Me acordé de los moldes de galleta

Es lo que he hecho mientras dormías (¿dormías?).

También me he hecho la foto del culo, pero no me vale, porque llevo el peto y tú te agarrarás a la excusa de que con el peto no hay culo que asome, y me jurarás sobre la biblia del caos que sigue estando ahí debajo, pero no. No, no, no... se fue y por más que recé al dios de la gimnasia, no volverá a asomarse por ningún vaquero. Se ha debido redistribuir por alguna otra zona de mi cuerpo. No sé. A lo mejor ahora tengo las orejas más turgentes.

Juana Tequila sigue con su labor de destrucción. Ha sacado todas las galletas de plato y las ha repartido a lo largo y ancho del pasillo. Ahora la mitad de los ositos no tienen brazos y los elefantes tienen pelos gatunos entre el chocolate. Debería meterla en la picadora y hacerla relleno de cojín, pero cuando me acerco a reñirla ronronea y se frota zalamera contra mi cara de mala leche. No puedo trocear a alguien que se me frota zalamero (toma nota). Va en contra de mi programación mental y me crea un conflicto de conciencia. Le he dado una rana de trapo, de esas que van rellenas de bolitas de polieuretano para que juegue sin matar y deje un poco en paz la casa, pero no ha servido de mucho. Ahora sigue destrozando las cosas, pero lo hace llevando siempre la rana en la boca y dejándola a un lado, como diciendo "tú espera aquí que acabo enseguida y estoy contigo..." Cuando termina de aniquilar la recoge otra vez y hala... a buscar otro objetivo.

Juana Tequila es hembra y ganadora. Cuanto antes lo asuma, mejor.

Los viernes que se recogen

Cuando colgué el teléfono después de hablar contigo me quedé un rato así. Como en trance tonto. Luego fuí hasta la cocina, me comí los dos caquis, me acosté y... plof. Caí. Once horas dormidas de un tirón. Sin interrupciones. Sólo un sueño profundo y estable. Hacía dos semanas que no lograba dormir más de tres o cuatro horas.

Me recuerdo a un bebé al que hubieran mecido y cantado una nana.

Leo un libro de Marian Keys y Secuestrado de Stevenson. El segundo, porque es el libro preferido de Jose y a mí me gustan los "libros preferidos de", y el primero porque necesito reirme de tonterías. Marian Keys es perfecta para que te rías de tonterías cuando llevas el alma un poco pesada. Me da vergüenza que se vean las tapas en el metro, porque es un libro editado para mujeres treintañeras. Ya sabes... colorines rosa chicle... tipografía pop... así que Stevenson se viene al metro y Marian Keys al sofá. Debería tener la suficiente confianza en mí mismo para que no me diera vergüenza lo que pensaran los desconocidos del metro, lo sé, pero no puedo evitarlo. Soy más feliz cuando nada indica que estoy allí. Cuanto menos, un libro rosa chicle con letras pop.
Tú crees que tengo un lado exhibicionista, pero no es verdad. Todos mis lados son de caracol. Lo que pasa es que el 80% de las cosas que hago en mi vida, las hago sin pensar, porque si las pienso, no las hago. Así logro estar vivo en el mundo de los muertos vivientes.

Sí. A ti te he pensado siempre un huevo. Error enorme. No voy a hacerlo más para que todo vaya mejor. O peor. Pero que al menos vaya, y tú también puedas volver a estar vivo.

Yo sin tu amor soy un montón de cosas, menos yo.

La maldición djin...

Parafraseando canciones: Quise ver en ti, un lugar seguro. Un muro alrededor. Ese fue mi error.

