Caro diario...

Dice J. que hay una luna redonda e inmensa pero yo no la veo desde ninguna ventana. Me inclino por la baranda de la terraza hasta casi descoyuntarme la espalda, pero aún así... no puedo verla. Sólo un reflejo de luz en el borde de un cielo bajo cero. Un cielo bastante cinematográfico para ser el primero de este año.
No hay demasiados cambios desde el asqueroso 2009 hasta el (todavía) prometedor 2010. Eso son buenas noticias a medias. Las piernas me aguantan 45 minutos diarios de elíptica a nivel 4. Los abdominales me soportan 100 flexiones. Los brazos resisten el embite de las pesas del 5. Poco a poco me reencuentro con mi cuerpo. Lo voy sacando del pellejo extraño e irreconocible que era. Poco a poco. Más despacio de lo que había planeado allá por enero del 2009. Desventajas de ver siempre el vaso medio lleno.
Hace cuatro meses que tenía que haber entregado el libro a la editorial y todavía ando corrigiéndolo. Que mal se me dan las planificaciones, coño. Voy a tener que vivir toda mi existencia como si fuera un estornudo o no seré capaz de salir de ningún sitio (debería apuntar eso como propósito de año nuevo).
Mh... ¿y qué más? J. sigue siendo el único. El primero, el último, el insuperable. Se supone que la química saturada del amor dura unos tres meses. Noventa días para que tu pareja pase de ser del más especial al más corriente. Del más listo al más prepotente. Del mejor cocinero al que todo lo quema. Del más ocurrente, al peor de los payasos. Pero yo ya voy para cinco años colgado del más listo, el más especial, el más ocurrente, el que mejor cocina... Cada vez que oigo ese ronco y dulce hola pienso que no tengo salvación. Y cada vez que pronuncia mi nombre, pienso que quién coño la quiere.

Bueno. Como ha pasado el tiempo, y te ha sentao tan bien, ahora hay que levantarse, ahora hay que volver. Cifu dixit. Es increíble la voz de Cifu. Hasta cuando gorgorea me pone. No sé de dónde demonios me viene esta atracción sexual por las voces. Creo que por eso no soporto a Conchita (ni a la rata chillona esa del morfeo), creo que por eso estaba enamorado de Linda Fiorentino, y creo que ahí reside el núcleo de mis cinco años de apasionamiento incondicional. No me quejo. En el variado mundo del fetichismo sexual, todavía podría haber sido mucho peor. No sé... las camisetas sudorosas... las pelusas del ombligo... el hilo dental de segunda muela... la sonrisa sin labios de Esperanza Aguirre...