico..."
No quiero oirle. Salgo al descansillo con un portazo y me siento en las escaleras. Sus sollozos aún resuenan tras la puerta. Me tapo los oídos y entro en el ascensor. Bajo hasta el portal. Me apoyo en el mostrador de la entrada. Ya no le oigo. Respiro hondo y ordeno las estanterías de mi cabeza. Yo no soy como él. No soy como él. Nunca seré como él. Me toco el vendaje. Sigue húmedo. Pienso en la abuela Agra. La abuela me dibujaba caras sonrientes en las yemas de los dedos cuando me caía. "¿Ves? ellos ya no lloran porque tú tampoco lo haces. Te toca cuidarles, porque tú eres el chico fuerte, ya ayumi."

Vuelvo a subir y a entrar en casa. Él sigue en la misma postura. Me mira. Lágrimas, mocos, saliva, pelo rubio pegado a la frente. "Yo no quería hacerte daño..." "Vale. Ahora tienes que ir al sofá, porque tengo que limpiar esto ¿vale?" Le ayudo a incorporarse. Deja de sollozar. "Todo se arreglará, chico...Nos iremos a otro sitio. A otra casa ¿eh? Ya verás, buscaré trabajo... tengo un asunto que... ya verás como todo se arregla, chico..." Le tumbo en el sofá. "Sí... pero ahora tenemos que lavarte ¿vale?". "Te compraré ese ordenador ¿eh?... un buen ordenador para que escribas... todo se va a arreglar..." Lleno el barreño de agua caliente y cojo la esponja. "Tienes que quitarte el pantalón, Nicolás. Hay que lavarte ahora ¿vale?" Cuando vuelvo al sofá, él duerme boca abajo. La cara húmeda sobre los brazos desmanejados. Me siento a su lado y cierro los ojos.

"...tú eres el chico fuerte, ya ayumi."
Pues no me acuerdo. Un poco de algo porque llevo todo el día con dolores que no me dejan pensar mucho.

Bueno. Hoy menos comeduras de tarro y más dolor. Mañana habrá lluvia de perseidas. Me gustaría tener a alguien que me subiera al Puerto de Navacerrada a verlas. Por más que he tirado noches de agosto en pos de las perseidas, jamás he visto una. Nunca. Pienso que según la ley cósmica de la compensación, este año debería verlas caer a cientos sobre mis narices, para hacerme un rosario de deseos por cumplir. El primero sería la pierna. El segundo el libro. El tercero mi economía. El cuarto...
Vale. Es mentira. El primero serías tú. El segundo, tú. El tercero, tú. El cuarto, tú. Y a partir de ahí podríamos ir aplicando la misma regla desde el quinto hasta el infinito. No sé si pillas el concepto... Ah, no... calla... Olvidaba que no me lees.