Esta mañana salí a hacer una marcha por la montaña con Miguel y su novia. 25 kilómetros. Más o menos hasta que la pierna empezó a hacerme clac, aunque finalmente resistió más de lo que esperaba. Nos cruzamos con un fraile (hábito incluído) que hacía la misma ruta que nosotros. Aprovechamos para despotricar un poco contra la iglesia. Miguel dijo que solíamos meternos con el pañuelo de las moras y sin embargo nos parecía de lo más normal que un tipo hiciera la idiotez de meterse 25 kilómetros vestido de arpillera marrón. Yo le dije que a lo mejor era un hábito especial de decathlon con goretex. La novia de Miguel se atragantó con el agua de la risa y casi se hace pis encima. Luego pasó el resto de la ruta odiándome un poco y acusándome de no saber cuándo es momento de soltar la gracia. Yo pasé el resto de la ruta ignorándola.
Cuando llegamos a casa, todo el mundo se fue y me quedé solo viendo Sexo en Nueva York y llorando por octava vez. Cuando Ana volvió a casa y me pilló moqueando, me dijo que era muy triste que un tío de pelo en pecho llorara con una película de chicas. Yo le dije que estaba pasando por una etapa de separación amorosa y que era normal que esa película me afectara. Ella me recordó que también lloro con los anuncios de cocacola y con las canciones de La oreja de Van Gogh. Yo le dije que se fuera a lamer el poster de los Jonas Brothers y me dejara en paz. Ella se rió, se atragantó con la fanta y casi se hace pis encima.
No sé si será positivo eso de casi-provocar el pis en las mujeres, pero ya llevo dos...
Como por hoy ya me he comido todas las tristezas, melancolías y autodestrucciones que podía comerme, he decidido salir de mi jaula e ir al cine a ver Cuento de Navidad. Solos, yo y mis 250 grs. de ositos de goma. Sé que están hechos de azúcar mala, gelatinas chungas y conservantes cancerígenos, pero al menos no dirán esta boca es mía cuando me empiecen a caer las primeras lágrimas. Además... si tengo que ser patético, prefiero ser un patético con gominolas, qué coño...

Mañana tengo la punción, esta vez en la columna. No hay miedo. Sólo cansancio.

Podemos hacernos un lío entre reir y llorar

Parafraseando canciones: Sólo una palabra, se hubiera llevado el dolor.

He terminado el libro de Oscar Wao. Pobre Oscar Wao. Le matan de una paliza por enamorarse de quien no debía. Desde la primera página supe que moriría por amor. Un gran libro. Me ha hecho llorar, reir y sufrir. Mira que es difícil que un libro dramático te haga reir ¿no? Igual de difícil que un libro de comedia te haga llorar, supongo. Pero Junot Díaz lo logra. Su prosa llena de latinajos ha sido un gustazo después de tanto nórdico inundando las estanterías de lenguaje regular, periodístico y linealmente aburrido. No me gustan los nórdicos. Son más fríos que los huevos de un vampiro. Creo que aunque sean capaces de crear grandes historias, jamás aprenderán a contarlas.
Sin embargo ahora todo el mundo compra nórdicos. Igual que hace un par de años, todo el mundo compraba masonería, templarios y biblias secretas. Qué tontos somos leyendo. Qué borreguiles y qué panolis.

Le han vuelto a hospitalizar. Tiene dolores, palpitaciones, naúseas... Las placas y los análisis dan todo perfecto. Yo apuesto por un ataque de pánico mezclado con ansiedad, por la proximidad de la última sesión de quimio. Le he dicho que era un desastre de paciente y que tenía que calmarse. Ha respondido: "claro... se dice muy fácil cuando no tienes que pasar por esto CUATRO VECES..." Me hubiera gustado recordarle que a mí me dieron ventitrés sesiones, pero me he callado. Ponerse chulo ante alguien con ansiedad nerviosa es la peor idea que se puede tener en el mundo mundial. Debería llevarle algo que le gustara mucho y que le calmara. Una pena que no haya tiendas de chicas morenas con pelo corto, minifalda y culo esculpido en mármol a granel.

A granel las chicas, no el culo.

Cocacola y cacahuetes a mediodía. Por ahora nada más.

Disfunción en las plaquetas. Otra punción lumbar para desechar leucemias. Más días. Más miedo. Mas nada. Ha vuelto a despedirme diciéndome que me relajara y fuera feliz. He vuelto a desear mandarle a la mierda, pero me he limitado a poner sonrisa de conejo y coger un caramelo del cenicero.
Me gustaría no tener que llevar la cabeza puesta, porque ahora soy el histérico idiota que vé síntomas por todas partes. Los cardenales de los brazos. El no poder dormir. Los dolores de cabeza... No se lo he dicho a nadie. No lo haré hasta que no tenga certezas. Por ahora, me lo como yo, y se lo come el blog. Y creo que me perfecciono como actor, porque nadie ha notado nada. Solo un ligero descenso en el cajón de la repostería Martínez y un poco más de lágrima tonta con las teleseries ñoñas de la fox.
Necesitaría oirle decir que que no va a pasar nada. Que pueden ser muchas otras cosas curables e inofensivas. Que no vale la pena preocuparse en vano. Que la vida es bella, que nosotros somos afortunados y que todas las cosas malas terminan desapareciendo en algún momento. Necesitaría oirle decir justamente todas esas cosas que él no me diría jamás.

