Y ya queda un día menos cuando pasa un día más...

Bueno, a ver cómo te resumo un día cojonudo en dos líneas...

Hoy era mi último día de rehabilitación. Ha resultado muy emotivo. Todos los del grupo me han firmado en la camiseta, a modo de tarjeta de despedida improvisada. Me han puesto dedicatorias, grafittis, dibujitos pornos... e incluso el cirujano se ha dignado a dibujarme un ave fénix con rotulador morado en una de las mangas. De hecho, justo mientras él terminaba de dibujar la cola de fuego, he visto el logotipo de Tommy Hilfiger en el borde de la manga y he pensado "coño... si yo no tengo ninguna camiseta de Tommy Hilfiger..."
Conclusión 1: he vuelto a ponerme por equivocación una de las camisetas de Miguel.
Conclusión 2: Puede que el de hoy no haya sido mi último día de rehabilitación porque mañana, cuando Miguel se entere de lo que he hecho con su camiseta de 150 euros, lo más probable es que alguno de mis huesos no llegue a noviembre en su sitio.

El chico-arándano de prácticas ha vuelto a sus estudios y en su lugar me han traído a otro. Una especie de chico gigante extraño de mente corta. Y no lo digo como insulto, sino como definición. De hecho, después de pasar 8 horas con él, estoy casi convencido de que tiene algún tipo de retraso neurológico. No enlaza las palabras, no responde a las preguntas, masculla surrealismos, suelta frases si ton ni son... Es como si viviera dos horas más tarde que el resto del mundo. 100 kilos de materia inerte con gafas. Echo mucho de menos al chico arándano, con su lengua rápida y su jersey de pico. Comunicarse con el gigante de las gafas es algo surrealista e imposible. Yo le pregunto: "¿Conoces el programa indesing?" y él responde: "Mi madre trabaja haciendo bolsos..." Y así todo. Todo. Para trabajar con él necesito algo que no tengo. No sé el qué. Alguien de barrio sésamo que venga a explicarnos la diferencia entre arriba y abajo, o una lobotomía que nos deje a los dos al mismo ras. Yo que sé...

He ido a clase. No me he enterado de nada. Cada vez voy más perdido. Y Jung... maldito, maldito, maldito Jung... ¿por qué? ¿por qué no estudié botánica? ¿o sastrería? ¿o peluquería para caracoles?

Mayday... (hoy también te quiero, esto va en aumento)

También te escribo cuando no te escribo

Iba a hablarte del asunto del gato que maúlla en la verja y todo eso pero... encontré esto entre mis apuntes de hace unas semanas. Lo escribí en el diario, una noche, desde el hospital. Releyéndolo hoy, he pensado que quizá te haría gracia conocer los desvaríos en los que me pierdo cuando estoy medio bolinga. Pero no me riñas mucho por lo del cava, por favor. Que todavía me dura lo de la mantequilla.

*** Son las diez de la noche y estoy un poco borracho porque me he zampado dos benjamines de cava. Estoy un poco borracho porque tengo motivo. Desde que conocí a mi padre, pienso que todos los borrachos deben tener un motivo si no quieren sentirse un poco idiotas. Son las diez de la noche y estoy haciendo una lista de cosas importantes en mi vida.

Cosa importante nº1: Me importa mucho el blog. Está lleno de mí. Allí abro cremalleras, desabrocho camisas, retiro sábanas, quito calcetines. Es mi blog. Siempre volveré allí a esconderme. Coloco las estadísticas y luego ni las miro. Creo que es porque en mi blog siempre estoy solo conmigo.

Cosa importante nº2: Me importan mucho mis gatos. Nos unen lazos extraños. Tequila duerme en el hueco de mis piernas. Tripi lo hace sobre mi estómago, con las dos patas delanteras estiradas y las pezuñas sobre mis labios. No sé por qué deja las pezuñas sobre mis labios. Cuando amanece, juego a mordérselas y él las recoloca sobre la nariz. Creo que es una especie de mimo. Jamás me separaría de mis gatos. Por nada. Por nadie. No concibo el corazón del que es capaz de hacerlo.

Cosa importante nº3: Me importa mucho J. Amo a J. Siempre le amaré. No le pongo en el nº 1 para que no se me crezca. Cuando J. se me crece, se enfada cantidad conmigo y me habla como si pudiera prescindir de mí. Yo no puedo prescindir de J. Cada cosa que hago es solo por poder tirarme en el sofa con él a ver peliculas raras. Y que el juguetee con mi pene. Y que yo le diga "suelta, pesao...". Cada cosa que hago. Cada vez que respiro. Yo tambien soy ñoño memo y llorica. J. es mi gurú. Si llevara un túnica naranja y me pidiera que le diera toda mi fortuna y luego me inmolara para viajar al planeta Krypton en la cola de un comenta, yo lo haría. Con él me olvido de pensar. Y me la pela, que es lo peor.

Cosa importante nº4: Me encanta llamarle Jota. Es como si estuviéramos metidos en una novela de Philip Marlow.

Cosa importante nº5: Teo no se va a morir. Yo tampoco. Estaremos doloridos y jodidos. Pero viviremos. Claro que sí. Yo tengo que irme a casa de J. Teo tiene que agarrarme de la nuca y decirme "Quita esa inicial y dí mi nombre porque si no me conviertes en Peo, cabrón..."