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No hay heridas importantes. Marcas negras en la espalda allí donde han dado las monedas. Dolor en la zona del cuello que crujió y una herida pequeña al lado del ojo que se hincha un poco y no me deja abrir bien el párpado. Silvana me da toques pequeños con un algodón teñido de naranja. Su dedos en mi barbilla. Su olor como de galleta. El cosquilleo de su pelo rojo rozando mi cuello. "¿Y como fue que vos no viste sus caras?..." "Ya te lo he dicho. Me pillaron por sorpresa y eran varios", "¿pero varios cuántos? podés poner una denuncia ¿no?", "que no, que no les he visto bien...", "¿y el Nico? ¿vos no avisaste al Nico? te pudo ayudar ¿no? sos su hijo, carajo...", "que ha sido en el callejón Silvana ¿cómo le voy a avisar?". Sopla sobre la herida y la tapa con esparadrapo. "Tenés que ponerte hielo. Se hará chichón, oíste...". Miro en el espejo mis ojos hinchados. Me avergüenzo de haber llorado. Soy un hombre. Los hombres no lloran. "Bueno, así hago cara de boxeador y doy más miedo ¿no?". Se abraza a mi cabeza y me da un beso en el pelo. "Nooo... vos tenés cara de ángel. Vos sos un buen muchacho. " Paso los brazos por sus cintura y la estrecho contra mí. Pequeña, suave. Se me escapa el corazón por la punta de los dedos y todo deja de importarme, porque todo vale ese instante. Se separa de mis brazos. "Quedate ahí ¿ah?". La oigo enredar en el cajón mientras toco mi sien hinchada bajo la venda. Cada vez puedo abrir menos el ojo. Ella aparece con un billete de 50 euros. "Tomá. Guardá esto. Es la plata que tenías cuando te quitaron ¿no?" Siento una punzada en el corazón. "No, no, no..." Se pone en jarras ante mí con el ceño fruncido. "¿Cómo no? ¿vos sos bobo? creés que puedo dejar que te roben así la plata de tu pensión de la escuela y estarme tranquila? tomá ahora mismo...". Le doy la espalda. "No...", me gira la cabeza tomándome la cara con ambas manos. "Ariel, amor... ¿vos querés darme ese disgusto?". Sus ojos avellana. Sus dientes blancos y pequeños. Sus labios rosados."Eh... andá, cogé la plata, amor. Por mí. ¿ah?". Tomo aliento. Me sujeto el corazón. "Silvana... ¿y si te casas conmigo y nos vamos de aquí?." Los ojos se le abren. Se estiran hacian las sienes como los de Teo el loco. Frunce los labios en mohín de un segundo y luego sonríe. "¿Eso querés? oh, sos tan tierno..." Me besa en los labios. Los atrapo y la busco con la lengua. Un segundo. Dos. Tres. Cinco. Una eternidad. Cuando el beso termina tengo el billete de 50 euros en la mano, sin ser consciente siquiera de cómo ha llegado allí. Se suelta de mis brazos. Las pulseras tintinean con su risa. "Pero...¡qué desvergonzado! sos igual que tu padre ¿ah? ¡sos un donjuán!." Se aleja por el pasillo dejando un rastro de sonrisa. "Ahorita te traigo el hielo. Viste.. igualito que el Nico sos..."
Cuando deja de mirarme, guardo de nuevo el billete en su cajón. Mientras la oigo canturrear en la cocina, cierro la puerta tras de mí procurando no hacer ruido. Salgo a la calle y me siento en las escaleras del mercado. Me toco la herida. Ya no puedo abrir el ojo. Me he vuelto tuerto como nuestra casa.

Te equivocas. Yo nunca seré como Nicolás. Nunca.
Macarrones y ensalada de mar, que no tenía nada de ensalada, ni de mar. Sin dolores, ni parches. Aleluya.

No me gusta escribir esto. Hoy no encuentro la diferencia entre catarsis y autocompasión, y me vuelven las dudas. Quizá debería terminar aquí. O dar al botón del pause y dejar la imagen congelada unas cuantas semanas.
Sabía que me ocurriría al llegar a este punto. Una mierda esto de conocerme tanto y tan bien...

Tengo que pensar en ello.

