Por ahora... café de ese con cafeína que no debo tomar

En el hospital cuidando de mi enfermo. He perdido la conexión así que lo publicaré luego cuando llegue a casa. Me encanta escribir así. En el interludio presente-futuro. Así puedo cambiar veinte veces las frases, poner letras que me he comido, separar los porqués para que a E. no me riña y me llame melón...

Mi enfermo está algo mejor. Tiene una sonda nasogástrica, una sonda de desechos, un vía con oligoelementos, otra con suero y una nasal para el oxígeno. Eso significa que en estos momentos las partes de su cuerpo agujereadas y conectadas con algún chisme superan con creces a las que no lo están. Le he traído mi muñeco Epi de pinza para que le dé un poco de alegría, pero como todo está tan lleno de tubos, he tenido que colgarlo del crucifijo de la pared. Queda cantidad de simbólico allá arriba, con su cara naranja y su camiseta gay, colgando de los pies del cristo. Como él no podía mover la cabeza para verlo, le he hecho una foto con el móvil. Ha gemido un poquito al verla y me ha dicho que por favor me estuviera quietecito y callado, porque le dolían mucho los puntos al reirse. Yo le he dicho que no había ningún problema con eso, y mientras me apoyaba en la barandilla de su cama, sin darme cuenta, he presionado un poco el tubo del oxígeno. Le he dicho que eso me recordaba a la escena de Aterriza como puedas, cuando la azafata toca la guitarra y le arranca los tubos a la niña terminal, y él ha vuelto a reir-gemir y me ha dicho "te voy a coser la boca".

Ahora ya me porto bien y me estoy quieto y callado, y sólo me levanto para mojarle la cara con la toalla, para hacerle frufrús en los cuatro pelos que tiene y para recolocar el Epi, porque tal y como lo he puesto, parece que le está mirando los huevos al cristo por debajo del faldullín.

Y... estoy contento de no haber dicho eso en voz alta.

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"¿Quién ha sido?". "No sé. Unos moros." "¿Quiénes?" "No sé. Unos moros. No soy de aquí, a mí me parecen todos iguales." "Bien. Pues vamos al dormitorio y me los señalas." "No me acuerdo de sus caras." "Diosss, Ariel... ¿Por qué? ¿por qué haces eso? ¿por qué tienes que pelearte?¿así es como crees que se consiguen las cosas en la vida?" "No señor. No lo creo. Creo que hay que hablar." "Entonces, joder, ¿¿por qué no me hablas?? ¡¡háblame y dime qué coño tengo que hacer contigo!!" "No lo sé, señor. Yo no hago nada." "¿No haces nada? ¿pero tú te has visto la cara? ¿te has visto los brazos?" "Sí señor. Pero no hago nada. Las cosas me vienen así."

Una fuga. Dos peleas. No soy agresivo, no me gustan los líos, no me meto con nadie, pero tengo expediente rojo, como Teo el loco. Como Azîm. Como Jamal. Ahora me vigilan y no tengo permiso de salida. Lo asumo. Es un eslabón de la cadena paradójica de mi vida. Rasguños, moratones y dos puntos de aproximación en el labio. Lo peor, el morado del costado que me duele hasta cuando respiro. Maruk se desconcierta mirando mi piel moteada de golpes mientras nos cambiamos en el dormitorio. "¿Te caíste en la escalera y te diste con la baranda?". "Sí. Eso es. Eres muy listo. Me dí con la baranda. Muchas veces. Aquí... aquí... ¿ves? soy muy torpe. " "¿No te ha dado Jamal con un pomo?" "Lo intentó pero se lo metí por el culo." Se ríe a carcajadas con la boca abierta. Me gusta verle reirse. Mi hermano se ríe y el costado duele un poco menos. La voz circula por el dormitorio. Cuchichean cuando me desvisto. Cuchichean cuando entro. Cuchichean cuando salgo. Cuchichean en las duchas. Sé lo que dicen. Que Azîm me bajó los pantalones. Que Jamal me partió el labio. Que no me chivé al tutor. Soy el pringado humillado y pisoteado con el halo de respeto de los que no traicionan. En realidad, el universo que tenemos lo chicos de acogida es así. Pequeño y simple.

Entro en la ducha y dejo que el agua caliente caiga por mi espalda. Todo mi cuerpo es un puro golpe. Ahora morado. Para cuando vaya a mi centro, será amarillo y verde, y todavía luciré las marcas de los dientes de Jamal en mi hombro. Entonces Teo me pegará en la nariz y alguien me preguntará "¿quién ha sido?" y yo responderé "no sé.. no ví su cara." No importa. Soy absurdo y pequeño. Así tiene que ser.
Aún no he cogido el jabón, cuando noto una respiración a mi espalda. Me giro y veo los ojos malvados de Azîm mirándome por debajo de sus rizos negros. Dos de sus matones me observan tras él. Siento que algo en el estómago me sube hasta la garganta. No es miedo. Es cansancio. "Joder no... ¿y ahora por qué? si no he hecho nada..." Se ríen. Los matones se quedan en la puerta. Azîm se quita la toalla y entra en mi plato de ducha. Me quita el jabón de la mano y lo pasa por mi espalda con movimientos enérgicos, como el que lava a su hermano o a su perro. Yo dejo escapar gemidos allí donde más morado tengo. Le sujeto la muñeca. "Vale ya. Me estás haciendo daño." Él vuelve a dedicarme su media sonrisa de superioridad. "Los nawab no sabéis pegar. Te podía haber hecho más." Frota su pene contra mis riñones. Yo fijo la vista en las baldosas blancas. "Tengo que pedirte algo." Apoya su barbilla en mi hombro. Siento su aliento en la oreja. "Esta noche vendrás." "Primero tengo que pedirte algo." Me coge la mano y vuelve a dejar en ella el jabón. Abre el grifo del agua fría y permanece durante unos segundos bajo el chorro. Luego cierra el grifo y agita la cabeza. Antes de salir, vuelve a mirarme. "No. Primero, esta noche vendrás."
Sandwich de ensalada de pollo y zumo de melocotón. Y hacía mucho tiempo que no tomaba nota de lo comido. Mal hecho. Así luego no puedo reñirme debidamente.

Me han dejado entrar diez minutos en UCI. Ya estaba despierto y no tenía mal aspecto. Bastante mejor que el que tenía yo con todo ese plástico verde encima. Se ha reído un poco al verme y ha dicho que parecía un condón gigante. Le he dicho que me habían puesto la bolsa de la papelera porque no había batas de mi talla y se ha reído aún más. La primera vez que me hace feliz que alguien se ría de mí. He pasado los diez minutos acariciándole la cabeza y mirándole con cara de panoli, así que supongo que habrá acabado de mí hasta las pelotas. Bueno. Ajo y agua. Para eso eran mis diez minutos.

La doctora me ha dicho que le pasarían a planta esta noche si seguía evolucionando.

Si encuentro de dónde sacar el dinero, pienso comprarle una tarta de chuches. De muchas chuches. De mil chuches. De millones de chuches.


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Tres me sujetan. Tengo a Azîm por la espalda. Le reconozco por las pulseras de cuero de sus muñecas aprisionándome la cintura. El chico con el que rodé por el patio, al frente sujetándome el cuello. El tercero me sujeta los brazos hacia atrás. No soy un enemigo difícil porque nisiquiera sé qué hacer. Sólo intento zafarme del múltiple abrazo, aguantando firmes las piernas contra el suelo. En algún momento, Azîm da una orden que no soy capaz de distinguir y el grupo se mueve. Me arrastran hacia atrás en el pasillo. Uno se queda en la puerta. Esa era la orden. "Tú vigila". Empiezo a sentirme asustado pero algo me impide gritar para que salga la celadora. Algo parecido al pundonor. Mis piernas dejan de permanecer firmes. La punta de mis zapatillas gimen contra el linóleo con cada patada. Con cada bandazo inútil que doy. Pierdo la noción de hacia donde estoy retrocediendo. Todo son patadas, golpes, arañazos, dedos que se me clavan en la piel. Alguien gira un pomo de puerta a mi espalda. Alguien la abre. Me empujan dentro. Caigo de espaldas dentro de la penumbra. Me quedo sentado en el suelo mirando las cuatro figuras recortadas en el último rectángulo de luz, antes de que entren y cierren la puerta a su espalda. Intento mirar a mi alrededor pero no distingo nada. Apenas mis propias manos. Un cuarto de escobas, quizá. Una despensa. Me tumban de espaldas contra el suelo. Intento reincorporarme, pero alguien me da un puñetazo en el estómago. Oigo la voz de Azîm susurrar algo que no entiendo. El dolor me impide levantarme, así que doblo las rodillas para quedar en posición fetal y proteger el estómago. No puedo respirar, y cuanto más lo intento, más me asfixio. Quiero hablar y pedir que me suelten, pero la voz no me acude. Tenía que haber gritado. Tenía que haberlo hecho cuando aún podía. Me giran en el suelo como a un muñeco. Siento el peso de alguien encima de mí. Alguien que me habla al oído. Sé que son insultos, pero no puedo distinguir cuáles. Me golpean la cabeza desde atrás. Mi mandíbula inferior rebota contra el suelo con un chasquido. Intento acudir a las estanterías de mi cabeza en busca de alguna salida pero el pánico no me deja pensar. El chico que tengo encima me sube la camiseta hasta el cuello y cierra los dientes contra mi carne. Alguien a mi izquierda me da un puñetazo en el costado. Los dolores se me mezclan. La oscuridad se me nubla con manchas y luces de colores. Alguien tira de mi pantalón de chándal y me desnuda. La camiseta aún subida por encima de mi cabeza. El chico que tengo encima, se sienta sobre mis riñones. Vuelven a golpearme en el costado, en la cabeza, en la espalda. Los golpes llueven desde todas las direcciones. Algo metálico que no identifico se desliza por mi espalda. Un cuchillo. Un destornillador. Dejo de hacer fuerza y me abandono. La mejilla arañada contra el suelo. Los brazos en cruz. Los dedos clavados en mis muñecas. Vale. Ganan. Ellos ganan. Me quedo muy quieto. Esperando. Esperando lo que sea, porque todo me da igual. Entonces me sueltan.
Me encojo en el suelo mientras ellos hablan entre susurros. Extiendo los brazos para recuperar mis pantalones, pero no consigo encontrarlos. Repto hacia atrás intentando encontrar una pared a la que pegarme. La puerta vuelve a abrirse. Por entre el rectángulo de luz veo salir a los tres esbirros. El chico del patio hace señal de cortarme el cuello con el pulgar, y suelta una cascada de risa, antes de cerrar la puerta tras él.
Azîm enciende la bombilla que pende del techo y se sienta frente a mí, sobre una caja de detergente. Un cuarto de limpieza. Me miro por entre la luz amarillenta. Tengo sangre en la nariz y magulladuras en las piernas. Distingo mis pantalones hechos un rebuño cerca de sus pies, pero no me muevo. Él juguetea chasqueando una navaja mariposa. Una navaja mariposa. Eso era. Me río. No sé a santo de qué ni por qué motivo, pero me río. Me río como se ríen los locos, hasta que la herida del labio me da un pinchazo. Él vuelve a guardar la navaja y saca un pañuelo del bolsillo. Lo humedece con saliva y se inclina sobre mí. Lo pone sobre la herida de mi labio.

"Que esto te quede claro, nuba. Me puedo follar a quien quiera, cuando me dé la gana. ¿Comprendes? Quien yo quiera. Cuando me dé la gana. Incluído tú."
Tumor de estadio IV. Muy agresivo. Hemorragia durante la operación. Extirpación de parte del colon y del apéndice, afectado también con metástasis. 24-48 horas en UCI porque tiene los ritmos vitales demasiado bajos. Meses y meses de quimioterapia y luego otra intervención más, para extirparle parte del colon dañado, que no le han extirpado hoy para evitar un colapso, debido a las hemorragias que ha sufrido durante la intervención.

Yo, sentado en los sillones de la entrada, con el portátil en las rodillas. Con sus cosas en dos bolsas, porque me han dicho que tenía que vaciar la habitación. Más triste que nunca. Más perdido que nunca. Hace dos horas que debería haberme ido a casa. Pero aquí estoy. Sin saber ni qué coño hago escribiendo esto.

Asomando por la bolsa, hay un oso de trapo con un corazón que dice: "que te mejores".