Cosa importante nº 6: Tengo una cabeza enorme con este pelo, maldita sea. Tengo que cortármelo. Pero no puedo. Me gusta sujetar los rotrings detrás de la oreja, entre los rizos, mientras dibujo las viñetas que ya no publico. Miguel dice que parezco un carnicero. A veces me acuesto con el rotring tras la oreja, sin darme cuenta. Mi pelo lo tapa todo. Hasta los malos pensamientos.

Cosa importante nº 7: Mis cosas importantes no importan una puñeta. Creo que es porque estoy borracho. Mañana lo leeré y pensaré: "Joder... menos mal que no lo he publicado..." ***

PD. Fé de erratas de Agus. Gracias Agus.

...Y esa sonrisa de pandillero juvenil

Ha quedado muy poco sexy eso de confesar que tengo antecedentes policiales, supongo... Bueno, míralo así. Era joven (o más joven) y no tenía nada que perder. Además me obsesionaba lo de volver a casa y el dinero que necesitaría para hacerlo.
Vendíamos todo lo que pillábamos. Igual daba que fuera oro, que ropa, que películas, que secadores de pelo... todo. Aco se lo llevaba a su comprador y al día siguiente nos repartíamos el dinero. Yo lo guardaba por dentro de la funda del colchón. Era el sitio más accesible si había que esconderlo rápidamente en la mochila. Llegué a reunir bastante. Luego no sirvió de nada porque cuando me cogieron por segunda vez me registraron hasta los calzoncillos, claro. Requisaron hasta el último duro y mi esperanza de volver a casa se fue el carajo. Y mejor ¿eh? porque de verdad... yo no sé qué coño esperaba encontrar a esas alturas en mi casa. A la nonna Agra resucitada o algo así. Estaba tan ocupado por sobrevivir que la mayor parte del tiempo se me olvidaba usar la cabeza para algo que no fuera llevar gorro.

Lo de la moto no sé cómo pasó. Yo me limité a elegirla, puentearla y a conducirla hasta Pitis. Es la única vez que he robado a un particular. Aunque te parezca una chorrada, tenía muchos conflictos morales con eso de robar pertenencias privadas. Me negaba sistemáticamente. Aco se cabreaba conmigo día sí y día también. Supongo que para mí no era lo mismo robar a Media markt que robar a menganito pérez. Qué quieres que te diga. A fecha de hoy, me sigue pareciendo algo completamente diferente. El caso es que no sé qué falló, ni quién se fue de la lengua. Sólo sé que después de cobrar la moto, vino la guardia civil a buscarme al centro y, como ya era reincidente después del asunto de los relojes, me fuí de cabeza al reformatorio. Dos nochecitas con los rusos, los rumanos y los rajadores profesionales. Y luego, nada. Susto, contricción, regañina y de vuelta al mismo sitio pero sin dinero bajo el colchón.

Pero oye, mira el lado bueno. Todavía sé puentear y reventar barras de seguridad. Si el día de mañana nos vemos inmersos en un nuevo madmax, al menos no vas a tener que preocuparte del transporte. Que tú no sabes lo cansadas que pueden resultar las carreteras de Ávila en un universo devastado...

Eh, fíjate... soy tan dulce como un jalapeño

Bueno, y ahora acudirás a ver lo que te digo por estos lares, supongo. A ver si también repito por escrito que te pones gilipollas y condescendiente conmigo cuando te enfadas. Pues aquí estoy. Al fín y al cabo, no tendré hoy muchas más opciones de comunicarme contigo, porque me acerque como me acerque, seguirás condescendiente, ofendido, soberbio y tratándome como a un imbécil. Mi castigo por no controlar los impulsos. Reconozco que no he nacido para pobre chico amorosamente sacrificado y primorosamente llorica (como cierto blogger que ahora me viene a la memoria...). Me basta la primera patadita para sacar los colmillos y clavarlos donde sea menester. No soporto los melindres, ni las ñoñeces, ni los pobrecitoyo-quemaloes. Nadie es objetivamente malo, ni subjetivamente bueno, y yo no quedo nada bien como protagonista de novela amorosa que sufre en silencio. Prefiero pasar mis sufrimientos clavando garras, como un aprendiz de lobezno, y hacer purgas de sangre para evitar daños mayores. Sobre todo cerebrales.

Olvidé que tenía moldes para galleta. De haberme acordado, ahora tendría un plato lleno de minimuñecos, miniestrellas, miniosos, minicorazones... un plato lleno de minihorteradas, en lugar de un plato lleno de maxiplatillos volantes. Eso sí, nos divertimos mucho haciéndolas. Terminamos con masa de galletas hasta en las orejas. Hice una foto a la bandeja recién sacada del horno. Los galletones se pegaron unos a otros y aquello quedó como una especie de bandera olímpica interplanetaria. Pero están deliciosas, en serio. Algún día, no se cual, debí levantarme sabiendo cocinar. Alguien al otro lado de matrix debió equivocarse con la programación, o algo así.

