La genialidad de mi viernes

Tres semanas desde que la novia de Miguel se instaló aquí. Tres semanas compartiendo armario y estantería de baño con Ana. Hay muchas señales que indican que vas sobrando en una casa, y desde luego, una de ellas es perder tu estantería del baño. Ya no por el efecto psicológico que conlleva, sino simplemente por la cuestión logística. Alguien que se levanta con los ojos pegados, como un servidor, y que no empieza a ser persona hasta el segundo colacao, corre serios riesgos si hay una niña de quince años cambiando cosas de sitio, en su estante compartido.
Por ejemplo, pensar que se está duchando con gel de machote cuando en realidad acaba de perfumarse con jazmín blanco como una vulgar mariquita de discobar.
Por ejemplo, creer que acaba de untarse con una loción de esas de anuncio de pectorales marcados y muchas chicas, cuando en realidad, lo ha hecho con una de muchas chicas y punto.
Por ejemplo, creer que se está poniendo su chaqueta de Springfield cuando en realidad se está poniendo una trenca talla 38 de joven-ella El Corte Inglés.
Por ejemplo, en definitiva, perder entre las siete y las ocho de la mañana, el poco, poquísimo orgullo masculino que le queda a estas alturas de la vida, sin nisiquiera poder rectificar sobre sus errores gracias a que (de nuevo) cae sobre ellos 45 minutos más tarde de lo que caería cualquier otro.

Y aquí ando. Escribiendo esto, mientras apesto a jazmín, rosa salvaje y alguna cosa más cuyo nombre no quiero saber. Con la trenca joven-ella colgando de la percha de mi trabajo e intentando huir del pensamiento devastador, espantoso, aniquilador y terrible de que he logrado encajar mi cuerpo en la talla 38 de una trenca Naf-Naf.