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Aún llevo el billete de 50 doblado y apretado en el puño cuando llego a casa. Hay dos hombres con Nicolás, sentados en el colchón. Me miran con ojos vacíos en caras resecas que parecen talladas en madera. Veo botellas de ballantine's en el suelo y algunos restos de papel de plata quemado. Pienso en la frase de Aco. "Apuesto a que gasta más albal que papel del culo..." Nicolás se me acerca arrastrando los pies. En una mano lleva mi caja secreta del dinero. La agita haciendo tintinear las pocas monedas que contiene. "¿Qué es esto...?". Me paralizo. Siento el miedo subiendo desde mi estómago, agarrándose a mi garganta, quitándome la respiración. Avanza dos pasos hacia mí, mientras yo los retrocedo. Vuelve a agitar la caja delante de mi cara. "¿Qué cojones es esto?" Me bloqueo. Quiero decir algo, pero no soy capaz. Dejo de oir, de pensar, de sentir. Sólo mis pies siguen funcionando y retrocediendo en pequeños pasos. Sé que tengo que reaccionar, pero no logro hacerlo. Sus ojos, casi sin párpados. Los míos, perdidos y agónicos entre el suelo y su mano. "¿QUÉ PUTA MIERDA ES ESTA?" Llego al final de la habitación y mi espalda topa con la puerta. Me aprieto contra la madera. El mosquito atrapado por el parabrisas. Intento tantear a mi espalda buscando el pomo. El billete de 50, caliente y arrugado, aún en mi puño izquierdo.
Todo pasa muy deprisa. En un instante tiene el brazo en el aire, y en el siguiente, golpea la caja contra mi cabeza. Noto un dolor agudo en la sien y la mejilla se me aplasta contra la puerta. Se me doblan las rodillas y resbalo hasta quedar sentado. Por un instante, le veo levantar el brazo de nuevo y sin darme cuenta, abro las manos para protegerme la cara. El billete cae al suelo. Se detiene un instante y lo mira, aún con la caja en alto. "Hijo de la gran puta, maldito cabrón, te voy a reventar la puta cabeza, te voy a romper todos los putos huesos a patadas, te vas a arrepentir de haber nacido, por mis cojones que te vas a arrepentir de tu puta vida..." No grita. Sus palabras suenan suaves y monocordes. Cae otro golpe. Este en lo alto de la cabeza. Noto el chasquido del cuello y aprieto los dientes. Los dolores se me mezclan. Con un brazo logro abrir la puerta y salir al descansillo. Siento sus pasos lentos y tranquilos tras de mí. Tropiezo y subo los primeros escalones ayudándome con las manos. Lanza la caja que da el último golpe contra mi espina dorsal. Las monedas saltan. Sigo reptando escalones. Cuando logro alcanzar el primer repecho de la escalera, oigo la puerta cerrarse. Me asomo despacio. Veo la caja abierta abajo y las monedas desparramadas. Él ha desaparecido. Con mi billete. Todo para nada. Me siento y me tanteo la cabeza.Tengo sangre junto al ojo. Me tapo la cara con las manos y me echo a llorar. "No, no, no... eso no... cálmate..." Me froto la nariz y los ojos con la manga de la camiseta. "Cálmate, cálmate, cálmate... no eres un crío, joder, cálmate..." Llamo a la puerta de Silvana. Ella palidece. "Diosssss puuuuucha ¿qué pasó?" Quiero sonreír y decir que me he caído. No lo hago. Sólo lloro y me paso la manga de la camiseta por la nariz. Silvana me coge la cara con las manos "No, no, bebé, no... mi amor ¿qué pasó? entrá, entrá mi niño... Dios... entrá..."
Arroz con pollo. Un melocotón. Vino blanco. Demasiado vino blanco.

He vuelto a tener otro tirón en la ingle. El dolor es terrible, me corta la respiración. Hasta mañana no podrá verme el fisioterapeuta. Por teléfono me ha dicho que probablemente tenga un tendón montado que se contrae con determinados movimientos de la pierna. Así que así estamos. Mi ingle y yo. Como dos cowboys del far west, mirándonos frente a frente y esperando a ver quién dispara primero.
M. se ha ofrecido a darme un masaje en la zona con radiosalil, y yo lo he rechazado amablemente diciendo que ya no me dolía tanto. Mentira cochina, me duele más. La cruda realidad es que me da vergüenza que M. me toque tan cerca de los huevos. Se lo he dicho a A. y ella se ha reído mucho. Me ha recordado que hace apenas una semana estaba agarrando los suyos en la moto. Yo le he dicho que no era lo mismo. Que aquello eran cuestiones de guerra y la masculinidad estaba a salvo (al menos la mía). Ella ha suspirado y ha dicho que entre las chicas no existían esas chorradas y que en su clase, incluso se ayudaban a ponerse el támpax las unas a las otras.

Tengo que apuntarme a tener más conversaciones con A. Es todo un pozo de sabiduría teen.