Si en todo momento fuéramos conscientes de lo que es realmente un problema grave, no gastaríamos la vida sufriendo por gilipolleces sin sentido.
Tenían que haberle operado mañana, pero lleva desde las nueve con fiebre. Han suspendido la colonoscopia y le han metido directamente a quirófano. Me han dicho que la operación durará tres horas. Y aquí ando. Como un león enjaulado. Levantándome. Dando paseos. Sentándome. Escribiendo. Levántandome otra vez...
Me he pegado a su cama como un chucho plasta, cuando se lo llevaban. Mientras esperábamos el montacamillas, me ha dicho "cuando te vuelva a ver tendré cien gramos de colon menos y una cicatriz más." Yo le he dicho que los tipos con cicatrices eran mucho más atractivos, pero que eso le obligaba a llevar camisetas ombligueras tipo Madonna de por vida, si quería seguir siendo el terror de las nenas y de los travestís del Paseo Camoens. Él me ha cogido la mano y mirando a los camilleros (los cuales se descojonaban sin pudor) ha dicho: "Este es mi hermanito, señores. Iba para el club de la comedia, pero no le llegaban los pies al taburete..."

Soy su hermanito. Su hermanito suplente. Y en estos siete años, me he aprendido tan bien el papel que... de aquí no me mueve ni dios hasta que no me lo traigan otra vez. Me da igual con colon, sin colon o con el colon a medias. Yo sólo quiero que me lo vuelvan a traer. Y que vuelva a meterse conmigo, y a llamarme enano. Otra vez.

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Llevo a Maruk de la mano hasta la enfermería. "Te has caído y te has dado con la baranda, ¿estamos?". Él se rasca la herida. "No Aj Ariel. Jamal me ha dado con un pomo..." "No. Te has caído y te has dado con la baranda. Venga, repítemelo, anda..." "Me he caído y me he dado con la baranda..." Me agarro a su cuello. "¡Muy bien! ¿ves? eres el más listo ¿a que sí?" Él sonríe. Se le encienden los ojos. "Soy el más listo y me he dado con la baranda..." Le abrazo antes de llamar a la puerta. La celadora nos dedica una mirada cansada al abrir. "Se ha caído por la escalera y se ha hecho una herida. Creo que necesita puntos." Le inspecciona la cabeza. Maruk me mira con los ojos muy abiertos. "Jamal no me ha tirado un pomo... me he dado con la baranda..." Le dedico una mirada suplicante. Él se tapa la boca con las manos. "Uy... ya no soy el más listo, Aj Ariel.." La celadora le coge del brazo sin hacer ningún caso a lo que dice. "Anda ven, calamidad..." Me dispongo a entrar tras él, pero me frena con una mano en el pecho. "Él solo. Tú a tu habitación, que algo tendrás que estudiar, seguro." Saco la lengua a la puerta cuando se cierra tras ella, y me siento en el banco de la entrada a esperar. Me escuece la cara, me duele la cabeza y se me ha ido al carajo el plan. Un gran día para Ariel Serlik. Suena el timbre de la cena. Oigo los pasos atropellados saliendo de los dormitorios por encima de mi cabeza. Debo volver a ponerme delante del punto de mira de Azîm, si no quiero que su comadreja de incisivos partidos vuelva a ganarme el terreno. Me levanto y avanzo perezosamente hasta la escalera. Justo cuando estoy cruzando la puerta, veo a Azîm y cuatro de los suyos bajando el primer tramo de escalones. Me detengo y los dejo pasar. Los esbirros ni me miran. Azîm me dedica una mirada fría y fugaz. Durante un instante analizo y sopeso lo que siento. El cansancio. La rabia. La tristeza. Controlar a Azîm siempre será una batalla perdida. Jugará conmigo hasta que se canse y luego volverá a aplastar a Maruk, mientras sus soldaditos llenan las paredes del wc haciendo chistes a mi costa. Es absurdo gastar más fuerzas en intentarlo. Otro de mis planes estúpidos. Uno más. Cuando ya he decidido dar media vuelta y volver al banco de la enfermería, le veo detenerse a mi lado. Le miro. Él hace lo mismo, con su media sonrisa de superioridad. Siento el odio de nuevo, palpitándome en el cuello. Antes de ser consciente de lo que hago, oigo mi propia voz reverberando entre las paredes del pasillo. "Chulo de mierda..." Por un instante, todo se paraliza. Yo. Los esbirros. Azîm. Todos quedamos quietos y en silencio, mirándonos sin reacción, con el susurro de mi insulto aún haciendo eco en los oídos. Vuelvo a pisar el mundo justo cuando uno de sus soldados me agarra del cuello de la camiseta y apoya su nariz en la mía. "No has tenido suficiente ¿eh sharmuta?" Siento que todo el cuerpo me tiembla. Ahora sí. Cinco contra uno. Sin testigos. Estoy muerto. Pero como los pasos atrás no son posibles, sólo quedan los de delante y eso me simplifica mucho las cosas. Levanto la barbilla y le miro fijamente. "Que te jodan, moro asqueroso..."
El chico suelta un gruñido y levanta el puño. Siento los brazos suaves de Azîm, agarrándome con fuerza por la cintura.

Estoy muerto.
He pasado la mañana con P. sentado sobre su cama de hospital, comiendo calippos, hasta que la lengua se nos ha puesto verde. Estaba contento porque había logrado piratear señal con el portátil para leerme. Se acuerda perfectamente de Azîm y de sus ojos terribles, pero apenas recuerda a Maruk. Me ha dicho que siempre creyó que mi interés por Azîm era sexual. Yo le he contestado que me parecía una chorrada, teniendo en cuenta que Azîm no era más que un chulo barato, y él ha dicho: "Bueno, un poco chulo sí. Pero sólo hacía lo que quería hacer todo el mundo." Yo he preguntado: "¿Y qué quería hacer todo el mundo?", y me ha respondido: "No sé. Besarte y pegarte. O pegarte y besarte. Yo que sé. Es algo raro que tienes en los ojos. Siempre apetece hacer eso contigo..." Luego, cuando ha sido consciente de mi expresión de oveja-atropellada-por-camión, ha añadido: "Pero a mí no ¿eh? digo a los demás. Que yo soy tu amigo, tío..."

No voy a poder dormir pensando en eso. Pegarme y besarme. Besarme y pegarme. Pues menuda mierda...
Me arrepiento de la pataleta de mi último post. Qué tonto soy cuando soy tonto. Iba a borrarlo, pero creo que lo dejaré ahí como monumento a las chuminadas existenciales que no llevan a ningún sitio. Es una puñeta eso de que se me olvide ser zen. Escribiré cien veces: la justicia es una pollada de católicos y lloricas. La vida es como es, y punto pelota.
Bueno.. quizá sea muy largo para escribirlo cien veces.
Hoy me he reído mucho. Me he reído cuando he ido a ver a P. al hospital y le he dicho que le regalaría unas cejas con velcro, para ir cambiándoselas según estuviera triste, contento o enfadado, como a un Mr. Potato. Me he reído cuando él también se ha reído de la chorrada, y se le ha ido el caldo de pollo por la nariz. Me he reído cuando le he dicho a J. que tomara un antiinflamatorio para la contractura y me ha respondido "Lo siento, Ariel. A estas alturas de mi vida yo ya sólo tomo drogas que sean divertidas." Me he reído cuando Takhesi ha ido a ronronear a J. con una espina del cactus clavada en el lomo y él ha dicho: "Este gato tiene la piel como un cocodrilo". Me he reído con un montón de tonterías y me ha venido genial. Igual que respirar en una bolsa, o darme un par de vueltas en la montaña rusa.

Mañana llevaré crucigramas a P. Me gustaría llevarle bollos. Le flipan los bollos. Pero su médica no me deja darle nada que no sea líquido.

Mañana le llevaré crucigramas y calippos de limón.


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Debo subir a los lavabos en diez minutos, pero me mantienen sentado en la silla de la enfermería. Respondo a las preguntas de los monitores y asumo culpas, mientras aprietan una gasa de betadine contra el arañazo de mi cara. No pierdo de vista el reloj que hay sobre el armario. Maruk me mira desde la puerta con sus ojos de susto. Yo le hago señas para que se vaya. Debo evitar que le pregunten porque sé que dirá la verdad. Delatar a los fuertes en el mundo de los débiles sólo sirve para que te aplasten. Lo aprendí bien. El niño pequeño que habita la cabeza de Maruk, aún no.
El tutor está enfadado. "Dame una buena justificación para lo que has hecho." "Alguien me insultó." Mira a los dos monitores. Ellos se encojen de hombros. "¿Quién?". "No sé. Uno de los moros." "¿Pero quién?". "Ya le he dicho que no lo sé. Son todos iguales. ¿Me puedo ir?". Maruk vuelve a asomarse por la puerta. Se rasca la cabeza allí donde le golpeó el pomo. Tiene sangre en los dedos. Vuelvo a hacerle señas en un descuido del tutor. Él me dedica una sonrisa boba y vuelve a desaparecer. Miro el reloj. Eran diez minutos y han pasado veinte. "¿Puedo irme? ya no me duele." "Vas a estar castigado por esto. ¿Lo sabes? Por de pronto, se ha acabado el patio por una temporada." "Vale, pero ¿me puedo ir ya?". El tutor coge una silla y se sienta frente a mí. Las manillas siguen avanzando. Veinticinco minutos. Mierda, mierda, mierda. "Ariel, no tienes por qué asumir toda la culpa. Dime con quién te has peleado y repartiremos el castigo." Le miro. "Con un moro. No soy de aquí. No les conozco a todos." Tamborilea con los dedos en la mesa. "Bien. Pues luego en la cena, me señalas el que haya sido." "No me acuerdo de su cara." Da un puñetazo en la mesa. Las gasas y el betadine saltan con un ligero bote. "¡Muy bien! pues cuando vuelvas a venir al despacho a hablarme de tu gato, espero poder acordarme de la tuya." Se dirige a los monitores sin mirarme. "Sin patio toda esta semana. Y que cene solo en la cocina." Veintiocho minutos. Me levanto. "Señor, insultó a mi madre. No le ví la cara. Llevaba una camiseta..." Pienso en el chico. Camiseta roja con dibujos negros. Pantalón de chándal azul con una raya blanca. "Llevaba una camiseta negra y... vaqueros. Creo que vaqueros." Se quita las gafas y se frota el tabique nasal. Luego vuelve a ponérselas y me mira. Es un buen hombre, pero no lo entendería. No está a este lado del mundo, aunque él crea que sí. Vuelve a dirigirse a los monitores. "Que cene solo esta noche y ya mañana que vuelva al comedor. Echadle un ojo también en el patio."

Treinta y cinco minutos. Subo las escaleras de cuatro en cuatro. Atravieso el pasillo, empujo las puertas batientes, entro en el baño. Nada. Nadie. Mierda, mierda, mierda... Apoyo las manos en uno de los lavabos y miro mi cara arañada en el espejo. He perdido la oportunidad. Solo queda esperar a que Azîm esté dispuesto a darme la siguiente. No lo hará. Y aunque lo haga, sé que antes de que suceda Maruk pagará por el camino. Otra brecha. Otra humillación. Más puré en el pelo. Más cucarachas en su cama.
Atravieso los pasillos y las habitaciones hasta que le encuentro. Está apoyado en la ventana. Dos o tres esbirros a su alrededor. Me dedica una mirada fría. Respiro hondo y me pongo frente a él. "Ya estoy. Vamos." Los otros me miran desconcertados. Él no mueve un músculo, ni parece inmutarse. Me dedica media sonrisa. Es guapo y terrible. No necesita más para comerse el mundo y a nosotros con él. Cruza los brazos. "Ya no." El corazón me martillea. "¿Por qué no?" Avanza hacia mí y acerca su boca a mi oído. "Porque lo digo yo." Luego me rodea y sale de la habitación. Sus matones tras él. Oigo sus pasos alejándose a mi espalda.