Porque cuando él me habla, yo siempre le creo. Siempre.

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Todo sucede durante el desayuno. Estoy contándole la fábula de la rana y el escorpión mientras le desmigo las galletas en la leche. Tiene las manos extendidas en la mesa y se mira la punta de los dedos con los ojos perdidos. "Entonces la rana le dice -¿por qué has hecho eso? ¡ahora nos ahogaremos los dos!, y el escorpión responde -no puedo evitarlo. Es mi naturaleza..." Termino de trocear la última galleta y empujo el tazón entre sus manos. "El escorpión no podía evitarlo ¿comprendes? porque lo que hace un escorpión es picar. Para eso ha nacido. Es como... como yo con los libros. Yo he nacido para contar historias ¿no? por eso tengo tantos libros. Por eso te leo cosas por las noches. No puedo evitarlo, es mi naturaleza. ¿Lo entiendes?" Me mira. "...Para leerme historias... sí..." Tiene los ojos brillantes. "Eso. Y ahora come. Venga. Se enfría." Vuelve a bajar la cabeza. "Se enfría... sí..."
Azîm entra en el comedor. Media hora tarde, como siempre. Rodeado de acólitos, como siempre. Sin que ningún monitor le reprenda, como siempre. Se sienta a mi lado. Los acólitos se desperdigan a su alrededor. Pega la boca a mi oído. "Eh... ¿qué has estado haciendo esta noche, nuba? te huelen las manos a polla..." Le miro. Me llevo los dedos a la nariz. "Es verdad... como a polla de tio mierda ¿no?". Suelta una carcajada. Agarra mis dedos por debajo de la mesa. "A lo mejor te corto la lengua cuando ya no la necesite." Sonrío. "A lo mejor te corto yo a ti la polla cuando ya no la necesite." Los acólitos silban. Veo a uno de los monitores vigilarnos desde el otro lado de la mesa. Cuando vuelvo a mirar a Azîm le encuentro repentinamente serio. Me hace un gesto con la cabeza señalando a mi izquierda."Eh...¿qué le pasa a ese?". Me giro. Maruk sigue con las manos extendidas sobre la mesa. La cara hacia abajo. El tazón de leche intacto. Los ojos cerrados. "Maruk... come, que se enfría." No me contesta, ni reacciona. "Maruk..." Libero mis dedos de la mano de Azîm y los pongo sobre su cuello. Su cuerpo cae a peso hacia delante. La cabeza muerta vuelca el tazón de leche sobre la mesa. Por un instante no reacciono. Me quedo mirando su pelo negro dibujándose sobre los trozos blandos de galleta. Alguien a mi lado grita algo que no entiendo. Me incorporo. La silla cae a mi espalda. Intento sostener el peso muerto de Maruk que resbala silencioso hasta el suelo. Le abrazo. Caigo sentado junto a él sujetándole la cabeza. Las manos húmedas de leche y galleta. El monitor se arrodilla y me empuja bruscamente echándome a un lado. "¡No le toquéis! ¡apartaos!". Empiezan las convulsiones. Sus piernas golpean contra el línoleo. Intento sujetarle. Sostenerle de algún modo. El monitor vuelve a empujarme "¡He dicho que fuera de aquí, hostias!". Le golpeo la espalda con los puños cerrados. "¡Quítate tú! ¡quítate tú, cabrón de mierda!" Azîm me agarra de los brazos y me arrastra fuera del comedor. Yo no dejo de gritar. De dar patadas. De insultar. Me levanta contra la pared del pasillo. "eh... ¡eh!... tranquilo, nuba." ¡No soy nuba, hijo de puta!" Lanzo el puño hacia su cara. Los nudillos en ángulo recto. El pulgar plegado bajo los dedos, como Teo el loco me enseñó. Fallo el golpe y apenas rozo su pómulo. Me mira con gesto desconcertado. Los dedos que sujetan mis brazos se vuelven garra. La mirada, odio. Agarra mi cuello y levanta el puño en alto. Cierro los ojos. Aún los tengo cerrados cuando él grita junto a mi cara. "¡GILIPOLLAS! ¿¿QUIERES QUE TE MATE?? ¿¿ESO ES LO QUE QUIERES, IMBÉCIL?? ¿¿QUE TE REVIENTE A HOSTIAS??". Lloro. No puedo pensar. No puedo hablar. No puedo sentir. Sólo lloro. La garra se afloja alrededor de mi cuello. Apoyo la cara en su camiseta. "Se morirá...". Respira profundamente sobre mi cabeza. "No lo creo." "Sí. Se morirá... Todos lo que quiero se mueren... Todos se mueren..." Sujeta mi cara con las manos. "Pero... ¿qué coño dices? ¿estás tonto?"
Kilos de basura de colorines