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Hago dos clientes con Sandro. Tres. Cuatro. Sólo espero y miro. Observo y aprendo. No participo. Siempre la misma pregunta "¿sois dos?". Siempre la misma conversación. "Dieciocho. Tenemos dieciocho." No pueden creerse eso. Es imposible que se lo crean. El cuarto hombre extiende la mano al asiento de atrás y me aprieta el muslo. Retrocedo como una lagartija. Sandro levanta la cabeza de su entrepierna. "Eh... pasa de él ¿vale? él solo mira." "Si os lo montáis entre los dos os doy 50 más." "¿Los dos contigo?"- "No, no, yo sólo miro." Sandro me sonríe. "¿Qué te parece? ¿le hacemos un numerito?". Yo niego con la cabeza. El hombre abre el seguro de mi puerta. "Pues hala, guapo. Largo de aquí." Sandro me hace un gesto con la cabeza. "Vete, Ari. Luego te llamo."¿Me llama? ¿dónde me llama? No tengo teléfono.
Doy vueltas por la calle preciados. Son las ocho. Pego la nariz al escaparate de la Fnac. Paraíso de libros y luces que ya no impresiona. Todo me parece lejano. Debo volver a casa, hace cinco horas que cerró el instituto. Inspiro hondo. Algún día tiene que ser. Cruzo la calle. Entro y atravieso la planta hasta la salida de emergencia. Salgo a la escalera. Me siento. Uno... dos... tres... cuatro... Aparece el hombre. Lleva un jersey blanco y una chaqueta de cuero. "Qué hay..." Recuerdo a Sandro. Tienes sitio. Esa es la pregunta. Pero sólo me levanto y quedo frente a él. En silencio. Me mira a los ojos. "Ven..." Le sigo. Atraviesa la planta. Va cogiendo ropa de las perchas y me la sobrepone. "¿Te gusta?" Yo no digo nada. Vuelvo a sentirme mareado. Para a un dependiente. "¿Dónde puedo probar esto al chico?". Me avergüenzo. Bajo la cabeza y miro mis zapatillas. "Allí tiene los probadores. Si necesita cualquier cosa, me llamo Esteban." "Bien, gracias..." Me toma del brazo. "Vamos..." Cierra la puerta y tira la ropa sobre la silla. Me mira durante un instante y apoya mi espalda contra la pared. "Pruébatelo." Me saca la camiseta y me enfunda uno de los jerseys."Te sienta bien. Es Tommy Hilfiger. ¿Te gusta?" Habla extraño. Arrastrando las palabras. Yo sigo mirándome las zapatillas. No sé qué decir. Vuelve a sacarme el jersey. Me coge la barbilla. Siento su lengua en la boca. Menta y tabaco. Contengo la respiración. Norma nº 1: No beses en la boca. Me desliza las manos por el pecho. Cierro los ojos. Me desabrocha el pantalón y se agacha. La hebilla tintinea junto al jadeo de su respiración. Me muerde la cintura. "¿Cómo te llamas?" La espina dorsal se me eriza. Se incorpora. "Eh... ¿cómo te llamas?". Cierro los ojos. "Ariel..." Me aprieta. "Ariel...es muy bonito..." Norma nº2: No digas tu nombre. Su cabeza entre mis piernas. Calor. Humedad. Sus manos sujetándome las caderas. Me pierdo. Me escapo. Me derramo. Siento que el corazón va a explotarme en el pecho. Las estanterías de mi cabeza caen abajo y todo el contenido se destroza, se mezcla, se caotiza para siempre. Dejo de ser yo. Nunca volveré a serlo.
El hombre se levanta y se pasa un pañuelo por la boca. Nos miramos. Sonríe. "Bueno, Ariel..." No espero al final de la frase. Recojo mi camiseta, abro la puerta del probador y corro. La hebilla del cinturón aún desabrochada, golpeándome contra la cadera. Bajo la escalera mecánica sorteando personas. Busco un rincón. Un silencio. Me apoyo en una columna y me abrocho el pantalón. Respiro, respiro, respiro... Pasan minutos eternos y alguien me toca en el hombro. Jersey blanco, chaqueta de cuero. Me incorporo con un respingo. Me mete un billete de 50 en el bolsillo. "No me has dado tiempo, Ariel. ¿Vale con eso?". Norma nº 3: Cobra siempre por adelantado. Me mira. No sé por qué me mira. Los de Sandro no miraban. Se asustaban. Disimulaban. Este no se asusta. Siento que me tiemblan las rodillas. "¿Qué te pasa? ¿te encuentras mal?". Oigo mi voz que no parece mía. "No, estoy bien." Me pone una bolsa en las manos. "Toma, para ti." Veo la lana cremosa del jersey de Hilfiger. "Gracias." Sonríe divertido. "¿Gracias? pues... de nada. Oye, ¿tienes un teléfono dónde...?" Vuelvo a interrumpir su última frase, que queda colgada a mi espalda. Atravieso rápidamente las puertas batientes. Salgo fuera y camino a paso rápido. El aire me despierta. Salgo a la puerta del sol. Subo por la calle carretas hasta el teatro. Camino, camino, camino... camino en dirección contraria a casa. Dejo la bolsa con el jersey sobre un banco de la plaza. No lo quiero, no es para mí. Este no soy yo. No soy yo. Yo soy Ariel Nepomuk. Ariel Nepomuk. Quiero pilotar aviones, ver volcanes, comer chocolate, casarme con Silvana, volver a casa...