Le odio con todas mis fuerzas.
Odio el cáncer. Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas. Odio los mechones de pelo quedándose entre tus dedos. Odio las llagas de la boca, la quemazón de las venas, el dolor de los huesos, la comida sin digerir, subiendo desde tu estómago... Odio la indefensión, el miedo, las miradas de los que te dicen que tienes buena cara, las ganas de llorar que se quedan como una bola en la garganta. Odio el olor dulce y caliente de los pasillos del hospital. El sonido del carrito de la comida, el crujido de los zuecos de las enfermeras contra el linóleo. Odio las agujas atravesándote la piel, el tacto seco del esparadrapo, el olor del alcohol en cada cosa que tocas. Odio los labios que se agrietan, los ojos que se quedan secos, las manos que se hinchan, la orina que escuece, el catéter que sangra, la frustración. Odio la frustración. No soporto la frustración. No importa que corra. Ni que salte. Ni que esquive. No importa que atraviese puertas o vuele laberintos. Los monstruos siempre están ahí. Nos esperan pacientes. Sonriendo con sus colmillos afilados y preguntándose risueños a dónde coño creemos que vamos.
Cortocircuito general en mis comunicaciones. Llevo varios días sin mirar el correo entrante. No sé por qué. Creo que es porque me faltan fuerzas para levantar las persianas. Leo mucho los cuentos de María. Quisiera escribir como ella, porque cuando escribe, parece como que no lo hiciera. También me gustaría decírselo, pero pasan los días y no lo hago. Quizá sean malos tiempos para la lírica, al fin y al cabo.

Confundo los tres cepillos de dientes. No sé por qué demonios me pasa. El de A. es azul oscuro, el de M. azul claro y el mío rojo. Y no hay noche que no me sorprenda en el espejo con uno de los azules dentro de la boca. Creo que tiene que ver con la manía que he tenido siempre de comprar todos mis trastos azules. Ahora ya estoy abducido por el universo azul y me voy a ellos como un moscardón al donut. Lo peor es que mi pasta de cocacola canta como las gallinas, así que no hay mañana que uno de los dos no olisquee su cepillo y me pille en el despiste. M. me preguntó si no sería una especie de fetichismo del subconsciente. Yo le dije que chupetear la salivilla de sus caries no era precisamente lo más sugerente que pudiera filtrarse en un subconsciente. Él me miró y dijo "Seguro que has chupeteado cosas peores". Yo miré a su novia y le dije "Seguro que tú también."
Estamos empezando a ser sinceros. De aquí a la caída de la amable convivencia, hay un paso.

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Mientras Kamal me odia, yo tanteo y olfateo a Azîm como un gato en maniobra de caza. Cruzo miradas con él a lo largo y ancho del centro, y sigo sus pasos, atento a las señales. Su séquito de matones revolotea alrededor sin ser conscientes de nada. Sólo Kamal escupe al suelo cuando pasa por mi lado en el patio de recreo. Yo ignoro sus sobreactuaciones de comadreja rabiosa. Kamal no me importa. Mi único pensamiento es Maruk. Conseguir que nadie le pegue. Que le dejen en paz y pueda dormir tranquilo. Me da igual la moneda y a quien tenga que pagarle. Es lo que tengo que hacer. Es lo que haré.
En el comedor, fijo la mirada en los ojos negros de Azîm. Él me la devuelve impasible y se reclina en la silla agarrándose los genitales. Chupeteo la cucharilla del yogur, mientras él me observa con los ojos afilados. Cuando espero la señal definitiva, simplemente se levanta y me ignora. Los gatos satisfechos no se comen directamente a sus presas. Juegan con ellas durante horas, antes de matarlas. No soy un gato en maniobra de caza. Soy el ratón.
Pasan varios días sin que nada suceda, hasta que uno de los soldados de Azîm acierta de lleno a Maruk en la cabeza con un pomo de cajón y le abre una pequeña brecha. Al tocarle el golpe y ver la sangre entre los dedos, enfurezco. Me olvido de ser inteligente y sin darme cuenta de lo que hago, agarro al chico por el cuello de la camiseta. En un segundo estamos en el suelo, pero él es diez veces más fuerte que yo. Asumo lo estúpido que he sido, mientras él me sujeta sin problema la cabeza contra el pavimento del patio. Con el cemento arañándome la mejilla, le veo levantar el puño en alto con dirección a mi cara. Cierro los ojo y aprieto la mandíbula para proteger los dientes. Oigo llorar a Maruk entre los gritos nerviosos de los que nos jalean haciendo corro. Espero y espero, con los ojos cerrados, pero el golpe no llega. Distingo la voz ronca y tranquila de Azîm y abro los ojos. Está de pie, delante de mí, y sujeta impasible el puño de su matón, mientras le dice algo al oído. El chico afloja el brazo sobre mi cuello y me libera la cabeza del cemento. Entre las caras que nos rodean, distingo a Maruk mordiéndose los puños con los ojos llenos de lágrimas. Abro la boca para gritarle que se vaya, pero Azîm me lo impide, agarrándome del poco pelo del que todavía dispongo, y levantándome hasta la altura de su cara. Apenas logro rozar el suelo con la punta de los pies. Dolorido por el tirón, le agarro de la mano, pero él no la afloja. Sólo me mira con media sonrisa, mientras el resto de su pelotón se dedica a empujar y echar a los mirones. Veo a dos de los monitores acercarse corriendo por el pasillo. Azîm dice algo en su dialecto y los soldados se dispersan, con el resto de los mirones. Él suelta mi pelo y vuelve a sonreir con aire maléfico. Antes de desaparecer por la puerta de los comedores, acerca su cara a la mía. "En el baño de arriba, nuba. En diez minutos."

Ayer me cayó la bronca del siglo por llevar tres días con el catéter infectado. Hubo sopapo para la enfermera, sopapo para el ats, y sopapo para el paciente, que en este caso era yo. "¿Pero... cómo coño se te ocurre estar tres días con eso así sin quejarte?" me dijo el médico entre muchos aspavientos. Casi me lo pude imaginar inclinado sobre mi féretro diciendo "¿Pero... cómo coño se te ocurre morirte de una septicemia?"
Hay que joderse con el surrealismo vital que me envuelve...

Sea como fuere, encadeno rapapolvos, regañinas y enfados que me llegan desde todas las direcciones a lo largo de estas dos últimas semanas. Y avanzo entre ellos con la seguridad cada vez más absoluta de que no hay nadie en este mundo que pueda entenderme, salvo tú. Por eso siempre ando arañando tu puerta, como un chucho llorica.

Ya son tres días con dolor de cabeza. No sé si deberia preocuparme.

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Paso los días esperando noticias y angustiado por el destino de Maruk. Cuantas más pastillas deshago en su yogur, más cuentos le leo, y más noches paso tapándole la cabeza con las sábanas, más estrecho los lazos que me unen a él. Nada es extraño. Soy consciente de que en su risa grave y sus ojos de susto, saco cada día a mi hermano de la poza del molino. Puedo sentirlo cada vez que le abrazo. No me importa. Hago lo que tengo que hacer porque todos tenemos un destino, y el mío es cuidar del suyo.

El grupo de Azîm juegan a tirarle guisantes y puré con la cuchara durante la cena. "Abre la boca, yihil". Maruk me mira con media sonrisa. Es cierto que no sabe enfadarse. Yo le limpio los restos de puré del pelo mientras observo a Azîm. Él me devuelve la mirada, tranquilo, sin apenas parpadear. Tiene 17 años y está en el bando de los ganadores. Lo sabe. No necesita demostrar su superioridad, sus maldades no son más que pura diversión. Eso le hace más peligroso que cualquier otro matón de dormitorio. Sopeso, uno por uno, a todos los que maltratan a Maruk. No hay ninguno que no dependa de Azîm. Es el maestro de marionetas que dirige la función desde lo alto. Las piedras. Los empujones. Las patadas. Las humillaciones. Si logro que Azîm esté bajo control, todo estará bajo control. La idea se me desnuda en la cabeza. Clara. Limpia. Concisa.
Vigilo con meticulosidad los movimientos de Azîm. Cada dos o tres noches, cuando se apaga la luz, un chico llamado Kamal se mete en su litera y le masturba. Kamal nunca será del bando de los ganadores. Es pequeño, oscuro y afilado. La separación de sus incisivos superiores le da un aire de comadreja sucia. Intento adivinar qué hilos mueven a Azîm a elegir a Kamal para el sexo. Probablemente, ser el más joven y estúpido de sus soldados. No resultará difícil echar a Kamal fuera del tablero de juego.
Salto de mi litera y me acerco a la de Azîm. Kamal está bajo las sábanas. Veo la forma de su cabeza picuda subiendo y bajando entre las piernas de Azîm, que permanece echado boca arriba con los ojos cerrados y las manos en la nuca. En algún momento, abre los ojos y me mira. No se mueve, ni parece sorprenderse de mi presencia junto a su cama. Kamal nota algo raro y emerge de entre las sábanas. Él si pega un respingo cuando me ve, y escupe algunas palabras en un dialecto que no conozco. Yo no le contesto. Me limito a no quitar los ojos de Azîm, que siguen mirándome con la misma frialdad. Kamal parece desconcertado. Vuelve a dirigirse a mí, esta vez en castellano. "Lárgate o te llevaz una hoztia..." El aire se le escapa entre los incisivos separados. No puedo evitar reirme un poco. Kamal enrojece furioso. Se prepara para volver a amenazarme, cuando Azîm, con un movimiento brusco le empuja fuera de su cama. Kamal cae al suelo y mira suplicante a su jefe, antes de retirarse, reptando como un cangrejo hasta su litera. No me equivoqué. Ha bastado un segundo, para dejarle fuera del juego.
Azîm gira en la cama, y se apoya sobre un codo para mirarme. Con la mano izquierda, se acaricia el pene erecto. Su cara sigue sin tener expresión ninguna. Doy un paso hacia él, cuando oigo la voz espesa de Maruk tras de mí. "Aj Ariel... no estás durmiendo..." Me vuelvo. Maruk me mira con sus ojos de susto y los rizos despeinados. Me aúpo sobre su litera y le susurro. "No te preocupes. Voy a mear. Tú duerme ¿vale?" "Yo duermo... sí... pero me tapo la cabeza..." Pongo la sábana con cuidado sobre su cabeza. "Pero sin ahogarte ¿eh?" "Sin ahogarme, sí. Yo me tapo sin ahogarme..." Le acaricio el pelo por debajo de la sábana hasta que su respiración se acompasa. Cuando me vuelvo de nuevo, Azîm me ha dado la espalda y ha vuelto a taparse con la sábana. El tanteo ha terminado. Regreso a mi litera. Lo último que distingo antes de dormir, son los ojos brillantes de Kamal mirándome con odio desde su cama.
No me comí el chocolate, así que pude hacer la tarta sin incidencias. Deliciosa, jugosa, esponjosa... y todo lo bueno que acabe en osa. Compré dos envases de adornos horteras y los esparcí por la superficie para hacer reir a A. Escogí estrellas de azúcar amarillas, gotas de chocolate plateadas, y corazones de barquillo rosa. Cuando lo saqué a la mesa, parecía talmente el pastel de bodas de los village people. Lo cierto es que A. se rió con ganas. Tanto que terminó metiendo el pelo en la tarta en una convulsión.
Mientras la comíamos, M. dijo que debería hacer una gigante y repartirla en porciones durante el próximo desfile del orgullo. A. preguntó "¿el orgullo de qué?" y M. contestó "El orgullo de Ariel" y soltó una risita. La gracia me tocó (un poquito) las pelotas, así que le dije que yo no estaba orgulloso de nada. Él puntualizó con la boca llena de chocolate: "Me refiero al or-gu-llo-gay..." Yo volví a repetir que no estaba or-gu-llo-so-de-na-da. Él pilló mi mosqueo y se puso colorado. Su novia me miró con los ojos muy abiertos y dijo: "¿¿¿¿Eres marica????" y A. volvió a tener otra convulsión de risa y volvió a mancharse el pelo de chocolate blanco.

A veces, cuando no los quiero, los odio. Un poco. A los tres.

Creo que la próxima tarta la decoraré con dulcolaxo.