Hoy me cuesta respirar un poco. Como si el fuelle no me llegara hasta el final. Creo que sólo son nervios idiotas, pero debería habértelo dicho. Así hubieras podido decirme que era por la p**a mantequilla de los co****s.

Post macarra nº 100 con hombros de mentira

Bueno, pues hoy he ido de nuevo, tarjeta en mano, en busca de la gabardina. Y como me ha acercado Miguel en moto, le he ido diciendo por el camino "voy a comprarme la gabardina. En serio. Sin falta. Me da igual el precio. En cuanto vea una que me guste, me la llevo. Hoy NO VUELVO SIN LA GABARDINA."

No he vuelto con la gabardina. He vuelto con una cazadora negra de motero. No me devuelve el culo perdido, como los vaqueros horteras, pero me inventa unos hombros que no tendré en mi puñetera vida. Eso sí... es perfectamente buena, bonita y barata. Y macarra. Perfectamente macarra.

Y toda esta chorrada te la cuento para ratificar lo que te decía ayer. La maldición djin de mi familia; jamás hago lo que digo que voy a hacer. Y ese es precisamente el motivo, Yissuh, por el que no quiero fijar un día concreto para meterme en tu casa a golpe de sushi. Simplemente, uno de estos días otoñales de entre semana me pondré malo en el trabajo, te avisaré por la mañana y... me quedaré a dormir. Si quieres. Si me dejas. Si te apetece revolver de nuevo un poco tu vida.

Es sano e imprescindible revolver la vida de vez en cuando. Por muy colocada que la tengas. Por muy inamovible que te parezca. Es sano e imprescindible. Y nos pone un brillo en los ojos que hace que todo merezca la pena. Hasta lo peligroso. Hasta lo arriesgado. Hasta lo angustioso. Hasta... todo.

Dicen que estoy más contento desde que te escribo

He terminado La ladrona de libros. Se lo recomendé a María cuando lo tenía recién empezado y ella lo terminó ganándome por goleada. Me dijo que había llorado mucho, y yo pensé que entonces yo también lo haría, porque María y yo sentimos en el mismo camino. Y en efecto. No había llegado al fin y ya estaba llorando. Se me ha encogido el corazón. No es nada cómodo eso de que se me encoja el corazón en el metro. Quiero disimular y hacer como que sigo leyendo, pero los ojos se me humedecen y no veo una mierda, así que lo único que puedo hacer es sacar el pañuelito como las viejecitas y sonarme los mocos con más o menos estruendo.
No me digas que en el metro nadie se fija en nadie. Es mentira. En el metro hay observadores profesionales. Se sientan o se apoyan frente a ti y te miran. De la cabeza a los pies. Y cuando te tienen ya bien mirado, pasan al siguiente. Es la distracción de las horas puntas. Mirarse los unos a los otros.

Estoy cansado porque tengo el estómago medio vacío. Es la consecuencia de haber gastado mi hora de comida en buscar la gabardina perfecta. Esto es: buena + bonita + barata, o dicho de otra forma: "la gabardina que no existe". Te juro que he recorrido La Vaguada de arriba a abajo, y nada. Si no era la solapa, eran los botones, el largo, el color, o el precio. Miguel dice que mejor que no la haya encontrado porque no hay quien me saque de los vaqueros y las converse y eso mezclado con una gabardina tres cuartos queda como de tipo chungo sin espejos en casa.

Me da igual. Quiero esa gabardina. Además, de alguna forma tendré que dar vidilla a los observadores profesionales del metro cuando no tenga un libro que echarme al kleenex.

Será que tienes alma de bolero

Ya. Ya sé que tengo que volver a los diarios. Lo he postpuesto al sábado para poder escribir por la mañana. No sé cómo afrontar todo lo que sigue sin que suene a culebrón venezolano. Tengo que darle un par de vueltas y necesito el motorcillo de la vespino a tope de gasolina. No me recuerdes que tenía que haberlo completado en septiembre. Lo sé, lo sé, lo sé... Es que, en serio, cuando digo que voy a hacer algo nunca lo hago. De hecho no debería ni estar diciendo esto. Ahora mismo un djin está flotando sobre mi cabeza con la maldición a punto y susurrándome a la oreja "te pasarás el sábado tirado en el sofá comiendo galletaaaas..."

Hoy he estrenado los vaqueros de mariquita con rayas raras. Es una pena que sean tan horteras porque me quedan como un guante y me encuentran el culo que perdí hace año y medio. Pantalones horteras mágicos. No sé bien qué hacer con ellos. Los teñiría, pero temo que las rayas resurjan bajo el negro cual atlántida y sea aún peor el remedio que la enfermedad. El chico de la cafetería me ha dicho que eran pantalones de Bisbal. Me ha hundido en la miseria, pero he disimulado como un campeón metiendo un par de risillas falsas en el colacao. Ojalá hubiera podido meterme yo entero en el colacao. Pantalones de Bisbal incluídos.

Me duele la pierna. Es la lluvia. Al andar noto un clac raro en la rodilla. Y como cogí mal el bajo de los pantalones y me dejé uno más corto que el otro, me he pasado el día bajándome la pernera derecha, así que el ruido exacto de mis movimientos hoy por el mundo ha sido: clac... frzss... clac... frzss... clac... frzss...