Volver a casa...
Pez espada. Agua y paracetamol. Un día extraño.

Alguien quiere regalarme flores.
Hoy me han llamado de una floristería cercana a mi trabajo, diciéndome que tenían un encargo para mí, y que lo único que les habían dado era mi nombre y mi número de móvil. Me pedían una dirección para entregármelo. Al preguntarles el nombre del remitente, me han contestado que quien me hacía el regalo, quería permanecer en el anonimato.
He mandado sms a todas las personas que podían hacer algo así, y que no disponían de mi dirección, pero ninguna había sido. Ahora reviso los nombres de mi agenda uno por uno, con cara de tonto, y sin saber qué hacer. Flores para Ariel. ¿De quién? ¿de alguien que está leyendo esto en este momento? ¿alguien para quien, quizá, me he puesto demasiado oscuro? ¿alguien que sí que sabe encontrar besos por ebay?
Se me ocurre que deberíamos hacer un pacto. Un pacto de valientes. Salir ambos de nuestra madriguera. Yo por aquí... esa persona por allí... Y encontrarnos a cara descubierta en el centro.


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Nos sentamos en las escaleras. "Bueno, pero pajas sí sabrás ¿no?". Pienso en Salvador y recuerdo el olor del cuarto de las calderas. "Pues... sí, pero yo... tampoco es que..." Sonríe y brilla otra vez en colores. Es muy guapo. Tiene ojos de verano. "Bueno, tú tranqui. Hoy vienes conmigo y miras. Pero pilla tres puntos importantes: 1. No beses en la boca, 2. No digas tu nombre, 3. Cobra por adelantado. Importantísimo todo ¿eh? ¿no lo olvidarás?". No besar en la boca, no decir mi nombre, cobrar por adelantado... No lo olvidaré. Estoy nervioso. Siento que el estómago se me cierra. Un hombre con camiseta negra sube unos cuantos escalones a nuestro lado, mira hacia arriba y luego los vuelve a bajar. Empuja la puerta de salida y desaparece de nuestra vista. Sandro me da con el codo. "Ojo. Ese es uno." Veo la puerta que termina de cerrarse a su espalda. "Pero se ha ido..." Sonríe y se muerde el labio inferior. "Ya volverá...". Transcurren unos segundos y el hombre de negro reaparece. Se acerca. Habla sin mirarnos. Sus ojos van de la escalera a la puerta. "Qué tal..." Voy a dar las buenas tardes, pero otro codazo de Sandro me cierra la boca en la primera sílaba. Sandro se levanta. Su voz suena en susurro. "¿Tienes sitio?". La puerta se abre y entra otro hombre, mucho más mayor. Nos mira mientras sube las escaleras a nuestro lado. El hombre de negro se revuelve y hace ademán de volver a salir por la puerta, pero vuelve a acercarse cuando el otro ha desaparecido por la escalera. Empiezo a sentirme mareado. "Tengo la furgoneta abajo ¿sois dos?". Sandro no contesta. Me empuja con el pie haciendo un gesto para que me levante. Yo sigo sin moverme, sentado en la escalera. No entiendo la pregunta. ¿Qué si somos dos?. Claro que somos dos. "Eh, Ari... vamos." Me levanto. El hombre me mira de arriba a abajo. Parece desconcertado. Sandro se pone ante de sus ojos y me aparta suavemente con el brazo. "Venga, tio. Te seguimos." El hombre parece despertar de algún pensamiento oscuro. "No, no... Plaza G-15. Nos vemos allí. ¿Pero sois dos?" Sandro suspira y se sopla el flequillo. "Joder, que brasas... vamos, Ari."
Yo sólo miro. Ellos hacen. Yo sólo miro y recuerdo. 1. No beses en la boca 2. No digas tu nombre 3. Cobra por adelantado. "Yo Javi. Él te da igual. Sólo me acompaña. Te he dicho que te da igual, joder. Vale pues Jose, hala. Se llama Jose. Sí. Ari pa mí y Jose pa ti. Dieciocho. Sí, él también dieciocho. No, sólo me acompaña, así que pasa de él. Cincuenta. Euros, tio, ¡no van a ser céntimos, coño! Ok, eso sólo 30. Que no, que pases de él, joder. Págame antes ¿vale? Ok, venga, trae..."