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Vuelvo a plantarme en la puerta de la tutoría. "Quería hablar con D. Luis, por favor". "Ahora está ocupado, Ariel. Yo le digo que has venido." Me siento en el banco. La espalda recta. Las manos en las rodillas. "No se preocupe, ya le espero aquí." La mujer me mira y cliquea tres veces el bolígrafo pensando qué decirme. "Es que... tardará un buen rato, Ariel." "Bueno, no importa. Ya he cenado. Le espero aquí." Vuelve a cliquear el bolígrafo con gesto nervioso. "No creo que te pueda ver ahora. Ya le diré que has venido, A-riel." Marca con cuidado las sílabas de mi nombre al final de cada frase. Maniobras tontas de intimidación típicas de los asistentes sociales. Funcionaban cuando yo aún no era yo. "Bueno, no se preocupe, señora. Si no me puede ver ahora, le esperaré aquí hasta la hora de acostar. Y si no puede entonces, ya vendré mañana antes de clase. Y si tampoco puede, vendré después de comer. Y si aún así no puede..." Se levanta rápidamente, dejándome con la frase en la boca y entra en el despacho, cerrando la puerta tras de sí con movimiento enérgico. Yo recoloco las manos sobre las rodillas. El estómago me cruje un poco. No es verdad que haya cenado, pero sí es verdad que no me moveré. Mientras escucho el tictac del reloj de pared, casi puedo adivinar la conversación que estará manteniéndose al otro lado de la puerta. "Ya está otra vez aquí el chico del gato. Oh no, por dios, dile que ya le atiendo mañana. Ya se lo he dicho, Luís, pero es que está empeñado en verte y no se mueve. Joder con el crío de los cojones ¿has mirado su ficha? ¿sabemos si padece algún tipo de autismo leve?"
La puerta se abre y me saca de mis pensamientos. La mujer ya no cliquea el bolígrafo. Solo me dedica un mohín cansino y hace una seña con el brazo para que pase. El tutor me mira desde detrás de la mesa, por encima de las gafas.
"Ariel. Cuánto tiempo sin verte. ¡Por lo menos dos horas!" Me río. Él no. "Perdone, es que se me ha ocurrido algo." Se quita las gafas y vuelve a frotarse el tabique nasal, con los ojos cerrados. "Ariel, hijo, por dios ¿no habíamos aclarado ya el asunto del gato?". "No es nada del gato. Es que... bueno, verá, estoy pensando que por qué no se viene Maruk conmigo al centro de Alcalá." Abre los ojos de golpe y me mira con sorpresa. "¿Maruk?". Me siento en la silla frente a él. "Maruk. Marroquí. Toma medicación para la cabeza y se sienta en...." Alza una mano. "Sé quien es Maruk, Ariel. Pero esto no es un campamento, hijo. No podéis ir y venir donde os dé la gana." No está enfadado. Habla con paciencia, como hablaría un padre. Como debería hablar el mío si todavía tuviera dientes y pensamientos. "Es que los otros le empujan y le tiran piedras. Y si me voy, a ver quién le cuida." "Ese es nuestro trabajo, Ariel." "Ya pero... es que en Alcalá me están esperando para zurrarme ¿sabe? así que si viene conmigo, con él no se van a meter, porque estarán entretenidos zurrándome a mí. Pero si se queda aquí, pues nos zurran a los dos ¿sabe? a mí allí y a él aquí. Y así no gana nadie ¿comprende?" Me mira con los ojos muy abiertos y expresión atónita. Abre la boca y el labio inferior se le descuelga un poco hacia la nuez. "Ariel... eso es... bueno... celebro que te preocupes tanto por tus compañeros pero... Maruk necesita tratamiento especial y tú... ¿has dicho que alguien va a zurrarte?". Callo y me miro las manos sobre las rodillas. Para él, un gesto de aflicción. Para mí, la pausa necesaria para reestructurar las estanterías de mi cabeza. Retoma el control sobre su labio inferior, y me dedica una mirada comprensiva mientras sostiene aún la patilla de las gafas entre sus dedos. "Ariel. Si hay algo que quieras contarme..."
Levanto la cabeza. Nos miramos.
"Sí, señor. Que entonces estoy pensando que mejor me quedo aquí con Maruk, y me traen a mi gato. Puede quedarse en el jardín. Sabe cazar lagartijas y polillas y..."
Deja las gafas sobre la mesa y se tapa los ojos con la mano. "Ay Dios mío..."
Cuando terminas de hacer el amor con una mujer, ésta siempre se arrima. Se aprieta contra ti, busca besos, provoca caricias, se acurruca contra tus rincones. Genera calor, mimo, conversación... la continuidad de la complicidad en el postorgasmo.
Cuando terminas de hacer el amor con un hombre, no hay continuidad de nada. Los dos cuerpos suelen quedar boca arriba, separados. Cada uno en su terreno. No suele haber besos, ni mimos, ni demasiado calor. Es más bien como el final de una lucha cuerpo a cuerpo. Respiraciones agitadas, quizá los dedos que se rozan, alguna mirada y poco más.

Siempre que me han preguntado si el sexo era mejor con hombres que con mujeres o viceversa, he respondido lo mismo: "Son cosas diferentes."

Somos cosas diferentes.

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Maruk llora sentado sobre la valla del jardín. Llora como lloran los niños. Con la cara descubierta, inclinada hacia el suelo y los labios apretados. Lágrimas pequeñas ruedan mejilla abajo y se descuelgan desde la punta de su nariz. Yo dibujo círculos en su espalda con la palma de la mano y apoyo la cabeza sobre su pelo dulce de harina. "Venga, no llores... te prometo que vendré a verte cuando me dejen salir." Balancea su cabeza negra a un lado y a otro, como un caballo desorientado. "Pero no hemos terminado el cuento..." Le cojo la cara con las dos manos y apoyo mi frente en la suya. "Maruk... sí lo hemos terminado. ¿Te acuerdas? hace cinco días. Y hemos leído el de la ballena blanca. " Me empuja y vuelve a sacudir la cabeza. "No... no... no hemos terminado el cuento..." Se levanta y da pequeñas patadas con sus largas piernas, contra la valla de madera. "Vale. Pues si no lo hemos terminado, tendré que comprarte uno nuevo para que lo termines. Uno que no esté roto. Y te lo traeré. ¿Vale?". Me mira pasándose la manga de la camiseta por los ojos llorosos. "No te van a dejar venir..." . "Claro que sí. Me inventaré algo para que me dejen." Parpadea nervioso. "¿El qué? ¿qué te inventarás?". Me levanto y camino despacio a su alrededor. "Pues diré que... te tengo que traer un libro nuevo de Jim Botón." Sonríe. Dientes blancos sobre su cara pegajosa. "¿Tú dirás eso y te dejarán salir?." "Pues claro. Tú eres un tipo importante. ¿Cómo no iban a dejarme?". Se rasca la cabeza. Luego la agita y suelta un chorrito de risa. Su mirada también me parece de harina dulce. "Claro. Di eso. Diles que me tienes que traer el cuento de Jim Botón. Y te dejarán. ¿no?, claro... te dejarán... eso... tú dí eso y te dejarán..." Vuelvo a sentarme y él lo hace tras de mí. Nos quedamos callados, espalda contra espalda. Dos abejas zumban junto a la valla. Pronto vendrá el verano. Pienso en los meses que pasaré despacio y prácticamente solo, entre los cuatro muros de Alcalá. Pienso en Nicolás. En lo que habrán hecho con él. Pienso en el callejón. En Aco y en Sandro. En el chico brasileño de la calle recoletos. Por un instante, casi deseo volver al apartamento tuerto, a mi vida sin paredes. Una pedrada en la valla, me saca del ensoñamiento. Maruk se levanta y agita los brazos, como un chimpancé. "Casi me dan... ¿lo has visto? casi me dan..." Recojo la piedra y la vuelvo a lanzar contra el grupo de chicos que la tiró. Rebota en la valla metálica que hay a su espalda. Ellos estallan en risas. "¿Por que no os vais a tomar un poco por culo con las piedritas, gilipollas?". Maruk se ríe con sonrisa boba. "Casi me dais... casi... ¿has visto? casi me dan..." Le agarro de los brazos. "Maruk NO. No te rías. No dejes que te tiren piedras ¿vale? ni que se rían de ti. Te tienes que enfadar ¿comprendes? reirse NO. Enfadarse. Y mucho." Él me mira con expresión extraña. "Pero... yo no sé enfadarme mucho..." Le sujeto la cara de nuevo contra la mía. "Pues TIENES que hacerlo. No dejes que te hagan daño ¿vale? podían haberte dado en la cabeza ¿y qué hubiera pasado entonces? ¿eh? ¿y si te dan en la cabeza?". Durante un instante me mira. Luego vuelve a sonreir. "No pasa nada... si ya la tengo mal..." Se me anuda la garganta. Le abrazo y me pierdo en su camiseta vieja. "Ya estás triste ¿no? ¿por tu gato?". Respiro su olor de harina dulce. "No. Estoy triste porque te voy a echar mucho de menos." Me mira. "¿Por que soy un tipo importante?". Me río por encima de mi nudo. "Claro... El más importante."
Una vez conocí a una persona que me dijo que me salvaría del frío. No lo hizo.

He conocido después a personas que, por un motivo o por otro, siempre pensé que me salvarían del frío.

Nunca ha sucedido.
Sigue el dolorcillo run-run del fémur. Yo sigo mojándome la punta de los pies, saltando charcos. En alguna parte de algún armario están durmiendo mis botas, pero no recuerdo dónde. Nunca estoy preparado para los cambios repentinos. Menos mal que no tengo una profesión comprometida, como piloto de caza o bombero. Si no, mucho me temo que la mitad de los incendios me tocaría apagarlos en chancletas.

Mañana voy a hacer la "tarta de tres chocolates" para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja. En este mismo instante, dentro de mi nevera hay tres tabletas de chocolate con leche, tres de chocolate blanco y una de chocolate negro. Mientras firmaba los papeles de las becas pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... Y mientras revisaba la lista de los libros pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... Y mientras hacía pis esquivando gatos pensaba: chocolate en la nevera... chocolate en la nevera... chocolate en la nevera...

Cuanto antes lo asuma, mejor para mi conciencia. Mañana voy a hacer la "tarta de un chocolate y medio" para M. y A., en compensación por lo del sillón naranja.


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Una mañana, cuando vuelvo de clase, mi maleta de cuadros está sobre mi cama. Con el corazón en la garganta, abro sus cierres desvencijados y la reviso cuidadosamente. Todo sigue allí. El oso Rudy. Los libros. Las tapas sueltas de Jim Botón. Mis converse rojas. El shemir de la abuela. Nadie ha tocado nada. No hay nada roto, ni sucio, ni pisoteado. Paso largo rato sentado sobre la cama mirando el contenido ileso de mi maleta y pensando en Teo el loco, hasta que Maruk vuelve de sus clases especiales y sube de un salto a mi lado, agarrado a su cuaderno. "Mira. Me han enseñado por qué no sale el sol por las noches." Yo apenas le hago caso, y sigo con la vista fija en la maleta. "¿Hoy también estás triste? ¿por tu gato? ¿si?". Descubre los colores de las tapas de Jim Botón y se asoma sobre los libros. "¿Son cuentos? mi hermano Farez tiene cuentos. Pero se los llevaron las monjas..." Levanta el libro con cuidado, pero el lomo desencuadernado se suelta, y el grueso de las hojas vuelve a caer en la maleta. Él me mira con ojos asustados mientras sostiene las tapas vacías. "He roto el cuento... he roto el cuento, Aj..." Yo le quito las tapas con cuidado y vuelvo a unirlas con las páginas. "No, ya estaba roto. Mira esto. ¿Ves este chico negro de los ojos blancos? es Jim Botón. ¿Ves esta locomotora? es Emma. Y este que la conduce es Lucas. Se van de viaje por todo el mundo porque viven en un país tan pequeño, que Jim Botón no cabe en él." Maruk abre desorbitadamente los ojos y sacude las manos como un monito nervioso. "Oh... ¡oh! ¿y dónde? ¿dónde van?". Yo me encojo de hombros. "A muchos sitios. Si no te tapas la cabeza, te lo leo esta noche." Él sonríe. "No... no... yo me tapo la cabeza. Claro. Me tapo la cabeza y tú me lees el cuento." Me mira fijamente con los ojos muy abiertos. Le abrazo y le aprieto contra mí. "Tienes morro, Maruk." "Tengo morro... sí... ¿Tengo morro y tú me lees el cuento?" Me tumbo y desvencijo el libro sobre mi estómago. Él se tumba sobre mi hombro y ojea los dibujos entre mis manos, como el niño pequeño que ahora habita su cabeza. Su pelo siempre huele a la harina de maíz de la cocina. Un olor dulce, como el de mi madre. "El país en el que vivía Lucas, el maquinista del tren, se llamaba Lummerland y era muy pequeño..." Vuelve a mover las manos como un monito nervioso. "¡Hey, hey, oye...! ¿por qué tienen tren en Lumerlan si es muy pequeño?" Los chicos de las otras camas se ríen y se dan codazos, mientras nos señalan. Hablan en un dialecto que no conozco, pero distingo palabras. "Idiota", "cabeza vacía", "bebé". Maruk levanta la cabeza y los mira. Yo chasqueo los dedos en su nariz. "Eh... aquí. Presta atención o no te leo." Él enseña sus dientes blancos y vuelve a dejar la cabeza sobre mi hombro. "Presto atención, sí... presto atención."