Soy un puto desastre. Ojalá los dioses tuvieran un lápiz de esos con goma arriba, para poder borrarme y redibujarme de nuevo. Y ya puestos con el culo donde estaba antes. Que eso no gana amores, pero oye... ayuda.

Se me ha colado un pensamiento de invierno

Hola de nuevo. Hoy quería contarte que han abierto el puesto de castañas asadas que hay junto a la boca del metro. En realidad, era eso lo que quería decirte hoy cuando te he llamado. Que ya vendían castañas.
Siempre me han gustado las castañas. En el centro de menores nos daban una paga simbólica todos los sábados y yo en invierno siempre me la gastaba en ocho castañas asadas. Porque el señor las vendía por medias docenas pero como yo le daba palique, me ponía dos más. Ocho castañas. Y como siempre se me olvidaban los guantes, me metía las dos últimas castañas, una en cada bolsillo del anorak, y las apretaba para calentarme las manos. Eran las únicas que me comía frías. Las dos de regalo.
Nunca le dije a nadie que era mentira que se me olvidaran los guantes. Que los dejaba adrede en la taquilla del portal porque me daba vergüenza que las chicas del María Inmaculada me vieran con esos guantes horrorosos de lanilla que cantaban a hospicio cosa mala. Porque lo sabían. Sólo con mirarnos los guantes y los anoraks verdes ya sabían que éramos de los de acogida y nos evitaban. No por clasismo, sino por miedo. Imagina las historias que circulaban sobre nosotros. Así que cuando íbamos a la tapia del María Inmaculada a hablar con las chicas, yo siempre me olvidaba de aquellos asquerosos guantes y me calentaba las manos a base de castañas, hasta que las palmas se me ponían negras.

Hace un par de años, llevé a Ana a la pista de patinaje de Majadahonda y tuve que alquilarle unos guantes porque se dejó los suyos en casa. Y ¿sabes qué? resultó que eran como aquellos de mi adolescencia. Igualitos. Con la misma lana gorda y áspera y las mismas hebras saliendo de las costuras. Mientras se los ponía en las manos, casi lloro. Vete tú a saber por qué. Me puso triste volver a sentirlos en los dedos. Menuda tontería ¿no?

Al final no te conté lo de las castañas porque me pareció que estabas de mal humor. Por eso, a veces escribo en lugar de hablar. Me protege del frío.

¿Los recuerdos?

Mañana. Hoy estoy demasiado contento. Además... ya es de noche.

Me gustaría vivir en una película de Tarantino

Y que todos los dramas espantosos, las situaciones terribles y los dolores atroces sucedieran de forma rápidad, fría y cómica, con una buena banda sonora de estilo retro, y entre colores de marvel comics.

Me gustó mucho la película. Me divertí cantidad. También nos trajeron Jennifer's Body. Miguel estaba empeñaíto en verla. Le dije que para mirar a Megan Fox, mejor buscarse un póster desplegable y ponerlo a los pies de su cama. Al menos así no hay que tragársela haciendo de actriz, ni tragarse otro de los guiones idiotas superchachis de Diablo Cody (que con Juno ya tuve bastante superchachi hasta el 2022, como poco). Ana y él me dijeron que era un nazi con los actores que me caían mal. Yo contesté que eso no era cierto y entonces me recordaron que hacía mucho tiempo que no les dejaba ver una película de Tom Cruise. Yo le pregunté si eso era un reproche o un agradecimiento y él se puso en jarras y gritó "¿¿¿Lo ves??? ¡¡¡ un nazi!!!".

Me he puesto el reloj. Yo sólo uso reloj en invierno, ¿sabías eso? y los primeros días se me olvida que pita las horas en punto, así que voy dándome pequeños sobresaltos cada vez que vivo sesenta minutos menos. Ese es el Ariel de invierno. El que lleva bufandas imposibles y da un pequeño bote con cada hora. Y no es que el Ariel de verano mole mucho más, pero al menos ni pita, ni bota, ni lleva horteradas al cuello. Ya... lo de los colores no puedo evitarlo, soy como un moscardón campero. Creo que es algún tipo de trauma que arrastro por vivir tanto tiempo entre aquellas paredes verde pedo del colegio de los curas. Ahora necesito el mundo en explosiones THX, ya sabes...

Estoy en días de subida. Ese tipo de días en los que perdonas al mundo y el mundo te perdona a ti. Unos días perfectos para llevar un reloj naranja ¿no?