Llego a casa. Dejo los libros sobre la mesa. Nicolás duerme sobre el colchón. Ha vomitado junto a la nevera. Esquivo el vómito y me tumbo en el sofá. El oso Rudy me mira apoyado en un cojín con su ojo tuerto. Le cojo y le sostengo en la mano. Antes era más grande. ¿Lo era? No... mis manos eran más pequeñas. Empujo con el dedo los trocitos de gomaespuma que le asoman por las costuras. "Vale. Así estás mejor ¿no?". Paso un dedo por el hilo del que pende su única oreja. "¿Qué crees que va a pasar conmigo?". Le agito un poco y la cabeza se le descuelga hacia abajo.
"Sí... yo también lo creo."
Arroz. Agua. Fiebre. Nervios y malestar.

Todo el mundo quiere una vida bonita, pero agarran los ojos a las vidas tristes. No sé bien por qué es. Quizá necesitamos dramas para sentirnos mejor con nuestras propias miserias. O simplemente necesitamos saber que hay un lado oscuro y maloliente bien lejos de nuestro rinconcito limpio de chimpunes y colorines. Sea como fuere... yo tengo una idea muy clara de cómo quiero mi vida. Esto es, una casa de piedra de sillería, un trozo de jardín sin cuidar, un perro paralítico, dos gatos, otro perro con cuatro patas de los de toda la vida, un J. quejándose de que no le va el wifi, un J. quejándose de que no le gustan las pelis del plus, un quad para ir a comprar el pan al pueblo, y un J. quejándose en el asiento de atrás, de que sólo como harinas refinadas conelvenenoqueesesoaripordios...

Bueno, vale... en realidad me conformo con un J. quejándose por todo. Es tan entrañable...

Lo del jardín sin cuidar y el perro paralítico porque llevo toda la vida conmigo y me conozco, claro.



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Me salto las dos últimas clases para reunirme con Aco. Él me lleva a un piso de la calle Atocha, con muy pocos muebles y algunos chicos desperdigados por las habitaciones. Al pasar nos miran con desgana, y nos saludan con un gesto de cabeza. Nos sentamos en un colchón con las piernas cruzadas. Aco vacía una caja de aspirinas, y las desmenuza con una cuchilla de afeitar.
"¿Ves? Si la corto, pillo veinte pero paso cincuenta. Menos un par que me quedo pa mí, son 60 talegos limpios si la cosa funciona." Intento prestar atención. "Yo puedo hacer eso...¿no?". Frunce el ceño. "Ni de coña. Esto no es para chinorris. Te pillan los monos y luego soy yo el que se enmarrona, chaval."
Un chico de camiseta roja se acerca hasta nosotros. Tiene ojos azules y el pelo le cae sobre los ojos. Me sonríe con dientes blancos y perfectos. Negro, azul, blanco, rojo... Brilla entre colores. "Hey, que no te cuele esa mierda ¿eh? que ya venía cortada..." Aco no levanta la cabeza de la cuchilla. "Cállate, bocas. Y mírate a este, anda. Su viejo es el guiri colgao de sol y necesita pasta." Me señala al chico con la cabeza, sin apartar la vista de la cuchilla. "Ari, este es Sandro. Háblate con él. Chapea por Recoletos. Eso también te sirve ¿no?". Yo pierdo el hilo. "¿El qué me sirve?". "Las chapas, tolai... ¿no querías pasta?." Sigo perdido. "¿Qué chapas?". Aco se ríe por debajo del cigarrillo. El chico de la camiseta roja me tiende una mano. "¿Qué es eso de Ari? ¿un mote?" Se la estrecho. "No... Es Ariel". Tira de mi mano y me levanta del colchón. "Como el detergente. Ok. Pues hala, Ariel. A levantarnos paganos, tío. Como es pronto tiramos a Preciados ¿no?." Me mira esperando respuesta. Yo no sé qué hacer. Quedo agarrado a su mano, como un monigote y él distingue mi desconcierto. "¿Qué pasa? no me jodas que eres vírgen..." Aco vuelve a reírse y el cigarrillo cae entre el polvo de aspirina. Maldice entre dientes, antes de levantar la cabeza hacia Sandro. "¡Llévatelo ya coñooooooooo! me estáis poniendo nervioso..." Sandro tira de mí, sin mediar palabra. Me dejo guiar hasta el ascensor. "¿Dónde vamos?". Se atusa el pelo negro en el espejo. Frota sus dientes blancos con la yema del pulgar. "A chupársela a los ricos para que cobren los pobres." Se ríe de su propia ocurrencia. Se ríe, y los dientes blancos y perfectos se enganchan en las estanterías de mi cabeza, a través del espejo del ascensor.
Salmón con una salsa extraña por encima que tenía color y consistencia de semen. Bastante asqueroso todo. Dos bocados y un puaj.