Por la tarde, entro en el despacho del tutor. "Señor, me han traído mi maleta." "Aham. ¿Ya la has revisado? No falta nada ¿no?". "No falta nada pero no me han traído a mi gato." Se quita las gafas y se frota la nariz. "No hijo... no te han traído al gato. Pero ya hemos hablado mucho del gato tú y yo ¿verdad?". Yo juego con los cordones de mi chándal. "Sí señor. Pero aquí hay jardines. Sólo digo que mi gato podía quedarse en el jardín. Sabe cazar lagartijas y polillas." "Aquí no hay lagartijas." "También sabe cazar ratones. Es un gato cantidad de listo." "Arieeel...", "Yo sólo digo que aquí hay jardín y que se podría quedar en el jardín." "Hijo, esto de aquí es tu expediente. Dentro de unos días vuelves a tu colegio, con tu gato. Hasta entonces, no hablemos más del tema. ¿De acuerdo?". Algo se me eriza en la espalda, bajo la camiseta. Vuelvo a mi colegio. Con mi gato. Con Teo el loco.

El mismo Teo el loco que me partirá la nariz en cuanto me vea.
Un frío del carajo y un poco de dolor reumático en el fémur. Por lo demás, la ciudad está muy bonita cuando se pone de este tono gris plata. Me gusta el otoño, siempre ha sido mi estación favorita. Dentro de poco los árboles del parque del oeste empezarán a ponerse naranjas y yo echaré de menos un perro al otro lado de una correa, que levante los montones de hojas secas con el hocico. Sería fantástico poder sacar a pasear a Juana Tequila y Pepe Tripi, igual que sacaba a Tao por el parque metido en mi mochila. Sería fantástico y un suicidio, claro. No creo que me dejaran llegar vivo ni al paso de cebra de moncloa. Probablemente estaría desincrustándome uñas hasta el jueves santo del 2012.

Todo mejor con las gotas de Intrafer. Menos cansado y con más hambre. Me encanta el nombre. Es nombre de demonio. "Intrafer el poderoso". "Intrafer el obscuro". "Intrafer el sanguinario". "Intrafer el dejayalostebeosarielpordios".

Bien, veamos. Apuntes para hoy. Mi vecina sale de su casa enfundada en un chándal rojo, mientras A. y yo esperamos el ascensor. Yo le digo "¡anda! ¿haces footing?". Ella me sonríe y responde "Sí. Antes iba a andar, pero el cuerpo te va pidiendo más y...". Yo pongo cara de interés y digo: "Oye, pues que bien... ¿y cuánto te corres?". Se hace un minuto de silencio sepulcral. Luego ella apoya la cabeza contra mi hombro fingiendo llorar y responde: "Una vez cada dos meses, hijo..." Y las orejillas se me van poniendo rojo chándal, mientras A. y la vecina sin orgasmos, literalmente, se descojonan a costa de mis jejés, mis oseas y mis yoquisedecir.
Apunte mental: Ariel, la próxima vez, por dios y por tu fémur... aunque salga por la puerta Manuel Fraga vestido de Tinky Winky, limítate a hablar del tiempo. ¿Me has leído bien? Del tiempo. Del-tiem-po.

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Dicen que la cabeza de Maruk también la golpearon contra una pared, como a la mía, pero que la suya no lo resistió. Dicen que con el golpe algunas piezas se le aflojaron y que desde entonces, andan sueltas entre sus orejas, como las piedras de un sonajero. Dicen que sus padres y su hermano pequeño se mataron cuando un tren destrozó la furgoneta en la que volvían de trabajar de los invernaderos murcianos. Dicen que él tuvo que reconocer los cuerpos, y que desde entonces, no puede dormir si no se tapa la cabeza entera con las sábanas. Dicen que intentó pasar costo en la calle, y que su proveedor ajustó cuentas con él, mandándole al hospital de una paliza. Todo eso dicen de Maruk, mientras él me sonríe y pasa las horas en la cocina, horneando postres incomibles, y contándome que sus padres están preocupados porque a su hermano menor se le han llevado las monjas. Y yo que ya todo lo sé, juego a no saber y le pido que me cuente cosas de su hermano, para que se le enciendan los ojos y se le muevan las manos sobre la cabeza, girando en el aire, con sus dedos flacos de uñas mordidas y nudillos ásperos, como las cuerdas gastadas de una guitarra. Y cuando los otros le empujan por el pasillo y le tiran al suelo llamándole yihil, hago como que tropiezo y me caigo también encima de él, para que se le quiten los ojos de miedo, y se ría otra vez con sus dientes grandes y blancos mientras me abraza y me llama aj yihil. Y por las noches, cuando la enfermera le trae el vaso de las pastillas, le enseño a machacarlas entre dos cucharillas, y a echarlas en el yogur de limón para que no le sepan tan amargas, mientras él mira con atención mis dedos y afila su nariz de pajarito, ensimismado en su mundo de cosas que ya no existen.

Gracias a Maruk, descubro que no hay cosas tan malas que no sean buenas, ni cosas tan buenas que no sean malas. Gracias a Maruk, el tiempo se me para un poco, y el mundo se me hace más tranquilo, mientras me ocupo de que la sábana le tape bien la cabeza antes de que apaguen las luces por la noche, para que pueda dormir sin sueños de cuerpos y trenes. Gracias a Maruk y su cabeza de piezas sueltas... trepo un poco por las paredes del hoyo en el que, no sé cuándo ni cómo, me caí.
Menos fiebre y más frío. He tenido que levantarme dos veces esta noche para echarme colchas por encima. Nunca he estado tan cerca de mimetizarme en un sanjacobo frudesa.
Afortunadamente, anoche J. no me atravesó el pecho con ninguna aguja de hacer punto. Sólo se limitó a ser un vampiro, en una casa llena de zombies, dispuesto a salvarme la vida. Quizá debería limitarme la televisión a según qué horas. No entiendo por qué demonios no puedo soñar que me caigo por una escalera como todo el mundo.
Se supone que hoy tenía que escribir sobre madres orangután que sienten y padecen como las madres humanas pero... tengo uno de esos días idiotas tipo "nadie me quiere" que a todos nos toca vivir en algún que otro momento y... bueno, hasta que no se me pase, lo cierto es que nisiquiera tengo ganas de leerme a mí mismo. Mañana será otro día.

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Pasa otro día sin variaciones. Sin comida. Sin ducha. Sin sueño. Espero a que algún asistente venga a decirme que tengo que ir a clase, pero nadie lo hace. Me guían de la mesa a la cama como una oveja y asumen mi estúpido autoabandono. Alguien deja encima de mi cama un chándal y una muda de ropa interior, con las etiquetas aún puestas. Yo lo ignoro y permanezco dentro de mi capucha y mi ropa descoordinada. Vuelvo a transformarme en un garabato desdibujado. En la mañana del segundo día, un chico marroquí se asoma a mi litera. Me da pequeños toques en el hombro. "Eh... oye... tú..." Le ignoro. Si quiere insultarme, que lo haga. Si quiere pegarme, que lo haga. Si quiere echarme, que lo haga. Cierro los ojos. "Eh... tú... toma." Abro los ojos. ¿Toma? No es el verbo que esperaba. Giro la cabeza. El chico extiende una mano hacia mí. "Toma, come, está bueno. Es briwat. Prueba." Cojo el pastelito y lo huelo. Me lleno poquito a poco de la abuela Agra. El cuerpo me resucita un poco. "Es briwat. Es de mi país. Prueba." Nos miramos por un momento. Él sonríe. Tiene dientes blanquísimos, como los de Sandro, y cara de pajarito. Muerdo el hojadre. No es de los mejores pero en ese momento me lo parece. "¿Cómo lo has conseguido?". La sonrisa se le estira hasta las orejas. "¡Lo he hecho! ¡en la cocina! es briwat. Se come mucho en mi país. ¿A que te gusta?". Me quito la capucha y le sonrío. "Me gusta mucho. Mi abuela también hacia... dulces..." Se sienta de un salto en mi litera. "¿Dónde te han cogido a ti? tú eres de aquí ¿no? ¿tienes padres?" Niego con la cabeza. Él deja de sonreir. "Estás triste ¿no? ¿estás triste por tus padres?". Vuelvo a negar. "¿Por tus hermanos? a mi hermano le han dejado en otro sitio. Con monjas. Nos dijeron que no iban a separarnos. Yo estoy triste por mi hermano." Vuelve a sonreir. Nunca he visto una cara que cambie tanto con una sonrisa. "Pero no hago tonterías como tú..." Entrecierro los ojos. "¿Tonterías?" Suelta un chorrito de risa y se tapa la nariz. "Apestas." Ahueco la camiseta y me huelo por debajo de la ropa. Es verdad. Apesto. "Y no comes. Mañana la señora me dará más pasta. Haré mas briwats para ti. ¿ok?" Me da una palmada en la espalda y salta fuera de la litera. Desde la puerta, me sonríe. "Hare briwats con miel. ¿ok? ¿te gusta la miel? ". Desaparece. Yo quedo en la misma postura, mirándole con expresión boba, sin saber muy bien qué hacer. Él se asoma una última vez, gesticulando con los brazos. "Pero... ¡venga! ¡lávate! ¡vamos!". Yo no me muevo. Vuelve a acercarse y me tira del brazo. "¡Vamos, a la ducha! ¡vamos, vamos, vamos!". Me hace bajar de la litera, con movimientos nerviosos y me lleva del brazo hasta los baños. Allí abre una de las duchas, y deja correr el agua caliente. Me sonríe y vuelve a palmear mi espalda. "¡Hala! tú te duchas, y yo hago briwat de miel para ti. ¿Ok? ¿sí?" Antes de irse, levanta el pulgar hacia arriba. "Ok. Ya eres amigo de Maruk ¿eh? Yo soy Maruk. Ya somos amigos ¿no?". Con la misma expresión bobalicona que no soy capaz de superar, me señalo al pecho. "Yo soy... Ariel." Suelta un chorrito de risa. En la puerta se cruza con otro de los chicos mayores. Le palmea en la espalda "Maruk y Ariel ya son amigos... él es Ariel ¿eh? se va a lavar. Yo voy a hacerle briwat con miel." Cuando desaparece por la puerta, el chico mayor me mira y se encoge de hombros. "Tranqui. Está zumbao, pero le follan a pastillas."
Raro y espeso desde ayer. Me peleé con casi todo el mundo y tuve sueños terribles en los que J. me atravesaba el pecho con una aguja de hacer punto en un extraño y desasosegante rito sexual. Cuando desperté, me tiritaban hasta las uñas. Aún así, fui a trabajar esta mañana. He durado en mi puesto exactamente dos horas. Las justas hasta que ha venido el médico y he bajado a pedirle algún medicamento para el dolor de estómago. Al tomarme la temperatura he dado 39.5. Me ha mandado a casa ipso facto, manteniendo una respetuosa distancia mientras extendía el parte de salida. Creo que si hubiera podido sacarme de allí empujándome con un palito, lo hubiera hecho. Cuanta paranoia... Me parece que todos estaríamos más tranquilos si dejáramos de creernos las chorradas que leemos a diario en las portadas de los periódicos gratuitos.

Y aquí estoy. Febril y pocho. Laxo y pedorro. Con dos gatos por montera, a los que les importa más dormir en caliente y blando, que contagiarse de virus A.

Vale... blando no soy. Pero caliente... ahora mismo... una jartá.