Cuando digo que voy a hacer cosas, no las hago nunca

Tengo un amigo que se llama Hugo. Fuimos compañeros del piso cuando los servicios sociales nos liberaron. Ahora vive con una chica que hace años fue mi seminovia. Yo todavía estaba en acogida, así que imagina el tiempo que hace de aquello. Era bajita y nerviosa, con los ojos muy verdes. Iba al colegio de monjas para niñas pijas que estaba frente al vallehermoso. Salimos algunas veces, nos besamos un poquito, nos metimos mano, me regaló un anillo. Yo grabé su nombre en el banco de un parque y blablabla... Ya sabes. Todas las tonterías maravillosas que haces con una chica cuando todavía te muerde el pavo de la edad del ídem. Terminamos de forma traumática porque quiso manejar mi complicada forma de ser. Yo le avisé que era misión imposible. Me pasa con todas las mujeres y hombres de mente femenina (que no es lo mismo que afeminados, ojo...). Ellos van por un camino, yo voy por otro, intentan adaptarme a su paso y... zas. Trauma al canto y odios para Ariel. Bueno, sea como fuere, ella ahora es pelirroja, preciosa, maravillosa, y vive con Hugo.
Me lo encontré en el gtalk y le pregunté por ella. Dijo: "Bueno, tengo celos de ti casi todos los días, porque ella todavía dice que fuiste su peor relación. Que nunca jamás volvería a tener nada contigo. Que eres inmaduro, insensible, incomprensible e incapaz de amar a nadie". Le dije "¿entonces de qué tienes celos? si todavía piensa eso después de tanto tiempo, es que claramente me odia." Me contestó: No, hijo. Cuando deje de hablar de ti de una puta vez sabré que de verdad ha pasado página contigo."

Te cuento esto porque tú tenías razón. Fue con referencia a aquella carta ¿te acuerdas? Dijiste que la indiferencia era lo único que demostraba que cerrábamos página con alguien. Que no valía el odio, ni la rabia, ni ningún otro sentimiento que nos esforzáramos por pintar lo más ajeno posible al amor. Otra de esas malditas verdades obvias e incómodas que me pones frente a las narices y no soy capaz de ver hasta que no me estallan en los morros.

Hala. Y ahora agárrate a mí, porque estamos a salvo. No tienes mente femenina. No eres de esos. Alabado sea Jehová.

Mh... ¿jugamos a diablo?

Qué mal escribo por las noches

¿Te das cuenta? redundancias, palabros, misspelling... un puto desastre. Creo que tengo un motorcillo de vespino en el cerebro y que alguien me lo recarga cuando amanece. Se vé que el poco combustible que me queda a última hora ya no da ingenio más que para hacer la cena y poner el culo en el sofá. Voy a apuntarlo en la frente: NO ESCRIBAS POR LAS NOCHES. NO DIBUJES POR LAS NOCHES. NO DISCUTAS CON NADIE POR LAS NOCHES. NO FIRMES NINGÚN PROYECTO DE LEY CONTRA LOS DELITOS MEDIÁTICOS POR LAS NOCHES.

No, no sé que son los delitos mediáticos. Sólo lo he puesto para que te rías, resoples y pienses "ay, mi pequeño zumbao..."

Recuérdamelo. Dime que no escriba nunca más por las noches. Luego me leo y no hago más que enlazar coños, mierdas y mecagüens. Y empiezo a cambiar, a podar y a pulir, y los silenciosos habitantes del feed (como tú) se acuerdan de mis muertos.

Bueno, nada... que suenas genial por las mañanas. Como de prota de cine negro que está de vuelta de todo. Y que menos mal que no conduces, porque hoy hay mogollón de personas que saldrán a patear Madrid. Hay una marcha contra la ley de aborto, otra contra la pobreza, otra contra el paro agragrio... A mí todas me parecen una gilipollez bienintencionada. Menos la primera. La primera me parece una gilipollez a secas. Como vea otra vez la piara de curas y obispones agarrados a las pancartitas como si supieran una mierda sobre úteros, maternidades y decisiones dolorosas, voy a... voy a... a...

...a organizar una marcha por Madrid.

Luego vuelvo otra vez. Maruk y Azîm se están acartonando de tanto esperarme. Y se les ponen los ojos de botón, como a los padres de Coraline.

¿Por qué ponemos títulos a los post?

Hola Yissuh. Hoy he matado al monstruo de la bandeja con chocolate y pipas de calabaza. No está mal para no tener superpoderes ¿no?

He ido a clase después del trabajo para sentirme chico normal. Al salir de Latín, me he cruzado por el pasillo con el niñato gilipollas ex-encantador de hace dos post. Yo iba haciendo un globo de chicle y al pasar por mi lado me lo ha estampado en las narices. Mi primer impulso ha sido de patearle el culo, pero luego he recordado que soy bajito, flaco y demasiado joven para vivir sin dientes, así que me he limitado a poner cara de perro chihuahua. Tú no lo sabes, pero no es nada divertido ser bajito en una generación de altos que te estampan globos de chicle. Todos los dictadores son bajitos. Creo que se nos va agriando el carácter a medida que avanzamos en años y vamos dejando de oir esa maravillosa frase: "Tranquilo, aún tienes que crecer un poco..."
Por mi parte, no hago más que acumular frases "aún-tienes-qué". Creo que un día de estos me despertaré en medio de un gran ¡flops! y de pronto tendré altura, mandíbula, vello en el pecho, barba, musculatura en condiciones...
Por ahora sigo mirándome al espejo y viendo al enano imberbe que cría gatos y pasea la autoestima dentro de un globo de chicle por los pasillos de la facultad.

Mh... me he comido las semillas de lino con el queso quark. Ya no me van pareciendo tan repugnantes. Ahora están en grado asqueroso-2. Mañana quizá en asqueroso-1 y pasado... en aceptable. Ana me ha preguntado qué era eso que tomaba por las mañanas y le he respondido: "Alpiste para periquitos". Ella ha dicho "ah, ok." y ha continuado mirando los dibujos animados, tan pichi.