9-5 de tensión. Eso explica la pedorrez absoluta que arrastro.
Hoy tocaba proctólogo. Tengo enfermo el fémur, pero termino viendo al proctólogo. De la rodilla al culo en veinte segundos. Qué bonito es todo...
He ido convencido de que la cita era a las doce y media y una vez allí, me he encontrado con que era a las diez. Muy mío. La enfermera, con expresión de chihuahua, me ha dicho que lo ponía muy claro en el papelito que me dieron. De nada ha servido el "mire usted es que vivo muy lejos", ni el "espero el tiempo que haga falta", ni siquiera lo de "es la medicación que me vuelve autista". No le ha dado la gana atenderme fuera de cita. Y claro... me olvido de protestar ante un proctólogo. Primero, porque no sirvo para esas cosas; segundo, porque ha sido culpa mía, y tercero... porque es el proctólogo. De todas las idioteces que podría hacer en mi vida, creo que la más flagrante sería ponerme chulo con un tio que tiene mi próstata en una mano, y todo un abanico de chismes quirúrgicos en la otra.

Calor, calor, calor. Mucho calor. Ojalá pudiera dormir en el frigorífico cual vulgar filete de pollo.

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Pedimos sirope de chocolate y trozos de m&m's. Quiero comérmelo muy despacio, saboreando cada cucharada, pero mis manos tienen razones que mi razón no entiende, y en apenas unos minutos lo devoro entero. Restriego el dedo por el envase para rescatar los últimos restos de chocolate. Aco me mira aún con su primera cucharada. Nos reímos. "Es que nunca como helado." Empuja el suyo hasta mí. "Pa mí que nunca comes nada. Va, toma. Yo de los dulces paso." Quiero tener educación y rechazarlo, pero mis manos siguen su curso por sí solas y se apoderan del segundo helado. Aco va al mostrador y me pide un menú completo. Engullo todo como una avestruz, delante de su sonrisa de conejo. Pedimos un tercer helado que esta vez paladeo despacio. Le pido que me explique. Quiero saber. "¿Tu viejo? pues... jaco, perica, speed, pirulas... yo qué se. Está muy pasao." Repaso mentalmente. No hay jeringas en la casa. Aco se ríe. "No seas tolai. El que no tiene chuta se lía un fly. Ya ves que problema. Apuesto a que gasta más albal que papel del culo ¿no?." Me encojo un poco sobre mí mismo. No sé que es un fly. Soy un pringado entre los dientes de un monstruo que ni siquiera conozco. "Le puedes dar el chivo a los del grume. Pero ya sabes... te encierran. Tú verás." Silvana. El pelo rojo de Silvana. El sonido de su corazón. Sus piernas blancas balanceándose. Sus pequeños pies de uñas rosadas. La certeza absoluta de que nadie me separará de ella. "Mi consejo es que te busques la vida. Olvídate del puto papaíto de las pelis porque nadie va a venir a llevarte la mochila del cole, tio. Esto es lo que hay ¿no? pues a joderse y a sobrevivir. Como hacemos todos los que tenemos unos viejos de mierda." Pienso en Teo el loco clavándole un tenedor en la cabeza a su padre. No me enseñó a pelear, creí que habría tiempo. No volverá a ocurrirme. "Explícame qué es speed, qué es perica y qué es un fly. Dime como se lo mete y lo que siente. Necesito controlar lo que hace. Y dime qué puedo hacer para ganar dinero. Necesito dinero. Lo necesito ya." Aco me mira y sonríe mordiéndose el labio inferior. "Joderse y sobrevivir ¿eh tronco?..."