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Durante dos horas permanezco sentado respondiendo preguntas. Preguntas sobre Nicolás. Preguntas sobre cara-tallada. Preguntas sobre Teo el loco. Preguntas sobre mí. A ratos cuento la verdad. A ratos me la invento. A ratos, simplemente, me quedo callado. Desde ayer soy consciente de que el mundo gira sin mí. Ya no importa nada de lo que pueda o quiera decir.
Cuando terminan las preguntas y las inyecciones, subimos al coche, pero no reconozco las calles al otro lado de la ventanilla. No volvemos a Alcalá. Me revuelvo una y otra vez en el asiento preguntando dónde vamos sin que ninguno de los que viajan a mi lado me den respuestas concretas. Yo me angustio y pienso en mi gato. No debí dejarle allí solo. Si Teo el loco no puede pagar su rabia conmigo, probablemente lo hará con él. Intento suplicar que me dejen ir a recogerle. Ellos me miran con ojos de no comprender lo que estoy diciendo. El más alto me hace señas para que me calle y me esté quieto. "Tengo un gato. Le he dejado en el otro centro... Dejénme ir a recogerle por favor... por favor... " La mujer se quita las gafas de sol. "No se permiten animales en los colegios, Ariel." El led interior de mi cabeza se enciende en rojo y parpadea. "¡No son colegios! ¡no les llame colegios! ¡son putas cárceles para mierderos como yo! ¡y quiero ir a por mi gato! ¡si no me dejan ir....!" El alto me agarra del brazo y presiona la zona donde me han clavado la aguja. Suelto un gemido. El led parpadea más rápido. "¡Quiero mi gato! no lo entienden ¡no le puedo dejar allí!" Él me mira. Muy pegado a mí. El filo de su nariz casi contra la mía. "Quieto y callado. YA. O te llueven todas las hostias que te tenían que haber llovido antes ¿estamos?."
Estamos. Apoyo la nariz contra el cristal de la ventanilla. Lloro. De rabia. De frustración. No debí dejar a Tao allí. No debí hacer nada de lo que hice. Todo ha salido mal. Mi maleta de cuadros. Mis libros. El oso de mi hermano. Lo destrozarán todo. Maldito sea Nicolás. Maldita sea Silvana. Malditos sean todos.

Después de un corto trayecto, me dejan en otro centro de la capital. Nada es demasiado diferente. No hay chicas desnudas en posturas impensables que me miren desde las paredes. No hay patio con palomas de la paz. Veo chicos marroquíes sentados en las escaleras de la entrada. Chicos marroquíes asomándose por la puerta del comedor. Chicos marroquíes mirándome desde las literas. Mi cabeza afeitada es un farol chino enmedio de todo un mar de cabezas negras, pero estoy demasiado triste para tener miedo. Aunque me ponen ante la bandeja de comida, no como. Aunque me ponen ante la ducha, no me lavo. Aunque me colocan en mi litera, no duermo. Quedo durante horas tumbado en el colchón, metido en mi camiseta de mujer. En mi chaqueta grande. En mis zapatillas sin calcetines. Me bajo la capucha sobre la cabeza calva y lloro por mi gato. Le he salvado para nada. Me he salvado para nada. Tanto tiempo corriendo para llegar a ninguna parte. Como siempre. Como siempre desde que nací. Estúpido, estúpido, estúpido imbécil...
Dice Desmond Morris que hay un claro componente antropológico a la hora de elegir nuestras mascotas. Que todos aquellos que se decantan por los perros suelen ser personas que aceptan y se someten sin problema a las jerarquías, necesitando del grupo para poder subsistir, mientras que los amantes de los gatos son por naturaleza, personas más fuertes, independientes, individualistas y un pelín anárquicos.
Ahora cada vez que M. vuelva a hacerme comentarios lastimeros sobre mi sillón nuevo, me justificaré diciendo "Lo siento, pero es que me gustan los gatos."

No creo que haya nada más anárquico que ese sillón. Mola todo. Cuando me pongo a ver la tele, parezco un fraguel subido en el lomo de una fanta de litro y medio.

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Todos podemos elegir. Ese es mi pensamiento mientras esperamos en los sillones de plástico azul a que el enfermero saque mis radiografías. Un asistente social a mi izquierda. Otro a mi derecha. Serios y taciturnos. No han dicho ni una palabra. Sólo han firmado los partes y se han limitado a sujetarme en silencio desde la comisaría hasta el taxi. Desde el taxi hasta el hospital. Desde el hospital hasta la silla de ruedas. Uno por un brazo, otro por el otro, mientras yo susurro pequeños "gracias" que quedan el aire a la espera de nada. El mundo se cierra y me deja fuera. Yo lo asumo y cierro la boca, porque no existen las palabras para explicar qué hago allí. No existen para justificar por qué me he escapado. Por qué he vuelto al mismo sitio, al mismo lugar, al mismo peligro, con el mismo tipo que me aplastó la cabeza contra la pared. No puedo decirles que me he dejado de nuevo marcar, mansamente, como un cordero. No puedo convencer a nadie de que la vida a veces simplemente es una pareja de baile que gira en sentido contrario a nuestro propio movimiento. Y que la mía hace tiempo que se cansó de dejarme llevar el paso.

Cuando el traumatólogo revisa las radiografías, recojo los pensamientos marcados y dejo que se hagan una bola densa en mi cabeza. El chute. Cara-tallada. La sangre. El VIH. El médico me diagnostica una luxación del tendón. Un celador empuja mi silla de ruedas hasta consultas externas, para revendarme el pie. Dejamos a mis dos asistentes al otro lado de las puertas batientes. Igual de silenciosos. Igual de taciturnos. Una enfermera rubia me sonríe con ternura por encima de las gafas. "Hola Ariel. Así que tú eres el escapista ¿eh? ¿cómo puedes liarla así, con esos ojos de ángel tan bonitos que tienes?." Quiero responder algo, pero sólo abro y cierro la boca como un fuelle viejo. Ella me acaricia la cabeza. "Bueno, cariño, voy a ponerte una inyección ¿vale? es un antiinflamatorio, te dolerá un poquito. Pero bueno, como ya eres un hombre, no hay problema ¿no?." Cuando se gira, algo se me rompe en el pecho y me sube hasta la garganta. Me echo a llorar. Sin control. Sin remisión. Con la cara entre las manos y gimiendo sollozos. Como nunca lo haría un hombre. Ella por un momento queda mirándome con el algodón aún en alto, sin saber qué hacer. Luego reacciona, arranca un trozo de papel secante y se agacha frente a mí. "Vamos, cariño, tranquilo. Ahora todo irá mejor, ya lo verás. No te preocupes, hijo. Si tienes toda la vida por delante... Todo se arreglará." Frota mi espalda con movimientos circulares. Yo me agarro a su abrazo. Trago saliva. Termino de desdibujarme. Resulta difícil explicar que es una reacción al primer gesto de ternura que he tenido desde que Teo el loco me ajustó el gorro en el autobús. Resulta difícil hacer entender que soy consciente de que será el último que tenga en mucho, mucho, mucho tiempo. "Señora... necesito que me hagan los análisis del sida..." Ella se ajusta las gafas sobre la nariz. "Pero hijo... qué dices... si no eres más que un niño..."
Ya he comprado mi sillón. Naranja con flores rojas. Hortera. Horterísima. Superlativamente hortera. Lo he colocado en el centro del salón de M., justo al lado de su equilibrado sofá en tonos crudos, y su elegante sillón beige claro. Encima de su sobria alfombra de fibra de coco y haciendo esquina con su comedida mesita rústica donde descansan alineados por orden de tamaño, los mandos de la tele. Ahí. Justo ahí, en el centro de todo ese equilibrio de elegancia, clase y buen gusto, he plantificado mi sillón naranja con flores rojas. Cuando M. lo ha visto, le ha faltado poco para el shock hepático. Supongo que cuando me dió permiso para añadirlo a su salón, pensaba que iba a comprar otro como el que se me rompió, de esos pequeñitos de ikea supersueco-blanco-soso.

A lo mejor debí advertirle de mi tendencia a decorar los chismes de manera antagónica a mi estado de ánimo.

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"Eso es lo que harás y punto".

Eso es lo que hago y punto. Ducharme. Meterme en una camiseta de mujer y una chaqueta tres veces más grande que mi cuerpo. Dejarme vendar el tobillo por una chica que con gusto me lo retorcería aún más. Cada vez soy más absurdo y más pequeño en esa casa que tanto significaba para mí. Se fue el sueño de Silvana. Se acabaron para siempre París y las violetas. Se acabó todo. Nunca estaré allí. Nunca con ella.
Sara aprieta el vendaje y rompe tiras de esparadrapo con los dientes. Los movimientos enérgicos de sus manos me hacen daño, pero no digo nada. Me muerdo y aguanto. No sé que más puedo hacer o decir para hacer invisible mi presencia. "Lo siento. No era mi intención molestar." Ella levanta la cabeza y se sopla los rizos sobre la nariz. "¿No querías molestar? claro. Vosotros NUNCA queréis molestar. Os meáis en el portal. Vomitáis en la escalera. Bebéis como cerdos y os atravesáis las venas tirados enmedio de la calle delante de cualquier niño que pueda veros. Ensuciáis la ciudad con vuestra presencia pero sin embargo... no queréis molestar. Claro que no." Me siento encoger. "Pero yo... no soy como mi padre, en serio..." Suelta mi tobillo sobre la zapatilla con otro gesto rápido que me hace ver las estrellas. "Mira chico, me importa una puta mierda quién sea tu padre. Te lo veo en los ojos ¿vale? Geni es un pringado pero YO te lo veo en los ojos y sé muy bien de qué calaña eres. Y no te quiero cerca, así que a MÍ, no me vendas historias de pobre víctima social. Todos podemos elegir ¿sabes? TODOS PODEMOS ELEGIR. ¿Tú has elegido esta mierda que vives? ¡muy bien! ¡tú mismo! pero no jodas la vida de la gente normal."
Cuando llegamos a la comisaría, ya no queda nada de mí. No sólo es Silvana. Es todo aquello que yo llevara dentro. La determinación, la rabia, el orgullo, la fe... Todo se ha ido. No queda nada que no sean estanterías vacías y un chico convertido en garabato. Un chico zigzag. Basta un gesto para borrarme.
La última vez que alguien escribió un informe sobre mí, me colgaban los pies desde el asiento de la silla. Ahora se desmanejan tristes sobre las baldosas, mientras apuntan mi nombre y el nombre del centro. Sin demasiadas preguntas, ni miradas directas. Cuanto más crezco, más evidencio y menos sorprendo. Eugenio me da una palmada en el hombro antes de irse. "Bueno, pues aquí nos despedimos, Ángel. Me han dicho que te van a llevar al ambulatorio para hacerte una radiografía. Han avisado a tus asistentes." Mantengo fija la vista en mis pies. "No me llamo Ángel." Él se abrocha la chaqueta y se dirige a la puerta. Antes de cruzarla, vuelve a girarse. "Ya lo sé. Buena suerte, Ariel."
Uno de los policías pasa por detrás de mi silla. Me señala dirigiéndose al que mete datos en el ordenador. "Putos niñatos. Se creen que tienen derecho a hacer lo que les salga de los cojones mientras les damos de comer con nuestros impuestos. ¿Sabes que les hacía yo a estos? ¿eh? ¿sabes qué les hacía?..."

Sé lo que me haría. Borrarme.
Estoy agotado. Arrastro los pies a base de cafeína. Hoy han sido dos cafés de máquina, uno de cafetería y una cocacola. Y sin embargo, a las cuatro ya dormitaba encima del teclado del mac. Es como si de pronto mi cadena de adn llevara eslabones de ancla.

Mi arándano becario ha solicitado ampliar su periodo de prácticas tres meses más. Es la primera vez en la historia de los becarios del departamento que alguien quiere seguir siendo becario en el departamento, así que todo el mundo anda bastante extrañado con la noticia y me miran como diciendo "a saber lo que le estará enseñando el melenudo drogadicto este...".
El jefe me ha llamado al despacho para comunicarme la noticia y felicitarme por el éxito de mi gestión como maestro jedi de arándanos en prácticas. Cuando le ha preguntado al chico que por qué quería seguir tres meses más, ha dicho que estaba "aprendiendo mucho conmigo". Le he observado con atención para ver si ponía cara de cachondeíto pero... nada. Lo ha dicho imperturbable y sin que se le despeinara el cuello del lacoste.

Si no quiero tenerle a mi vera hasta el próximo año nuevo chino, más me vale empezar a enseñarle algo que no tenga que ver con pezones en 3D o Yodas de papiroflexia. Como por ejemplo... a trabajar.