Creo que para Ana soy una especie de microcosmos surrealista dónde cualquier gilipollez es posible y plausible.

Me encanta este color

El de los títulos. ¿Ves? Es mi azul favorito. Tengo vaqueros de ese color. Zapatillas de ese color. Pisapapeles de ese color. Tengo hasta un edredón de ese color. Cuando me enredo entre azulgrises me siento mucho mejor. Como metido en el falso cielo nocturno de un teatro kabuki.

No come nada, y es como la pescadilla que se muerde la cola, porque la química no le deja comer, a la vez que le exige que coma. Cada tarde le llevo golosinas de mentira. Uvas. Queso gallego. Colines de pipas. Chocolate negro. A veces funcionan y a veces no. La comida del hospital no ayuda nada. No te imaginas lo que es. Acelgas frías, puré de zanahoria insulso, la misma ternera triste nadando en extrañas salsas gelatinosas... Cada vez que levanto la tapa de la bandeja, la cierra corriendo como si algo se escapara de dentro y le mordiera el ánimo. De todas formas, no escribiré mucho más sobre él, porque siento que le traiciono de alguna forma. Me doy cuenta que no está bien adoptar las miserias de los demás como propias y mucho menos exponerlas en el atril de un blog. El cariño no me excusa, así que le dejaré en barbecho, y mientras seguiré inventándome golosinas de mentira para matar al monstruo caníbal que se esconde bajo la tapa de sus bandejas de hospital.
La pierna me vuelve a doler un poco. No pasa nada. Mi donante de rótula me recuerda que sigue ahí. "Sigo aquí y reclamo mi rodilla chaval, así que deja esa sonrisita estúpida y andando al botiquín..."

Mi diario gris se ha parado en Maruk porque me duele volver a recordar su desenlace. Tú ya no lo lees, así que en estos momentos tendrás cara de paisaje con interrogación. Bueno... pues Maruk era uno de esos chicos que nacen condenados a perder. Habrás conocido alguna persona así. Todos nos cruzamos con alguien así alguna vez, incluso a veces en el espejo. No. Tú no lo eres, no te pases de listo. Ni yo tampoco. Sólo escribirte esto y que tú lo leas, ya evidencia que tú y yo no hemos perdido. Y no me importa lo que digas al respecto. Es así y basta. Hay una diferencia enorme entre ser un llorica y ser un perdedor. Sobre todo porque los perdedores nunca son conscientes de que lo son.
Este fin de semana retomaré los viejos diarios, por si acaso los leyeras. Sé que eres un poco tramposo. Lo sé y me lo callo, porque ese es uno de tus mejores atractivos. Y me fascina, claro. En realidad, me fascina todo. Hasta cómo cantas La Golondrina.

Bueno, vale... eso no.

Paréntesis para Jesús

No te imaginas los días tan extraños que estoy pasando. Entre la euforia y la depresión, la furia y la calma, el frío y el calor, la esperanza y el desvelo. Días de esos que luego no sé cómo meter en mis diarios sin que suenen a chirrido de vencejo. Sin embargo, hoy desempolvo un título para recordar que son azules, y para decirte que he descubierto varias cosas tontamente importantes. Atiende.

1. He descubierto que un tipo que me parecía encantador, en realidad era un niñato gilipollas, y que un tipo que me parecía un niñato gilipollas, en realidad es encantador.

2. He descubierto que prejuzgo y me equivoco siempre, precisamente porque también soy un niñato gilipollas.

3. He descubierto que cada vez que pronuncias mi nombre, freno en seco y retengo el aliento para escuchar con detalle como dejas la lengua sobre el paladar para deslizar la última L.

4. He descubierto que eres la única persona que pronuncia mi nombre completo y que eso me enamora más que lo del humo del cigarrillo a través de la risa.

5. He descubierto que eres lo único que importa. La vuelta a casa. El nido. El calorcito. La seguridad. El camino despejado por la acera donde da el sol.

6. He descubierto que eres mucho más sabio que yo y que en el 95% de nuestras discusiones, llevas la razón. Y que por eso, te odio un poco primero y te quiero un mucho después.

"... aunque yo siempre sintiera, porque yo de verdad lo sentía, sentía... que me pertenecías."

7. He descubierto que me perteneces. Que te pertenezco.
Pan con aceite, sal y pistachos. Empiezan mis combinaciones surrealistas.

Hoy algo mejor. Incluso se ha levantado un poco y ha caminado los ocho pasos hasta el baño. Le han subido la dosis de calmantes. Cuando le ponen la inyección la expresión de su cara es casi mística. Si no tuviera el corazón hipotecado hasta las cejas por el hombre que levanta una ídem, miraría de ligarme un farmacéutico. En esta perra vida, nada mejor que estar del lado de los que tienen acceso a la química.

Y hablando de acceso a la química... tengo que ir pensando como conseguir marihuana para cuando empiece su quimioterapia. Hablando antes con Á. le he dicho que deberían legalizarla de una puñetera vez y dejarse de falsos moralismos y paternalismos absurdos, y él me ha hecho reir diciendo que quizá en el futuro pudiéramos ir al mercadona a por nuestra bolsita de yerba "Hacendado", y pagarla con nuestra tarjeta de puntos travel club. Mira que dudo ese futuro... yo creo que más bien seguirán cortándonos las alas y el libre albedrío, hasta que tengamos que recurrir al camello de calle para conseguir una cochina aspirina, mientras traficantes y demás chusma siguen enriqueciéndose, y el correspondiente ministro de sanidad, previa bendición papal, nos cuenta y nos recuenta que todo es por "nuestro bien".