Joderse y sobrevivir. De nuevo.
Guisantes y tres litros de agua. Ningún dolor. Qué cansado estoy...

El catéter se me ha descolocado mientras dormía, y esta mañana me he levantado como uno de los protagonistas de la matanza de Texas. Creo que es el cambio de colchón. Antes giraba haciendo ñugui-ñugui y ahora giro haciendo ¡fop!. A todas luces, me falta amortiguación o me sobra movimiento. Lo cierto es que me cuesta acostumbrarme a las nuevas camas tanto como me cuesta acostumbrarme a las nuevas personas. Esa combinación perfecta me convierte en el tío más nulo que ha pisado la tierra en materia de promiscuidad, de lo cual ahora mismo, no estoy seguro si me alegro o maldigo mi perra suerte.
Estoy cansado y bajo de moral. Mataría por un poco de sexo con besos. Aunque fueran diez minutos. Aunque fueran dos besos. Aunque no supiera ni de dónde me venían hasta que ya los tuviera puestos.

Ójala los vendieran en ebay, como si fueran vulgares calcetines.

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Sus escasos días de luz se apagan. Cada vez pasa más tiempo durmiendo. Cada vez habla menos y grita más. Cada vez está más cerca el puño de mi cara. Cada vez hay menos dinero que yo pueda coger de sus bolsillos. Los cheques de servicios sociales dejan de desfilar ante mis ojos previamente a que pueda convertirlos en nada. Las visitas del casero se multiplican. Los días se hacen cortos y las noches frías, y yo permanezco inalterable, dentro de mi camiseta de verano y de mis únicos pantalones vaqueros, que ya son un saco atado alrededor de la cintura. Sé que las cosas tienen que cambiar pero no sé qué hacer para que cambien.
Aún no es mediodía, pero se levanta y da vueltas por la habitación como un león enjaulado. Coge un puñado de pastillas y se las traga en ginebra, con gestos de marinero. Yo apenas levanto la cabeza del libro de inglés. "eh... chico... ", me da pequeñas patadas en el pie. "Eh... sube donde Silv y pídeles café..." Yo no me muevo. Pega su cara a la mía. "¡EH! ¡HABLO CONTIGO, SUBNORMAL! ¡SUBE DONDE LAS PUTAS Y TRAE EL JODIDO CAFE! ¡AHORA!". Agarro el libro, los cuadernos y el estuche y salgo al descansillo. Lanza algo contra la puerta, mientras la cierro. No voy a subir. Hoy no pediré nada, es mi norma autoimpuesta. Me siento en la escaleras e intento concentrarme en las conjugaciones, pendiente de que no se acerquen sus pasos al otro lado de la puerta. Entonces veo salir al chico del ascensor. No es mayor que yo, pero parece mucho más vivo. Llama a nuestra puerta. No tengo tiempo de esconderme antes de que Nicolás abra. "Me cago en tu puta madre... ¿qué cojones haces aún ahí?" El chico se vuelve y me mira por primera vez. Sonríe con dientes blancos y expresión de conejo. Yo no me muevo. Pone una mano en el pecho a Nicolás. "Hey, luego le chillas, tronco. Llevo prisa, dame lo mío." Intercambian. El chico saca algo pequeño envuelto en plástico y Nicolás un billete de 20. Un billete de 20. No hay comida, no hay dinero para el alquiler, pero él saca un billete de 20. El paquete desaparece en las garras de Nicolás, que cierra la puerta al chico en las narices. Él se sienta a mi lado en la escalera. "¿Es tu viejo?". Yo niego con la cabeza. "Tranqui. Me conozco yo a estos. En dos minutos le tienes puesto y ya le puedes mear encima si quieres que no se coscará ni aunque le pongas la polla en la jeta." Saca un cigarrillo y lo enciende con un mechero plateado, que tiene un águila en relieve. Me sorprende mirándolo. "¿Te mola?". Vuelvo a negar con la cabeza. Me lo pone sobre el libro abierto. "Toma. Para ti. Tengo un huevo de ellos." Se levanta y se atusa los pantalones. "Bueno, pues yo soy Aco. ¿Qué? ¿nos hacemos un macflurry?" yo sopeso el mechero en la mano y paso el dedo por las plumas del águila. "No sé qué es." Vuelve a sonreír con expresión de conejo. "Un helado, tolai. Anda vamos. Estás de suerte, invito yo."