Le he prometido a Teo que dejaría abiertos los comentarios durante 24 h. Bien. Abiertos están. De todas formas, hoy tampoco tengo demasiadas ganas ni fuerzas para rebatir sus teorías sobre la libertad de expresión. Llevo todo el día subiéndome por las paredes. La desesperación del que espera. Sigo queriendo autodestruirme. Apretar un botón y bumbarrabúm. Pero como no tengo botones a la vista que me saquen del apuro, me dedico a otro tipo de autodestrucciones. Cheetos... patatas paja... gominolas... chocolate blanco... cortezas plastiqueras... tequila con cocacola... Creo que hoy he tragado de todo menos comida. Y no reviento. Impresionante. Todo yo soy una pura caja negra.

No dejo de juguetear con el amuleto de mi cuello. La cruz del caos. Me lo regalo él. Los amuletos de protección que se regalan por amor deberían funcionar siempre.

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Al principio no es más que un pacto. Un acuerdo más de supervivencia como tantos otros que se trenzan en los dormitorios. Él libera a Maruk. Yo le doy sexo. Mantenemos distancia y la frialdad en nuestro pacto. No somos más amigos, ni más enemigos que antes. No hay nada que nos una, ni nos separe. Pasan semanas de paz gris en las que Maruk vive su etapa más tranquila. Yo cumplo las noches que me reclama, con la precisión de un autómata. No hay diferencia entre Azîm y el hombre de los servicios del centro comercial. Cerrar los ojos, hacer y no sentir. Lavarse las manos, enjuagarse la boca, volver a mi cama. No mirarle. No pensar. Dormir.
Al principio son pequeños gestos. Su mano sobre mi cuello durante un segundo. La mirada que me sigue más allá del pasillo. La sonrisa de superioridad que desaparece. Después, lo pequeño se vuelve significativo. Un asiento vacío reservado a su lado en el comedor. Chocolate para Maruk bajo mi almohada. El brazo que me sujeta cuando me dispongo a volver a mi cama. La curiosidad. "Tu madre es nuba pero tú tienes ojos azules..." Primero desconfío. Recelo. Marco la distancia. Luego juega a quitarme la almohada y me río. Pregunta sobre mi historia y contesto. Dibuja círculos sobre mi estómago y me dejo. Sin darme apenas cuenta, me arrastro mansamente por su corriente. Me acurruco en el hueco que tranquilo e imperturbable, va disponiendo para mí.
Una noche me besa en la boca. El tercer beso de mi vida. Yo cierro los ojos y él se ríe. Siento la lengua de Azîm como algo totalmente distinto. Algo que no tiene que ver con los hombres de la estación, ni con Silvana. Algo áspero, extraño y cálido. Sus dedos cambian. Ya no se tensan, ni aprietan. Ahora son suaves y se deslizan. Sus ojos dejan de clavarse en el somier y permanecen fijos en mí. Me maneja sobre su cuerpo con una cadencia sutil y perversa, que me atrapa. Dejo de actuar como el autómata sexual que he aprendido a ser y por primera vez, descubro. Disfruto. Juego. Aprendo. Deseo. Me inundo. El dormitorio calla y asume mi rendición con impasibilidad. Las respiraciones permanecen en absoluto silencio cada vez que entro en la litera de Azîm. Sus matones afilan la sonrisa cuando paso a su lado. Dejo de tener cuidado. De guardar distancias. De disimular. Dejo de volver a mi cama por las noches, sin necesidad de brazo que me sujete. Por primera vez en mucho tiempo, todo lo que me rodea, todo lo que sucede, deja de parecerme importante.