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Es extraño estar de nuevo en casa de Silvana. Extraño y triste. Mientras Eugenio rebusca entre su armario, yo intento en vano reconciliarme con los rincones de cada habitación. Sentado sobre la gran cama, me siento algo extraño y absurdo, mientras la chica de ojos negros me mira recelosa desde la puerta. Es la misma cama. Otra colcha, otras sábanas, otro cuerpo que no será menudo y pálido, otro pelo que no será rojo, pero la misma cama.
"No necesito mucho... sólo para un taxi hasta el autobús. Te lo devolveré, de verdad..." Eugenio no me mira. No dice una palabra. Sólo procede a seleccionar ropa e ir dejándola sobre mis rodillas. "La chaqueta te estará algo grande, pero la camiseta es de Sara. Te valdrá." La chica no me pierde de vista. Frunce el ceño con desconfianza. Sé que si toco algo de la casa se lanzará como una gata furiosa. Me acecha. Lo ha hecho desde que me ha visto cruzar la puerta. No sabe que entiendo perfectamente su celo. "Geni... necesito hablar contigo AHORA". Yo intento esconderme inútilmente bajo la camiseta mojada. Gasto toda la sinceridad que me queda, para dirigirme a ella. "Lo siento mucho, no quiero molestar... yo sólo necesito..." Eugenio levanta una mano, frenando mis palabras. "Ya. Ya lo sabemos. Lo acabas de decir." Se vuelve hacia la chica. "Sara, déjanos en paz Hablaremos luego, ahora estoy ocupado." Ella da una patada contra el suelo. "¡¡Esta también es mi casa, Geni!!". Él se acerca tranquilo hasta la puerta, y agarra el tirador. "He dicho que hablaremos luego." Le cierra a la chica la puerta en las narices y sigue rebuscando en los cajones de la cómoda. Empiezo a saborear el regusto amargo de la culpabilidad. Tengo que salir de allí. Es temprano, él estará dormido. Bajaré y buscaré algo que pueda hacerme de muleta. Recuerdo al tipo del apartamento 35. Me ofreció dinero por mirar una película con él. Si no le importa la cicatriz de la cabeza, será mi puerta de salida. No sé cómo llegar al intercambiador, ni cómo solucionar lo del tobillo, pero marcaré esos pensamientos después. Primero es el dinero y salir de aquí. Me agarro al cabecero y me incorporo sobre el pie sano. "Oye, será mejor que me vaya. Creo que voy a avisar a mi padre para que me acerque al ambulatorio ¿sabes?... no tendrás una gorra o algo así para prestarme ¿no?" Él se pone frente a mí. "¿Cómo te llamas?". La pregunta me sorprende. Vuelvo a sentarme. "Soy... Ángel." Durante unos segundos quedamos en silencio. Pienso en Silvana curando la herida de mi frente. En Teo el loco ajustándome el gorro en el autobús. En mi padre acariciándome la cara. Siento deseos de llorar, pero no soy capaz de entender por qué. Solo sé que me vuelven a doler las puntas de los dedos. Que se me borran los ojos. Que tengo que tragar y respirar, para no temblar la voz. Eugenio pasa mi brazo por sus hombros y me levanta. "Gracias. Oye, olvida lo de la gorra, ya me voy. Gracias por todo, de verdad, ha sido un... placer conocerte." Me ayuda a salir hasta el pasillo, pero no me dirige hacia la puerta, sino hacia el baño. Yo freno en seco. "Oye... pero...". Él me mira muy serio. "Mira, te lo diré solo una vez ¿vale? porque ya llego tarde a mi trabajo y no tengo humor para discutir. Ahora te ducharás y te cambiarás de ropa. Te echaré una mano. Luego Sara te vendará el pie e iremos a la comisaría de la calle Luna a decir que estás aquí. Y da igual lo que quieras o creas que debes hacer. Eso es lo que harás. Y punto."
Se está convirtiendo ya en una rutina lo de ver Up y llorar. Llorar y ver Up. Creo que ya van unas cuatro veces que la veo y lloro. Soy único para autoflagelarme. De hecho, si ganar dinero se me diera igual de bien, a estas alturas ya me habría comprado una isla caribeña, como Jhonny Deep.
Junto a Up, este fin de semana también he visto y llorado compulsivamente Déjame entrar. La escena final de la piscina es sobrecogedora. Me fascina. No por la masacre en sí, sino por la escena misma. La cara de la niña sobre el filo del agua. La expresión del chico cuando la ve. Conozco esa expresión. Es la expresión feliz y confiada del "Por fin no estoy solo." Solemos lucirla todos los perdedores al menos una vez en nuestra vida.

Me han hecho la punción lumbar a través del esternón. Eso es nuevo. Más doloroso, pero menos mareante. La enfermera rubia de la cuarta me ha puesto cara de compasión cuando he pasado a saludar antes de irme a mis 30 minutos de paralización absoluta. Las noticias sanguíneas vuelan. He procurado marcar mucho el paso para que se viera que, anemias megaloblásticas aparte, ya caminaba sin muletas. Me han salido unos andares de lo más raros. Algo así como de quasimodo puesto de farlopa. Recordándolo después en el ascensor, me he partido de risa yo solo. No aprenderé nunca a dejarme la chulería aquitodookey en casita.

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Los camiones de reparto se marchan y la plaza se despierta. Empieza a latir con su pulso habitual de ruedas sobre asfalto y cláxones perdidos. Vuelvo a escuchar a la señora de los perros gritar desde el callejón. Recuerdo a Nicolás asomado a nuestra ventana tuerta, sujetando entre las manos la pistola de aire comprimido. Apuntando a la cabeza de los perros. Recuerdo a cara-tallada gruñendo: "Como se te caiga la pipa me la pagas, Nico... no apuntes tan arriba..." Me recuerdo agarrado a la falsa pared, con el pulso latiendo rápido bajo mi oreja. "Como mates a la perra diré que has sido tú." Sus ojos azules entrecerrados sobre el punto de mira "No se mata nada con unos putos balines, niñato..." Cara-tallada soltando chorritos de risa. "Jejeje... si le atraviesas el ojo, puede que sí..." Nicolás girando sobre sus talones y empujando el cañón de la pistola contra mi párpado derecho. "¿De veras? no me digas... ¿probamos con este chuchito de aquí?"

Me calzo la zapatilla útil y trepo los escalones hasta la verja. El dolor del tobillo me hace llorar. Apoyo el pie sano sobre el travesaño y me encaramo. Anoche un mundo; hoy un paso. Justo cuando cruzo las piernas al otro lado, oigo a alguien bajar las escaleras del portal. Veo al chico negro que me abrió ayer la puerta de Silvana. Por un instante me mira. Luego vuelve la cabeza hacia abajo y apresura el paso. Puedo entenderlo. Estoy subido en una verja abandonada, vestido con una camiseta húmeda, descalzo de un pie y con la cabeza pelada. Sé como me ha mirado. Me ha mirado como yo miro a mi padre. Como los asistentes miraban a Teo el loco cuando no sabía leer. Teo el loco... El mismo Teo el loco que me partirá la nariz cuando me vea.
Apoyo todo el peso en el pie sano. "Por favor... por favor... ¿me puedes ayudar?" Él se gira, ya en la entrada del callejón. Los mismos ojos recelosos. "No llevo nada, tio." Siento una punzada en el orgullo. Pequeña. No importa. Aún tengo orgullo y eso es bueno. Significa algo. No sé bien el qué. Quizá que sigo siendo humano. "No, no... No quiero dinero. Es que me he torcido un tobillo. Necesito ayuda para bajar." Me mira. "Lo siento, llevo prisa." Desaparece tras la esquina del callejón. Aún estoy pensando cómo bajar, cuando le veo volver a aparecer y acercarse a mí con paso firme. "¿Por qué te has metido ahí?" Siento que el cuerpo entero me sonríe. "Por hacer el idiota... ya sabes..." Me tiende el brazo y bajo sobre mi pie sano. Pasa mi brazo por su hombro y me ayuda a sentarme en los escalones del portal. "Estás mojado tio, joder... " . "Sí, bueno... me mojó un colega por gastarme una broma. Estoy bien. Gracias por ayudarme." Se pone en jarras frente a mí. "¿Quieres que avise a alguien? ¿tu colega es el imbécil ese de ayer?". Presumo que el imbécil es Nicolás. Me río. Él no. Solo me mira con ojos inquisitivos. "No, ya me apaño. Gracias." "Ok. Suerte." Vuelve a desaparecer por el callejón. Durante un segundo deseo que no se vaya, pero me limito a mirar su espalda alejándose. Apenas han pasado dos segundos, cuando le veo reaparecer por el mismo sitio. "¿Y qué te ha pasado en el pie? ¿también tu colega?". A la mierda todo. "No. Es que me he escapado de un centro de acogida. El imbécil de ayer es mi padre. Intentaba esconderme en el mesón cerrado, pero iba colocado y me torcí el tobillo al saltar. No tengo ropa, ni dinero. Ni tampoco puedo subir a casa. ¿Puedes dejarme algo para un taxi? te juro que te lo devuelvo... algún día...". Él me mira sin hacer ni un gesto. Luego se agacha y vuelve a pasar mi brazo por sus hombros. "Vamos a subir arriba, anda." "No, no... no puedo subir, en serio, no puedo ir a mi casa, te lo juro por dios..." Me levanta. "Ok. Tranquilo, vamos a la mía."
Dice María que las risas nos salvarán y que el blog no era una mala idea. Voy a seguir escribiendo para ella. Así que se cierra el domingo, estoy de nuevo aquí abajo, y a partir de hoy, escribo para María.

Tengo anemia megaloblástica. Creen que por culpa del metrotexate. Me harán una punción lumbar para determinar si se trata de algún tipo de leucemia. Ya lo dijo la monja cantora aquella de la película de los siete niños; cuando el señor cierra una puerta, en algún lugar abre una ventana... y luego se ocupa de empujarte por ella.
También tengo insuficiencia cardíaca. Ahora mi corazón corre, se asusta, y se para. Se me ha cansado de latir en el primer cuarto de su vida. Le escribía a María que tiene algo de romántico estúpido lo de tener un corazón enfermo. Queda muy bien como personaje de novela. Siempre he pensado que yo sería un personaje de novela perfecto si hubiera nacido alto, guapo y listo. Quizá porque siempre hago ese tipo de cosas por las que uno dice: "¡qué idiotez! ¡esto solo pasa en las novelas!".
Me han mandado betabloqueantes. Los tengo aquí encima, al lado de la taza del té. M. los compró el viernes pasado y los dejó ahí, junto a su receta. No sé distinguir el porqué pero... no pienso tomarlos. Así que espero que a mi corazón vago no le importe mucho que esta vez no le eche una mano para latir.
Por extraño que parezca, nisiquiera me importa.

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En algún momento pierdo la noción y me duermo. Los camiones me despiertan cuando ya ha amanecido. Oigo el ruido de las cajas de reparto golpeando contra el suelo. Están surtiendo el mercado; tienen que ser las siete. La cabeza aún me pesa, pero ya soy capaz de utilizarla. Pienso, siento y recuerdo. Me reencuentro conmigo mismo en mi propio abrazo. Abro los ojos. Aún tengo la cara mojada y la nariz taponada, pero no me permitiré más pánico. Permanezco en la misma posición fetal, abrazado a mí mismo, encima del poyete del viejo mesón. Noto un frío húmedo que me cala hasta los huesos y me hace temblar la mandíbula. Cuando intento estirarme, siento el dolor del pie. Meto los brazos por debajo de la camiseta para calentarlos, mientras levanto despacio el tobillo. Ha empezado a hincharse. Hora de salir de aquí.
Me levanto apoyándome en mi pie sano e intento de nuevo estirarme. Todo me duele, pero he recuperado las ideas, los pensamientos y los recuerdos. Los recoloco mentalmente con cuidado en las estanterías de mi cabeza. Nicolás me ha inyectado. Lo ha disuelto con vinagre. Caballo sin coca. No era speed, no te duermes con el speed. Alguien me tomó el pulso y me quitó la ropa. No sé por qué me quitaron la ropa. Cara tallada me miraba desde el fondo de la habitación. Él no estaba colocado, despertó a Nicolás. No había semen, ni había sangre en el agua de la ducha. No siento más dolor que el entumecimiento. No sé qué he hecho, ni si he hecho algo. Lola me dijo que cara tallada tenía sida. Mañana marcaré ese pensamiento. No ahora. Ahora hay que salir de aquí.
Mientras me arrastro hacia los escalones, pienso en el caballo. En el calor de las venas. La sensación maravillosa de desaparecer del mundo. De flotar por encima de los dolores y los problemas. De dormir al fín un sueño como el de los demás. Me miro el antebrazo. Nada. Ni una marca leve, ni rastro de hematoma. Se puede subir al paraíso por caminos sencillos. Me siento en los escalones y espero a que se me pase el temblor del frío. Pienso en Nicolás. Pienso en su pulso magnífico al pinchar sobre mi vena. En la aguja clavada entre los pliegues de su pene. En el vómito del suelo, entre mis pies. En la niebla densa y blanca de mi cabeza. En el salto de metro y medio que no he sido capaz de dar correctamente.
Me incorporo. No existen los caminos sencillos fuera de nuestra propia cabeza. No caeré en esa trampa. Yo no. Tengo frío. Me duele el cuerpo. Estoy solo y atrapado como un imbécil en un agujero, sin calcetines, ni ropa interior. Nadie vendrá a ayudarme. Y cuando logre llegar arriba, terminaré en otro agujero donde alguien me machacará para marcar su territorio. Sin embargo... he pisado su mundo y aquí estoy. Lúcido. Tranquilo, porque no soy como él. Porque nunca lo seré.