Como decía Fernán Gómez... ¡¡¡a la mierrrrrrrrrrrrrrrrrda!!!

Bueno, pues sí... pues eso... que necesitas marihuana, Ariel. A mover el culo.

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Vuelvo a parar al cuarto de la limpieza, pero esta vez no necesito cruzarme en su camino. Simplemente amanece el sábado y vienen a buscarme cuando aún me estoy lavando los dientes. Entre los cuatro me sacan arrastras hasta el pasillo. Al pasar, distingo los pelos revueltos de Maruk debajo de la sábana. No se ha despertado aún. Tanto mejor. El resto del dormitorio se limita a dejarnos pasar, entre asustados y resignados. Nadie dirá nada. Otra ley no escrita entre los chicos de acogida: Nunca te metas en asuntos que no te atañen.
Esta vez no doy patadas ni bandazos. Me dejo sujetar y arrastrar, intentando mantener la cabeza alta y el pijama en su sitio. Mis pies se deslizan descalzos por el linóleo. Ya me conozco el camino. Cuando abren la puerta y me empujan dentro, caigo en la cuenta de que aún llevo el cepillo de dientes en la mano y me siento un poco ridículo. Lo escondo rápidamente dentro del pantalón y respiro hondo. No estoy asustado. Asumo lo que sucede. Ya lo asumí cuando decidí hacerme el chulo con Azîm. Ahora simplemente quedo de rodillas en el suelo y tenso en cuerpo esperado los golpes, mientras me protejo el costado amoratado.
Azîm me mira sentado en la misma posición que mantuviera hace dos días. Balancea su navaja mariposa totalmente ausente de expresión. La bombilla amarilla justo encima de mi cabeza. Los cuatro matones que me empujan y me insultan al oído. Como si el tiempo se hubiera detenido. Aunque lo espero, nadie me pega, ni me quita el pijama. En algún momento Azîm susurra algo en su dialecto y los otros cuatro desaparecen por la puerta. Jamal me da una patada antes de salir. El último gesto de rabia.
Levanto la cabeza y le miro. Él cierra la navaja y se sienta en el suelo frente a mí. Intento distinguir la expresión de su cara. Ya no es malvada. Está más cercana al desconcierto o la curiosidad.
"No sé si eres retrasado como tu amigo o es que te ponen las hostias, nuba." Pienso que por esta vez, nadie va a pegarme. Relajo el cuerpo y me siento cruzando las piernas. Saco el cepillo de debajo de mi pantalón y me sacudo los pies sucios. "Van a notar que no estamos para el desayuno. Deberíamos volver o nos buscarán." Me sonríe. Sus ojos vuelven a ser malévolos. Pienso en las serigrafías del dios Pan que hay en mi libro de mitología. Los mismos ojos. "Yo desayuno cuando me sale de los cojones. Y todo el mundo lo sabe. ¿Cuándo has visto que me vengan a buscar?"
Habla bien. Sin trastabillarse y sin errores. Habla como los que leen. Todo en Azîm es extraño. Como las piezas de un puzzle que estuvieran colocadas donde no debieran. Igual que verme allí sentado frente a él. Hablándole como si no fuéramos enemigos. "Tengo que pedirte algo." Deja escapar una risa cristalina y se inclina hacia mí. "No me la chupaste la otra noche ¿verdad? ¿lo hiciste?". Respiro hondo. No valen orgullos. Ahora no. "No. No lo hice" "Ya. Porque te ví acostarte con el subnormal. Así que ya que se la chupas a él, pídeselo a él ¿no?" Susurra arrastrando las palabras. Ojos malévolos y voz de arena. "Son los que van contigo. No le dejan en paz. Y eso es de cobardes, porque él no puede defenderse." Afila los ojos. "¿Me estás llamando cobarde?" Vuelvo a respirar hondo. "No te llamo nada. Sólo pido que que les digas que le dejen en paz. A ti te harán caso." Cruza los brazos y se apoya sobre la espalda. "¿Y por qué ba a hacer eso?". Me incorporo sobre las rodillas. "¿No querías que te la chupara? si lo haces, voy esta noche." Vuelve a reirse. Cascabeles de demonio en la risa del dios Pan. "Creo que no lo pillas, nuba. Si a mí me da la gana, me la chupas ahora mismo. Si yo quiero, te pongo a cuatro patas y te follo hasta que me supliques. ¿Lo entiendes?". Última respiración profunda. El todo por el todo. Esta vez soy yo quien se acerca a él y arrastra la voz. "Lo entiendo. Pero si dejáis en paz a mi amigo, te gustará mucho más porque no cerraré los dientes." Nos miramos durante unos segundos. La media sonrisa vuelve a inclinarse hacia el pómulo izquierdo. Luego se levanta y sale por la puerta, sin volver la cabeza. Me levanto deprisa y me asomo al pasillo. "¡Eh! ¡mi madre era nuba! ¡yo no lo soy! ¿te enteras? nunca he sido nuba!".