Azîm gana la batalla sin que yo sea siquiera consciente de haber luchado.

Los miércoles que se clavan

He releído lo que escribí ayer. Menudo barullo. Cada vez escribo peor. Más denso y menos claro. Es la mala influencia de la filosofía. Mi profesor de metafísica nos preguntó si no nos sentíamos más cerca de los grandes filósofos a medida que avanzábamos de curso, y yo contesté que por mi parte seguro que sí, porque ahora usaba una media de ciento cuarenta y cinco palabras por minuto para no decir absolutamente nada. No quise ser payaso, sino reivindicativo, pero la clase se descojonó. A él no le hizo ni puñetera gracia. Me lanzó una mirada de desprecio y dijo "debería sacar mejor provecho de su potencial como guionista de concurso televisivo, Sr. Serlik". Por el modo de arrastrar la ese de mi apellido, sospecho que me hará pasar el resto del curso lamiéndole las botas. Nunca aprenderé a callarme a tiempo. Si esto fuera la edad media, me habrían quemado ya ocho veces en la hoguera.

No he recibido aún ninguna llamada por los análisis repetidos. Sólo una cita para contrastarlos el viernes. He hablado con mi médico, pero me ha dado largas amables y se ha despedido con un "relájate y sé feliz". Me hubiera gustado que él no hubiera sido él y yo no hubiera sido yo, para poder mandarle a la mierda con el dedo en alto, como Fernando Fernán Gómez. No sé si la falta de noticias son buenas o malas. Llevo todo el día con el estómago hecho un nudo, pero pueden ser nervios. O cheetos. O nervios con cheetos. Estoy asquerosamente triste. Asquerosamente asustado. Asquerosamente asqueroso. A lo largo de la mañana, he tenido que ir tres veces al baño a llorar como una niña. Me aterra volver a la quimioterapia. No sé dónde he dejado mis legendarios huevos para la lucha contra los imponderables de la vida. Debieron quedarse dentro del pantalón de Bisbal.

Debería pelearme con la plantilla de blogger de ayer pero no tengo ánimo. Le echo en falta.

Los martes que se esconden

Me desperté de buen humor. De buen martes. A eso de las diez, cuando estaba trabajando me llamó una enfermera a decirme que tenía que repetir los análisis que me había hecho el viernes, porque habían reflejado "datos extraños". Me asusté, claro. Le dije que los repetiría el jueves porque mañana tenía que ir al banco a primera hora. Me contestó que no. Que era urgente repetirlos. Que fuera mañana sin falta. Me asusté un poco más. Le dije que si había algo que tuviera que saber, me lo dijera sin rodeos. La enfermera, fría y burocrática, se limitó a repetirme que habían reflejado "datos extraños". Desde entonces ya no tuve nada más en la cabeza. Sólo señales rojas de peligro parpadeando en cada neurona. Le escribí un sms contándoselo, para que me calmara. Una idiotez pedirle que me calme cuando está así. Pasó de mí como de comer mierda, como era de esperar.
No comí, ni dí pie con bola en toda la jornada. Cuando llegué a casa le llamé, pero colgué antes de que el teléfono diera ninguna señal. Sabía lo que me esperaría al otro lado del auricular. Voz de muerto de vida, frases cortas y ásperas, señales inconfundibles de "agonizo y TÚ tienes la culpa". Puedo sostener todo eso cuando llevo la cabeza fresca, pero hoy no la llevaba.
Entré en los nepomundos y los borré. Como el que cierra la puerta de su madriguera. Luego intenté recuperar el blog que le escribía en wordpress, para retomarlo. No lo logré. Dos largas horas luchando con la embarullada y absurda aplicación de wordpress, para al final descubrir que no puedo ni reabrir aquel blog, ni reutilizar la url, ni pollas en vinagre. Volví a blogger y creé un nuevo blog. Pasé otra hora eligiendo una plantilla. Había miles. No sabía que había tantas opciones, ni tan rematadamente feas. Después de pasar la nº 218, hice un pito-pito-colorito y elegí una al azar, igual o más fea que las demás. Me hice un pequeño follón con la nueva aplicación blogger para editar plantillas. Nunca la había probado y la verdad es que ahora ya entiendo por qué. Recordé el primer blog que él me regaló. Aquel verde tan espectacular que apenas vió la luz. Recordé también el negro que me diseñó después, y lo que me dijo al enseñármelo. "Tú te mereces una plantilla especial que te distinga de los demás, no puedes usar las de blogger". Por aquel entonces me mimaba hasta el extremo. Creo que nadie me ha tratado con tanto cariño y tanta atención en mi vida. Tanto era así, que me tenía desconcertado, supongo que porque yo venía de Antonio, que solía tratarme a patadas y pensaba que todas mis relaciones tenían que ser igual porque ese era el sentimiento que yo despertaba en los demás.
No sé cuándo se terminó todo aquel mimo. Pero sí sé que no es un buen día para ponerme a recordarlo. Así que ahora, volveré a cargar la plantilla de los nepomundos, publicaré este post, me fumaré un peta y me zamparé una bolsa de cheetos con cocacola. Supongo que tardarán apenas unos minutos en patearme el hígado y salir por donde han entrado, pero para eso es el peta. Para que ahora mismo, eso, esto y aquello, me sude la p***a.