Y solo ese pensamiento me sirve para seguir.
Acelgas, Acelgas y Acelgas, porque estaban muy buenas y he "tripetido".

Hoy hemos colaborado como extras para una película que estaban grabando en Audiovisuales. Es la segunda vez que me lo piden. En la primera, hice de cliente que robaba un jamón de pato en el supermercado. Hoy he hecho de imbécil que coge una caja del suelo en plan allavoy y se joroba ocho vértebras lumbares (definitivamente, tengo que plantearme lo de ir mejor peinado al trabajo). El arándano de prácticas ha hecho de chico listo que coge la caja doblando las rodillas y permanece inmune a la lumbalgia. No me sorprende. Todos los polos de rayitas abrochados hasta el cuello terminan teniendo su recompensa a la derecha de dios padre.
A pesar de que he aplicado la más depurada técnica de Stanislavsky para poner cara de uyquedañopordios, me han hecho repetir la toma ocho veces porque no se me veían los vaqueros con la pantalla azul de fondo. Al final, he tenido que ponerme un mono de trabajo, gracias lo cual (y gracias a Stanislavsky también) mi aspecto de imbécil cogedor de cajas allavoy ha mejorado considerablemente. No obstante, por si eso no fuera suficiente, lo he redondeado cuando he pedido permiso para hacer pis, y he vuelto a los cinco segundos al plató preguntando: "perdone... ¿en estos monos por dónde se saca?"

No te rías. Juro por dios que aquello no tenía bujerillo por donde asomarla. Lo juro. De hecho... mañana me fijaré bien en el de mantenimiento. Estoy convencido que junto al manojo de llaves, lleva una bolsita con pitorro, como los astronautas.

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Me cuesta entender qué está pasando. Siento el entumecimiento del cuerpo. El frío en el pecho... el suelo rugoso bajo mis pies... el peso de la ropa sobre mis brazos... pero aún así me cuesta entenderlo todo. Recordarlo. Sé que salgo de allí. Que hay que esconderse. Que Teo el loco me pegará cuando me vea. Que no tocaré el pelo rojo de Silvana. Que he vomitado en el suelo. Que Nicolás tenía sangre entre las piernas. Sé que se reía. De algo. De alguien. De mí.
Sigo descalzo cuando atravieso el portal y bajo hasta la calle. Han apagado la farola. Oigo a la mujer que pasea los perros en el callejón. "¡Laika! ¡Duque! ¡aquí!". Siento miedo. Aún no se de qué o de quién. No hay estanterías en mi cabeza. Sólo niebla. Niebla densa y blanca que lo oculta todo y que no me deja pensar. Solo niebla, miedo y frío. Piso la acera. Trastabillo hasta la entrada del callejón. Vuelvo a oir la voz de la mujer de los perros, mucho más cerca. "¡Laika! ¡he dicho que vengas!". Aprieto la ropa contra el pecho y vuelvo sobre mis pasos. Subo de nuevo la escalera del portal. Tropiezo y quedo de rodillas sobre los escalones. Por entre los peldaños, veo la puerta del viejo mesón abandonado en los bajos del edificio. La niebla se dispersa un poco. Me recuerdo allí, con Aco. Tumbados los dos a oscuras, sobre la vieja barra polvorienta. Una chapa dorada de mahou girando entre mis dedos. "Este era un sitio fino. De cochinillo y mierdas de esas. Aquí celebró mi vieja su aniversario. Yo era un chinorri tio. Me dieron un vaso de sangría y me sobé. ¿Te imaginas? ¡un vaso de sangría, tio!..." Lanzo la chapa contra el surtidor de cerveza. Acierto de lleno. El eco metálico nos levanta. Aco me agarra el brazo. "Tate quietecito, coño... nos van a oir..."
No volvimos. ¿Por qué no volvimos? No importa, sé lo que hay que hacer. Saltar la verja y descolgarse. Un tramo pequeño de escaleras bajan al mesón. Ocho escalones, quizá diez. Algo más de metro y medio. Un salto sencillo. Caes al suelo y te pegas a la pared. Tiras con fuerza de la puerta y te cuelas por la holgura de la cadena que la sujeta. Son veinte pasos a oscuras hasta darte con la barra. Allí te tumbas y esperas. Esperas. No sé que a qué. A que la niebla se marche. Lanzo mi ropa al otro lado de la verja. Veo mis zapatillas rebotar contra el suelo. Me arrepiento al instante de haberlas lanzado. No era buena idea. No hoy. Mis manos no son mías. Mi cabeza no es mía. Obedece a algo que no me pertenece. Que no puedo controlar. Aún no. Trepo por la reja con los pies descalzos. Volteo y me descuelgo. Calculo torpemente y caigo mal sobre el último escalón. Siento un chasquido en el pie, sin que me produzca ningún dolor. Recojo la ropa. El pie no me sostiene. Se dobla débil bajo mi pierna. Trastabillo hasta la puerta. Tiro con fuerza y veo la chapa de madera que clavaron para bloquear la entrada. Por eso no volvimos. Por eso. Estúpido... estúpido imbécil... ¿y ahora qué? ¿qué? Miro la verja, en lo alto de la escalera. Los dientes me castañetean. Me pongo la camiseta sobre la piel mojada. ¿Por qué estoy mojado? La niebla se hace más densa. Más espesa. Más negra. Intento ponerme las zapatillas pero los dedos no me responden. Me arrastro sobre los escalones e Intento subir la verja. El pie se me dobla como papel húmedo. Hago tres intentos. En el último me golpeo la espalda contra el filo del último escalón. Reculo hasta el viejo poyete de la entrada. Me tumbo de lado y me abrazo las piernas. Intento respirar hondo pero la mandíbula me tiembla. Lloro. Me oigo gemir contra la madera. Maldito seras Ariel... eres un estúpido... estúpido... estúpido imbécil...
Sushi, cava y rock and roll.

El chico arándano de prácticas me ha contado esta mañana que en el último concierto de rock en el que estuvo, tuvo el enorme privilegio (o eso parece) de compartir espacio con Pilar Rubio. Yo le he preguntado que quién era Pilar Rubio. Él ha abierto mucho los ojos y ha dicho "¿¿¿¿¿no sabes quién es Pilar Rubio????? ¡¡pero tío!!! ¡esa que está tan buena de la sexta!" Yo he ubicado en mi cerebro (por fin) quién era Pilar Rubio y le he dicho que a mí no me parecía que estuviera tan buena, porque tenía una cara muy extraña, con unos pómulos muy raros, como de travesti chungo. Él ha abierto más los ojos (aún) y ha dicho: "¿La cara? ¿qué cara? ¡¡Pero mira qué tetas tiene!!. Yo he dicho: "¿Las tetas? ¿qué tetas? ¡¡pero mira qué cara tiene!!"
Creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, llegas a tener un sentido de la estética femenina completamente distinto al de la media nacional. Y sobre todo... creo que cuando te atraen por igual hombres que mujeres, algunas partes de la anatomía femenina tienden a perder por completo su peso específico, y por contra... su reinado específico.

Y que vivan las caras bonitas con tetas de andar por casa.


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Sigo desaparecido del mundo cuando siento el temblor en la boca del estómago. Debería llegar hasta el baño, pero nada me parece urgente, ni importante. Me giro en el colchón y vomito en el suelo. Todo en mi cuerpo sigue una cadencia suave y tranquila. Abro los ojos. Su amigo de cara tallada me mira desde una esquina. Sonrío y le extiendo una mano que queda abierta sobre el colchón. Él me devuelve la sonrisa y me coge los dedos. "Tú eres Severiano. Sé lo que quieres...". Entorna los ojos. "No... no lo sabes". Me escucho reir. "Sí que lo sé... He vomitado en el suelo...". Aprieta mis dedos. "Ya... Pero no importa." Oigo la tos ahogada de mi padre. Me giro. Está sentado a mi lado, inclinado sobre sí mismo. Con una mano se sostiene el pene. Con la otra aprieta el émbolo de la jeringuilla hundiendo la aguja en la carne blanda y azulada. Cierra los ojos y se recuesta hacia atrás. La aguja aún pendiendo de su pene. Miro la gota de sangre que resbala despacio por su escroto. Siento un frío repentino. Algo negro en mi cabeza que no sé distinguir. Me miro las piernas desnudas. No sé dónde está mi ropa. No importa, estoy bien. Muevo los dedos de mis pies descalzos y pienso en los cordones de mis zapatillas. Cordones dibujando eses sobre el parquet. Tampoco sé dónde están mis zapatillas. Pies desnudos y sucios. La abuela Agra persiguiéndome por el jardín con mis alpargatas en la mano. "¡Maldito seas albili! por última vez te lo digo... ¡con los pies sucios no entras en casa!" Mi hermano riéndose sentado en el banco, debajo de la parra: "¡Ari, corre! ¡corre, que te coje!"

Corre, Ari... corre... corre... que te coje...

Me incorporo. Las piernas me pesan. Me levanto. Las rodillas se me doblan. Vuelvo a caer sentado. Severiano se ríe. "¿Y ahora dónde vas?" Me coge los dedos sobre el colchón. Le aparto de un manotazo. "No me toques... gilipollas..." Deja de sonreír. Se arrima a Nicolás y le toca en el hombro. "Nico... el chico..." Nicolás gruñe una queja sin abrir los ojos. Sigue recostado contra la pared, con la aguja estúpidamente clavada en el pene que asoma triste por debajo de la sábana. Yo vuelvo a intentar levantarme. Me agarro a la falsa pared. Vuelvo a sentir el temblor en el estómago. Piso mi propio vómito intentando llegar hasta el baño. Entro en la bañera y abro el grifo. Aparezco en el mundo. Siento. Pienso. Sufro. Salgo. Vuelvo hasta el salón, chorreando agua. El rastro de mis pies forma pequeños lagos negros sobre el parquet. Los brazos me duelen. Todo me duele. Busco mi ropa. Cara tallada se levanta despacio. Me coge de un hombro. "Eh... chico..." Agito el brazo para zafarme y extiendo el índice hacia su cara. "No me toques..." Busco mis pantalones sin apartar la vista de su boca de cordero. "Ni te acerques... cabrón de mierda... " Él se inclina sobre Nicolás. "Nico... tio... despierta..." Mi padre entreabre los ojos. Me sonríe. Encuentro los pantalones. Las perneras se me atascan en las piernas mojadas. Los dedos entumecidos trastabillándose en el cinturón. "No soy como tú... no lo soy... tú eres el perdedor... yo no... tú eres el perdedor y te pudrirás en el infierno... yo no he perdido... yo lucho..." Se ríe. "¿Has oído? jejeje.. él lucha..." Risas ahogadas bajo el brillo vidrioso de sus ojos de ángel. Agarro las zapatillas. Las amontono sobre los brazos junto al rebujo de la camiseta. No logro encontrar el resto de la ropa. Abro la puerta y salgo al pasillo. Los pies desnudos saltando sobre el mármol de las escaleras. Resbalando a cada paso. Bajando para subir.

Corre, Ari, corre... corre... corre...