De lo malo y lo peor

Me regalaron tres pijamas. Uno azul, otro rojo y otro verde. Todos con dibujos imposibles. No uso pijama para dormir, pero suelo ir por la casa hecho un mamarracho, así que mis tres pijamas de dibujos imposibles no van muy desencaminados. También me regalaron una máquina para hacer palomitas y una lámpara roja de cristal. Es la típica lámpara que usas para hacer sexo. La que enciendes cuando es momento de apagar todas las demás. La he dejado en la repisa que hay sobre mi cama. A su lado, cuidadosamente, he colocado la máquina de palomitas. Viendo todo el conjunto me doy cuenta de que soy un personaje peculiar. Me he imaginado acostándome con alquien a quien le tuviera que quitar un pijama de ositos verdes, para hacerle el amor bajo una luz de puticlub, después de compartir un cuenco de palomitas en el preorgasmo. Casi me han entrado ganas de llorar. No estoy seguro de poder encajar nunca con nadie. De verdad... no lo estoy.

Le regalé a Ana el juego de diablo II lord of destruction, pero no fuí capaz de instalárselo. Windows Vista daba errores por todas partes, en todos los idiomas, menos en el mío. Al final, después de cinco horas de lucha, y alguna lágrima de impotencia, lo dejé instalado. Solo que no fuí yo. Fué un tal Alonso del servicio técnico de Blizzard. Amable, paciente y simpático donde los haya. Me pidió mi teléfono personal y me llamó directamente para ayudarme en la instalación sin que hubiera gasto por mi parte. En algún momento tuve la extraña sensación de que me estaba ligando. Se me disparó la alarma de las situaciones absurdas, y le dije que ese era el número de mi padre. Él frenó el cortejo en seco. No sé por qué le dije esa gilipollez. De hecho...hubiera bastado con explicarle lo del pijama verde, la lámpara roja y las palomitas.

Me siento feo, pequeño, ridículo e inútil. No tendría que haberme levantado hoy. A la mierda la monarquía.