Mientras mis virus bailan en la antesala

Me duele la cabeza y ya he empezado a tiritar pero aún así he sacado ganas para encender el portátil porque quiero contarte cosas tontas. Que el cielo de esta noche da miedo. Que la tristeza de tu voz también. Que sé que me echas de menos. Que yo a ti también, aunque sea un experto en encenderme como un fuego artificial, y chispear en colores, sin que te des ni cuenta de que sigo siendo diminuto y prescindible. Que este fin de semana hay una feria que se llama Expogato en el recinto ferial y que se podrán ver en ella 300 variedades distintas de gatos cursis. De esos que yo rechazo y tú defiendes. Que estoy muy contento de que me hayan quitado los catéters porque ahora soy un chico un poco más normal y un poco más vendado. Que es muy importante que lo hayan hecho, aunque tú todavía no lo sepas. Que te he comprado tres comics de Jaime y de Beto Hernández por esta manía mía de hacerte mirar con mis ojos, comer con mi boca y sentir con mis dedos. Que te los quiero llevar con el sushi. Que también te llevaría la cabeza de Juan el Bautista si eso te hiciera feliz.

Mh... no te lo vas a creer pero entre ayer y hoy, he recibido tres cartas de bloggers masculinos y una femenina, que se han dado por aludidos en mi comentario del otro día sobre cierto bloguero llorica amorosamente sacrificado. ¿Eso es comprensible? Una de dos... o hay más lloricas de lo que yo pensaba o debo tener más cuidado en lo referente a no pisar ánimos a ras de suelo. Ya. Ya sé. Estarás pensando que allá ellos y que les den porque el que se pica ajos come. Bueno. Yo me he limitado a aclararles que el blogger amorosamente llorica de mi post hace lo menos cuatro años que cerró su página. Aún así, me llama la atención. No entiendo que necesitemos tanta aprobación por parte de los demás, y menos aún de alguien como yo. Porque, de verdad... con el corazón en la mano: yo jamás, JAMÁS, me tomaría en serio. Nunca.

Luna de lobos, de locos, de Arieles, de Becarios...