Oigo su carcajada mientras se aleja hacia el comedor.
Pan de pipas con queso philadelphia y salmón. Menudo descubrimiento, coño.

Hoy un poco triste. No sé bien por qué. Supongo que mi filosofía zen me impide tomar conciencia de lo que significa "para siempre". La vida es corta y llena de aristas. En ella no deberían existir los "para siempre". Pero existen. Y me imagino que por eso al final se nos queda esa carita de tontos, cuando nos meten en la cajita de pino, con la cabeza aún llena de preguntas, tipo "¿por qué no la besé?" "¿por qué no le dije que la quería?" "¿por qué no volví a verla?".

Bueno... sacudida de cabeza existencial y vuelta a mi realidad. Cada vida es como es, y punto pelota. Y eso sí que es zen.

En estos momentos, estoy en el hospital. No pillo conexión, así que otra vez posteo en la dimensión espacio-tiempo. P. tiene muchos dolores. Me siento totalmente impotente oyéndole gemir. Lo único que puedo hacer es apretarle la mano, pasarle la toalla húmeda por la frente y pedir más calmantes a las dos enfermeras que escuchan mis timbrazos como quien oye llover.

Como no traigan la maldita inyección en los próximos diez minutos tendré que matar a alguien. Y para ello sólo dispongo de la cuña del pis, así que... bueno... por una vez me alegro de no tener madre. No creo que estuviera nada orgullosa de verme en la portada del 20minutos, con los ojos inyectados en sangre, y agarrado a un orinal manchado de restos de enfermera pasota.

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Si cedo terreno ante Azîm ya no lo recuperaré nunca, así que cuando llega la noche me vuelvo visceral, y decido ignorar las órdenes de mi cabeza para prestar oídos sólo a las del corazón. Tomo mi decisión y la mantengo como un soldado bien entrenado, hasta el final. Mientras nos preparamos para dormir, permanezco alerta ignorando cada una de las señales que Azîm pone en mi camino. Ignoro sus miradas entornadas desde el otro lado del dormitorio. Ignoro su mano metiéndose dentro del pantalón de mi pijama, mientras recogemos las mantas del armario. Ignoro su pene endurecido frotándose contra mí, mientras nos cepillamos los dientes en el lavabo. Ignoro su media sonrisa reflejada en el espejo, cuando me intento escabullir entre sus matones. Ignoro hasta el rencor de Kamal clavado en los cardenales de mi espalda, mientras me desnudo.

Suena el timbre y se apagan las luces. Nos acostamos. Retazos de conversaciones. Alguna tos y el roce de sábanas de alguien que se masturba. Risas perdidas y luego nada. Silencio. Cuando se hace absoluto y las respiraciones se acompasan, salgo de mi litera. Lo primero que veo es a Kamal auparse sobre un codo y mirarme. Los ojos de comadreja le delatan en la oscuridad. Yo vuelvo a ignorarle. Avanzo descalzo entre las camas acercándome a la litera de Azîm. La única en la que no duerme nadie arriba. Él es el jefe y el jefe elige cama. Él es el jefe y el jefe duerme solo. Absurda ley no escrita que se repite en todos los centros que he pisado. La luz de la ventana le ilumina dándole un aire de dios maléfico y terrible. Me mira mientras me acerco, con expresión tranquila. Las manos cruzadas sobre la nuca. El pijama desaparecido en la última señal dispuesta. El pecho desnudo. La sábana arrugada, semitapando el pene erecto y parte del pubis. La media sonrisa de superioridad inclinándose hacia el pómulo izquierdo. Los ojos entornados, las cejas bajas. Todo forma parte de un escenario estudiado. De una postura de bodegón planificada con intenciones certeras. No sabe que mi decisión también lo es.

Llego hasta la litera de Azîm, pero no me detengo en ella. Paso de largo y me aúpo sobre la de Maruk. Aún está despierto. Siempre lo está, hasta que alguien le tapa la cabeza. "Hora de dormir ¿eh?" Sonrisa de dientes blancos. "Hora de dormir, sí..." Subo hasta su cama. "Déjame sitio." Me mira con los ojos muy abiertos. "¿Vas a leerme ahora?" Alguien nos chista. Me acerco a su cara y le hago una señal de silencio. Él suelta un chorrito de risa. "No.. no hay luz para leer. Voy a dormir contigo para vigilar que no vengan leones a morderte el culo. Aparta..." Vuelve a reirse y vuelven a chistarnos. Un par de insultos escupidos en marroquí. Mientras entro en la cama de Maruk, veo los ojos de Azîm fijos en mí. La media sonrisa ha desaparecido. Me giro rápidamente para no mirarle. El corazón me late deprisa. Me agarro al pijama de Maruk. "Aj... no hay leones en Madrid. Me lo han dicho." Hundo la nariz en la franela. "Ya, bueno... tú vigila también por si acaso." "Yo vigilo, sí...". Mientras dejo que mi corazón se calme, pienso en la voz segura y ronca de Azîm: "Primero, esta noche vendrás..."

No. Primero dejarás en paz a mi hermano.