¿Has visto? soy Nepomuk otra vez. Le decía antes a una emailamiga que de aquí a la bipolaridad había un paso de ratón. Con tanta subida y bajada ya empiezo a tener complejo de cóctel ibicenco. Eso sí. Reconocerás que conmigo lo de aburrirse es misión imposible. Venga... no me digas que nunca has estado con una de esas personas estables y lineales de las que sabes lo que van a decir antes de que abran la boca. Y no me digas que no te han resultado apaciblemente aburridas. Piénsalo y aplícalo a mí. ¿Tienes alguna puñetera idea de cómo voy a amanecer mañana? ¿de lo que te diré? ¿de la siguiente idea peregrina que se me habrá ocurrido? ¿de que humor estaré? pues eso. Lo dicho. Purita aventura. Conmigo te haces un poco más viejo.
Además está la luna llena. Y el gato tuerto pelirrojo abandonado que no puedo adoptar porque ya serían cuatro gatos y eso me coloca en estadio 2 del síndrome del arca de Noé (estadio al cual no pienso llegar hasta que no cumpla 65 años y empiece a llevar pantalones de chándal con mocasines y a beber vino del cartón). Todas esas cosas me desestabilizan. La luna llena, el gato tuerto y mi becario. Mi becario más que nada. Siento irrefrenables deseos de matarle. De meterle en la trituradora de papel y servirle con tagliatelle bolognesa. Y no quiero tener esos pensamientos, en serio que no. Porque creo en la ley de compensación del universo y estoy convencido de que todo pensamiento o acto chungo que cometemos nos es devuelto multiplicado por dos, pero es que... es que... no puedo explicarte lo que es trabajar con él. En serio, no puedo. Pero para que te acerques a la idea... imagina por un momento que tuvieras que enseñarle la entropía de Von Neumann en mecánica cuántica a la gallina caponata. ¿Lo tienes? ¿sí? Pues eso mismo soy yo intentando hacerle entender al becario que la manzanita de la pantalla del mac es sólo un adorno y no pasará nada aunque la pulse dieciocho veces.

Y eso cada día de la última semana. Y eso cada principio y cada fin de jornada de cada día de la última semana. Y eso por poner sólo un ejemplo entre los miles de cada jornada de cada día de la última semana.

Tengo ganas de cambiar la cabecera

Al final creo que haré lo que siempre me dices que haga. Dejar que se me enfríe un poco la cabeza y volver a pensarlo mañana. No sé explicarte por qué le tengo cariño a los nepomundos, pero se lo tengo. Han sido varios años, han sido varios estilos, han sido varias etapas... Aquí estaba yo cuando tú me encontraste en plena redención. Aquí estaba cuando me dibujabas plantillas cada vez más blancas. Aquí cuando me insultaban, cuando me querían, cuando me odiaban, cuando me ayudaban. Siempre aquí. Entre comentaristas, amores, odios y dibujos.

Antes te he dicho que me gustaría tener un blog en el que pudiera escribir lo que me saliera de los huevos cuando me saliera de los huevos. La verdad es que debería ser un deseo fácil y universal cuando se abre un blog, pero al final nunca es así, créeme. Porque un día te da por escribir tu vida y alguien te preguntará por qué lo haces. Y otro te dará por dibujar y entonces surgirá alguien que te pregunte por qué dibujas. Y cuando dejes de hacerlo, probablemente te pregunten por qué ya no lo haces. Sea como fuere, estarás siempre un poco ahí enmedio. En una especie de tabla de cortar delante de 300 personas con cuchillo y una chaira. Es inevitable, mayormente son gestos de cariño. Pero gestos de cariño que, sin que te des ni cuenta, te reconducen ¿sabes? Siempre. Inevitablemente. Al final te encuentras caminando por una acera en la que nisiquiera estabas seguro de querer pisar. Y lo peor es que no sabes ni cómo has llegado.

Hay un blog que yo admiro mucho. Al blog y a su autora. Soy fan suyo acérrimo desde hace cinco años y nunca he dejado de leerla. ¿Y sabes por qué me gusta? porque ella sí que escribe lo que le sale de los huevos cuando le sale de los huevos. Y es tan evidente, que todo resulta increíblemente sencillo y hermoso. Siempre he pensado que yo quería un blog así. De hecho, la plantilla blanca que me diseñaste, esta que ahora estoy pisando, tenía mucho de su estilo. Todo lo que hacía me gustaba. Hasta sus diseños naif. Mh... y no sé por qué te vengo a contar esto ahora... salvo porque me voy por los cerros de úbeda, como siempre. (Ahora tú sonríes y sueltas un poco de aire por la nariz).

Bueno... he llegado al final a dos conclusiones, más o menos certeras. Una, que del número de móvil me desprendo con mucho gusto y de mil amores. Bienaventurada sea la ley de registro de datos de tarjetas prepago. Etapa nueva, número nuevo y agenda nueva. Me quito a los fantasmas del pasado (y de paso a los fantasmones). Y en lo tocante a este blog... pues que no sé. Que probablemente lo deje como privado, o lo reabra en wordpress o... o... o lo redibuje una vez más. Ya sabes, me encanta redibujar cosas.